12 oct 2022

La verdadera patria.

En la persistencia de los olores se esconde a veces una niñez que se resiste a salir corriendo. Me ocurre al cortar una naranja, que mi cabeza vuelve a aquel exprimidor manual de acero inoxidable que tenía mi abuela en la cocina y que hacía —será que me traiciona la memoria— los mejores zumos del mundo. Pasaba igual con aquel café que hacía mi tía en la cafetera italiana, que impregnaba con su aroma una casa donde nunca se apagaban los fogones, ni faltaban los platos de sopa para cenar entre semana. Nadie escalfaba los huevos como mi abuela, que empeñada en que tomaras calcio, te atiborraba de leche durante las comidas porque era bueno para los huesos. Y tenía razón, porque nunca nos rompimos uno. 

Algunas tardes bajábamos a su casa, tal vez a jugar al fútbol en la pista de la urba, o simplemente a incordiarla un rato una vez acabada la novela. Recuerdo con mucho cariño que a veces, cuando no había nocilla, sacaba el colacao, la leche y el azúcar, y preparaba un mejunje similar en consistencia que extendía con amor por una rebanada de pan bimbo para prepararnos un sándwich. Es posible que mi abuela no estudiase, pero es que hay gente que no lo necesita porque nace sabia. Quién quiere leer libros cuando puede dedicar su vida a cuidar a los demás. A asegurarse de que nunca les falte de nada. 

Somos lo que somos hoy en día porque quienes nos precedieron fueron con nosotros lo que fueron. Sólo así se explica que yo sea un cocinero intuitivo y que jamás en la vida siga una receta. Esto lo aprendí de ella, como casi todo lo que tiene que ver con los sabores. Un día mientras hacía el arroz de la bisabuela, al preguntarle cuánta agua necesitaba aquello, me dijo: “Lo vas viendo”. Y tenía razón, porque hay ciertas cosas que no se pueden medir en cantidades, son sensibilidades que se transmiten entre generaciones y que exigen plena atención de uno para no desperdiciarlas. 

Volviendo a los olores, con frecuencia me pasa que estoy haciendo algo, casi siempre en la cocina, y me viene una ráfaga de algo que me impregna el momento de recuerdos. Me pasa con sabores, bastante menos a menudo, claro, pues esos son irrepetibles. Pero siempre que sucede, por un instante me parece estar viviendo una regresión en el tiempo a una patria que ya no existe. A un lugar lejano del que por muy lejos que viaje nunca me despego. A casa. 


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