23 ene 2022

Gattaca.

Cuando allá por los 90 Andrew Niccol escribió Gattaca, no se le pasó por la cabeza que casi 25 años después de su estreno, un domingo por la mañana, alguien estaría escribiendo sobre ella desde su sofá de Nashville. Y sin embargo, ocurrió. Está ocurriendo, vaya. Este suceso, inimaginable para él entonces, es, de hecho, algo similar a la premisa que regula la película: es posible que exista una única posibilidad entre cien de que algo no suceda y, aun así, que no acabe sucediendo. La fe, en último término, no admite prueba en contrario. Donde existe esa creencia que escapa a los límites de la razón poco importa la estadística. ¿Una posibilidad entre un ciento? Perfecto, tú dámela que yo me aferro a ella y vivo. Duda tú si quieres. Yo voy a creer, como si jugara para Ted Lasso.

Casi seis décadas antes de que Niccol empezase a escribir la película, en 1927, Werner Heisenberg formuló el Principio de incertidumbre, según el cual es imposible medir cuál es la velocidad y posición de una partícula con plena exactitud, incluso de forma teórica. Al parecer, la observación del elemento introduce una variable que hace que no sepamos realmente cuál es su estado natural, por lo que si conocemos muy bien su velocidad, no podemos conocer perfectamente su posición. Y viceversa. O sea, que igual la certeza es algo menos categórico de lo que pensamos.

El tema principal de Gattaca es que es posible conocer, desde el momento del nacimiento, la causa de la propia muerte. Un simple test genético al nacer te convierte en un completo paria o te sitúa en lo más alto de la cadena. Así, en la película, a los diez segundos de llegar al mundo ya se sabe que el corazón de Vincent Anton tiene un 99% de posibilidades de pararse. O lo que es lo mismo, sólo un 1% de posibilidades de no fallar jamás. Su condición congénita le convierte, de forma automática, en un no apto. Él, no obstante, se aferra a esa ínfima posibilidad de que sus latidos nunca se paren. Tiene fe en sí mismo porque ha entendido algo importante: mientras el músculo siga latiendo, su sueño permanece intacto. Así, abrazando lo improbable, es como llega a entrar en Gattaca y despegar rumbo a Titán.

Jerome Morrow, que así es como se hace llamar Vincent tras tomar prestada una identidad ajena, es el perfecto ejemplo de lo que no es posible. De él se puede aprender lo que es el esfuerzo. ¿De verdad quieres algo? ¿Pero cuánto lo quieres? Dime qué estás dispuesto a sacrificar para conseguirlo, incluso sabiendo que tienes todo en contra. No sólo es el epítome de lo que significa tener fe, sino también de lo que supone la tenacidad. Es la prueba viviente de que la pasión es un valor seguro. 

Sospecho que cuando Niccol dirigió Gattaca no pensó en Heisenberg. Pero en cierto modo ambos hablaban de lo mismo: no importa cuánto se aproxime algo a una certeza, siempre existe un pequeño resquicio de duda. Una rendija de probabilidad. El futuro no está escrito y el hecho de que algo sea probable no significa, de facto, que sea seguro. Existe una incertidumbre consustancial a la propia condición de estar vivo. Que no se pueda determinar la velocidad y la posición de algo con exactitud sólo prueba una cosa: que ese algo existe y que todavía está en movimiento. Un poco como el corazón de Jerome, que a pesar de que todo apunta a que en algún momento va a fallar, para el momento en que sube al espacio ya lleva veinte mil latidos de más. 

16 ene 2022

El Quijote.

El Quijote hay que leerlo, te pongas como te pongas y te cueste lo que te cueste, porque es un tratado vital. Cervantes, que además de manco debía de ser un cachondo, se marcó una especie de Austin Powers a lo siglodeoro en el que a través de la parodia de un género —el de caballerías— te cuenta todo lo que tienes que saber de la vida. Aquel Pierre Menard de Borges, casi sin que te des cuenta, te va desvelando poco a poco el misterio de estar vivo y la necesidad de celebrarlo a cada instante. Alonso Quijano, a quien “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro” es un antihéroe, pero un antihéroe valiente. A su muy predicada locura se une la de Sancho, que no por ser cuerdo está menos loco que su amo; al fin y al cabo le sigue, a pesar de saber de sobra que los gigantes son, en realidad, molinos de viento. 

