23 may 2022

Sobre Mbappé y sobre el amor.

Algo que a menudo se ignora del amor es que se rompe. Que un día, de repente, las mariposas dejan de aletear en el estómago y se acabó. Miras una foto del pasado y descubres que no queda ni rastro de todo aquello que un día te atrapó. Comienza entonces una travesía que parte del escepticismo para llegar de nuevo a esa esquinita del tablero que dice cárcel, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las veinte mil pesetas. Le pasó a Bustamante cuando le dejó Paula Echevarría y nos está pasando a nosotros ahora que Mbappé ha decidido no romper con su ex después de meses dándonos las buenas noches a hurtadillas. Las peores relaciones, en el fondo, son aquellas que jamás terminan de suceder. 

Algo que hemos aprendido estos días es que Kylian tiene alma de folklórica. Y a mí eso me gusta. Se siente el centro de atención y lo disfruta, al igual que lo hacía Lola Flores. En este caso, sin embargo, en lugar de aquella pesetita, le ha caído del cielo un contratazo con más millones de euros que estrellas hay en el cielo. Juega bien sus cartas y jamás se cierra una puerta. Utiliza la callada por respuesta, que es la mejor forma de otorgar y dejarlo todo a la imaginación sin decir nada. Un poco como cuando estás en conversaciones prenoviales y ella te sonríe, como dándote a entender que si tienes suerte y se alinean los planetas, igual te toca algo. Pero no. A una flamenca no hay que creerla nunca. Y menos cuando te mira a los ojos y te dice que te quiere.

A mí en la vida se me ha acabado el amor unas cuantas veces. He dejado y me han dejado, y he seguido. Pero nunca se me había acabado el amor sin llegar si quiera a consumarlo. Me dolió que Cristiano encontrase a otra, pero lo entendí. No hay nada más monótono que acostumbrarse a ganar. Me ha dolido aún más que Mbappé no haya llegado a escogernos para ponerle los cuernos a su patria. Pero no le culpo porque en el fondo le entiendo. En esto del querer no hay nada escrito, excepto por aquel librito de Beigbeder que decía que El amor dura tres años, justo el tiempo que le hace falta a Kylian para darse cuenta de que, como decía Raphael, “como yo te amo, nadie te amará”. 

Y quién sabe, tal vez algún día volvamos a encontrarnos por la calle, salte la chispa y estalle el amor. Que por cierto, se encuentra justo a medio milímetro del odio. 


15 may 2022

Lo inmutable.

Algo que me llama mucho la atención siempre que regreso a casa es que lo esencial siempre permanece. Cambian los dueños de los bares, pero no los parroquianos, que en tres días reconquistan aquella barra que un día les fue propia. Se invierten los sentidos de circulación de las calles, a pesar de que la gente las sigue transitando como antaño, con sus bolsas de la compra y sus pesares cargados a la espalda. Con sus benditas cuestas imposibles. Algunos edificios caen mientras otros, más nuevos, decoran horizontes y engalanan el distrito sin fecha de consumo preferente. Pasan los años y se vota en elecciones. Y a veces se marchan los alcaldes, empero la ciudad sigue latiendo. Un tanto a la inversa de lo que decía Julio Iglesias. 

El que sale siempre es uno, y a menudo, el que regresa suele ser otro. La experiencia, el viaje, te distorsionan la mirada. Te retuercen la perspectiva sin piedad para que al llegar no reconozcas aquello que un día te fue propio. Le pasaba a Camba, aquella rana viajera a la que al volver a España todo le resultaba extraño. Y me pasa a mí cada vez que pongo un pie a este lado del Atlántico, que veo cómo los años van mudando el panorama lo justo como para que me dé cuenta de que, aunque cambie de manos el país, en el fondo seguimos siendo lo mismo. 

Una cosa que no cambia, por suerte, es la gente que te espera. La que sabe que regresas y hace planes para verte tan pronto saben las fechas de tu estancia. Amigos de toda la vida que siempre se alegran de verte y por los que no pasa el tiempo, por mucho que los años continúen desafiando al segundero. Algunos, ya casados, han dado a luz a una nueva generación que ya se une fugazmente a nuestros planes. Otros, a medio camino entre la nada y el futuro, observamos con ojos de ternura cómo se sientan al otro lado de la mesa. Y mientras ellos se entretienen con el pan y nosotros con verlos a ellos, deseamos muy fuerte poder volver un día a este lado —quién sabe si para siempre— para verlos crecer. 


8 may 2022

Vivir y recordar.

Una cosa que a menudo me chirría es esta obsesión reciente por inmortalizar el momento. El estar más pendiente de grabarlo que de vivirlo y acabar renunciando al directo para poder almacenar el diferido por una eternidad perecedera, como si hubiera algo de mágico en revivir algo que está pensado para ser consumido en el acto. Creo que fue Jabois quien contaba cómo un amigo suyo, en una reunión de colegas, había abogado por no hacer fotografías precisamente para que cada uno pudiera recordar ese momento a su manera. Y tenía razón. Por muy evocadora que sea una foto, su recuerdo jamás podrá sustituir al sentimiento que reinaba cuando aquella se tomó. No hay stories de Instagram que capture la verdadera esencia de un reencuentro con amigos. 

Con el amor pasa un poco igual. Hay gente que vive tan ofuscada con compartir su vida que al final se acaba olvidando de vivirla. Personas obsesionadas con decirle al mundo que están enamoradas, como si aquello fuese un requisito sine qua non, una condición constitutiva sin la cual en realidad no existe relación. Son, eso sí, los mismos que se abalanzan prestos a borrar cualquier recuerdo de un pasado en apariencia inexistente cuando aquello se acaba, confirmándole al mundo que donde hubo digo ya no hay Diego, como si sus cuentas fuesen el ¡HOLA! y sus vidas el embarazo de Chabeli. 

Algo que además se olvida con frecuencia es que, además, no todo es digno de ser inmortalizado o compartido. No todos los instantes que se graban con el móvil merecen tener un hueco en el rincón reservado a la posteridad. Y no todas las cosas que se comparten en redes sociales son siempre meritorias de difusión. Tal vez estaría bien que el teléfono preguntara, antes de grabar algo, si esa foto es digna de gastar una bala en un carrete y si realmente ese momento merece besar en los labios al futuro. Que nos recordase que lo que se ve en pantalla, aunque sea un vídeo que grabamos en directo, no es la vida real.

Es fácil: o vivir y recordar, o recordar sin vivir. Tú eliges. 


1 may 2022

El último bofetón de la Rosita.

Algunas décadas después de que la doña Rosita de Lorca se quedara soltera y la doña Rosa de Cela repitiera con fruición en su café que nos había merengao, nació mi madre, que también era Rosa y además María. Fue la tercera de siete y lo sigue siendo, porque en mi familia otra cosa no, pero tendemos a la longevidad, como si vivir muchos años fuese una aspiración vital y no tanto una cuita del destino. Mi abuelo —que en paz descanse, como le gustaba decir siempre a él— y mi abuela —que con ochenta y muchos aún no sabe lo que es el descanso— tenían un horno del que, a excepción de mi tío Paquito, sólo salían niñas, así que mi madre creció en un gineceo. 

Enrique San Francisco —que en paz descanse, como diría mi abuelo— tenía un monólogo en el que hablaba de las madres y decía que son el mejor invento del mundo. Mencionaba algunos principios básicos que tenían aprendidos de serie: el no arrastrar los pies, el mantener la habitación recogida, y el taparse la boca para no coger frío. Yo diría que las grandes batallas de la mía siempre han sido la del cuarto y el que no nos ahogáramos masticando algo. Esas, y aguantarnos a mi hermano y a mí cuando llegamos a casa en estado catatónico, que alguna vez ha pasado. 

Fue un mes de julio de hace muchísimos años. Como cada verano, nos íbamos a Torrevieja y había que salir pronto para evitar la dichosa caravana. Recuerdo que salí de casa con una botella de whisky y me prometí a mí mismo retirarme en hora, sin caer en la cuenta de que tan temprano son las dos de la mañana como lo son las siete. Vuelvo pronto, dije. No me llevo coche, recalqué. Acuérdate que a las seis y media salimos para la playa, me respondieron. Sí, sí, no os preocupéis que en un rato estoy aquí, concluí ingenuamente. 

Debían ser las cuatro y media de la mañana cuando me llamó por primera vez. ¿Se puede saber dónde coño estás? Que nos tenemos que ir y todavía llegas tarde. Algo así creo recordar que oí entre la música de la discoteca y el ruido de la gente. Aquel fue el primero de los tres avisos antes del descabello. A las cinco y pico me llamó otra vez. Y a las seis y algo me volvió a vibrar el bolsillo, pero ya no tuve valor a descolgarlo porque sabía que al otro lado se escondía el basilisco y era capaz de arrancarme la oreja de forma telemática. Estoy en un lío, pensé. Y aquel pensamiento fue la primera muestra de raciocinio de la noche.

Supe que la cosa no iba a acabar bien cuando, al subir el último escalón que separaba el interior de aquel antro de la calle, vi que era de día. No un día pálido ni timorato, no. De día, día. Con su sol en lo alto y su alegría veraniega. Con gente ya por la calle acercándose a las tahonas. Me subí en el coche de Pedro, que había aparecido por allí en algún momento de la noche, y doña Rosa la casada —con mi padre, concretamente— me llamó de nuevo para darme cuatro gritos y transferirme algún mensaje que no alcanzo a recordar de forma exacta, pero cuyo contenido venía a implicar que era un borracho y un descerebrado. Debían ser las siete de la mañana, o sea, una media hora más tarde de la hora inicial de salida.

