4 dic 2022

Una cinéfila Navidad.

Mañana me voy a España, así que para mí comienza oficialmente la Navidad. Es curioso, pero desde hace años vivo con la extraña sensación de irme de vacaciones a casa. Como si hubiera algo de exotismo en volver a convivir con mi familia durante unos días después de haberlo hecho más de media vida juntos. Crecer, supongo, es aprender a emocionarse por algo que hasta hace cuatro días había sido cotidiano. Ser capaz de valorar las cosas antes de empezar a echarlas de menos. La propia Navidad, sin ir más lejos, nunca fue mi época del año, pero desde que vivo fuera cobró un sentido de reencuentro. 

Estos días, entre maletas interminables que se hacen a lo panenka y se acaban en el tiempo de descuento, siempre me da por pensar en el cine. Me acuerdo de todas esas películas en las que se refleja este momento del año y pienso en Jorge Sanz y Gabino Diego, Roberto y Alberto en Los peores años de nuestra vida, subiendo un árbol de Navidad gigante por las escaleras de una casa de Madrid mientras María, Ariadna Gil, les ayuda a dar el último empujón de camino al estudio del profesor Tristán. Recuerdo, porque quién podría olvidarlo, esa Gran Vía de Madrid contada por Garci y pienso en Germán Areta paseando por Nueva York antes de que empiece a sonar la trompeta de Gene Ammons al final de El crack mientras veo rascacielos pasar por la pantalla. 



La Navidad, para mí, es la terminal de llegadas del aeropuerto de Heathrow. Es Kevin McCallister hospedado en el Hotel Plaza y caminando por Central Park con un gorro con pompón. Es Plácido desesperado, subido al motocarro y haciendo virguerías por poder pagar la letra por toda la ciudad. Es Pepe Isbert en la Plaza Mayor de Madrid preguntando dónde está Chencho. Es Leo Di Caprio interpretando a Frank Abagnale Jr. y llamando al detective Carl Hanratty, Tom Hanks, la misma noche del 25 de diciembre porque se siente solo y sabe que es la única persona con quien hablar. Son Gremlins campando a sus anchas destrozando la ciudad porque Billy le da un trozo de pollo a Gizmo cuando tiene hambre más allá de la medianoche. Y son, sobre todo, esos días en los que suelo sentirme tan querido por gente a la que apenas veo el resto del año que, a veces, tengo la sensación de que mi vida es, en realidad, una película.


2 dic 2022

Reivindicación de lo inútil.

En esta época del big data y los numerazos gordos, en la que cada gránulo de información encierra un misterio que, pasado por los filtros adecuados, puede llegar a convertirse en un elemento productivo, vengo a reivindicar el conocimiento inútil. Es decir, todo aquel dato que nuestro cerebro alberga y no sirve para otra cosa que no sea ganar una partida de Trivial. La culturilla general, que se decía antes. La filosofía en el sentido etimológico del término, y no tanto el encontrar una utilidad inmediata a ese granito de sapiencia. Conocer algo por el mero hecho de conocerlo, y no porque en un futuro próximo vayas a meter esa gota de sabiduría en un fondo a plazo fijo para que te traiga un rendimiento monetario calentito. 

Reivindico los datos inservibles, las estadísticas que tu cabeza almacena sin tú siquiera saberlo, las fechas de acontecimientos históricos que no recuerda ni la Wikipedia, pero que tú, por algún motivo difuso, eres incapaz de olvidar. Los versos que aprendiste en el colegio y que campan desde entonces a sus anchas entre axones, esperando a que les llegue el momento de ser declamados una noche cualquiera entre tragos de ginebra con extraños. Las batallitas que nadie conoce y a nadie le importan porque a nadie le sirven excepto a ti, que de pronto encuentras el momento de añadirlas entre amigos como una imperecedera coletilla. 

Ahora que todo tiene que tener un valor económico, que ya no queda un ápice de amor al arte y que el mundo gira en torno hacia la más espantosa especialización, vengo a defender el valor del saber generalista, del saber de todo sin que el saber tenga un propósito específico. Hay que volver al conocimiento yermo y rebelarse contra esa abominable actualidad que fomenta el mercantilismo de una información que sólo vale si produce. Es necesario reclamar de vuelta la anécdota aparentemente inservible y poner en valor la extraordinaria importancia del conocimiento inútil. Aunque parezca que no sirven para nada.


27 nov 2022

Breve anatomía del tiempo.