En el Quijote está todo. Y yo no me cansaré nunca de repetirlo. Las dos partes —tres si contamos el apócrifo de Avellaneda— son, en el fondo, un manual de conducta y no sólo unas meras normas de supervivencia. Un cómo existir y no tanto un cómo pasar por el mundo. Don Quijote, que no Alonso Quijano, nos demuestra que la vida hay que vivirla sin miedo. El tipo lucha batallas y sale muchas veces trasquilado. Otras, como la del Caballero de los Espejos, las gana de casualidad. Pero le da igual, porque vivir es eso. Es poner todo lo que uno tiene sobre la mesa y esperar que la moneda caiga de cara. ¿Qué a veces hay que desafiar a unos leones adormilados? Pues sí ¿Qué hay que dejarse caer por la cueva de Montesinos y soñar? Claro. ¿Imaginar que uno vuela sobre Clavileño? También. Que no todo va a ser surcar los campos tratando de “desfacer agravios y enderezar entuertos”. 

En los años 40, en su Guía del lector del Quijote, Salvador de Madariaga —don Salvador para Garci— desarrolló una teoría en la que hablaba de cómo hacia la mitad del libro se produce un fenómeno de quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote. Según él, los personajes experimentan una suerte de transmutación identitaria y conforme uno va abrazando paulatinamente la locura, el otro se va asesando. Así hasta el final, cuando el Caballero de los Leones, ya en su lecho de muerte, recobra la cordura.

Consciente de la necesidad de cerrar la saga para evitar curiosos impertinentes que escribieran un cuarto apócrifo, Cervantes decidió acabar con Alonso Quijano (que no con don Quijote). Lo hizo, además, reservando una de las mayores enseñanzas del libro para el final y poniéndola en boca del personaje más sabio de todos: Sancho. Ocurre en el capítulo 74, con el moribundo hidalgo postrado en su cama, cuando su escudero le dice: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.” 

Y qué razón tiene. Sancho, no Madariaga.

8 ene 2022

Como los erizos.

En su Dilema de los erizos, Schopenhauer habla de cómo éstos, en una mañana de frío, se acercaban los unos a los otros para mantener la temperatura. Al juntarse, sin embargo, se pinchaban con las púas y sentían dolor. Así que debían decidir: o estar cerca y notar esa punción, o alejarse y morir congelados. En el prólogo de Donde habite el olvido, epítome poético del desamor, Luis Cernuda lo recogió de manera más lírica al decir: “Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.”

Cuenta Cuartango en su Elogio de la quietud que, meses antes de morir, Miles Davis se encontró con Juliette Gréco en París y al cuestionarle ésta si alguna vez se arrepentía de haberla dejado, aquel respondió “No importa el día o el rincón del mundo donde yo estuviera. Allí estabas tú”. Cuenta también que cuando Jean Paul Sartre le preguntó por qué no se habían casado, su respuesta fue “Porque la quiero demasiado para hacerla infeliz”. Su relación, al parecer, era algo imposible, pues la sociedad americana de los 60 jamás habría comprendido un matrimonio entre un músico negro y una cantante blanca.

A menudo, cuando no me entiendo demasiado a mí mismo, vuelvo a la primera frase de Davis y me viene a la cabeza el sacrificio que tuvo que hacer para permitir ser feliz a Gréco. Ahora que vivimos en la época del yo, que el individualismo ha devorado a todo aquello que escape a la esfera personal, me llama la atención el gesto. Ese dejar ir en defensa, no propia, sino ajena. Te abro la puerta porque te quiero, independientemente de que sea yo el que sufra el menoscabo. El que, vaya donde vaya, estará siempre pensando en ti. 

Esa manera de amar de Davis es, en realidad, una forma de amor aún más pura que el querer. Renunciar al otro para permitirle ser feliz. Amputarse una mitad para que ésta sobreviva es un acto de altruismo que no está al alcance de cualquiera. Al dar puerta a Gréco para que siguiese su camino alejada de él, no estaba dejándola, sino haciéndole la mayor declaración de amor posible: anteponer el bienestar de ella al suyo propio. Él lo comprendió rápido: liberarla era la mayor demostración de ese afecto que le profesaba. 

Habrá quien no lo entienda así, pero irse es, a veces, el mayor acto de amor. En ocasiones es la única salida, la única manera de seguir. Al dejar a Juliette, Miles no sólo estaba haciendo un sacrificio personal, un acto de heroísmo emocional, sino que se estaba condenando a sí mismo a un perpetuo estado de añoranza. Allá donde yo estuviera, estabas tú, le dice demostrándole que lo que se acabó en su momento fue el romance entre ambos. Pero nunca el amor que sentía por ella. 