Al llegar a mi casa entré por el garaje, y fue allí, en el tramo de escaleras, que me crucé con mi padre, quien con un gesto de asombro me miró y me dijo: “Ya te vale”. Avancé sigiloso hasta la cocina, donde me esperaba mi madre un poquito contrariada. Buenos días, le dije con una sonrisa, a lo que me respondió, sin mediar palabra alguna, con un bofetón que me puso a bailar. Tras ello, y en un ataque de dignidad, me subí a mi cuarto y me tumbé en la cama a dormir hasta que Pablo, que entonces no entendía nada, vino a despertarme para meterme en el coche. Pero eso es otra historia que contaré otro día.

Ella, que tiene mala memoria cuando quiere, se suele hacer la loca cuando hablamos de aquella mañana y omite interesadamente aquel bofetón, que por cierto fue el último. Y no porque no le haya dado motivos desde entonces. 


24 abr 2022

El día que Cavia salvó el Museo del Prado.

Es bastante conocido (o al menos yo lo he escuchado varias veces) que en octubre de 1938, en la noche de Halloween, un joven Orson Welles agarró el micrófono de la radio y, tomando por las solapas La guerra de los mundos (1898) de Herbert George Wells, creó el caos entre la audiencia estadounidense mientras narraba una invasión alienígena. Al parecer hubo radioyentes que conectaron en mitad del programa, sin escuchar la introducción, y creyeron que la tierra estaba siendo asaltada por una banda de seres intergalácticos. Algo así como La casa de papel, pero muchísimo más creíble. El público entró en pánico y montó una pajarraca tremenda, por lo que al bueno de Welles —léase esto con la voz de Eduardo Torres Dulce— no le quedó otra que pedir perdón a todos aquellos que se la habían tragado por completo, confirmando así que cada época tiene sus ofendiditos. 

Antes de que don Orson armase el taco americano, sin embargo, en España hubo un pirómano —de fogueo, claro está— que quemó el Museo del Prado. Ocurrió el 25 de noviembre de 1891. Fue en una crónica de El Liberal titulada “Incendio del Museo de Pinturas”. En ella Mariano de Cavia, ataviado como un reportero bombero, narraba con todo lujo de detalles cómo el fuego se había iniciado en una de las dependencias del museo donde los empleados usaban fuego para cocinar con total ligereza, como si preparar el pilpil mientras se analizan Las Meninas no fuesen cosas compatibles. 

El artículo, muy serio pero muy irónico, contaba cómo el Ministro de Fomento, el señor Linares Rivas, había resultado herido en un hombro tras haber entrado a tratar de extinguir el fuego. Al final, eso sí, reconocía que todo había sido una mentirijilla y que aquello era la crónica de algo que podría suceder de no tomar el Gobierno las medidas oportunas: “Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado”. Una revelación que según La dinastía, un periódico de Barcelona, llegó un poco tarde, pues según publicó en su edición del 30 de noviembre, “Casi nadie tuvo paciencia para acabar de leer el artículo y por ende casi nadie se enteró al primer pronto de la clave”. Y claro, pasó lo que pasó.

Al parecer, según cuentan algunos medios de la época, no fueron pocos los curiosos que se acercaron disfrazados de Nerón con su arpa a ver arder el museo. La voz del incendio fue corriendo de boca en boca y quien más y quien menos pensó que aquello era el final de la pinacoteca. La crónica no fue muy bien recibida por otros medios contemporáneos más conservadores, quienes se apresuraron a buscar el frasco de las sales para tratar de calmar los jipidos. El correo militar del 26 de noviembre se lamentaba de lo que consideraba una “humorada, de muy dudoso gusto”, al tiempo que lo tildaba como un “pifia del escritor y del periódico”. Mientras, La unión católica, del mismo día que la publicación de Cavia, clamaba amargamente que El Liberal había “llevado la alarma a infinidad de suscritores suyos y a otra infinidad de personas que escuchaban las referencias de los lectores de dicho periódico”. Por supuesto, aludía a cómo el periódico infractor había “dado un mal paso, no ya solo en el orden moral, que esto es lo más importante, no solo en el orden jurídico […] sino hasta en el orden de sus intereses”. Reproches, todos estos, que como era de esperar no se convertirían en disculpas cuando días después se empezaron a tomar medidas concretas para evitar una hipotética tragedia.

Al día siguiente del ignífugo suceso, en la portada de El Liberal, Cavia publicó otro artículo titulado “Por qué he incendiado el Museo de Pinturas”. En él habló de los diferentes incendios y catástrofes que se habían ido produciendo por la geografía española y sobre los cuáles la prensa sólo pudo poner el certificado de defunción. El texto, después de explicar sus razones y hacerse eco de ciertas reacciones, terminaba diciendo: “Ayer hubo gentes que lloraron… por lo que tiene facilísimo remedio. ¿No es esto mejor, y más sano para la patria, que llorar por lo irremediable? Hemos inventado una catástrofe… para evitarla”. 

Y así fue como Mariano de Cavia, usando la palabra por manguera, apaciguó el falso fuego y salvó al Museo del Prado de las hipotéticas llamas. 


19 abr 2022

Diario de un impostor - VI.

Lo escribo aquí porque en algún lugar tendré que dejar constancia de que aquí sigo. 


La semana pasada volví al gimnasio. Lo hice mitad expectante mitad acojonado, un poco como Indiana Jones cuando tiene que cruzar el vacío para llegar hasta el grial. Regresé como quien vuelve al lugar del crimen porque ha perdido el DNI, con la esperanza de que siga allí, entre los restos, y me di cuenta de que quien tuvo, efectivamente, no siempre retuvo. Unas pesas por aquí, unas pedaladas por allá, y poco a poco, aunque no como antes, comencé a sentirme bien. Parece que el cuerpo empieza a despertar de su letargo y responder. Ya sé que de momento no voy a subir el Tourmalet en la Espada de Induráin. Pero es que tampoco me hace falta. Nací horondo y moriré siendo un tirillas gordo. 

Más cosas. Algo que no venía en la descripción de la enfermedad es el miedo. El miedo a que quizás el diagnóstico haya sido equivocado y que en realidad me esté consumiendo como un Marlboro en una sobremesa con algarada. No aparece en ningún lado y nadie te habla de él, pero añade unos cuantos kilos más al subir las escaleras. Paraliza bastante, sobre todo cuando tienes el día malo y por mucho que lo intentes no te alcanza la cabeza para pensar con la razón. A veces, la diferencia entre estar enfermo y sentirse enfermo es tener conocimiento de la enfermedad. Se puede vivir sin saber que los nervios están apagados o fuera de cobertura. Y no pasa nada. 

Hace unos días me entraron las prisas. De pronto, tras dos años sin saber muy bien si voy o vengo, me di cuenta de que la llevo cagando una temporada larga. Ni tesis, ni conferencias, ni artículos, ni nada. Complacencia, más bien. Y mucha. La de un idiota que se piensa que lo va a solucionar todo a última hora con un golpe de suerte. Y no. Así que, tras llevarme un soponcio, decidí hacer examen de conciencia y  resolví tratar de revertir la situación lo antes posible. El problema, claro, es que no se puede recuperar en dos semanas lo que se perdió en dos años. Así que a partir de ahora me parece que no me va a quedar otra que ponerme, de una santa vez, a demostrar si realmente quiero lo que se supone que me importa. Veremos. 

El jueves pasado, sin saberlo, enseñé la que podría llegar a ser mi última clase en Vanderbilt. Es posible que no lo sea. Pero por un momento, esta mañana, mientras esperaba sentado en un pupitre a que llegara la gente para hacer sus presentaciones, me ha dado por pensar que quizás haya empezado el fin de una era. Y no es que me asuste el futuro, ni mucho menos, pero no puedo evitar mirar hacia atrás y sentir una cierta nostalgia de la primera vez que cogí una tiza en Nashville. Tenía cinco años por delante y ninguna idea de lo mucho que me iba a cambiar la vida en este tiempo. Enseñe o no, empiezo a estar en el tiempo de descuento de este doctorado que nunca quise hacer y, de algún modo, he acabado haciendo.

La última. El 5 de mayo aterrizo, por fin, en España. Y como es la primera vez que vuelvo a casa desde mi resurrección, no pienso dejar de celebrar la vida. Como diría Alonso Quijano, “¿A mí leoncitos, y a tales horas?”. Pues eso, que habrá que vivir. 


17 abr 2022

La tesis no puede esperar.

Quizás porque yo no la tengo, algo que siempre he admirado en el resto es la disciplina. Esa capacidad de decidir que vas a hacer algo y realmente hacerlo, sin más, sin buscar excusas ni terceros pies al gato de la pereza; como si la mayor parte de las cosas se hiciera por ciencia infusa y no tanto por un ataque de tenacidad. Confieso que desde hace años sufro del mal de la galbana, que me impide trabajar una hora seguida sin aventurarme a quitar el polvo de la estantería o vaciar el friegaplatos. Así, mi casa nunca está más impoluta que cuando tengo que estudiar, hasta el punto de que a veces pienso que si yo hubiera sido opositor a notarías, a buen seguro habría acabado montando una empresa de limpieza. 

Algo que siempre he observado con una cierta desconfianza en los demás es el despilfarro del talento, es decir, cuando a una capacidad extraordinaria para hacer algo no le sigue una gran fuerza de voluntad. He visto gente desperdiciar oportunidades fantásticas por no tener la cabeza lo suficientemente bien amueblada. Genios en lo suyo que se han conformado con un seis cuando podrían haber tenido un diez. Nunca los he entendido. Tal vez porque siento que en el fondo soy uno de ellos. Un vago que durante años ha sobrevivido con lo mínimo, con una pátina de brillantez suficiente como para que el mundo no se dé cuenta de la realidad, mientras en el fondo soy consciente de que me falta algo. 