Algo que me pregunto con frecuencia es, a partir de qué momento comenzamos a asumir que hay ciertas cosas en la vida que ya no pasarán. O sea, en qué punto entre los 5 y los 35 pierdes la escafandra sin darte cuenta y dejas, de la noche a la mañana, de querer ser astronauta. Un domingo, de repente, después de jugar un partido de fútbol con amigos, de pronto te sobreviene la idea de que en cuatro días te plantas en los 30 y no queda ni rastro de aquel niño que quería jugar en el Madrid. Vas creciendo y, sin quererlo, poco a poco llegas a conocer la temperatura a la que se evaporan los sueños. La vida te va inoculando, gota a gota, de manera tácita, una extraña capacidad para aceptar algo que si bien no siempre es fracaso, a menudo se le parece mucho. 

Debe haber un lugar en la memoria donde se almacenan, tal vez en cajas desordenadas, todos estos sueños, estos deseos felices que el tiempo va poco a poco soterrando. Una especie de biblioteca mental, albergada en alguna esquina del cerebro, donde a lo largo de los años se acumulan las cenizas de todos estos proyectos que quedaron en nada. Un museo de las profesiones frustradas donde uno puede ver, ordenado por años, en qué momento se empezó a torcer la carrera futbolística de uno —si es que alguna vez la hubo— o cuándo decidió que ir a la luna, en el fondo, no le compensaba lo suficiente como para estudiar física. 

Al cambio, existe un cierto placer en mirar hacia atrás y ver lo poco que se parece la vida que tiene con la que en algún momento imaginó. Todos aquellos planes magníficos, de alguna manera mutaron en algo completamente diferente a la escarpada que habíamos trazado. Y a pesar de que no haya balones de reglamento ni cohetes que viajan al espacio, es difícil no sonreír cuando uno ve, después de cierto tiempo, la ingenuidad con la que alguna vez miró a los ojos al futuro. Con suerte, si ha aprendido algo, asume que da igual lo que quiera porque en el fondo la vida le llevará por su propio camino. Y si no ha aprendido nada, como yo, llegará tal vez a los 60 y todavía estará esperando su oportunidad para debutar de corto o abrocharse el cinturón en la cabina de transbordador.  


21 nov 2022

25 consejos a mi yo de 25.

1. Olvídate de ahorrar pasta. Vive. Viaja. Disfruta. El dinero va y viene. El tiempo sólo avanza. ¿Cuándo vas a volver a tener 20 años el tercer viernes de junio? Nunca. Sal, diviértete y no mires mañana lo que te fundiste anoche.

2. Sé sincero pero no seas gilipollas. Es decir, di la verdad pero no seas hiriente. A veces es mejor callarse y hacer como que todo está bien que abrir la boca y romper la armonía del momento. La sinceridad muchas veces está sobrevalorada. 

3. No discutas con extraños. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. No pierdas el tiempo en dar lecciones a gente que no te importa. Es mejor asentir y seguir hacia adelante. Volvemos al punto 1: tu tiempo es limitado. No lo malgastes con idiotas. Huye de quienes te roben la energía.

4. Vete de España. Sal. A donde puedas y como puedas. Ve mundo. Conoce otras culturas. Abandona el pueblo como Totó en Cinema Paradiso y regresa si hace falta, pero vete. Se aprende más viviendo un mes fuera por tu cuenta que en veinte años en casa.

5. Aprende inglés. No porque quede genial en tu CV. Hablar inglés te abre puertas porque es la lengua franca. En inglés te entiendes con casi todo el mundo y te va a hacer falta para ligar, para pasar una aduana y, depende de dónde, hasta para tomarte un café.

6. Cuida tu cuerpo. Esto no significa que no bebas, que no comas de más y que no te fumes un pitillo de vez en cuando. Significa que hagas deporte y que lo introduzcas dentro de tu rutina diaria. Levanta pesas. Corre. Tener un cuerpo sano es clave para disfrutar más de la vida.

7. No tengas miedo a pedir perdón si te equivocas. La soberbia no sirve para nada. Si cometes un error y de verdad lo sientes, dilo. Y aprende del error, aunque lo vayas a volver a cometer. Las disculpas, por cierto, se ofrecen, no se exigen.

8. Y al contrario: perdona a quien te ofrezca una disculpa sincera. Todo el mundo tiene derecho a cometer un error, así que sé comprensivo cuando lo hagan. En algún momento tú también la vas a cagar y agradecerás que hagan por entenderte.