La historia de Miles y Juliette es la excepción que confirma la regla de la paradoja planteada por Schopenhauer. Al separarse de Gréco, lejos de sentir el alivio de la distancia, comenzó a experimentar la angustia de la punción fantasma. Allí donde yo estuviera, estaban tus púas, le faltó decir. 

2 ene 2022

Sorrentino.

El otro día vi la última de Sorrentino —que para mí en realidad era la primera, pues siempre llego tarde a todo— y me pareció que era un acto de rebeldía. Una reivindicación de la belleza en este parque temático de la mediocridad en que hemos convertido el mundo. En ella, Fabietto, que es el alter ego del propio Paolo, lucha por comprenderse a sí mismo mientras casi todo a su alrededor se desmorona. Reflexiona sobre los porqués de su existencia y acaba llegando a la conclusión —esto lo sabemos por el resultado de la cinta— de que no vale sólo con hacer las cosas: también hay que hacerlas bonitas. Un poco como Buzzlight Year, que no estaba claro si volaba, pero a buen seguro caía con estilo.

Sorrentino está obsesionado con filmar el punto de fuga y yo desde que vi la película estoy obsesionado con Sorrentino. Plano tras plano, escena tras escena, muestra que la vida es un camino sin retorno. La imagen se acerca misteriosa hacia el fondo, del mismo modo que todos caminamos de forma inexorable hacia la orilla más próxima del Leteo. Más allá de la evidencia gráfica del proceso, el movimiento de la cámara deja un mensaje: ya que hay que caminar hacia adelante, ya que algún día miraremos a los ojos a la muerte, tratemos al menos de hacerlo bajo un criterio estético. Como el ruido incesante de las motoras cuando surcan las olas en el mar, que hacen “tuff… tuff… tuff”.

Ya casi al final, Fabietto se encuentra con Capuano y éste le dice que no vale sólo con que le pasen cosas: ¡es necesario tener algo que contar, Schisa! Así que, apropiándome de la frase, he decidido que ese va a ser el criterio de 2022 y de esta pequeña columna semanal. Tratar de contar lo que me pase (por la cabeza) y hacerlo además persiguiendo la belleza. El objetivo es claro: evitar sentarme a escribir lo que debo, que es por norma mucho menos apetecible que lo que no. Seamos serios, después de más de un año de retraso, me engañaría a mí mismo si les dijera lo contrario: la tesis puede esperar. 


21 dic 2021

La seducción vs. El sexo.

Hay algo en la seducción que no existe en el sexo. Un atractivo que se desvanece en el momento que se constatan la camisa tirada por los suelos y los labios enredados, haciendo caso omiso de los límites mentalmente establecidos un segundo antes. Seducir es entregarse a la mera posibilidad de que no haya un punto de retorno y aceptarlo con todas sus consecuencias. El sexo no es tanto expectativa, sino más bien un notario que da fe del resultado del flirteo. Un acta de manifestaciones. Un reunidas las partes que registra que ya existe tonteo tanteo. Es constatar, sin más escudo que la piel, que tu intuición era correcta. La seducción en cambio es un juego, una batalla mental en un tablero que desemboca en una guerra fuera de él, y cuyas reglas se van creando sobre la marcha. Consiste en saber mover con destreza las piezas en el laberinto de los intereses mutuos. El objetivo último es dar jaque mate en cinco movimientos a tu oponente para después insuflarle vida. Da igual que ganes o pierdas la partida porque el premio es siempre celebrar el resultado y nunca hacerlo solo. Ahora bien, arrancarse la ropa a dentelladas lo puede hacer cualquiera, pero seducir no está al alcance de todos.  

La seducción forma parte del constante ensayo de la vida, es un prueba y error que se repite. El sexo no, el sexo es la antesala permanente de la (pequeña) muerte. 

14 dic 2021

Diario de un impostor - III.

Lo escribo aquí porque no lo quiero olvidar.