Resulta complicado destacar cuando a la esclavitud del perfeccionismo se le une el yugo de la complacencia. Y el problema es aún peor cuando uno es consciente de ello, cuando sabiendo que existe la dificultad, es esa misma flojera la que le impide tomar cartas en el asunto. Lo dijo Larra al final de su “Vuelva usted mañana”, que de tantas noches como estuvo tentado de ahorcarse, ninguna lo hizo y fue por pereza (a pesar de que con el tiempo y por desgracia acabaría venciéndola). Es posible que sea más sencillo pensar en hacer las cosas que hacerlas, de la misma manera que uno puede continuar buscando excusas sine die para justificar la falta de rigor. 

Todo esto lo cuento, porque esta semana, de repente, he tenido una revelación y me han entrado las prisas. El caso es que, después de un bofetón merecido e imaginario, me he dado cuenta de que si quiero seguir jugando a este juego, no me queda otra que llevarme la contraria y ser sincero: la tesis no puede esperar. Y yo, a estas alturas, tampoco. 


10 abr 2022

Aviones.

Hay una extraña paradoja en los aviones. Por un lado representan el progreso, capaz de llevarte al fin del mundo en apenas unas horas. Y por el otro son una vuelta al siglo pasado, pues desde que se cierran sus compuertas —salvo que uno tenga la necesidad imperiosa— se pierde todo el contacto con el mundo que queda a nuestros pies. Ahí arriba no existen más problemas que los que ya estuvieran acuciando al momento del despegue. Si algo sobreviene, hay una dilación en el conocimiento que se prolonga desde que se da la novedad hasta que el tren de aterrizaje toca tierra. Volar, por tanto, no sólo es desplegar las alas; también es entrar en una cápsula del tiempo donde la actualidad se detiene y el mundo se para. Algo impensable en esta época frenética.

Una cosa que me gusta de los viajes largos en avión —transoceánicos todos ellos para mí— es que sé que voy a ser capaz de leer sin la constante vibración del teléfono. Que durante al menos ocho horas no habrá notificación alguna que distraiga mi frágil atención y podré pasar las páginas sin la ansiedad de preguntarme si me estaré perdiendo algo. Ahí arriba, sea lo que sea lo que ocurra, la vida puede esperar. Entre las nubes no sólo no se reciben mensajes, sino que el hecho de saber que no se recibirán, la anulación de la expectativa, contribuye a una paz que rara vez se alcanza a pie de calle. 

A lo largo de los últimos ocho años, en los que he tenido que leer infinidad de páginas por obligación, he aprendido a valorar los momentos en los que puedo leer por placer. Cuando me subo a un avión, aparco las gafas de crítico literario y cultural, y leo sin pretensiones, sin preguntarme los porqués y sin necesidad de tomar notas con las que repensar el libro y moldear un potencial artículo. Cuando entro en la cabina y me siento, por tanto, no sólo apago el teléfono y me aíslo del mundo, sino que además desconecto de mí mismo. Por unas horas dejo de ser un estudiante de doctorado que escudriña por defecto todo lo que ve, lee o escucha. Descanso de lo que soy. 

Volar, para mí, no sólo es una forma de transportarme de Madrid a Nashville y viceversa, sino que es una oportunidad perfecta para deshacerme del yugo de lo académico sin remordimientos. El viaje me permite retrotraerme a un pasado remoto donde era capaz de leer un libro o ver una película sólo por el mero disfrute de hacerlo. Así, a no sé cuántos mil pies de altura no sólo desaparece el ruido de la Academia, sino que hasta el silencio suena diferente.


3 abr 2022

Las ganas de volver.

Por no hacer mudanza en su costumbre, que decía Garcilaso, me he pasado media vida resistiéndome a adquirir ciertos hábitos que tras tantos meses fuera han acabado por injertar mis propios usos. Una de mis obsesiones a lo largo de los últimos ocho años ha sido tratar, por todos los medios, de conservar mi esencia. O sea, permitir que lo que permee de lo que me rodea sea lo justo para añadir a lo que había, pero sin sustituir nada de lo que ya estaba. Y es difícil, la verdad.

Día tras día, año tras año, he ido descubriendo cómo vivir fuera de España me iba poco a poco cambiando. Como una gota constante, la lejanía ha ido horadando de forma casi imperceptible mi identidad y convirtiéndome en un híbrido cultural que ya no pertenece a ningún lado. Mis raíces siguen —y seguirán siendo siempre— las mismas, pero de tarde en tarde aparecen brotes nuevos que indican señales del inevitable cambio. 

Uno de mis miedos principales siempre fue perder la lengua, empezar a olvidar las palabras que algún día me fueron propias. Si escribo cada domingo es, en cierta medida, por obligarme a ejercitar el diccionario mental que fui componiendo a cada paso. Si rechazo incorporar anglicismos a mi vocabulario no es por desprecio ni por ingenuidad lingüística (sé que la pureza no existe y que el lenguaje cambia), sino por un ejercicio de resistencia cultural y un fuerte apego a la tierra donde enraízan mis recuerdos. 

Algo que no suelo contar con frecuencia es que desde hace algún tiempo he dejado de creer que estoy aquí de paso. He asumido que lo más probable es que me quede y España sea esa Ítaca de excesos a la que regresar de vez en cuando. Una casa a la que volver siempre como el hijo pródigo, donde poder re-abrazar unos orígenes que me persiguen vaya donde vaya. 

Dicen los cursis que la única constante en la vida es el cambio. Pero es mentira. Lo único que realmente permanece, pase lo que pase, son las ganas de volver. 


27 mar 2022

La distancia.

Existen, en vivir en la distancia, pequeños momentos de felicidad inadvertida que resultan imperceptibles para el ojo que no ha vivido lejos. Hace poco, por ejemplo, me encontré sin esperarlo en la alacena con una lata de pimientos de piquillo que venían en uno de esos cargamentos llenos de amor que me llegaron durante la pandemia. Cajas de cartón envueltas en kilómetros de celofán con denominación de origen mi casa y que me ayudaron a paliar la sensación de aislamiento causada por el cierre de fronteras. Pequeños reductos de civilización que mi familia, y sobre todo mi madre, se empeñaron en hacerme llegar ante la difícil empresa del regreso. 

No son éstas las únicas alegrías que alberga la vida al otro lado del Atlántico. Algunas veces, cuando menos te lo esperas, encuentras entre la ropa una prenda que, por alguna razón aún no has usado, y sigue oliendo a lo que sea que huele tu casa. Otras, una pastilla de jabón Magno que permanecía escondida, esperando su momento para alegrarte el día. Parecen cosas nimias, pero la semana pasada me sorprendí a mí mismo pegado a unos calcetines —limpios, claro está—, olisqueándolos como quien acerca la nariz a un ramo de rosas. Y decidí, tras imbuirme de ese aroma, conservar el paquetillo en un lugar seguro en lugar de deshacerlo y calzármelo en los pies. Como si con no ponérselos fuese suficiente para viajar en el espacio.

Una cosa, sin embargo, que no aparece en el haber de la distancia son los sacrificios silenciosos. El nudo en la garganta de mi madre cada vez que cerramos juntos la maleta la noche antes de irme. El viaje al aeropuerto con mi padre poniendo buena cara, deseando un viaje agradable y un “vuelve pronto, hijo”. El mensaje de mi hermano antes de despegar con un “Te quiero, cabrón”. Las llamadas culpables entre semana preguntando si ando liado, si he comido bien, si está todo en orden. La fe de vida, al fin y al cabo. Gestos, todos ellos, que encarnan la paciencia del que espera algo, no se sabe muy bien qué, que me lleve de vuelta para poder sentarnos todos juntos a comer paella los domingos y escucharme refunfuñar sobre cómo a Rosita se le ha quemado el pan. Otra vez.


20 mar 2022

El pisito.

La primera vez que me fui a vivir solo aún no había cumplido los 30. Tenía cuatro cajas, tres bolsas con libros, dos maletas y una cama. Un retrato de Hitchcock, un cuadrito de Miró, y una mesa y una silla. Apenas una sartén de Ikea que había traído de España en diciembre y ni un solo tenedor. Mi vida entera en Nashville cabía en dos metros cuadrados. El apartamento, un bajo, tenía todo lo que yo necesitaba. Una cocina con lavavajillas, mínima pero suficiente. Un salón pequeño que dejaba entrar muchísima luz natural y al que acompañaba un comedor que yo usaba como oficina. Y por último, una habitación, un baño y poco más. Escasamente cuatro instancias principales en las que convivir con mis manías. 

Algo que recuerdo del principio y del final —con diferente sentimiento, eso sí— es que las casas vacías tienen eco. También, que al llegar allí ese espacio diáfano me parecía lleno de posibilidades. Así, los muebles fueron poco a poco llegando y rellenando el vacío, haciendo desaparecer la reverberación de las palabras. Aquellos retales que fui adquiriendo de naufragios extraños, de personas que en su mayor parte dejaban la ciudad, se convirtieron en mi ecosistema. El primero en hacer acto de presencia fue el sofá, sobre el que tantos recuerdos acabarían pesando. Llegó justo el día que me mudé, como un golpe de suerte del destino. A él le seguirían una tele y una lámpara, unidas a una mesa de café y una estantería sobre la que poner los libros que hasta entonces habían alzado el televisor. 