9. La pasión es un valor seguro. Encuentra aquello que te gusta y busca una manera de convertirlo en tu modo de vida, excepto si aquello que te apasiona te va a hacer morirte de hambre. Si ese es el caso, conviértelo en una afición y dedícate a algo que te deje tiempo para disfrutarla.

10. No tengas miedo a equivocarte. Vas a tomar decisiones erróneas, quieras o no. Lo que marca la diferencia no siempre es la decisión en sí, sino tu forma de afrontar las consecuencias de la misma. Casi todo tiene arreglo si lo miras con la perspectiva adecuada.

11. No te tomes demasiado en serio a ti mismo. Por mucho que tu madre te diga que eres muy guapo y muy listo, no eres especial. De hecho, el 99% de la humanidad no lo es y no pasa nada. Tener un ego desorbitado no sirve para nada y además te hará parecer un imbécil. 

12. No juzgues a los demás. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Especialmente porque no sabes qué pueden estar pasando. Cada uno vive como puede o como quiere y tú no eres nadie para opinar sobre lo que hace el resto. Además, recuerda el punto 3.

13. La universidad no es la panacea. Te lo digo yo, que soy profesor. Estudiar está muy bien porque te abre puertas, pero el mejor aprendizaje se adquiere con la práctica. No te ofusques si pasas por Derecho de puntillas, es sólo el primer paso.

14. La gente normalmente no cambia. Quien es idiota, es idiota, y es bastante posible que quien te la juegue una vez te la acabe jugando dos. Pero recuerda el punto 8, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Nunca una tercera.

15. No te obsesiones con planificar demasiado las cosas. Salvo que quieras llevarte una decepción, claro. Está bien tener unas líneas maestras, pero es muy posible que el plan salga mal. Vale más tener capacidad de adaptación ante la adversidad que ser un perfecto estratega.

16. Intenta montar tu propia empresa. Y arruínate con lo poco que tengas. Casi seguro va a salir mal, pero vas a aprender un montón sobre cómo no comenzar un negocio. Haz caso a Belén Rubiano.  



17. Aprende a no hablar de más. Es mejor pasarse por defecto que por exceso. Haz que tu interlocutor siempre se quede con ganas de más. Vale para los negocios pero también para ligar. Jamás seas ese que va a una conferencia y hace una pregunta más larga que la ponencia. 

18. Cultiva la disciplina. En el fondo aquí está todo. Si eres capaz de domesticar tus instintos y respetar tu propio orden interno, tienes mucho ganado. La fuerza de voluntad no viene de serie, hay que entrenarla. Hazlo. 

19. Sonríe siempre. Ser agradable con la gente, especialmente con aquellos que te prestan un servicio, ayuda a que consigas tu objetivo mucho más deprisa. No subestimes el poder de tratar bien a los demás y hacerlo con una sonrisa en la cara. 

20. Dedica menos tiempo a pensar en el proceso. Busca siempre la eficiencia en tus esfuerzos, pero no te obsesiones. Corrige sobre la marcha. Y sobre todo, no hagas que el proceso en sí te distraiga de trabajar en tu objetivo. Sobre todo si tu objetivo es escribir una tesis.

21. Prioriza siempre las experiencias sobre las cosas. La gente materialista es un coñazo, nunca tiene suficiente de nada. Cuanto menos necesites para ser feliz, más fácil te resultará alcanzar ese estado. Las cosas se pierden, las experiencias siempre viajan contigo y no pesan al hacer una mudanza.

22. Sé siempre generoso. Aunque no tengas nada. No hay nada más triste en la vida que ser un cutre y un agarrado. Sé espléndido con el resto, especialmente con aquellos que tienen menos que tú. Compartir es vivir, y más si se comparte con amigos.

23. Aprende a disfrutar la soledad. Tener pareja puede ser algo muy gratificante, pero ser emocionalmente dependiente es un coñazo. Para ambos. Si vas a estar con alguien, que sea porque quieres, no porque lo necesitas. 

24. Busca siempre el lado bueno. Nada ni nadie es puramente maldad. Todos tenemos algo bueno y si esperas el tiempo necesario lo acabarás descubriendo. Busca siempre la parte positiva y trata de ver el vaso medio lleno. En el mundo sobran actitudes negativas.

25. Lee. Todo lo que necesitas saber está en los libros. No aceptes consejos de nadie. Y menos de tu futuro yo en un blog.