Hace unas semanas, hablando con Pablo mientras regresaba a casa de madrugada después de liar una en Madrid (él, no yo), me di cuenta de que no tenía sentido que viniera a Nueva York y no apareciese yo por allí. Así que, sin que supiera nada, me compré un billete y me planté el viernes después de Acción de Gracias con la connivencia de Bill. Al entrar por la puerta de casa me encontró sentado en un taburete en la cocina, bebiéndome una cerveza y comiendo queso, y después de decirme que no se lo esperaba para nada me confesó que llevaba semanas rajando de mí por no querer subir a verle. Lo cierto es que pensaba escribir la tesis esos días, pero pensé: “Llevo un año para escribirla, no creo que por retrasarlo un poco más pase nada”. Y así fue. Aquí sigo, con la tesis sin escribir, y con la deflagración bancaria típica tras un fin de semana en esa ciudad del demonio. 

Aquella misma noche estuvimos en un club de Jazz llamado Smalls escuchando a un cuarteto. Antes de entrar, mientras hacíamos cola a la intemperie, vimos al saxofonista llegar en bicicleta y aparcarla en la puerta. Eran casi las diez y hacía un frío horrible, así que no pude evitar pensar en lo duro que tiene que ser tocar el saxo para ganarse la vida en una ciudad tan descomunal. Ya dentro, nos sentamos a la orilla del escenario y pasamos cincuenta minutos viendo cómo el trombonista, en uno de sus solos, le atizaba en la cabeza a la camarera mientras pasaba frente a él. En primera fila había una chica de unos veinte largos o treinta cortos haciendo vídeos y subiéndolos a su Instagram, y me recordó algo que escuché en un podcast recientemente: que la gracia de ciertas cosas es que existen para ser vividas en el momento y no reproducidas después. También me pareció que tenía un tipo de belleza de otro tiempo y me resultó muy atractiva. Pero eso, claro, quedó entre ella y yo. O entre yo y mí mismo, más bien.

Después de eso fuimos a Bathtub Gin a tomar un trago y me acordé de Garci y Alfredo Landa y aquellos dry martinis neoyorkinos de los que hablan a veces en Cowboys. Me pedí un gintónic y me salió rana (no como los que me bebí allí en julio), y para colmo, la camarera me entendió mal y me acabó sirviendo otro. Así que terminé por hincar el pico y suplicando clemencia para que me llevaran a casa bajo la promesa de que al día siguiente daría la talla. Estos dos, que son unos intrépidos, se fueron a tomar la penúltima tras dejarme en el sofá y a los diez minutos volvieron, congelados y dándome la razón. Todavía no han aprendido que las noches hay que acabarlas siempre en el mejor momento. 

Al día siguiente fuimos a ver el iron bowl en un bar de Chelsea donde se reúnen los exalumnos de Alabama para ver los partidos de fútbol. El de la mesa de al lado, un italoamericano que no cumplía los 70 y habría roto un etilómetro a trescientos metros con sólo echar el aliento, se nos acercó muy graciosete y nos dijo: “Can I be honest with you guys? You need to come out of the closet”. Así es que, por no explicarle que la noche anterior habíamos secado el Hudson entre los tres y preguntarle si sabía dónde quedaba Parla, nos levantamos y nos fuimos a Brooklyn a un partido de los Nets. Alabama acabó remontando y ganando en la cuarta prórroga. No así los Nets, que no se comieron un colín. Eso sí, tuvimos la oportunidad de ver a un exjugador de baloncesto como James Harden hacer un triple doble. Algo es algo.

Esa misma noche, ya de vuelta en el Upper West, estábamos tomando una cerveza y comiendo algo, casi listos para irnos a casa, cuando de repente todo degeneró por completo. Andábamos sentados en la barra, que a partir de cierta hora es el lugar donde suceden los milagros. Al girar la cabeza, vimos a Pablo dado la vuelta, hablando con la mujer sentada a su derecha. Y sin saber muy bien cómo, tres horas más tarde estábamos en esa misma barra, ya de pie, con cuatro o cinco cervezas más en el cuerpo, no sé cuántos chupitos de vodka, y dispuestos a subir, junto a ella y su novio, al apartamento de ésta. Yo, que soy desconfiado por naturaleza y poco dado a estos desmanes, me quería ir a casa. Sin embargo, no tuve más remedio que subir. El ascensor, con todos dentro, empezó a pegar tirones y a descolgarse unos metros mientras subíamos y pensé que una de dos: o íbamos a morir en caída libre o aquello era el preludio de un estrepitoso declive. Así que allí acabamos, bebiendo Peroni en un duodécimo piso en Amsterdam con la setenta y seis donde había colgados dos Keith Haring en la pared. De ese rato omitiré detalles varios porque la elipsis es, a veces, la mejor forma de contar. El caso es que en un momento de lucidez conseguí que saliéramos de allí y empecé a dudar seriamente de las intenciones que albergaban nuestros huéspedes. Al bajar a la calle, ya libres, estaban cayendo unos copos como puños y me arrepentí de haberme cortado el pelo el jueves en un momento de locura transitoria. 

