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31 dic 2022

Despedida y cierre.

El uno de enero, mientras veía la Marcha Radetzky en la tele, se me ocurrió que igual era buena idea, ya que nadie me había dado la oportunidad de hacerlo en un medio ajeno, de escribir una columna cada domingo en mi blog. Así que, como no sabía dónde me metía, me propuse publicar unas cuantas palabras cada semana, a ver si así algún ojeador de estos que tienen los periódicos —es tal mi desconocimiento que imagino que funcionan como un equipo de fútbol— se fijaba en mí y me dejaba debutar. El resultado es que al final he acabado escribiendo 52 textos (contando este) de diversa factura y no tiene pinta, a 31 de diciembre, de que ningún medio me vaya a invitar a formar parte de su cohorte de plumillas. Otra vez será, Miguel.

Mentiría si dijera que me ofende que no me hayan llamado, pues en el fondo siempre he sido consciente de que la mayoría de estas entradas se corresponden más con un diario personal que con una tribuna periodística. Juro que lo he intentado, pero me resulta casi imposible escapar a la vis atractiva del yo. No tanto porque no me guste todo aquello que no concierne a mi propio ser, sino más bien porque no sirvo para escribir del resto. No sé muy bien si lo que escribo pertenece a algún género o si es un género en sí mismo —un montón de papeles—, pero sospecho que sea lo que sea no tiene cabida en cualquier otro panfleto que no sea el mío. La divulgación de uno, al final y al cabo no es divulgación sino confesión, incluso cuando, como aquí es el caso, muchas veces se hace en clave.

Una cosa que he aprendido en todo este tiempo es que para escribir es fundamental ser capaz de abstraerse de las propias circunstancias, aunque siempre acabes abusando del mí, me, conmigo. Vamos, que algunos días las palabras no salen porque la vida no fluye. A principios de año, con apenas media columna publicada, me hicieron creer que me estaba muriendo bastante antes de lo que me gustaría. Ese domingo, no obstante, publiqué algo que no tenía nada que ver con mí mismo. Fueron varias, de hecho, las semanas que tardé en descubrir que fuese lo que fuese lo que me pasara, no parecía ser algo tan mortal. Y lo agradecí, claro, porque estoy en una época de mi vida cargada hasta los topes de expectativas y cambios, y para qué engañarnos, ahora mismo me viene fatal morirme. 

A quienes pasaron por aquí en algún momento de este año o de los últimos 10: gracias. A quienes lo hicieron suyo y me respondieron, a los que se pasan por Instagram, a los que lo comparten, a los que piensan que es una pérdida de tiempo: gracias. A pesar de que escribo porque me gusta, sería injusto decir que no lo hago para que me lean, de otro modo todas estas palabras permanecerían olvidadas en cualquier cajón. Después de una década y más de doscientas cuarenta entradas, creo que ha llegado la hora de poner montonesdepapeles en stand-by al menos hasta que defienda la tesis, que a pesar del ínclito título de esta saga, ya no puede esperar más. O eso creo.

Feliz 2023. Y feliz vida.



29 dic 2022

La vieja parca florentina.

Hace muchos años, en un viaje de estudios del colegio, puse los pies en Italia, que ya por aquel entonces no era tierra ignota para mí. Estábamos en Florencia y de algún modo, no sé si antes o después de visitar las tumbas de los Medici, acabé perdido entre los puestos del mercado de San Lorenzo, que rodeaba los albores de la iglesia donde se hallaban los sepulcros. Fue allí, paseando en sus puestos como en un bazar gigante, donde di con un tipo que vendía ropa con motivo militar y me compré una parca verde, con banderas de Alemania en cada una de las mangas a la altura de los hombros. El precio fue irrisorio, no sé si antes o después de negociar pagué veinte euros. Y a día de hoy sigue en mi armario.

La parca es una parca cualquiera, no tiene nada de especial. Lleva una especie de forro como de borreguillo verde por dentro que se quita y se pone en función del frío que haga. Si llueve, te empapas, porque en lugar de repeler el agua lo absorbe, deja que la lluvia le cale hasta los huesos que no tiene. No es una pieza de diseño, ni parece especialmente resistente, pero ahí sigue conmigo. Ha sobrevivido a 4 mudanzas y a las constantes fluctuaciones de peso de su dueño, que no han sido pocas. En ocasiones me ha costado abrochar la cremallera, porque el invierno a veces no perdona a quienes llevamos años cultivando ese proyecto de barriga. 