Con el tiempo el sitio cobró vida. Algún que otro cuadro más. Una tostadora de la que me acabé deshaciendo hace no mucho. Una cafetera que sustituyera a la italiana, nada amiga de la vitrocerámica de casa. Y un microondas que me regaló mi madre, siempre al quite. En cuestión de unos meses el apartamento era un sitio confortable donde pasaba las horas, bien leyendo o bien pensando, sin demasiado éxito, en qué quería hacer con el resto de mi vida. Como si el espacio hiciera a la persona y no al revés.

Pasó el verano y España. Y aquel lugar dejó de ser mi futuro nidito de amor para convertirse en mi entonces pisito de soltero. Llegó agosto y con el comienzo del curso empezó también una nueva fase de mi vida. Perdido como estaba, aquellas cuatro paredes fueron la guarida donde me refugiaba de mí mismo en los días grises. El respaldo en que relajar la conciencia cuando los fantasmas recientes atacaban. Un oasis, muchas veces, donde recuperar el aliento en medio del desierto de tristeza en que me hallaba. Donde aprendí, al fin y al cabo, a reinventarme y reescribir expectativas, esta vez sí, de mi propio puño y letra.  

En aquel piso aprendí a ligar. Fue allí donde pasé meses cocinando tortillas de patatas y croquetas. Descorchando botellas de vino de denominaciones de origen imposibles. Cortando queso y tostando pan en el horno antes de restregarlo con tomate y empaparlo con aceite para satisfacer a mis visitas. Haciendo marca España como método de flirteo mientras ejercía como mi propio embajador con múltiples visitas que llegaban pronto y a menudo se iban tarde. Algunas, las más intrépidas, alargaban la estancia hasta el café del desayuno. Otras, acaso un tanto menos convencidas, cerraban la puerta por fuera para no volver jamás. Todas ellas importantes, me enseñaron precisamente algo que hasta entonces no sabía: que en el fondo no valgo para ser maestro de ceremonias de diferentes espectáculos varios días a la semana.

Pasó el tiempo y en frente del pisito construyeron un bloque de edificios que lo sepultó por completo. El salón pasó de ser un espacio iluminado a un pequeño búnker desde el que casi podía dar la mano a mi vecino de enfrente. Las personas que en algún momento paraban con frecuencia por allí acabaron desertando de mí, forzadas en parte por un plan de vida que pasaba por acabar el doctorado para regresar a España. La falta de luz terminó por sepultar mi ánimo y al final no quedó otra que salir de ese agujero para recuperar las ganas de brillar. Aquel cuchitril con encanto dio paso a un primer piso mejor, con multitud de fotones traspasando los cristales a diario y paredes de papel. Sin embargo, no pasa un día en que no me asalte la memoria un instante vivido en el bajo B. 

Quién sabe si un día, cuando la tesis deje de esperar, no habrá que escribir un libro que se titule Los mejores años de mi vida donde haga acopio de historias y de anécdotas, y donde cuente de una vez por todas cómo aprendí a sobrevivir en soledad a los domingos por la tarde. 


13 mar 2022

Lo que sigue al final. O no.

Un problema que a menudo le achaco al cine o a los libros es que son limitados. Que cuando se acaban se acaban y hasta aquí hemos llegado. Da igual que te hayan encandilado la historia, el personaje o la música de fondo. El “The End” es el “The End”, amigo. Fundido a negro, página de imprenta (o lo que toque) y de repente ya no existe más historia que la contenida en esas páginas, ni más planos que los que conforman el montaje. De pronto hay un vacío, una curiosidad no satisfecha que ahí se queda por los siglos de los siglos, esperando una continuación que en la mayor parte de los casos jamás llega. Entonces, o el autor se enrolla y desarrolla, o aparece el Avellaneda de turno y se marca un apócrifo, o te quedas con las ganas; que por desgracia suele ser lo más habitual.

Una de las dudas que me ha acompañado durante gran parte de mi vida tiene que ver con el final de Casablanca. Siempre me he preguntado si, después de ver cómo despegaba aquel avión con destino a Lisboa, Rick nunca se arrepintió de haber dejado ir a Ilsa con Laszlo. Si pasados los años no recalaría mentalmente en ella una tarde cualquiera y se preguntaría cómo le habría ido la vida en América tras la guerra. Si recordaría cada noche aquellos días que pasaron juntos en París, brindando mientras entrecruzaban sus miradas al ritmo de ese “Here’s looking at you, kid”. ¿Le atormentaría, a veces, el recuerdo del tintineo de las copas de champán? Y lo mismo, pero al revés. ¿Pensaría Ilsa en Rick? Pasado el tiempo, ¿volvería al ya café de Ferrari en busca de aquel borracho melancólico que se ablandaba al escuchar las notas de ”As Time Goes By”? ¿Vería en los ojos de Víctor el reflejo de lo que alguna vez pudo haber sido y ya nunca jamás fue? Supongo que ni siquiera los guionistas y el director habrían sabido responder estas preguntas en su momento. 

En el plano literario me pasa igual. Cuento por decenas los libros cuyos personajes dejaron algo en mí y se marcharon para siempre sin dejar rastro, sin una tarjeta de visita ni un número al que llamar para resolver qué fue de ellos. Historias interrumpidas por el puño y letra de su autor, que decidió que aquel era un buen momento para girar el foco de la cámara a otro lado y dejar de contar vidas como las de los Belitre, por ejemplo, de los cuales nunca volví a saber nada. O como la de aquel idiota que contaba su historia en el librito de Azúa, que buscaba de manera incesante la felicidad y acabó —este sí— convirtiéndose en un hombre humillado, ya en un segundo volumen.

Más o menos limitados, los libros y el cine suelen, con frecuencia, dejarnos con un buen puñado de interrogantes. Preguntas sin resolver que forman parte de la esencia del arte y que nos otorga valor como espectadores, pues nos habilita como intérpretes, casi pitonisos de la suerte narrativa. Así, lo importante, al acabar de leer un libro o ver una película no es tanto lo que sucede a los personajes, sino que cuando pasemos la última página o veamos el fundido a negro final, pensemos: “Ni yéndose con la chica a Lisboa habría sido mejor la historia”.


9 mar 2022

Diario de un impostor - V.

Escribo porque hoy no debería poder escribir. Y sin embargo puedo.


Esta mañana al despertarme sentí una paz inusitada, impropia de alguien que se dirigía a un quirófano, supongo. He pasado tantos años pensando que tendría que vivir con una mano y media que una parte de mí ha asumido que iba a ser así para siempre. La posibilidad de poder hacerlo con una y tres cuartos me resulta tan atractiva que se me ha olvidado lo que conlleva una cirugía y un postoperatorio. Al final, el resultado de un test que no llegaba me ha dejado sin grapas, sin cicatriz y sin vendaje aparatoso. El jueves vuelvo a intentarlo. A ver si esta vez sirve para algo el madrugón.


En algún momento del día, no sé muy bien por qué, he recordado que mi abuelo Paco coleccionaba relojes. De pulsera, de bolsillo, de mesa. Tenía vitrinas enteras, repletas de manecillas que giraban casi al unísono. Cuando cambiaban la hora pasaba una tarde entera limpiándolos, retrasando o adelantando las agujas según fueran los designios estatales. De repente me he dado cuenta de que mi absoluta obsesión con la puntualidad muy probablemente venga de él. Como tantas otras cosas.


Una idea que me asalta con frecuencia: parece que ahora hay que tener opinión sobre todo. Y yo cada vez opino menos porque siento que en el fondo a nadie le importa lo que piense. 


Otra. Existe una paz suprema en ver cómo duerme una persona que quieres. 


Esta tarde estaba viendo una película española y de pronto me ha asaltado un pensamiento: a mí la cerveza donde mejor me sabe en el mundo es en Madrid. Da igual la marca, en realidad. Pero hay algo en bebérmela allí. Y sea lo que sea, lo echo de menos. El sabor. La compañía. Pasear de noche sin tener muy claro el rumbo, haciendo tiempo hasta que se desvanezcan sus efectos. Si mañana me encontrara una lámpara mágica y el genio me concediera sólo un deseo sería ese: tomar unas birras con amigos en Madrid.


Ayer, huroneando en Netflix me asaltó a traición Mejor imposible. Hay un momento en el que Melvin mira a Carol y le dice: “You make me wanna be a better man”. Y yo creo que no hay mayor definición del amor que esa: hacer que uno quiera ser mejor persona. 


La regla del cruasán. Durante años he tratado de encontrar pautas que definan mi estado de enamoramiento, conductas que indefectiblemente me hagan comprender que he perdido la cabeza por su amor, como cantaba Calamaro (fuese quien fuese el autor). Y por más vueltas que le doy al tema siempre llego a la misma conclusión: sé que estoy enamorado si, cuando me despierto pronto un sábado por la mañana y ella aún duerme, salgo de casa a comprarle el desayuno que sé que le gusta. 


Última. Llevo tiempo pensando por qué escribo y he llegado a la conclusión de que en el fondo no lo hago tanto por que me lean como porque me entretiene. Como casi todo lo que hago en la vida, por otra parte.

6 mar 2022

Reivindicación de la barriga.

Algo que me llama poderosamente la atención en esta época del yo, es que todo el mundo se vanaglorie de tener unos abdominales formidables y sin embargo sólo unos pocos mostremos con orgullo algo que, en el mejor de los casos, conlleva años de verdaderos esfuerzos: la barriga. Son muchos quienes la observan con desdén, olvidando que, al igual que lucir tableta de chocolate requiere de una disciplina férrea en el gimnasio, ser capaz de pasear con gracia una tripa bien cuidada también precisa de auténticos sacrificios gastronómicos. Los puristas dirán que no. Sin embargo, cuántos somos los que en multitud de ocasiones hemos seguido comiendo a pesar de no tener hambre. Cuántas cervezas nos hemos bebido aceptando de antemano la consecuente resaca. Cuántas tapas han caído como en un pozo sin fondo con el único objetivo de poder ganarle un agujero al cinturón, en un gesto de puro altruismo. Sólo quien lo probó lo sabe. 