El domingo ¿hicimos? ¿nos fuimos de? ¿comimos? brunch en un sitio de cuyo nombre nunca me acuerdo y recorrimos Central Park rememorando batallitas de la noche anterior. Lo bueno de salir con amigos es que las aventuras se viven dos veces: cuando las experimentas en el momento y cuando las reconstruyes al día siguiente. Pablo, en su incesante esfuerzo por destrozarnos la vida, se empeñó en comprar cervezas, así que allí fuimos. Al llegar a casa vimos el golazo de Vinícius al Sevilla y después puse Vivir es fácil con los ojos cerrados porque tenía que enseñarla el martes. 

El lunes, exhausto, regresé a casa después de patear la ciudad por la mañana con Potuto, comer bagels, beber café y visitar el edificio de Friends. Al meterme en la cama pensé en que estaba tan cansado como feliz. Y me pareció que pasar tiempo con la gente que quieres es, en realidad, la verdadera unidad de medida de la felicidad. 

Y que esa era una buena manera de resumir aquellos cuatro días. 


14 nov 2021

Soy profesor.

Yo soy profesor, probablemente porque no sé ser otra cosa en la vida. Y lo soy a tiempo completo, no puedo dejar de serlo como quien echa el cerrojo a la oficina y se va a tomar cañas de afterwork. Creo en el diálogo como forma de enseñanza y de aprendizaje. Y lo creo sin imposturas. Casi nunca tengo demasiadas respuestas, pero siempre llego al aula con un saco de preguntas puntiagudas, porque tengo fe en que al salir de mi clase, mis estudiantes habrán descubierto una cosa nueva, se les habrá despertado la curiosidad. No tengo mucho que enseñar, porque no sé mucho de nada, pero pongo mucho amor en lo que hago porque me importa la gente a la que enseño. A veces me equivoco, como todos, pero trato de ser siempre honesto intelectual y personalmente. No engaño a nadie, si no sé algo, reconozco mi impericia y me comprometo a buscarle el cuarto pie a ese gato. 

Mi vida es enseñar. Y lo es porque da igual que esté de vacaciones que corrigiendo en la oficina. Si estoy leyendo algo, si estoy viendo una película, siempre estoy pensando en si es algo susceptible de añadir a una de mis clases. Cómo enseñaría yo esto. De qué manera puedo hacer que sea más entendible. Qué problemas me da pie a comentar con mis alumnos. Ser profesor, para mí, es una condición, no una profesión. Es, a menudo, una forma de mirar el mundo. Y enseñar no es adoctrinar, es guiar. Es querer expandir los horizontes personales e intelectuales de quienes se suman a la locura de aprender. No es, desde luego, decirles lo que tienen que pensar, pero sí cómo debe ser el proceso que los lleve a formar una idea. A veces no es fácil, porque el camino hasta tener ideas propias puede ser doloroso, sobre todo si uno no está abierto a desafiar sus propios prejuicios. 

Ponerte en frente de una clase no siempre implica escoger eso que te gusta o aquello con lo que estás de acuerdo. También es saber reconocer el valor de ciertas cosas que a uno no necesariamente le agradan, dar visibilidad a ciertos autores o aspectos con los que no concuerda demasiado. Enseñar, en muchas ocasiones, es ser capaz de dejar de lado tus creencias para ponerte al servicio del aprendizaje de los demás. Porque saber disentir, de manera respetuosa e informada, también es necesario. Y porque para estar de acuerdo o no con algo, es necesario tener una opinión. Y para poder tener una opinión hace falta ser capaz de cuestionarse a uno mismo. Con lo difícil que resulta eso hoy en día.  

Soy profesor y serlo me hace muy feliz. Así que, si me dejan, espero seguir siéndolo el resto de mi vida. 


3 nov 2021

Humanidades.