No es que haya puesto demasiado empeño en su mantenimiento, pero lleva conmigo casi 17 años y sigue igual que el primer día. Quizás porque no la uso a diario o porque no siempre que la veo estamos en invierno, ha aguantado tanto tiempo. No sabría decir exactamente cuál es la metáfora que alberga todo esto, pero creo que tiene que ver con el cuidado y la paciencia. Ocurre con las cosas y también con las personas. Hay veces que simplemente hay que estar ahí, sin más, colgado al fondo del armario esperando a que llegue tu momento. Disponible para dar un abrazo cuando llegue el frío.

27 dic 2022

Mujeres de las que me enamoré en el cine.

Me ha pasado muchas veces porque soy de naturaleza enamoradiza. Veo una película o leo un libro y acabo poniendo ojitos a alguna de las personajes que aparecen. Me pasó con Cameron Díaz en Algo pasa con Mary siendo yo muy pequeño y lo corroboré con Jennifer Connelly y su Deborah en Érase una vez en América la primera vez que la vi con diez años, en la Semana Santa del 99. Supongo que debió ser por esa época que descubrí, no sólo que me gustaban las chicas, sino que además me gustaban las chicas guapas, algo que me temo no ha cambiado desde entonces. 

Hace algunos años, viendo El apartamento, me di de bruces con aquella ascensorista que interpretaba Shirley MacLaine y me pareció que tenía la cara más dulce que había visto jamás. Una belleza comparable tal vez a otra de mis grandes musas cinematográficas, Nola Rice, o lo que es lo mismo, el personaje que interpretaba Scarlett Johansson en Match Point. Aquella rubia, extremadamente sexy, a ratos mujer fatal, me hizo cuestionarme muchas veces el papel del personaje de Rhys Meyers, cuya decisión en la cinta nunca terminé muy bien de entender. En caso de duda, la guapa siempre, Chris.

Todas estas chicas de las que me enamoré en el cine, sin embargo, no podían compararse a la atracción que, por alguna razón que desconozco, pues no es mi tipo, despertó en mí Keira Knightley en Last Night. Hay algo en Joanna, una escritora de talento desaprovechado que huye de vez en cuando mentalmente a esa otra vida que podría haber tenido, que me resulta magnético. Es posible que sea su acento británico, o una elegancia de otro tiempo, o quizás su forma de fumar sentada sobre la encimera de la cocina. Hay algo en ella, sea lo que sea, que durante la hora y media que dura la película hace que fantasee con romper y cruzar la cuarta pared. 

Aun a riesgo de que una vez dentro me diga que lo siente mucho, pero que no soy su tipo. Que podría pasar.


22 dic 2022

El décimo.

Mi abuelo —que en paz descanse, como le gustaba decir a él cada vez que hablaba de un difunto— compraba siempre en el mismo sitio, un supermercado mayorista donde se abastecía para el restaurante. Iba allí casi a diario y siempre repetía la misma secuencia: entraba, llenaba el carro, y mientras pagaba le daba las llaves del coche a uno de los gorrillas de la puerta que se llevaba la compra y la colocaba todo en el maletero. Al acabar, cada día tenía lugar la misma transacción: él le devolvía las llaves del coche y el abuelo le daba una propina por ayudarle. 

Aquellos tipos, que nunca supe cómo se llamaban ni de dónde eran, pasaron años echándole una mano, especialmente cuando era ya mayor y cargar palés de cerveza no era lo más apropiado para un señor octogenario. Mi abuelo, que era bastante guasón, bromeaba con ellos y les decía que mi abuela le había dicho que era un roñoso y que tenía que subirles la propina, que aquello que les daba no era suficiente por echarle un cable a cargar todos aquellos víveres. 

Lo que mi abuela no sabía (creo), y yo descubrí en aquellos viajes al super en los que hablábamos de todo, es que cada año, cuando llegaba la Navidad, Macario —que así es como nos llamábamos el uno al otro— siempre les daba un sobre a cada uno de los dos gorrillas. En él, además de ser algo más generoso en sus dádivas que de costumbre, aun a riesgo de que tocase y tuviera que buscarse nuevos socios que le ayudasen a meter la compra en el coche, siempre incluía un décimo de lotería con el mismo número que él jugaba. 

Y yo, no sé por qué, cada 22 de diciembre me acuerdo de aquellos tipos a los que nunca les tocó la lotería, pero jugaron durante años un décimo con aquel señor del bigote que tal vez soñaba con sacarles de pobres. 


18 dic 2022

Los mejores años de nuestra vida.