20 nov 2022

El cascarrabias.

De un tiempo a esta parte, no sé muy bien por qué, he ido evolucionando a un tipo que a menudo se vuelve cascarrabias cuando le traen frías las patatas fritas que acompañan a la hamburguesa. No es difícil salir a comer conmigo, porque en el fondo no soy amigo de los restaurantes con ínfulas que te prometen mucho lirili pero te traen poco lerele. Pero sí es verdad que me gusta jugar, con mi acompañante de turno —jamás le doy la turra al camarero— a ser una especie de Antón Ego que no se contenta casi nunca con nada; de ahí la alegría y la incredulidad de mi contraparte cuando llega algo a la mesa que me parece un acierto. 

En los últimos meses he visitado restaurantes pretendidamente españoles que prometían una experiencia similar, poco menos que, a comerte unas bravas en la calle Meléndez Valdés. Desde uno cerca de casa que te vende un “Trip to deep Madrid” y te mete con calzador unas croquetas de pollo al curry, a otro en Florida donde el camarero —que ni por las pintas ni por el acento dedujo que yo era español— me repitió tres veces que la comida era tradicional. Y no es que se comiera mal en ninguno de los dos casos, pero no era lo que prometían. Alguien debería decirles que cuando la comida está rica, el discurso es lo de menos. Eso, y que mentir está mal.

En Mejor imposible, Melvin, que es el personaje maniático que interpreta Jack Nicholson, va cada día al mismo restaurante, se sienta en la misma mesa, pide la misma comida y espera que siempre se la sirva la misma camarera: Carol. A pesar de que a veces me comparo con él, yo aún no he llegado a ese extremo, entre otras cosas porque no he encontrado un sitio al que volver casi a diario. Pero en el fondo le entiendo, porque no es fácil dar con un lugar que aguante sin fisuras las expectativas de un tipo refunfuñón que le encuentra pegas a todo. 

Hubo una vez, eso sí, que encontré un bar donde regresaba tan a menudo que el camarero, sólo con mirarme, sabía si tenía que traer la cuenta o preguntar si queríamos otra ronda en función de cómo estuviera yendo la conversación con mi cita. El sitio, donde por cierto me sentía como en casa, acabó cerrando. Tal vez porque a la temperatura de la cerveza le sobraba siempre un grado y a mi ligue de turno le sobraba un puntito de algo.


28 oct 2022

El mundo que ya fue.

Hay un mundo que ya fue. Una forma de vivir que se empezó a ir hace tiempo, una manera de existir diferente, donde las galletas se guardaban en una caja después de abierto el paquete y en las casas se reusaban los botes de Colacao para guardar la harina mucho antes de que se implantara la idea del reciclaje. Todavía había teles sin mando en las que para cambiar de canal había que apretar un botoncito que te llevaba, a veces con poca suerte, pues se veía bastante mal, hasta la siguiente cadena. El fútbol, por aquel entonces, aún se jugaba los domingos a las cinco. Todo era parte del principio, pero nada era lo suficientemente reciente como para no tener nombre y tener que señalar las cosas con el dedo, como le pasaba a Aureliano Buendía; aunque es cierto que tampoco andábamos tan lejos de aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Siempre he pensado que aquellos versos de Neruda donde decía que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, eran un cliché manido. Una frase para niños repipis que acaban de descubrir la poesía y el desamor. Sin embargo, hay algo de verdad en ellos. Tal vez habría que enmendarlos y hacer una adenda que diga que no sólo hemos nos hemos transformado nosotros, que somos hijos de nuestro tiempo, sino también lo que nos rodea. ¿Cambió el mundo porque lo cambiamos nosotros o cambiamos nosotros porque cambió el mundo? No lo sé.

Lo que sí sé, eso sí, es que echo de menos la caja de las galletas de casa de la Colasa, el sonido al abrirla y el olor de aquellas María Fontaneda que hace años que no pruebo. Que extraño las teles con culo donde Pablo y yo jugábamos a la Play uno en las noches de verano de hace ya casi dos décadas, a menudo hasta las tantas y a escondidas. Y reconozco, sobre todo, que fantaseo con frecuencia con volver a sentir Madrid como mi casa y escaparme los domingos a las cinco al Bernabéu. Como hacíamos en aquel mundo que ya fue.


16 oct 2022

Activismo de salón.