Tener barriga en esta época de lo fit es, en realidad, un verdadero símbolo de rebeldía. Un acto de resistencia y personalidad. Y no hablo de esos que ahora llaman fofisanos, que son un quiero y no puedo de ambos extremos. Los tripudos somos, con bastante frecuencia, observados con un cierto recelo por parte del resto de la sociedad. No son pocos los que carecen de la capacidad de apreciar lo complicado de la empresa. Los abdominales, en el fondo, los traemos de serie. Con abdominales se nace, la tripa se hace. Hay que cultivarla con mimo y con esmero, con la misma delicadeza con la que se riega una orquídea. Existe un profundo mérito en ser capaz de no ceder a la presión social, pues, especialmente hoy en día, poseer una cierta circunferencia abdominal parece ser un pecado que escapa incluso los confines de la propia gula. Todos los que están en contra lo hacen, claro, sin reparar en que una barriga no sólo es una inversión a largo plazo, sino que no es algo que se pueda uno quitar de la noche a la mañana; quién querría, además. Intentar adelgazar es, en realidad, traicionar su redondez.  

Otro aspecto que a menudo se suele dejar de lado es el económico: para tener una barriga con pedigrí es necesario tener dinero. No es lo mismo alimentarla a base de menús degustación y maridajes a juego que pulir su contorno a golpe de donuts fondant. Lo primero podría decirse que es lo más parecido al arte y que por ello no está al alcance de cualquiera. Requiere una sensibilidad especial. Un saber coger el tenedor de una manera determinada. Lo segundo es un pecadillo que podría cometer cualquier principiante con ansia de éxito precoz. Hay barrigas del Barça, en las que la forma de llegar a ellas importa. Y las hay del Madrid, en las que lo importante es simplemente conseguirlas. En cualquier caso, sea cual sea el método, lo importante es que es el producto de años de tesón y de constancia; si te despistas un día y no comes suficiente su esfericidad se resiente.

Hay quien ve en echar tripa un impulso de dejadez, una rendición. La constatación de un imposible. Y lo cierto es que tener una barriga bien trabajada es un acto de amor, una declaración de principios, sobre todo ahora que parece que estamos obligados a alquilar una taquilla en el vestuario del gimnasio. Conservar la barriga por elección no sólo es una afirmación de carácter. Es, además, un deber de los gordos. 

28 feb 2022

Diario de un impostor - IV.


Lo cuento aquí porque no creo que lo vaya a poder olvidar.


Hace muchos años, justo antes de mudarme a Estados Unidos y justo después de haber empezado a jugar al golf, me empezó a temblar un dedo de la mano sin motivo. Fui al médico y me dijo que me tenía que hacer una electromiografía, pero como ya no había tiempo porque estaba a punto de irme, lo dejé pasar.

Un año más tarde, no sé muy bien por qué, me intenté volver una rata de gimnasio. Así que allí iba cada día, con mi batido de proteínas y mi pinta de dominguero a levantar pesas como si sirviera para algo. Al volver a España por vacaciones, ya un tanto hinchado por la tontería, fui un día a entrenar. Como lo mío nunca fueron los números, al hacer la equivalencia entre libras y kilos, me pasé de vueltas y me dio un latigazo en la espalda de agárrate y no te menees. 

¿Es una hernia? ¿Es una protusión? Pues ni idea, porque esta vez no fui al médico. Al regresar en enero a Alabama me di cuenta de que no tenía fuerza en la mano. Y como nunca tuve claro cómo funcionaba aquí la sanidad, allí quedó la cosa hasta verano. Cuando regresé a España, de nuevo, me empezaron a hacer pruebas para determinar lo que pasaba. Pero nada. A pesar de que en el hospital se portaron de maravilla y sabiendo que pasaba poco tiempo en casa, me adelantaron pruebas e hicieron todo lo posible por ayudarme, lo cierto es que nunca llegamos a saber qué pasaba.

La mano siguió perdiendo fuerza y en marzo de 2019 ya no podía ni agarrar una tiza para escribir en la pizarra. Volví a tratar de ir al médico para ver lo que pasaba. Una resonancia, pero nunca llegué a saber los resultados. En mayo de 2020 iba a coger el toro por los cuernos, tenía de nuevo cita y estaba decidido a solucionar el problema. En España, claro, porque en Estados Unidos no me planteaba la posibilidad de ir al médico. Es carísimo, pensaba. Es una barbaridad. Error.

Llegó la pandemia y se torcieron mis planes. Ni España, ni médico, ni nada. Llegó noviembre del 2020 y al problema de la mano se le sumó otro más urgente: un colesteatoma. Prueba aquí, prueba allá y opérate, opérate. Así que en enero de 2021 pasé por las armas y tuve mi primer contacto con el sistema sanitario estadounidense. Otro mundo. En cuestión de un mes estaba diagnosticado y operado. Y con mi seguro médico ni si quiera era tan caro. 

En noviembre de 2021, ya acuciado por una mano derecha prácticamente inútil, con lo que eso supone para un diestro, volví al médico. Resonancia de la espalda y un “yo aquí no veo nada preocupante”. Tu problema está en el plexo braquial, vete a ver a este doctor. Así que allí fui, sin esperanza de que tuviera solución, pero convencido de que el problema era algo del brazo. Error. Creo que estoy perdiendo un poco de fuerza en la pierna izquierda, le dije. Te vas a hacer una electromiografía y ver a un neurólogo, me soltó. Y así lo hice.

Enero de 2022. Regreso de España un domingo y el lunes por la mañana voy a hacerme la dichosa prueba. Descargas por aquí, pinchazos por allá. Brazo, espalda, pierna, nervios afectados y músculos inestables. Y una doctora que, muy preocupada me mira y me dice: “Tienes una enfermedad neuromotora”. Tres personas en la sala y las tres, con un rictus muy serio, casi funerario, mirándome con pena. ¿Esto tiene cura?, le pregunto. No, como mucho podemos retrasarlo, pero no se puede curar. Pues nada, pensé, estoy jodido.

Enfermedades neuromotoras hay muchas. La más famosa de ellas es la ELA. Así que salgo del médico asumiendo que me voy a morir. ¿6 años?, me pregunto. ¿Quizás más? ¿Menos? El caso es que estoy enfermo y esto no tiene solución. En el mejor de los casos es una enfermedad degenerativa que acabará afectando mi vida. En el peor, acortándola de manera significativa. Olvídate de formar una familia y verla crecer, pienso. Reevaluación de expectativas casi instantánea. Menos mal que no soy un atleta, pienso. Menos mal que lo que me hace feliz en la vida es leer y escribir, y para eso no necesito casi nada. Me convenzo a mí mismo.

Menos mal que me fui en noviembre a Nueva York a ver a Pablo. Tengo que acabar la tesis. O no. Quiero morir en España. Cuando acabe el semestre me vuelvo. Ideas, todas estas, que me pasaron por la cabeza.

Dos semanas. Ese es el tiempo que pasé prácticamente sin dormir hasta que fui a ver a mi neurólogo, asumiendo que estaba ante los últimos días del Edén. Al llegar, me doy cuenta de que estoy en un centro para el tratamiento de la ELA y se me hace un nudo en el estómago. Me siento en la sala de espera como quien está en el corredor de la muerte. Me llaman. Entro. Empiezo a hablar con el residente y a contarle mis problemas. Que si la muñeca, que si la pierna. Que si, quitando la mano, yo hago vida normal y no he notado grandes cambios en mi estado físico desde hace años. Que si acaso ahora tengo más fuerza y puedo sujetar una raqueta. Que el verano pasado, con todo, jugué al tenis. Y nada le cuadra, claro. Se va. 

Cuando regresa lo hace con mi médico, que me examina físicamente y se da cuenta de que mis síntomas no acaban de cuadrarle con los de la ELA. Algún reflejo más exagerado de lo normal. Una cierta espasticidad en la boca cuando hace frío. Me hace preguntas y más preguntas. Y yo le digo que me encuentro bien, quitando el tema de la mano. Le sugiero enfermedades que he ido encontrando en Google y me va diciendo por qué no le parece. Al final me dice que con mis síntomas que ve, no cree que sea ELA. Que puede estar equivocado, pero no le parece. Vamos a hacer unos análisis de sangre y unas pruebas genéticas, por si fuera la enfermedad de Kennedy. 

A las dos horas me llega un mensaje. Después de examinarte, y a la espera de los resultados de las pruebas, creo que tienes una enfermedad llamada amiotrofia monomélica, también conocida como enfermedad de Hirayama. A las dos semanas de hacer las pruebas me manda otro mensaje: con los resultados en la mano, estoy en disposición de confirmar mi diagnóstico inicial. Creo que es Hirayama. Una enfermedad rara que tiene un curso limitado, es decir, que afecta pero para. Creo que ya ha parado. Lo que tienes ahora mismo no son síntomas, son secuelas.

Alegre por el diagnóstico le pregunto que si puedo empezar a entrenar, levantar pesas y fortalecer músculos. Me responde que sí, que debo. Y añade que la electromiografía, de hecho, muestra síntomas de re-enervación. O sea, que mi cuerpo se está recuperando. Y que hacer ejercicio me puede ayudar a favorecer esa recuperación de los nervios. Es decir, que la doctora que me atendió aquella mañana de enero no sólo no debió de darme un diagnóstico sin tener el resto de las circunstancias en cuenta, sino que además se equivocó en su apreciación.