El día que me dieron las notas de cuarto de primaria, apenas un mes después de hacer la comunión, mi padre se sacó de la cartera una cuartilla con letras moradas que decía algo así como “Formulario de solicitud de socio” y tenía un escudo redondito en una esquina. Era junio del 97. Hasta entonces me había llevado al Bernabéu cinco veces, la primera a un Madrid-Barça de la temporada 95-96 que empatamos a uno, y alguna de las otras cuatro —que ya no alcanzo a vislumbrar en la memoria— a ver a un Betis al que goleamos y donde recuerdo que jugaba Roberto Ríos. Aquel fue el año del doblete del Atleti, y a pesar de que hubo gente en el recreo que cambió la elástica de Raúl por la de Kiko Narváez, yo me mantuve firme en mi empeño de ser madridista. Al fin y al cabo ya tenía una bufanda morada que él me había comprado en mi debut como hincha y un jugador favorito, Michel, cuyo número había yo heredado en mi camiseta del AD Castilla. 

El Madrid es, junto con mi familia más directa, lo único en esta vida a lo que yo le he guardado una lealtad inquebrantable. En todos estos años he cambiado de novias, de universidades, de amigos y hasta de país, pero nunca, jamás, se me ha pasado por la cabeza cambiar de equipo. Ha habido noches gloriosas, algunas de ellas en casa y otras en el estadio, que he tenido la suerte de compartir con la gente que más quiero. Momentos de esos que no podría yo explicar lo que se siente, porque al fin y al cabo los sentimientos comienzan donde acaban las palabras. Y también ha habido alguna de esas tardes desastrosas en las que deseé que no me importase tanto algo que tantos nunca entendieron. 

En septiembre de este año se cumplieron 25 años de la temporada en que mi padre me hizo socio del Madrid, y ayer, después de mucho tiempo esperando este momento, Juan Antonio Corbalán me estrechó la mano y me dio mi insignia de plata. Como no podía ser de otra manera, bajé con don Miguel, que sentado entre el público vio —o intentó ver— cómo, después de un cuarto de siglo, la estirpe madridista continúa intacta en la familia. Lo que no sabe, claro, es que mientras esperaba en la fila a que me la entregaran, lo único que pude pensar fue que ojalá la vida me deje acompañarle yo a él cuando dentro de 14 años haga 50 de socio y le pongan la insignia de oro.


4 dic 2022

Una cinéfila Navidad.

Mañana me voy a España, así que para mí comienza oficialmente la Navidad. Es curioso, pero desde hace años vivo con la extraña sensación de irme de vacaciones a casa. Como si hubiera algo de exotismo en volver a convivir con mi familia durante unos días después de haberlo hecho más de media vida juntos. Crecer, supongo, es aprender a emocionarse por algo que hasta hace cuatro días había sido cotidiano. Ser capaz de valorar las cosas antes de empezar a echarlas de menos. La propia Navidad, sin ir más lejos, nunca fue mi época del año, pero desde que vivo fuera cobró un sentido de reencuentro. 

Estos días, entre maletas interminables que se hacen a lo panenka y se acaban en el tiempo de descuento, siempre me da por pensar en el cine. Me acuerdo de todas esas películas en las que se refleja este momento del año y pienso en Jorge Sanz y Gabino Diego, Roberto y Alberto en Los peores años de nuestra vida, subiendo un árbol de Navidad gigante por las escaleras de una casa de Madrid mientras María, Ariadna Gil, les ayuda a dar el último empujón de camino al estudio del profesor Tristán. Recuerdo, porque quién podría olvidarlo, esa Gran Vía de Madrid contada por Garci y pienso en Germán Areta paseando por Nueva York antes de que empiece a sonar la trompeta de Gene Ammons al final de El crack mientras veo rascacielos pasar por la pantalla. 



La Navidad, para mí, es la terminal de llegadas del aeropuerto de Heathrow. Es Kevin McCallister hospedado en el Hotel Plaza y caminando por Central Park con un gorro con pompón. Es Plácido desesperado, subido al motocarro y haciendo virguerías por poder pagar la letra por toda la ciudad. Es Pepe Isbert en la Plaza Mayor de Madrid preguntando dónde está Chencho. Es Leo Di Caprio interpretando a Frank Abagnale Jr. y llamando al detective Carl Hanratty, Tom Hanks, la misma noche del 25 de diciembre porque se siente solo y sabe que es la única persona con quien hablar. Son Gremlins campando a sus anchas destrozando la ciudad porque Billy le da un trozo de pollo a Gizmo cuando tiene hambre más allá de la medianoche. Y son, sobre todo, esos días en los que suelo sentirme tan querido por gente a la que apenas veo el resto del año que, a veces, tengo la sensación de que mi vida es, en realidad, una película.


2 dic 2022

Reivindicación de lo inútil.

En esta época del big data y los numerazos gordos, en la que cada gránulo de información encierra un misterio que, pasado por los filtros adecuados, puede llegar a convertirse en un elemento productivo, vengo a reivindicar el conocimiento inútil. Es decir, todo aquel dato que nuestro cerebro alberga y no sirve para otra cosa que no sea ganar una partida de Trivial. La culturilla general, que se decía antes. La filosofía en el sentido etimológico del término, y no tanto el encontrar una utilidad inmediata a ese granito de sapiencia. Conocer algo por el mero hecho de conocerlo, y no porque en un futuro próximo vayas a meter esa gota de sabiduría en un fondo a plazo fijo para que te traiga un rendimiento monetario calentito. 