El otro día, en un clarísimo intento por salvar el planeta, dos activistas montaron una pajarraca de postín en la National Gallery y tiraron zumo de tomate sobre Los girasoles de Van Gogh. La cosa estaba orquestada, claro, porque había más cámaras de periodistas que muchachas comprometidas con el medio ambiente pegándose al muro con una barra de pegamento Pritt. Aquello más que un acto de protesta parecía una rueda de prensa de presentación de la última de Haneke. Una performance bochornosa que en el fondo no sirvió más que para dar trabajo a los restauradores del museo. Al planeta, como era de esperar, le dio igual el numerito y siguió girando. Y Van Gogh, que a buen seguro se habría retorcido en su tumba de haber podido oír el suceso, ni se inmutó. 

Vivimos un momento en el que todo es repercusión en los medios y balas de fogueo. Actos vacíos que sirven, en el fondo, para que una serie de privilegiados se limpien la conciencia por su modo de vida. Un quid pro quo con la causa de turno que les ayuda a depurar sus responsabilidades para con lo que el manual del buen ciudadano nos dicta en estos días. Cada semana es una nueva. No comas carne porque la producción de vacas afecta a la capa de ozono. No cojas aviones porque tienes una huella de carbono que alucinas. Date a las bebidas vegetales en sustitución de la leche porque la abuela fuma. Usa el transporte público porque así ayudas a la investigación contra la ceguera en los colegios de una región limítrofe con el fin del mundo. 

No sé exactamente qué ha pasado, pero de un tiempo a esta parte el día está repleto de reproches de una gente que se ha convertido en la policía moral del siglo XXI. Activistas de salón que actúan como curas decimonónicos, diciendo al prójimo lo que debe hacer de puertas para afuera mientras, de puertas para dentro, hacen justo lo contrario. Una marabunta de maniqueos, todos muy comprometidos con el último grito en lo que sea. Un tumulto de aquellos tontos del recreo que han crecido, o están aún en ello, y su mayor obsesión es obligarte a confesar tus pecadillos en pro de una nueva religión que defiende, de boquilla, cualquier causa que les sirva para estar entretenidos.


12 oct 2022

La verdadera patria.

En la persistencia de los olores se esconde a veces una niñez que se resiste a salir corriendo. Me ocurre al cortar una naranja, que mi cabeza vuelve a aquel exprimidor manual de acero inoxidable que tenía mi abuela en la cocina y que hacía —será que me traiciona la memoria— los mejores zumos del mundo. Pasaba igual con aquel café que hacía mi tía en la cafetera italiana, que impregnaba con su aroma una casa donde nunca se apagaban los fogones, ni faltaban los platos de sopa para cenar entre semana. Nadie escalfaba los huevos como mi abuela, que empeñada en que tomaras calcio, te atiborraba de leche durante las comidas porque era bueno para los huesos. Y tenía razón, porque nunca nos rompimos uno. 

Algunas tardes bajábamos a su casa, tal vez a jugar al fútbol en la pista de la urba, o simplemente a incordiarla un rato una vez acabada la novela. Recuerdo con mucho cariño que a veces, cuando no había nocilla, sacaba el colacao, la leche y el azúcar, y preparaba un mejunje similar en consistencia que extendía con amor por una rebanada de pan bimbo para prepararnos un sándwich. Es posible que mi abuela no estudiase, pero es que hay gente que no lo necesita porque nace sabia. Quién quiere leer libros cuando puede dedicar su vida a cuidar a los demás. A asegurarse de que nunca les falte de nada. 

Somos lo que somos hoy en día porque quienes nos precedieron fueron con nosotros lo que fueron. Sólo así se explica que yo sea un cocinero intuitivo y que jamás en la vida siga una receta. Esto lo aprendí de ella, como casi todo lo que tiene que ver con los sabores. Un día mientras hacía el arroz de la bisabuela, al preguntarle cuánta agua necesitaba aquello, me dijo: “Lo vas viendo”. Y tenía razón, porque hay ciertas cosas que no se pueden medir en cantidades, son sensibilidades que se transmiten entre generaciones y que exigen plena atención de uno para no desperdiciarlas. 

Volviendo a los olores, con frecuencia me pasa que estoy haciendo algo, casi siempre en la cocina, y me viene una ráfaga de algo que me impregna el momento de recuerdos. Me pasa con sabores, bastante menos a menudo, claro, pues esos son irrepetibles. Pero siempre que sucede, por un instante me parece estar viviendo una regresión en el tiempo a una patria que ya no existe. A un lugar lejano del que por muy lejos que viaje nunca me despego. A casa. 