Un error evitable. Un error innecesario. Un error que me hizo vivir dos semanas de mi vida pensando que me estaba muriendo, a pesar de que mi cuerpo no había cambiado para nada en los últimos dos años. El diagnóstico erróneo no sólo me afectó a nivel mental, sino que además me indujo síntomas que no tenía realmente. 

El viernes pasado fui al médico. Otro. El sexto ya relacionado con este tema. Al tocarme el antebrazo se dio cuenta de que mis nervios cubital y radial tenían un problema. Creo que eres un buen candidato para una cirugía muy simple que podría ayudarte a que los nervios se regeneraran, me dijo. Descomprensión de un nervio y transposición del otro. Si hacemos esto, vamos a facilitar la recuperación de tus nervios. Tu cuerpo está tratando de sanar. Hay algo ahí que se lo impide. Merece la pena probar. Unos 30 minutos de quirófano. No te hace falta ni anestesia general. Si sale bien es posible que recuperes muchísima movilidad en la mano y la muñeca. Así que el martes que viene me opero con la esperanza de poder volver a meter un tiro libre.


Vivid. Vivid todo lo que podáis. Ante la duda: hacedlo siempre. Y quered. Quered mucho. Que estamos de paso.


27 feb 2022

Esa perversa modernidad.

Algo que no venía recogido en el prospecto de la modernidad es que uno de los efectos secundarios del futuro era la pérdida de la esencia. Que con la llegada del progreso, que por cierto nunca acaba de llegar, estábamos mostrándole la puerta de salida al alma de las cosas. Sólo así se explica que cada vez más existan menos diferencias entre sitios que otrora jamás habríamos podido confundir. Ahora da igual donde te encuentres, pues el mundo ha decidido parecerse, evolucionar inexorablemente hacia una misma imagen. Las ciudades, que siempre han sido seres vivos, diferenciables unas de otras, son ahora espacios fungibles donde las calles se podrían intercambiar como piezas de un Lego. Cada vez son menos esos sitios que transportados piedra a piedra no encajarían a la perfección en la estética del lugar de destino. Y lo mismo se puede decir de las ideas. 

En este contexto, el futuro ya no es una simulación. Vivimos en él. Nos relacionamos en él. El abrazo a todo aquello que define lo moderno pasa por una paulatina disolución identitaria, por la pérdida de ese algo que nos define como lo que somos. La esencia de la modernidad es, paradójicamente, la ausencia de esencia. A día de hoy, la estética le ha ganado la batalla al argumento, como si la vida fuese una película mala de Netflix. No importa que lo que representes sea una mierda, literalmente, si lo haces utilizando luces de neón. La trama es lo de menos, lo importante es que de puertas para fuera todo tenga colorido, que aumentes la saturación para que la luz desvíe al ojo de los defectos evidentes de la escena. Tenemos el poder de construir nuestra propia realidad ficticia, pues podemos proyectar la imagen que queramos. Da igual que se ajuste o no a la verdad de la experiencia. Que sea más o menos cierta. O eso creemos, pues no hay filtro de Instagram que maquille la amargura. 

Vivimos en el reino de lo superficial. Para qué vas a indagar en algo si es más fácil digerir información que te llega masticada. Pensar por uno mismo, salirse de la norma imperante se ha convertido en un acto de resistencia personal y política. Ahora lo punk es tener ideas propias y capacidad de disentir. Si el pasado, como decía L.P. Hartley en The Go-Between es un país extranjero, un lugar donde se hacían las cosas de manera diferente, el futuro es un horizonte donde todo tiende a la homogeneización. Vamos enfilados hacia el abismo de lo impersonal. Así que, ya que no podemos devolverle hojas al calendario, habrá que sentarnos en las manecillas del reloj cuando den las nueve menos cuarto y evitar así el paso del tiempo.

20 feb 2022

Los besos en el cine.

“El cine, entre otras cosas, nos enseñó a besar. […] El cine nos enseñaba a besar en primer plano.”



Dice Garci que la primera vez que besó a una chica —una tal África, recuerda— fue en el Parque del Retiro de Madrid y que se quedó paralizado esperando a que sonara la música, como en las películas. Para su sorpresa, no hubo cuarteto de cuerda alguno que entonara ninguna melodía, ni cámara que enfocase en un plano detalle los labios de ella. Fue entonces cuando descubrió que, al contrario de lo que le habían hecho creer todos aquellos largometrajes que veía en aquellas salas vetustas de la Gran Vía, existían dos vidas: la suya y la del cine. Ambas, dice, estaban comunicadas. De ahí que con el tiempo acabase considerando a este último como una vida de repuesto

Hay una escena en Los peores años de nuestra vida en la que Alberto, el personaje protagonista, interpretado por Gabino Diego, le dice María, que es Ariadna Gil, que no entiende cómo dejamos a la improvisación algo tan importante como lo que se dice en una cita. Así que, sentados en un bar, ni corto ni perezoso, agarra un taco de servilletas y empieza a escribirle las respuestas. A cada frase que dice él, allí tiene ella sus líneas preparadas. El método es infalible, claro, y así se lo hace saber su interlocutora. En un momento dado, cansada de tanta preparación, María decide quemar una de esas servilletas y, con una sonrisa, le mira a la cara y le suelta: “No digas nada, confía en mí”. 

A diferencia de lo que sucede en la película, en la vida no existe guion. Vamos, que si la cagas la cagas. No hay posibilidad de reescribir la toma ni de escoger el final de la trama. Si estás flirteando y la cosa sale mal, no puedes pedir que corten y vuelva a sonar la claqueta, como decía Javier Aznar hace poco en uno de los episodios de su podcast. La realidad no permite añadir música al montaje ni repetir la grabación de la secuencia. Viene como viene. Y al contrario que el cine —he aquí una ventaja que se agradece— los besos suelen ser de verdad, aunque no vayan seguidos de fundido a negro ni suene un tema de fondo. 

La vida, como le decía Alfredo a Totó en Cinema Paradiso, no es como las películas. Es más difícil. Sin embargo, existen momentos de escapismo. Instantes en los que como dice Garci, ambas vidas, la real y la del cine, se confunden. Por ejemplo, en el segundo que precede a un primer beso real. Es como si la tierra dejase de girar. Como si automáticamente bajase la intensidad de los focos del mundo y un haz de luz iluminase la escena. De repente el entorno cambia, el ruido desaparece y el resto de las personas no existe. Suena música, una banda quizás. Y de pronto allí están ellos, los dos únicos habitantes de cualquier galaxia conocida, frente a frente, sabiendo que sí, que va a pasar. Ese es el instante en que la vida se mezcla con el cine. Justo cuando se produce la constatación tácita y mutua de que acabará sucediendo lo inevitable y, como en las películas, terminarás besando a la otra persona. Y ese momento se parece bastante a la felicidad. 

13 feb 2022

Larra 213 años después.

“en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza.”

(Vuelva usted mañana, Mariano José de Larra)


Cuando en el año 1833 Mariano José de Larra escribió estas líneas, nada hacía presagiar al lector que cuatro años más tarde acabaría venciendo esa pereza y apretando el gatillo de su pistola. Su temprana e inesperada muerte —sobre la que se ha conjeturado y mucho— unida a su preclara visión de España, le alzaron con el tiempo al Olimpo de las letras patrias. Sin embargo, esto no siempre fue así, pues a la triste noticia de su deceso le siguió un profundo silencio en la prensa (y en parte de la sociedad) española, que tardaría años en reconocerle como la figura que fue. Ya fuera por el desamor que le produjo la definitiva ruptura con Dolores Armijo, o porque como dijo Antonio Machado en boca de Juan de Mairena, “se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda la esperanza de encontrarla”, lo cierto es con su suicidio se convirtió en uno de los miembros fundadores del club de los veintisiete.

La falta de cobertura mediática de su deceso contrastó, no obstante, con la extraordinaria admiración póstuma que mostraron otros escritores de la época. Fueron estos, y no otros, los que costearon el sepelio de Fígaro, tal y como relata Ramón de Mesonero Romanos en sus Memorias de un setentón, donde cuenta, literalmente, que Manuel Delgado “y otros amigos se habían encargado de tributarle los fúnebres honores, para lo cual allegaban en el acto por suscrición los fondos necesarios”. Su entierro fue, de hecho, un lugar de reunión para los grandes literatos de la época, que conocieron en ese momento a un joven poeta llamado al éxito: José Zorrilla, el cual recitó unos versos al borde de la tumba que más tarde le alzarían a la fama. Un testigo indirecto, José Velarde, describió este momento con una lucidez tremenda en el prólogo de Recuerdos del tiempo viejo, del propio Zorrilla, al señalar que: “Aquella tarde fría y nebulosa fue solemne; vio la conjunción de dos crepúsculos. Un sol se alzaba en el oriente de la literatura al hundirse otro sol en el ocaso”. Así, tras ser velado en la cripta de la parroquia de Santiago la tarde del 14 de febrero, al día siguiente recibió sepultura en el cementerio de Fuencarral.

Algo que no mucha gente sabe sobre Larra es que aquel camposanto, sin embargo, sería el primero de los tres donde descansaría su cuerpo. En el año 1843 fue traslado al cementerio de San Nicolás, junto a José de Espronceda (fallecido en 1842), donde sus restos mortales estuvieron hasta el año 1902. Fue a principios del siglo XX, con ocasión de la mayoría de edad del Rey Alfonso XIII, que su cuerpo fue exhumado junto con el del propio Esprocenda y el del pintor Eduardo Rosales. Varios periodistas de la época asistieron al momento de apertura de los féretros. En una crónica publicada por El Liberal el 25 de mayo de 1902, José Nogalos apuntó cómo “De un martillazo saltó la herrumbrosa cerradura y, besados por el piadoso sol que alegraba el mundo contemplé, confundidos con un haz lúgubre, los restos del gran satírico, del más poderoso talento social de nuestra época”. El reverencial respeto que destilan estas líneas no es algo excepcional, pues fueron varios los medios que trataron el asunto con una similar sensibilidad. Larra seguía siendo Larra, pero algo había cambiado en España. 