Reivindico los datos inservibles, las estadísticas que tu cabeza almacena sin tú siquiera saberlo, las fechas de acontecimientos históricos que no recuerda ni la Wikipedia, pero que tú, por algún motivo difuso, eres incapaz de olvidar. Los versos que aprendiste en el colegio y que campan desde entonces a sus anchas entre axones, esperando a que les llegue el momento de ser declamados una noche cualquiera entre tragos de ginebra con extraños. Las batallitas que nadie conoce y a nadie le importan porque a nadie le sirven excepto a ti, que de pronto encuentras el momento de añadirlas entre amigos como una imperecedera coletilla. 

Ahora que todo tiene que tener un valor económico, que ya no queda un ápice de amor al arte y que el mundo gira en torno hacia la más espantosa especialización, vengo a defender el valor del saber generalista, del saber de todo sin que el saber tenga un propósito específico. Hay que volver al conocimiento yermo y rebelarse contra esa abominable actualidad que fomenta el mercantilismo de una información que sólo vale si produce. Es necesario reclamar de vuelta la anécdota aparentemente inservible y poner en valor la extraordinaria importancia del conocimiento inútil. Aunque parezca que no sirven para nada.


27 nov 2022

Breve anatomía del tiempo.

Algo que me pregunto con frecuencia es, a partir de qué momento comenzamos a asumir que hay ciertas cosas en la vida que ya no pasarán. O sea, en qué punto entre los 5 y los 35 pierdes la escafandra sin darte cuenta y dejas, de la noche a la mañana, de querer ser astronauta. Un domingo, de repente, después de jugar un partido de fútbol con amigos, de pronto te sobreviene la idea de que en cuatro días te plantas en los 30 y no queda ni rastro de aquel niño que quería jugar en el Madrid. Vas creciendo y, sin quererlo, poco a poco llegas a conocer la temperatura a la que se evaporan los sueños. La vida te va inoculando, gota a gota, de manera tácita, una extraña capacidad para aceptar algo que si bien no siempre es fracaso, a menudo se le parece mucho. 

Debe haber un lugar en la memoria donde se almacenan, tal vez en cajas desordenadas, todos estos sueños, estos deseos felices que el tiempo va poco a poco soterrando. Una especie de biblioteca mental, albergada en alguna esquina del cerebro, donde a lo largo de los años se acumulan las cenizas de todos estos proyectos que quedaron en nada. Un museo de las profesiones frustradas donde uno puede ver, ordenado por años, en qué momento se empezó a torcer la carrera futbolística de uno —si es que alguna vez la hubo— o cuándo decidió que ir a la luna, en el fondo, no le compensaba lo suficiente como para estudiar física. 

Al cambio, existe un cierto placer en mirar hacia atrás y ver lo poco que se parece la vida que tiene con la que en algún momento imaginó. Todos aquellos planes magníficos, de alguna manera mutaron en algo completamente diferente a la escarpada que habíamos trazado. Y a pesar de que no haya balones de reglamento ni cohetes que viajan al espacio, es difícil no sonreír cuando uno ve, después de cierto tiempo, la ingenuidad con la que alguna vez miró a los ojos al futuro. Con suerte, si ha aprendido algo, asume que da igual lo que quiera porque en el fondo la vida le llevará por su propio camino. Y si no ha aprendido nada, como yo, llegará tal vez a los 60 y todavía estará esperando su oportunidad para debutar de corto o abrocharse el cinturón en la cabina de transbordador.  


21 nov 2022

25 consejos a mi yo de 25.

1. Olvídate de ahorrar pasta. Vive. Viaja. Disfruta. El dinero va y viene. El tiempo sólo avanza. ¿Cuándo vas a volver a tener 20 años el tercer viernes de junio? Nunca. Sal, diviértete y no mires mañana lo que te fundiste anoche.

2. Sé sincero pero no seas gilipollas. Es decir, di la verdad pero no seas hiriente. A veces es mejor callarse y hacer como que todo está bien que abrir la boca y romper la armonía del momento. La sinceridad muchas veces está sobrevalorada. 

3. No discutas con extraños. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. No pierdas el tiempo en dar lecciones a gente que no te importa. Es mejor asentir y seguir hacia adelante. Volvemos al punto 1: tu tiempo es limitado. No lo malgastes con idiotas. Huye de quienes te roben la energía.