25 sept 2022

El toque de madre.

Tú llamas a tu madre para pedirle que te pase una receta, y ella, que está a miles de kilómetros, te da los ingredientes, el paso a paso y unos cuantos trucos básicos para no quemarte las pestañas en el intento. Compras todo y te dispones, cual Elena Santonja, con tu delantal, a seguir una por una las instrucciones para reproducir el plato. Te esmeras, porque echas de menos el sabor y probablemente tu casa. Pones atención en cada detalle del proceso porque lo que buscas en el fondo no es la comida en sí, sino la sensación, el comer algo que te teletransporte a la cocina con tu madre mientras ella farfulla que dejes de picar que si no luego no comes. Y entonces, después de un rato poniendo en boga tus propias destrezas culinarias, lo pruebas y… le falta algo. 

Quizás sea que los ingredientes de aquí no son como los de allá, o que esta vitro no calienta como la otra. Tal vez ocurra que la sal de este lado venga de la otra punta del mundo y no conozca Santa Pola ni en los mapas. Es posible que te saltes algún paso importante, que tuestes de más el pan —algo que en mi caso es imposible, pues en mi casa es tradición carbonizarlo por olvido—, o simplemente que no tengas el talento suficiente para freír un huevo sin librar una batalla a vida o muerte con el aceite caliente. Qué sé yo. Sea como sea, por muy comestible que esté el plato, no es igual. Le falta algo que no aparece en la receta y que ni tu madre misma —o tu abuela, que también se da maña, como le decía Manolo a Fernando en Belle époque— sabe describir.

Son gestos, destrezas adquiridas con los años. Saber oler que algo está soso, como me decía Rocío ayer. Reconocer que al arroz le falta agua sólo porque no suena como debería. Es como una especie de instinto que nada tiene que ver con la cocina y que viaja malamente, que no se transfiere de manera inmediata entre generaciones. Algunos dirán que es cosa de experiencia, que cortar algo en brunoise no es algo que se aprenda de la noche a la mañana. Pero yo creo que no. Creo que se trata de un ingrediente que no viene en los libros de cocina ni se aprende en la escuela Cordon Bleu. Es el puntito de amor que uno le pone a las cosas cuando las hace para la gente que quiere. El toque de madre, al fin y al cabo. 


23 sept 2022

El otoño. Otra vez.

Todos los otoños me pasa lo mismo: salgo a la calle un día en manga corta y de repente ya no es verano. El sol ya no calienta como el día anterior y hasta el aire huele distinto. Es como si el tiempo hiciera un cambio de armario y de la noche a la mañana las chaquetas de entretiempo se hubieran alzado en una inoportuna rebeldía que logra acabar con el previsible castañeteo de mis dientes en algún momento de los próximos diez días, que es aproximadamente el tiempo que vivo en constante negación. Doscientas cuarenta horas en las que mi cuerpo, por todos los medios existentes, se resiste a aceptar la realidad. Mis ojos evitan ver las hojas que se amontonan en las aceras, mis brazos rechazan el aire frío que los roza camino a la oficina y mis piernas reciben con sincero agradecimiento el calor de los vaqueros que hasta hace una semana sólo me ponía para ir a trabajar. 

El otoño, al contrario que el verano, que va dando señales de su inevitable llegada, aparece un día, como ese amigo que te sorprende una mañana llamando a tu puerta de forma inesperada. Es una estación traicionera, un quinqui que te espera al otro lado de la esquina con una navaja para llevarse la cadenita de oro de la abuela. Nunca sabes dónde ni cuándo puedes encontrártelo, pero ahí sigue, implacable al desaliento, haciéndose patente conforme pasan los días de septiembre. Llega sin hacer ruido y se va sin dejar rastro allá por diciembre, cuando ya nadie se acuerda de que estábamos en él. Es un mensaje en un contestador que ya nadie escuchará. 

Para mí, esta estación tiene mucho de sad boy con gafitas y camisa de cuadros que escribe a máquina en cafés mientras afuera llueve en un barrio recóndito de Seattle, o al menos así me la imagino después de la última vez que hablé con Trammell allá por primavera. Sea como sea, parece que ya ha llegado y que además lo ha hecho con la idea de quedarse entre nosotros una temporada. Así que no queda otra que aceptar que esta semana se acabó el verano y que, un año más, por fin queda un poco menos para regresar por fin a casa.