A veces me pregunto en qué momento las Humanidades comenzaron a perder fuelle hasta el punto de renunciar prácticamente a ellas. ¿Desde cuándo se dejaron de estudiar la literatura y la cultura de un país para centrarse exclusivamente en aprender la lengua que allí se habla? O sea, ¿en qué momento dejó de ser importante el contexto que rodea a esa herramienta? 

Ahora que estoy en mi último año y que por primera vez afronto un proceso de búsqueda de empleo, me ha dado por pensar: ¿las Humanidades se han ido muriendo solas o las hemos matado entre todos? En una universidad cada vez más mercantilizada, donde cada vez más importa menos todo aquello que no reporte un beneficio económico directo, parece que ya no tienen cabida las clases en las que enseñamos y aprendemos de dónde venimos. Ahora lo importante es adquirir una habilidad, el español en nuestro caso, y usarla con un fin transaccional.

No sé quién tiene la culpa, ni si el video killed the radio star, pero me entristece la deriva. Me da pena que quienes vengan detrás vayan a aprender español pero no vayan a leer el Quijote, ni a saber quién fue Larra. Las Humanidades tienen un componente formativo que afecta directamente al espíritu de la persona, aportan un plus intangible a quienes las cultivan; a buen seguro no producen mucho rédito económico, pero también son necesarias. Especialmente en un mundo que cada vez aprecia menos la importancia de una belleza sin pretensiones, del ser sin más, sin tratar de existir con un propósito más allá del mero deleite.

Como profesor en ciernes me parece un reto extraordinario crear cursos que ayuden a hacer más atractivo el material para las generaciones que vienen. Quizás sea el momento de enganchar a golpe de aforismo a los herederos de lo breve, y desde ahí llevarles de la oreja a la poesía, al ensayo, a la novela. Tal vez sea el momento de estrujarnos un poco más el cerebro y atraparles de la mano de la elipsis y la metáfora para hablar del folleteo en la novela del XIX. Que cuando se cierra una puerta, algo siempre pasa dentro de esa sala. Que esa tormenta no son sólo rayos y truenos. Cualquier tema es bienvenido siempre y cuando haga que vengan a clase (y lo hagan sin almohada).

Debemos seguir enseñando español, claro que sí. Y debemos seguir formando personas, no sólo futuros trabajadores. El estudio de las Humanidades da pie al planteamiento de cuestiones éticas y morales, sugiere dilemas, paradojas y situaciones en las que nuestros estudiantes se ven forzados a pensar por sí mismos (algo que da miedo hoy en día). Eliminar paulatinamente el componente literario y cultural de nuestros departamentos nos acabará convirtiendo en meras academias de idiomas. Y eso, a la larga, hará que nuestros alumnos conozcan muchas lenguas, pero desconozcan cómo razonar en ninguna de ellas. Con lo que eso conlleva. 

24 oct 2021

Dario de un impostor - II.

Lo escribo aquí porque no lo quiero olvidar. 

Mi abuelo (que en paz descanse, como siempre decía él al nombrar un muerto) contaba que se casó con mi abuela por una apuesta. Que su cuñado le había dicho en una boda que no tenía lo que hacía falta para ligársela. Así que ni corto ni perezoso, se le acercó y le dijo: “Niña, ven, que me voy a casar contigo”. A mi abuela debió hacerle gracia, porque tras ello tuvieron siete hijos y estuvieron sesenta años casados. Lo cuento aquí porque todos tenemos nuestro origen en algún sitio y el de mi familia materna –y en cierto modo el mío, claro—descansa en un “no hay cojones” de manual.

Hablando de amor y de abuelos, la semana pasada terminé de leer Feria. No sé muy bien por qué, pero me hizo pensar en expresiones y palabras que usaba mi abuela paterna, que desde hace algunos años convive con el yugo del olvido permanente. La lectura del libro, que recomiendo a cualquiera nacido en los estertores de la España de los 80, me recordó expresiones como lechuzo o lechucear, que la Colasa usaba para referirse a mí cuando entraba a ver qué se cocía por la cocina. Esa, o “Ay, qué leche de bollitos”, que en mi familia nunca supimos muy bien qué significaba, pero todavía seguimos usando muy de cuando en cuando. 

La idea del pasado me ha perseguido esta semana, como casi siempre. El martes volví a ver El crack para discutirla en clase con mis alumnos y me volvió a parecer que hay pocas películas españolas de esa época que hayan envejecido mejor. El jueves hablamos sobre ella y por un momento sentí que sólo por conseguir que mis alumnos –nacidos todos a partir del 2000— supieran quiénes son Alfredo Landa y José Luis Garci ya había merecido la pena ser profesor. Es posible que no aprendan nada este semestre, pero estoy completamente seguro de que van a recordar por mucho tiempo el “Bareta, dame el mechero o te quemo los huevos”. Y a mí me vale.