4. Vete de España. Sal. A donde puedas y como puedas. Ve mundo. Conoce otras culturas. Abandona el pueblo como Totó en Cinema Paradiso y regresa si hace falta, pero vete. Se aprende más viviendo un mes fuera por tu cuenta que en veinte años en casa.

5. Aprende inglés. No porque quede genial en tu CV. Hablar inglés te abre puertas porque es la lengua franca. En inglés te entiendes con casi todo el mundo y te va a hacer falta para ligar, para pasar una aduana y, depende de dónde, hasta para tomarte un café.

6. Cuida tu cuerpo. Esto no significa que no bebas, que no comas de más y que no te fumes un pitillo de vez en cuando. Significa que hagas deporte y que lo introduzcas dentro de tu rutina diaria. Levanta pesas. Corre. Tener un cuerpo sano es clave para disfrutar más de la vida.

7. No tengas miedo a pedir perdón si te equivocas. La soberbia no sirve para nada. Si cometes un error y de verdad lo sientes, dilo. Y aprende del error, aunque lo vayas a volver a cometer. Las disculpas, por cierto, se ofrecen, no se exigen.

8. Y al contrario: perdona a quien te ofrezca una disculpa sincera. Todo el mundo tiene derecho a cometer un error, así que sé comprensivo cuando lo hagan. En algún momento tú también la vas a cagar y agradecerás que hagan por entenderte.

9. La pasión es un valor seguro. Encuentra aquello que te gusta y busca una manera de convertirlo en tu modo de vida, excepto si aquello que te apasiona te va a hacer morirte de hambre. Si ese es el caso, conviértelo en una afición y dedícate a algo que te deje tiempo para disfrutarla.

10. No tengas miedo a equivocarte. Vas a tomar decisiones erróneas, quieras o no. Lo que marca la diferencia no siempre es la decisión en sí, sino tu forma de afrontar las consecuencias de la misma. Casi todo tiene arreglo si lo miras con la perspectiva adecuada.

11. No te tomes demasiado en serio a ti mismo. Por mucho que tu madre te diga que eres muy guapo y muy listo, no eres especial. De hecho, el 99% de la humanidad no lo es y no pasa nada. Tener un ego desorbitado no sirve para nada y además te hará parecer un imbécil. 

12. No juzgues a los demás. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Especialmente porque no sabes qué pueden estar pasando. Cada uno vive como puede o como quiere y tú no eres nadie para opinar sobre lo que hace el resto. Además, recuerda el punto 3.

13. La universidad no es la panacea. Te lo digo yo, que soy profesor. Estudiar está muy bien porque te abre puertas, pero el mejor aprendizaje se adquiere con la práctica. No te ofusques si pasas por Derecho de puntillas, es sólo el primer paso.

14. La gente normalmente no cambia. Quien es idiota, es idiota, y es bastante posible que quien te la juegue una vez te la acabe jugando dos. Pero recuerda el punto 8, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Nunca una tercera.

15. No te obsesiones con planificar demasiado las cosas. Salvo que quieras llevarte una decepción, claro. Está bien tener unas líneas maestras, pero es muy posible que el plan salga mal. Vale más tener capacidad de adaptación ante la adversidad que ser un perfecto estratega.

16. Intenta montar tu propia empresa. Y arruínate con lo poco que tengas. Casi seguro va a salir mal, pero vas a aprender un montón sobre cómo no comenzar un negocio. Haz caso a Belén Rubiano.  



17. Aprende a no hablar de más. Es mejor pasarse por defecto que por exceso. Haz que tu interlocutor siempre se quede con ganas de más. Vale para los negocios pero también para ligar. Jamás seas ese que va a una conferencia y hace una pregunta más larga que la ponencia. 

18. Cultiva la disciplina. En el fondo aquí está todo. Si eres capaz de domesticar tus instintos y respetar tu propio orden interno, tienes mucho ganado. La fuerza de voluntad no viene de serie, hay que entrenarla. Hazlo. 

19. Sonríe siempre. Ser agradable con la gente, especialmente con aquellos que te prestan un servicio, ayuda a que consigas tu objetivo mucho más deprisa. No subestimes el poder de tratar bien a los demás y hacerlo con una sonrisa en la cara. 

20. Dedica menos tiempo a pensar en el proceso. Busca siempre la eficiencia en tus esfuerzos, pero no te obsesiones. Corrige sobre la marcha. Y sobre todo, no hagas que el proceso en sí te distraiga de trabajar en tu objetivo. Sobre todo si tu objetivo es escribir una tesis.

21. Prioriza siempre las experiencias sobre las cosas. La gente materialista es un coñazo, nunca tiene suficiente de nada. Cuanto menos necesites para ser feliz, más fácil te resultará alcanzar ese estado. Las cosas se pierden, las experiencias siempre viajan contigo y no pesan al hacer una mudanza.

