25 sept 2022

El toque de madre.

Tú llamas a tu madre para pedirle que te pase una receta, y ella, que está a miles de kilómetros, te da los ingredientes, el paso a paso y unos cuantos trucos básicos para no quemarte las pestañas en el intento. Compras todo y te dispones, cual Elena Santonja, con tu delantal, a seguir una por una las instrucciones para reproducir el plato. Te esmeras, porque echas de menos el sabor y probablemente tu casa. Pones atención en cada detalle del proceso porque lo que buscas en el fondo no es la comida en sí, sino la sensación, el comer algo que te teletransporte a la cocina con tu madre mientras ella farfulla que dejes de picar que si no luego no comes. Y entonces, después de un rato poniendo en boga tus propias destrezas culinarias, lo pruebas y… le falta algo. 

Quizás sea que los ingredientes de aquí no son como los de allá, o que esta vitro no calienta como la otra. Tal vez ocurra que la sal de este lado venga de la otra punta del mundo y no conozca Santa Pola ni en los mapas. Es posible que te saltes algún paso importante, que tuestes de más el pan —algo que en mi caso es imposible, pues en mi casa es tradición carbonizarlo por olvido—, o simplemente que no tengas el talento suficiente para freír un huevo sin librar una batalla a vida o muerte con el aceite caliente. Qué sé yo. Sea como sea, por muy comestible que esté el plato, no es igual. Le falta algo que no aparece en la receta y que ni tu madre misma —o tu abuela, que también se da maña, como le decía Manolo a Fernando en Belle époque— sabe describir.

Son gestos, destrezas adquiridas con los años. Saber oler que algo está soso, como me decía Rocío ayer. Reconocer que al arroz le falta agua sólo porque no suena como debería. Es como una especie de instinto que nada tiene que ver con la cocina y que viaja malamente, que no se transfiere de manera inmediata entre generaciones. Algunos dirán que es cosa de experiencia, que cortar algo en brunoise no es algo que se aprenda de la noche a la mañana. Pero yo creo que no. Creo que se trata de un ingrediente que no viene en los libros de cocina ni se aprende en la escuela Cordon Bleu. Es el puntito de amor que uno le pone a las cosas cuando las hace para la gente que quiere. El toque de madre, al fin y al cabo. 


23 sept 2022

El otoño. Otra vez.

Todos los otoños me pasa lo mismo: salgo a la calle un día en manga corta y de repente ya no es verano. El sol ya no calienta como el día anterior y hasta el aire huele distinto. Es como si el tiempo hiciera un cambio de armario y de la noche a la mañana las chaquetas de entretiempo se hubieran alzado en una inoportuna rebeldía que logra acabar con el previsible castañeteo de mis dientes en algún momento de los próximos diez días, que es aproximadamente el tiempo que vivo en constante negación. Doscientas cuarenta horas en las que mi cuerpo, por todos los medios existentes, se resiste a aceptar la realidad. Mis ojos evitan ver las hojas que se amontonan en las aceras, mis brazos rechazan el aire frío que los roza camino a la oficina y mis piernas reciben con sincero agradecimiento el calor de los vaqueros que hasta hace una semana sólo me ponía para ir a trabajar. 

El otoño, al contrario que el verano, que va dando señales de su inevitable llegada, aparece un día, como ese amigo que te sorprende una mañana llamando a tu puerta de forma inesperada. Es una estación traicionera, un quinqui que te espera al otro lado de la esquina con una navaja para llevarse la cadenita de oro de la abuela. Nunca sabes dónde ni cuándo puedes encontrártelo, pero ahí sigue, implacable al desaliento, haciéndose patente conforme pasan los días de septiembre. Llega sin hacer ruido y se va sin dejar rastro allá por diciembre, cuando ya nadie se acuerda de que estábamos en él. Es un mensaje en un contestador que ya nadie escuchará. 

Para mí, esta estación tiene mucho de sad boy con gafitas y camisa de cuadros que escribe a máquina en cafés mientras afuera llueve en un barrio recóndito de Seattle, o al menos así me la imagino después de la última vez que hablé con Trammell allá por primavera. Sea como sea, parece que ya ha llegado y que además lo ha hecho con la idea de quedarse entre nosotros una temporada. Así que no queda otra que aceptar que esta semana se acabó el verano y que, un año más, por fin queda un poco menos para regresar por fin a casa.

11 sept 2022

En la muerte de Javier Marías.

Marías no puede morir, porque los escritores no mueren, si acaso dejan de escribir de manera permanente. Se retiran de la vida pública para siempre, pero nos dejan un legado, que es la mejor forma de irse sin hacerlo realmente. Él lo entendió bien, creo, pues comprendió el laberinto de las emociones mejor que ningún otro y lo retrató también sin que nadie pudiera igualarlo. Supo que su obra le sobreviviría y escribió de manera consciente sobre lo más universal que tenemos y que con mayor frecuencia nos iguala: la condición humana. Y ahí queda todo lo escrito, que prevalecerá mucho más allá que la persona, que se desvanece hoy entre una niebla de septiembre. 