En la última entrada del diario hablaba de 52, una ballena que vivía incomunicada porque nadie podía oírla. Algo que olvidé mencionar y que la mayor parte de la gente no sabe es que soy prácticamente sordo del oído derecho. Tanto, que si duermo sobre el izquierdo es casi como si llevase tapones. La parte buena es que como nunca he oído muy bien, jamás he tenido un sentimiento de pérdida. La mala es que si suena la alarma por la mañana y me pilla con la oreja mala en la almohada, igual me despierto tarde. Hace un par de semanas me hicieron una prueba con un receptor para ver cómo oiría si me pusiera un implante óseo y la experiencia me resultó tan abrumadora que al salir de allí le dije a mi médico que prefería seguir oyendo en mono y que ya habrá tiempo para el estéreo. El caso es que desde que vi el documental no puedo dejar de empatizar con aquel cetáceo solitario, que al igual que yo, después de toda una vida escuchando los múltiples matices del silencio, un día descubrió que existía el ruido.


11 oct 2021

Diario de un impostor - I.

Lo escribo aquí porque no lo quiero olvidar. 

Hace algún tiempo, no sé cuándo ya, Gabri y Marta me dijeron que se casaban en octubre de 2021. Y sí, lo reconozco, lo primero que me vino a la cabeza fue cagarme en la madre que los parió. Búscate un billete en medio del semestre. Cancela clases, si es que puedes. Vete a España para 4 días. Lucha contra el jetlag y cuando ya estés casi adaptado vuélvete a Estados Unidos. 

Llevaba desde 2013 sin pisar suelo patrio en octubre. Hasta el jueves pasado, que aterricé en Madrid a eso de las diez y media de la mañana. Me recogió en el aeropuerto mi padre y de ahí fuimos a casa. Hacía un día fantástico, así que pasado un rato nos fuimos a comer con Pablo a una terraza. Después subimos a buscar níscalos a Santa María de la Alameda y encontramos (es un plural de modestia, encontré yo casi todos) cerca de un kilo. Me pegué dos horas caminando entre las jaras como si acabase de salir de la cárcel y me dio por pensar que pocas cosas más baratas me hacían tan feliz. 

Esa misma tarde me tomé dos cervezas en el Villanueva con Manolo y, aunque no arreglamos el mundo ni nada, fue como si nunca me hubiera ido. Y esa noche, al llegar a casa, me di cuenta de que no había dormido nada en todo el día y, sin embargo, no estaba cansado. Hay un cierto tipo de energía que sólo te lo da la ilusión.

El viernes nada más levantarme me hice una prueba de antígenos para poder regresar a Estados Unidos el lunes. Después bajamos a Madrid a recoger los chaqués por la mañana y tuvimos la mala idea de no probárnoslos. Al llegar a casa me llamó Manu y me dijo que los de la sastrería la habían cagado con el suyo. Así que esa misma tarde, después de haberme comido los níscalos del día anterior con patatas, regresamos a que nos los cambiaran con David, que dice que somos demasiado educados. 

Al volver pillamos un atasco y cuando llegué a casa allí estaba mi madre, recién llegada de viaje. De Extremadura traía unos sobres de jamón, una caña de lomo y un abrazo de esos que sólo se le dan a un hijo que lleva meses fuera de casa. Desafortunadamente esta vez yo no venía con un pan debajo del brazo.

El sábado por la mañana, antes de la boda me dio tiempo a desayunar con Cristina, pasar por la librería a recoger Feria e ir a ver a Conchi a que me cortara el pelo y me arreglase la barba para no parecer un vagabundo en la ceremonia. Como de costumbre, se tiró una hora conmigo y casi llego tarde a tomarme una cerveza a casa del novio antes de ir a la iglesia. Nacho nos subió al Monasterio en el coche de la autoescuela y mientras caminábamos por la lonja, por un momento tuve la sensación de que los turistas nos miraban como si formásemos parte de un decorado. Ya en la misa leí los salmos y cuando a David se le trabó la lengua leyendo las preces, a los testigos del novio nos dio la risa. 