22. Sé siempre generoso. Aunque no tengas nada. No hay nada más triste en la vida que ser un cutre y un agarrado. Sé espléndido con el resto, especialmente con aquellos que tienen menos que tú. Compartir es vivir, y más si se comparte con amigos.

23. Aprende a disfrutar la soledad. Tener pareja puede ser algo muy gratificante, pero ser emocionalmente dependiente es un coñazo. Para ambos. Si vas a estar con alguien, que sea porque quieres, no porque lo necesitas. 

24. Busca siempre el lado bueno. Nada ni nadie es puramente maldad. Todos tenemos algo bueno y si esperas el tiempo necesario lo acabarás descubriendo. Busca siempre la parte positiva y trata de ver el vaso medio lleno. En el mundo sobran actitudes negativas.

25. Lee. Todo lo que necesitas saber está en los libros. No aceptes consejos de nadie. Y menos de tu futuro yo en un blog.


20 nov 2022

El cascarrabias.

De un tiempo a esta parte, no sé muy bien por qué, he ido evolucionando a un tipo que a menudo se vuelve cascarrabias cuando le traen frías las patatas fritas que acompañan a la hamburguesa. No es difícil salir a comer conmigo, porque en el fondo no soy amigo de los restaurantes con ínfulas que te prometen mucho lirili pero te traen poco lerele. Pero sí es verdad que me gusta jugar, con mi acompañante de turno —jamás le doy la turra al camarero— a ser una especie de Antón Ego que no se contenta casi nunca con nada; de ahí la alegría y la incredulidad de mi contraparte cuando llega algo a la mesa que me parece un acierto. 

En los últimos meses he visitado restaurantes pretendidamente españoles que prometían una experiencia similar, poco menos que, a comerte unas bravas en la calle Meléndez Valdés. Desde uno cerca de casa que te vende un “Trip to deep Madrid” y te mete con calzador unas croquetas de pollo al curry, a otro en Florida donde el camarero —que ni por las pintas ni por el acento dedujo que yo era español— me repitió tres veces que la comida era tradicional. Y no es que se comiera mal en ninguno de los dos casos, pero no era lo que prometían. Alguien debería decirles que cuando la comida está rica, el discurso es lo de menos. Eso, y que mentir está mal.

En Mejor imposible, Melvin, que es el personaje maniático que interpreta Jack Nicholson, va cada día al mismo restaurante, se sienta en la misma mesa, pide la misma comida y espera que siempre se la sirva la misma camarera: Carol. A pesar de que a veces me comparo con él, yo aún no he llegado a ese extremo, entre otras cosas porque no he encontrado un sitio al que volver casi a diario. Pero en el fondo le entiendo, porque no es fácil dar con un lugar que aguante sin fisuras las expectativas de un tipo refunfuñón que le encuentra pegas a todo. 

Hubo una vez, eso sí, que encontré un bar donde regresaba tan a menudo que el camarero, sólo con mirarme, sabía si tenía que traer la cuenta o preguntar si queríamos otra ronda en función de cómo estuviera yendo la conversación con mi cita. El sitio, donde por cierto me sentía como en casa, acabó cerrando. Tal vez porque a la temperatura de la cerveza le sobraba siempre un grado y a mi ligue de turno le sobraba un puntito de algo.


28 oct 2022

El mundo que ya fue.

Hay un mundo que ya fue. Una forma de vivir que se empezó a ir hace tiempo, una manera de existir diferente, donde las galletas se guardaban en una caja después de abierto el paquete y en las casas se reusaban los botes de Colacao para guardar la harina mucho antes de que se implantara la idea del reciclaje. Todavía había teles sin mando en las que para cambiar de canal había que apretar un botoncito que te llevaba, a veces con poca suerte, pues se veía bastante mal, hasta la siguiente cadena. El fútbol, por aquel entonces, aún se jugaba los domingos a las cinco. Todo era parte del principio, pero nada era lo suficientemente reciente como para no tener nombre y tener que señalar las cosas con el dedo, como le pasaba a Aureliano Buendía; aunque es cierto que tampoco andábamos tan lejos de aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Siempre he pensado que aquellos versos de Neruda donde decía que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, eran un cliché manido. Una frase para niños repipis que acaban de descubrir la poesía y el desamor. Sin embargo, hay algo de verdad en ellos. Tal vez habría que enmendarlos y hacer una adenda que diga que no sólo hemos nos hemos transformado nosotros, que somos hijos de nuestro tiempo, sino también lo que nos rodea. ¿Cambió el mundo porque lo cambiamos nosotros o cambiamos nosotros porque cambió el mundo? No lo sé.