Antes de descansar de manera permanente en el cementerio de San Justo, los restos de Larra —junto con los de Espronceda y Rosales— fueron expuestos, dentro de un arcón, en el ahora Museo del Prado. El Imparcial, en su edición de 26 mayo, narró de manera detallada el boato con el que se sucedieron los diferentes actos: “Desde antes de las diez había un inmenso gentío frente a la entrada principal del Museo de Pinturas. Allí, en el solemne atrio, detrás de la severa columnata, hallábanse los tres suntuosos arcones de roble con parámetros de acero […] Cubríanlos paños de terciopelo rojo y la bandera nacional”. Dice El Liberal de ese mismo día, que “sobre la caja mortuoria de Larra veíanse magníficas coronas ofrecidas por sus nietos”. Tras ello, los tres féretros fueron traslados al Panteón de Hombres Ilustres del XIX que ellos mismos inauguraron. Y es allí donde descansa Larra a día de hoy.

En el año 1909, con ocasión del centenario de su nacimiento, el Ayuntamiento de Madrid inauguró una placa en la que podía leerse: “En esta casa vivió y murió D. Mariano José de Larra. Fígaro”. Junto a este, se siguieron diversos homenajes como una velada en el Ateneo de Madrid. En una columna titulada “Los coevos de Fígaro” y publicada por El Imparcial el 24 de marzo, Mariano de Cavia se quejaba amargamente de la falta de reconocimiento a nivel europeo de la figura de Larra. Acaba sus líneas diciendo “No por eso es menor el puesto que le coloca nuestro culto: pero ¡qué lástima hermanos y cofrades, qué espantosa lástima de Mesías español!” Y no le faltaba razón, pues tras su muerte, lejos de ser reconocido como la mente brillante que fue, sólo hubo silencio. Un eco en la nada que reverberó durante 65 años. El tiempo que tardamos en darnos cuenta de que, efectivamente, era un verdadero hombre ilustre del XIX.


6 feb 2022

Pesimistas, optimistas y expectantes.

Algo que se suele descubrir a medida que se crece es que hacerse mayor conlleva expandir la capacidad de aceptar. Aceptar que muchas de las cosas a las que algún día aspiraste probablemente no se van a cumplir. Aquel niño rubio que soñaba con ser futbolista, pasados los quince se da cuenta de que, por mucho que le guste dar patadas a un balón, siempre hay alguien muchísimo mejor que él. Y lo que es peor aún, con una mayor capacidad de sacrificio. Así que, si es inteligente, acaba por comprender que querer algo no es argumento suficiente para que esto suceda y que entrar en la adultez es, en gran parte, aprender a rebajar expectativas. Que desear ese algo con ganas es sólo el primer paso para acabar perdiéndolo, pensaría un pesimista. 

Al principio de Match Point, en ese interminable intercambio de golpes en el que una pelota de tenis sobrevuela la red, la voz del protagonista impacta un drive de derechas al decir que “Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control”. Y es cierto. Conforme se suceden los años, se va adquiriendo más y más consciencia de que una gran mayoría de las cosas que nos pasan no están, por desgracia, sujetas al arbitrio de nuestra voluntad. La fortuna siempre juega un papel relevante a la hora de hacer girar las manecillas del destino. Por mucho que la suerte sea algo que se busca, existe una variable de indeterminación que escapa a nuestro dominio. Crecer, por tanto, es tomar consciencia de la existencia de ese algo incontrolable. 

Es, precisamente, en esta asunción serena de los diferentes avatares que suceden donde se encuentra una de las claves de la vida. De este modo, dependiendo de dónde encaje cada uno, le será más o menos fácil de asumir que para que aquel niño rubio fuese futbolista, además de ser buenísimo, le habría hecho falta estar en el sitio adecuado en el momento correcto. Así, en función del momento en el que se interiorice el imposible, será uno clasificado como pesimista u optimista. Los primeros serán cautos, pues viven con el miedo a que no exista un mañana, y atesorarán la idea del fracaso de antemano. Mientras que los segundos —tan temerarios a veces— jamás contemplarán la posibilidad de que no exista el futuro y se estrellarán, quizás, de frente con la realidad. 

Existe, no obstante, un tercer grupo: los expectantes. Rainer María Rilke los definió en sus Cartas a un joven poeta cuando en una de ellas le dijo a su querido señor Kappus: “deje que la vida vaya sucediendo y traiga lo que tenga que traer. Créame, la vida siempre, siempre tiene razón”. 

Tú eliges: pesimista, optimista o expectante.


30 ene 2022

El existencialismo cómico.

Algo que siempre me ha llamado la atención del existencialismo es que es una cosa muy seria. Da igual que la vida a veces sea una comedia o un drama. Existir es, en sí, una actividad que conlleva sobriedad, y hasta parece que queda mal tomarse a la ligera esto de ser. Ya sabéis, no vale con respirar y latir, hay que tener preocupaciones vitales y responder a preguntas profundas a diario. No vaya a ser que entre carcajada y carcajada venga alguien y ponga en duda las propias limitaciones de la condición humana. O peor aún, lo fugaz e irrelevante de nuestra existencia. El mínimo exigible para cualquier persona de bien es estar preocupado porque el universo se expande, como el niño aquel de Annie Hall. 

Cabría pensar entonces que existe algo un tanto contradictorio —oximorónico que dirían ahora los cursis— en contemplar la posibilidad de un existencialismo cómico. Sin embargo, si algo no tuvo en cuenta la contradicción al inventarse a sí misma, fue que un día habría un tipo bajito y fumador que daría al traste con ella. El señor en cuestión se llamaba Enrique Jardiel Poncela. Y el texto que echó por tierra la seriedad del existencialismo fue Cuatro corazones con freno y marcha atrás, una obra de teatro en la que cinco de sus personajes deciden tomar unas sales que les garantizan la inmortalidad, resolviendo así el mayor problema que tienen: para poder vivir la vida que quieren, en el mejor de los casos, necesitan que pase muchísimo tiempo. 

Jardiel Poncela, injustamente denostado a lo largo de los años, utiliza el argumento de la obra para cuestionar de una forma cómica los peligros de la inmortalidad. Así, desgrana uno tras otro los sinsabores que van unidos a vivir en medio de la eternidad: desde asistir a más de tres mil doscientos entierros, hasta verse perdidos entre una generación que no pueden comprender. “Se ama la vida porque se sabe que va a concluir”, apunta uno de sus personajes, hastiado por una existencia sine die que ha perdido todo el sentido. Son corazones con freno, dice, a fuerza de saber que latirán siempre, tienen la impresión de que no laten ya. 

El texto tiene miga, claro. En un plano superficial es innegable el divertimento que cada una de las situaciones diseñadas para el gag teatral posee. Sin embargo, la obra alberga una lectura subyacente en la que, efectivamente, se habla sobre algo más profundo. En ésta se cuestiona el materialismo y se pone en tela de juicio una viciada escala de valores. Se muestra la importancia de priorizar aquello que de verdad es importante y se habla, a través de la constante broma, de una cosa mucho más seria: la necesaria finitud del periplo vital. 

El éxito de Cuatro corazones con freno y marcha atrás no está simplemente en ser capaz de tornar un drama en una comedia, sino en escoger un tema tan universal. Las preocupaciones que muestran sus personajes, a pesar del paso innegable del tiempo —se estrenó en 1936—, escapan por completo al momento de su escritura. Es la atemporalidad de la reflexión lo que hace grande al texto. Eso, y que demuestra que la muerte es, en realidad, lo que da sentido a la vida. Su lectura te pone frente al espejo y te pregunta: ¿a qué quieres dedicar tu tiempo: a tratar de resolver el misterio de la existencia, o a disfrutar del movimiento de las olas sin preocuparte de desentrañar el mecanismo que las mueve?

23 ene 2022

Gattaca.

Cuando allá por los 90 Andrew Niccol escribió Gattaca, no se le pasó por la cabeza que casi 25 años después de su estreno, un domingo por la mañana, alguien estaría escribiendo sobre ella desde su sofá de Nashville. Y sin embargo, ocurrió. Está ocurriendo, vaya. Este suceso, inimaginable para él entonces, es, de hecho, algo similar a la premisa que regula la película: es posible que exista una única posibilidad entre cien de que algo no suceda y, aun así, que no acabe sucediendo. La fe, en último término, no admite prueba en contrario. Donde existe esa creencia que escapa a los límites de la razón poco importa la estadística. ¿Una posibilidad entre un ciento? Perfecto, tú dámela que yo me aferro a ella y vivo. Duda tú si quieres. Yo voy a creer, como si jugara para Ted Lasso.

Casi seis décadas antes de que Niccol empezase a escribir la película, en 1927, Werner Heisenberg formuló el Principio de incertidumbre, según el cual es imposible medir cuál es la velocidad y posición de una partícula con plena exactitud, incluso de forma teórica. Al parecer, la observación del elemento introduce una variable que hace que no sepamos realmente cuál es su estado natural, por lo que si conocemos muy bien su velocidad, no podemos conocer perfectamente su posición. Y viceversa. O sea, que igual la certeza es algo menos categórico de lo que pensamos.