Al llegar a la finca, mientras la mayor parte de la gente bebía cerveza yo pedí champagne. Y jamón. Y fui feliz, no os voy a engañar. Nos hicimos fotos. Me reencontré con un montón de gente y pude acariciar la barriga de Paula, que lleva dentro a un tal Gonzalo al que vamos a conocer en enero. Por fin. 

Una advertencia: Si alguna vez vais a una boda con mis amigos, jamás se os ocurra poneros una corbata verde, a menos que estéis dispuestos a que nos pasemos el día preguntándote qué tal todo por Tecnocasa.

Ya sentados en las mesas, después del cóctel, aprendí que en México a darse un revolcón con alguien lo llaman cuerpear. Y me recordó lo mucho que me gustan las diferentes formas de hablar el español en Latinoamérica. Y que México, sin haber estado todavía, tiene algo de casa para mí.

En un cigarro entre el primer y el segundo plato, porque en las bodas me permito el lujo de recuperar mi antiguo vicio por un día, le dije a Gabri que el tiempo me había dado la razón y que lo que le solté aquella tarde de 2013 en la estación de Sants era verdad: nosotros somos los que permanecemos. Los amigos son amigos, aunque a veces quieras matarlos. Y nosotros lo somos, aunque no siempre nos hagamos todo el caso del mundo.

Entre el segundo y los cafés comenzaron con los discursos. Manolo llevaba un año escribiéndolo y ensayándolo y se había descargado un teleprompter para el móvil por si acaso. Por decirlo claro, dio el mejor discurso que yo recuerdo haber escuchado nunca en una boda. Hizo reír y llorar a todo el mundo. Apenas habló del amor, porque no le hizo falta. Y yo le dije que si algún día se casaba, o daba yo el speech o le cortaba los huevos. 

En las copas el alma de la fiesta fue la novia. Después de bailárselo todo, ya con las luces encendidas, Marta preguntó que si alguien había visto a su novio. Así que tuve que intervenir y explicarle que Gabri ya no era su novio, sino que desde aquella mañana había pasado a ser su marido. No cambia nada el tecnicismo, porque hacen vida de casados desde hace años. Pero qué menos que hablar con rigor del futuro padre de sus hijos.

El sábado al acostarme pensé que el domingo iba a morir. Pero no. Cuando desperté mi cuerpo y mi alma estaban todavía allí, como el dinosaurio de Monterroso. Bajé a desayunar con Pablo y acabamos en casa de la abuela, sin café y sin palmera de chocolate, pero haciendo una visita al último reducto vivo de mi infancia. Al volver a casa mi madre había hecho cocido y me hizo dudar de si no sería buena idea esto de volver a casa un fin de semana largo cada mes. 

Por la tarde estuve con el otro David tomándome un café en Croché. Me contó su vida y me puso delante de un espejo. Reconozco que algunos días no sé si me gusta mucho mi reflejo. 

Hoy en el avión, donde estoy escribiendo este diario, he coincidido con una profesora de español en el asiento de al lado. Casualidades de la vida, también fue abogada antes de hacer su doctorado. A veces el mundo es una broma. Dice que en su universidad están buscando un instructor de español y que le escriba. Sería gracioso encontrar el principio de un trabajo a treinta y ocho mil pies de altura, la verdad. Y por otra parte, suena mucho como algo que me podría pasar a mí.

Durante el vuelo he acabado de leer Los días perfectos, de Jacobo Bergareche. Confieso que todavía estoy tratando de discernir si me ha gustado mucho o no me ha gustado nada.

Tras acabar el libro me he puesto a ver un documental llamado The Loneliest Whale. The Search for 52. Toda la historia gira en torno a la premisa de que hay una única ballena que se comunica a 52 hercios, de ahí su nombre. Al parecer se trata de una frecuencia que ninguna otra ballena habla, por lo que no puede interactuar con nadie. Ha ido dejando trazos de su presencia por el océano durante años pero nadie sabe en qué bar para estos días. 

Al final descubren que (ojo, spoiler, o destripe me sugiere Word) hay al menos dos. Y a mí me ha recordado lo difícil que es en encontrar alguien que hable en tu misma frecuencia, que esté en tu misma parte del océano y que además quiera casarse contigo. Y ya ves, estos cabrones lo han conseguido. Y yo, que me cagué en su madre el día que me dijeron que se casaban en octubre, sólo puedo darles las gracias por traerme, sin saberlo, a pasar algunos de los días más felices que recuerdo.