Hace algunos años, entre copas, me contaba Sam que cuando Marías venía a Nueva York, le pedía a su agente que le hospedase en un hotelito pequeño cerca de Times Square donde, a diferencia de en el Waldorf, aún le permitían fumar. Fue aquella vez también que nos pasamos horas comenzando cada frase con un “No he querido…” a cada paso, emulando el principio de su Corazón tan blanco, que siempre será uno de los mejores inicios de una novela en español. Hoy que Javier —que seguro odiaría estas confianzas— se ha ido, parece difícil repetir ese fragmento sin que suene a cliché manido. Pero esa noche, embriagados de vida, cogimos un billete de dólar, estampamos en él la frase, y lo grapamos juntos a los miles de billetes que decoraban las paredes de Tin Roof.

Paradojas de la vida, he sabido de su muerte a través de un pantallazo, ni siquiera una noticia. Un titular estampado en la pantalla de un teléfono para conocer el adiós de un escritor que seguía tecleando en su Olympia Carrera de Luxe. Me pregunto qué secretos quedarán almacenados en un ente sin memoria con el que ha pasado tantos años, tantos tecleos, tantas horas de escrutinio de lo humano entre el humo de interminables cigarros. Esa máquina de escribir que se ha quedado muda y desde hoy nos quema la retina con el blanco de la página intonsa. Qué misterios se habrá llevado consigo Marías y cuáles habrá descubierto después de mirar a los ojos a Caronte. 

Qué putada que ahora que por fin lo sabe todo de la vida, no vayamos a poder leerle hablar del paso al otro mundo el próximo domingo. 


9 sept 2022

De Niebla a Belle époque.

Siempre he pensado que el cura de Belle époque, don Luis, tenía mucho de Augusto Pérez, el protagonista de Niebla. Ese existencialismo socarrón que le lleva a cuestionarse constantemente su lugar en el mundo, unido a su obsesión con don Miguel, como él le llama, creo que delatan a Azcona, que rindió un tributo velado a Unamuno apoyándose en la mano de Agustín González; un actor que lo mismo te hacía de tragaldabas catolicón, que de domador de gallinas. La diferencia entre don Luis y Augusto estriba en lo diferente de sus apetitos, mientras que el personaje de la nivola vive obnubilado por el amor de Eugenia Domingo, el de la peli de Trueba es un devoto de las comidas de Fernandito. 

Don Rafael —que así es como llamo yo a Azcona desde que escuché a Guillermo Arriaga hablar de él en el Hotel Jorge Juan— jugó con el personaje a su antojo, creando un sacerdote más humano que divino. Sus aparentes contradicciones, marcadas por un sorprendente republicanismo, le convierten en una de las atracciones del parque temático que rodea a Manolo. Su presencia en casa de la Apolonia al principio de la película lo sitúa ya dentro del ámbito de lo prohibido, pintando así un religioso jugador que no duda en marcharse con las ganancias a mitad de la partida de “subastao” para dar una extremaunción. Es entonces cuando Juanito le reprocha su presencia en una casa de lenocinio, a lo que él responde con una gracia propia de sí: “Sí señor, precisamente, aquí donde se peca, aquí está mi puesto, a pie de obra”. 

Don Luis es un cura que estriba entre lo anticatólico y lo avant-garde, que desafía las propias normas del catecismo. Es por eso que acaba como acaba, colgado de una viga de su Iglesia con El sentimiento trágico de la vida (otra vez don Miguel) en la mano. Este final, que no puede ser otro dado el carácter existencialista y unamuniano del religioso, cierra el círculo de su conexión con la nivola. Así, es en ambas que Unamuno se perfila como una suerte de Dios que decide el destino de los dos. En Niebla lo hace convirtiéndose en personaje de su propia obra y dialogando con Augusto Pérez sobre su misma muerte. En Belle époque mediante la intercesión tardía de Azcona, que lo introduce en la película como una fuerza invisible que acaba induciendo el suicidio del cura. En ambas, dejando clara una cosa, que nadie puede escapar a los designios de su creador.


2 sept 2022

Elogio de lo simple.

Existe en la aparente sencillez una estructura compleja, subyacente, que irriga el mecanismo de la simplicidad. Un ser sin ser que hace que lo simple nos parezca repetible sin esfuerzo. Se trata de un engranaje tan perfecto que cualquiera diría que hay algo secundario que lo activa, como una palanca invisible que lo mece al compás del silencio. Parece como si fuera un equilibrio improvisado, una genialidad carente de importancia, una forma de existir a lo Panenka. Tiene la ventaja, además, de que no hay que esperarlo, siempre está. El tiempo no le afecta, lo cual le convierte en puntual sin pretenderlo, que es la mejor forma de ser algo: hacerlo sin querer. Lo simple sufre menos, pues no vive pendiente de entender los porqués de lo complejo; ni siquiera se plantea que exista vida más allá de la simpleza. Existe sin más, por el puro placer de existir, y no por contraposición de nada, que es la mejor forma de no tener jamás que desistir. No precisa de nada, pues ahí reside su carácter, en la libertad que le otorga lo inmutable de su esencia. Es algo tan sencillo que, si deja de ser simple, simplemente deja de ser.