Lo que sí sé, eso sí, es que echo de menos la caja de las galletas de casa de la Colasa, el sonido al abrirla y el olor de aquellas María Fontaneda que hace años que no pruebo. Que extraño las teles con culo donde Pablo y yo jugábamos a la Play uno en las noches de verano de hace ya casi dos décadas, a menudo hasta las tantas y a escondidas. Y reconozco, sobre todo, que fantaseo con frecuencia con volver a sentir Madrid como mi casa y escaparme los domingos a las cinco al Bernabéu. Como hacíamos en aquel mundo que ya fue.


16 oct 2022

Activismo de salón.

El otro día, en un clarísimo intento por salvar el planeta, dos activistas montaron una pajarraca de postín en la National Gallery y tiraron zumo de tomate sobre Los girasoles de Van Gogh. La cosa estaba orquestada, claro, porque había más cámaras de periodistas que muchachas comprometidas con el medio ambiente pegándose al muro con una barra de pegamento Pritt. Aquello más que un acto de protesta parecía una rueda de prensa de presentación de la última de Haneke. Una performance bochornosa que en el fondo no sirvió más que para dar trabajo a los restauradores del museo. Al planeta, como era de esperar, le dio igual el numerito y siguió girando. Y Van Gogh, que a buen seguro se habría retorcido en su tumba de haber podido oír el suceso, ni se inmutó. 

Vivimos un momento en el que todo es repercusión en los medios y balas de fogueo. Actos vacíos que sirven, en el fondo, para que una serie de privilegiados se limpien la conciencia por su modo de vida. Un quid pro quo con la causa de turno que les ayuda a depurar sus responsabilidades para con lo que el manual del buen ciudadano nos dicta en estos días. Cada semana es una nueva. No comas carne porque la producción de vacas afecta a la capa de ozono. No cojas aviones porque tienes una huella de carbono que alucinas. Date a las bebidas vegetales en sustitución de la leche porque la abuela fuma. Usa el transporte público porque así ayudas a la investigación contra la ceguera en los colegios de una región limítrofe con el fin del mundo. 

No sé exactamente qué ha pasado, pero de un tiempo a esta parte el día está repleto de reproches de una gente que se ha convertido en la policía moral del siglo XXI. Activistas de salón que actúan como curas decimonónicos, diciendo al prójimo lo que debe hacer de puertas para afuera mientras, de puertas para dentro, hacen justo lo contrario. Una marabunta de maniqueos, todos muy comprometidos con el último grito en lo que sea. Un tumulto de aquellos tontos del recreo que han crecido, o están aún en ello, y su mayor obsesión es obligarte a confesar tus pecadillos en pro de una nueva religión que defiende, de boquilla, cualquier causa que les sirva para estar entretenidos.


12 oct 2022

La verdadera patria.

En la persistencia de los olores se esconde a veces una niñez que se resiste a salir corriendo. Me ocurre al cortar una naranja, que mi cabeza vuelve a aquel exprimidor manual de acero inoxidable que tenía mi abuela en la cocina y que hacía —será que me traiciona la memoria— los mejores zumos del mundo. Pasaba igual con aquel café que hacía mi tía en la cafetera italiana, que impregnaba con su aroma una casa donde nunca se apagaban los fogones, ni faltaban los platos de sopa para cenar entre semana. Nadie escalfaba los huevos como mi abuela, que empeñada en que tomaras calcio, te atiborraba de leche durante las comidas porque era bueno para los huesos. Y tenía razón, porque nunca nos rompimos uno. 

Algunas tardes bajábamos a su casa, tal vez a jugar al fútbol en la pista de la urba, o simplemente a incordiarla un rato una vez acabada la novela. Recuerdo con mucho cariño que a veces, cuando no había nocilla, sacaba el colacao, la leche y el azúcar, y preparaba un mejunje similar en consistencia que extendía con amor por una rebanada de pan bimbo para prepararnos un sándwich. Es posible que mi abuela no estudiase, pero es que hay gente que no lo necesita porque nace sabia. Quién quiere leer libros cuando puede dedicar su vida a cuidar a los demás. A asegurarse de que nunca les falte de nada. 

Somos lo que somos hoy en día porque quienes nos precedieron fueron con nosotros lo que fueron. Sólo así se explica que yo sea un cocinero intuitivo y que jamás en la vida siga una receta. Esto lo aprendí de ella, como casi todo lo que tiene que ver con los sabores. Un día mientras hacía el arroz de la bisabuela, al preguntarle cuánta agua necesitaba aquello, me dijo: “Lo vas viendo”. Y tenía razón, porque hay ciertas cosas que no se pueden medir en cantidades, son sensibilidades que se transmiten entre generaciones y que exigen plena atención de uno para no desperdiciarlas. 