El tema principal de Gattaca es que es posible conocer, desde el momento del nacimiento, la causa de la propia muerte. Un simple test genético al nacer te convierte en un completo paria o te sitúa en lo más alto de la cadena. Así, en la película, a los diez segundos de llegar al mundo ya se sabe que el corazón de Vincent Anton tiene un 99% de posibilidades de pararse. O lo que es lo mismo, sólo un 1% de posibilidades de no fallar jamás. Su condición congénita le convierte, de forma automática, en un no apto. Él, no obstante, se aferra a esa ínfima posibilidad de que sus latidos nunca se paren. Tiene fe en sí mismo porque ha entendido algo importante: mientras el músculo siga latiendo, su sueño permanece intacto. Así, abrazando lo improbable, es como llega a entrar en Gattaca y despegar rumbo a Titán.

Jerome Morrow, que así es como se hace llamar Vincent tras tomar prestada una identidad ajena, es el perfecto ejemplo de lo que no es posible. De él se puede aprender lo que es el esfuerzo. ¿De verdad quieres algo? ¿Pero cuánto lo quieres? Dime qué estás dispuesto a sacrificar para conseguirlo, incluso sabiendo que tienes todo en contra. No sólo es el epítome de lo que significa tener fe, sino también de lo que supone la tenacidad. Es la prueba viviente de que la pasión es un valor seguro. 

Sospecho que cuando Niccol dirigió Gattaca no pensó en Heisenberg. Pero en cierto modo ambos hablaban de lo mismo: no importa cuánto se aproxime algo a una certeza, siempre existe un pequeño resquicio de duda. Una rendija de probabilidad. El futuro no está escrito y el hecho de que algo sea probable no significa, de facto, que sea seguro. Existe una incertidumbre consustancial a la propia condición de estar vivo. Que no se pueda determinar la velocidad y la posición de algo con exactitud sólo prueba una cosa: que ese algo existe y que todavía está en movimiento. Un poco como el corazón de Jerome, que a pesar de que todo apunta a que en algún momento va a fallar, para el momento en que sube al espacio ya lleva veinte mil latidos de más. 

16 ene 2022

El Quijote.

El Quijote hay que leerlo, te pongas como te pongas y te cueste lo que te cueste, porque es un tratado vital. Cervantes, que además de manco debía de ser un cachondo, se marcó una especie de Austin Powers a lo siglodeoro en el que a través de la parodia de un género —el de caballerías— te cuenta todo lo que tienes que saber de la vida. Aquel Pierre Menard de Borges, casi sin que te des cuenta, te va desvelando poco a poco el misterio de estar vivo y la necesidad de celebrarlo a cada instante. Alonso Quijano, a quien “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro” es un antihéroe, pero un antihéroe valiente. A su muy predicada locura se une la de Sancho, que no por ser cuerdo está menos loco que su amo; al fin y al cabo le sigue, a pesar de saber de sobra que los gigantes son, en realidad, molinos de viento. 

En el Quijote está todo. Y yo no me cansaré nunca de repetirlo. Las dos partes —tres si contamos el apócrifo de Avellaneda— son, en el fondo, un manual de conducta y no sólo unas meras normas de supervivencia. Un cómo existir y no tanto un cómo pasar por el mundo. Don Quijote, que no Alonso Quijano, nos demuestra que la vida hay que vivirla sin miedo. El tipo lucha batallas y sale muchas veces trasquilado. Otras, como la del Caballero de los Espejos, las gana de casualidad. Pero le da igual, porque vivir es eso. Es poner todo lo que uno tiene sobre la mesa y esperar que la moneda caiga de cara. ¿Qué a veces hay que desafiar a unos leones adormilados? Pues sí ¿Qué hay que dejarse caer por la cueva de Montesinos y soñar? Claro. ¿Imaginar que uno vuela sobre Clavileño? También. Que no todo va a ser surcar los campos tratando de “desfacer agravios y enderezar entuertos”. 

En los años 40, en su Guía del lector del Quijote, Salvador de Madariaga —don Salvador para Garci— desarrolló una teoría en la que hablaba de cómo hacia la mitad del libro se produce un fenómeno de quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote. Según él, los personajes experimentan una suerte de transmutación identitaria y conforme uno va abrazando paulatinamente la locura, el otro se va asesando. Así hasta el final, cuando el Caballero de los Leones, ya en su lecho de muerte, recobra la cordura.

Consciente de la necesidad de cerrar la saga para evitar curiosos impertinentes que escribieran un cuarto apócrifo, Cervantes decidió acabar con Alonso Quijano (que no con don Quijote). Lo hizo, además, reservando una de las mayores enseñanzas del libro para el final y poniéndola en boca del personaje más sabio de todos: Sancho. Ocurre en el capítulo 74, con el moribundo hidalgo postrado en su cama, cuando su escudero le dice: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.” 

Y qué razón tiene. Sancho, no Madariaga.

8 ene 2022

Como los erizos.

En su Dilema de los erizos, Schopenhauer habla de cómo éstos, en una mañana de frío, se acercaban los unos a los otros para mantener la temperatura. Al juntarse, sin embargo, se pinchaban con las púas y sentían dolor. Así que debían decidir: o estar cerca y notar esa punción, o alejarse y morir congelados. En el prólogo de Donde habite el olvido, epítome poético del desamor, Luis Cernuda lo recogió de manera más lírica al decir: “Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.”

Cuenta Cuartango en su Elogio de la quietud que, meses antes de morir, Miles Davis se encontró con Juliette Gréco en París y al cuestionarle ésta si alguna vez se arrepentía de haberla dejado, aquel respondió “No importa el día o el rincón del mundo donde yo estuviera. Allí estabas tú”. Cuenta también que cuando Jean Paul Sartre le preguntó por qué no se habían casado, su respuesta fue “Porque la quiero demasiado para hacerla infeliz”. Su relación, al parecer, era algo imposible, pues la sociedad americana de los 60 jamás habría comprendido un matrimonio entre un músico negro y una cantante blanca.

A menudo, cuando no me entiendo demasiado a mí mismo, vuelvo a la primera frase de Davis y me viene a la cabeza el sacrificio que tuvo que hacer para permitir ser feliz a Gréco. Ahora que vivimos en la época del yo, que el individualismo ha devorado a todo aquello que escape a la esfera personal, me llama la atención el gesto. Ese dejar ir en defensa, no propia, sino ajena. Te abro la puerta porque te quiero, independientemente de que sea yo el que sufra el menoscabo. El que, vaya donde vaya, estará siempre pensando en ti. 

Esa manera de amar de Davis es, en realidad, una forma de amor aún más pura que el querer. Renunciar al otro para permitirle ser feliz. Amputarse una mitad para que ésta sobreviva es un acto de altruismo que no está al alcance de cualquiera. Al dar puerta a Gréco para que siguiese su camino alejada de él, no estaba dejándola, sino haciéndole la mayor declaración de amor posible: anteponer el bienestar de ella al suyo propio. Él lo comprendió rápido: liberarla era la mayor demostración de ese afecto que le profesaba. 

Habrá quien no lo entienda así, pero irse es, a veces, el mayor acto de amor. En ocasiones es la única salida, la única manera de seguir. Al dejar a Juliette, Miles no sólo estaba haciendo un sacrificio personal, un acto de heroísmo emocional, sino que se estaba condenando a sí mismo a un perpetuo estado de añoranza. Allá donde yo estuviera, estabas tú, le dice demostrándole que lo que se acabó en su momento fue el romance entre ambos. Pero nunca el amor que sentía por ella. 

La historia de Miles y Juliette es la excepción que confirma la regla de la paradoja planteada por Schopenhauer. Al separarse de Gréco, lejos de sentir el alivio de la distancia, comenzó a experimentar la angustia de la punción fantasma. Allí donde yo estuviera, estaban tus púas, le faltó decir. 

2 ene 2022

Sorrentino.

El otro día vi la última de Sorrentino —que para mí en realidad era la primera, pues siempre llego tarde a todo— y me pareció que era un acto de rebeldía. Una reivindicación de la belleza en este parque temático de la mediocridad en que hemos convertido el mundo. En ella, Fabietto, que es el alter ego del propio Paolo, lucha por comprenderse a sí mismo mientras casi todo a su alrededor se desmorona. Reflexiona sobre los porqués de su existencia y acaba llegando a la conclusión —esto lo sabemos por el resultado de la cinta— de que no vale sólo con hacer las cosas: también hay que hacerlas bonitas. Un poco como Buzzlight Year, que no estaba claro si volaba, pero a buen seguro caía con estilo.

Sorrentino está obsesionado con filmar el punto de fuga y yo desde que vi la película estoy obsesionado con Sorrentino. Plano tras plano, escena tras escena, muestra que la vida es un camino sin retorno. La imagen se acerca misteriosa hacia el fondo, del mismo modo que todos caminamos de forma inexorable hacia la orilla más próxima del Leteo. Más allá de la evidencia gráfica del proceso, el movimiento de la cámara deja un mensaje: ya que hay que caminar hacia adelante, ya que algún día miraremos a los ojos a la muerte, tratemos al menos de hacerlo bajo un criterio estético. Como el ruido incesante de las motoras cuando surcan las olas en el mar, que hacen “tuff… tuff… tuff”.

Ya casi al final, Fabietto se encuentra con Capuano y éste le dice que no vale sólo con que le pasen cosas: ¡es necesario tener algo que contar, Schisa! Así que, apropiándome de la frase, he decidido que ese va a ser el criterio de 2022 y de esta pequeña columna semanal. Tratar de contar lo que me pase (por la cabeza) y hacerlo además persiguiendo la belleza. El objetivo es claro: evitar sentarme a escribir lo que debo, que es por norma mucho menos apetecible que lo que no. Seamos serios, después de más de un año de retraso, me engañaría a mí mismo si les dijera lo contrario: la tesis puede esperar.