Volviendo a los olores, con frecuencia me pasa que estoy haciendo algo, casi siempre en la cocina, y me viene una ráfaga de algo que me impregna el momento de recuerdos. Me pasa con sabores, bastante menos a menudo, claro, pues esos son irrepetibles. Pero siempre que sucede, por un instante me parece estar viviendo una regresión en el tiempo a una patria que ya no existe. A un lugar lejano del que por muy lejos que viaje nunca me despego. A casa. 


25 sept 2022

El toque de madre.

Tú llamas a tu madre para pedirle que te pase una receta, y ella, que está a miles de kilómetros, te da los ingredientes, el paso a paso y unos cuantos trucos básicos para no quemarte las pestañas en el intento. Compras todo y te dispones, cual Elena Santonja, con tu delantal, a seguir una por una las instrucciones para reproducir el plato. Te esmeras, porque echas de menos el sabor y probablemente tu casa. Pones atención en cada detalle del proceso porque lo que buscas en el fondo no es la comida en sí, sino la sensación, el comer algo que te teletransporte a la cocina con tu madre mientras ella farfulla que dejes de picar que si no luego no comes. Y entonces, después de un rato poniendo en boga tus propias destrezas culinarias, lo pruebas y… le falta algo. 

Quizás sea que los ingredientes de aquí no son como los de allá, o que esta vitro no calienta como la otra. Tal vez ocurra que la sal de este lado venga de la otra punta del mundo y no conozca Santa Pola ni en los mapas. Es posible que te saltes algún paso importante, que tuestes de más el pan —algo que en mi caso es imposible, pues en mi casa es tradición carbonizarlo por olvido—, o simplemente que no tengas el talento suficiente para freír un huevo sin librar una batalla a vida o muerte con el aceite caliente. Qué sé yo. Sea como sea, por muy comestible que esté el plato, no es igual. Le falta algo que no aparece en la receta y que ni tu madre misma —o tu abuela, que también se da maña, como le decía Manolo a Fernando en Belle époque— sabe describir.

Son gestos, destrezas adquiridas con los años. Saber oler que algo está soso, como me decía Rocío ayer. Reconocer que al arroz le falta agua sólo porque no suena como debería. Es como una especie de instinto que nada tiene que ver con la cocina y que viaja malamente, que no se transfiere de manera inmediata entre generaciones. Algunos dirán que es cosa de experiencia, que cortar algo en brunoise no es algo que se aprenda de la noche a la mañana. Pero yo creo que no. Creo que se trata de un ingrediente que no viene en los libros de cocina ni se aprende en la escuela Cordon Bleu. Es el puntito de amor que uno le pone a las cosas cuando las hace para la gente que quiere. El toque de madre, al fin y al cabo. 


23 sept 2022

El otoño. Otra vez.

Todos los otoños me pasa lo mismo: salgo a la calle un día en manga corta y de repente ya no es verano. El sol ya no calienta como el día anterior y hasta el aire huele distinto. Es como si el tiempo hiciera un cambio de armario y de la noche a la mañana las chaquetas de entretiempo se hubieran alzado en una inoportuna rebeldía que logra acabar con el previsible castañeteo de mis dientes en algún momento de los próximos diez días, que es aproximadamente el tiempo que vivo en constante negación. Doscientas cuarenta horas en las que mi cuerpo, por todos los medios existentes, se resiste a aceptar la realidad. Mis ojos evitan ver las hojas que se amontonan en las aceras, mis brazos rechazan el aire frío que los roza camino a la oficina y mis piernas reciben con sincero agradecimiento el calor de los vaqueros que hasta hace una semana sólo me ponía para ir a trabajar. 

El otoño, al contrario que el verano, que va dando señales de su inevitable llegada, aparece un día, como ese amigo que te sorprende una mañana llamando a tu puerta de forma inesperada. Es una estación traicionera, un quinqui que te espera al otro lado de la esquina con una navaja para llevarse la cadenita de oro de la abuela. Nunca sabes dónde ni cuándo puedes encontrártelo, pero ahí sigue, implacable al desaliento, haciéndose patente conforme pasan los días de septiembre. Llega sin hacer ruido y se va sin dejar rastro allá por diciembre, cuando ya nadie se acuerda de que estábamos en él. Es un mensaje en un contestador que ya nadie escuchará. 

Para mí, esta estación tiene mucho de sad boy con gafitas y camisa de cuadros que escribe a máquina en cafés mientras afuera llueve en un barrio recóndito de Seattle, o al menos así me la imagino después de la última vez que hablé con Trammell allá por primavera. Sea como sea, parece que ya ha llegado y que además lo ha hecho con la idea de quedarse entre nosotros una temporada. Así que no queda otra que aceptar que esta semana se acabó el verano y que, un año más, por fin queda un poco menos para regresar por fin a casa.

11 sept 2022

En la muerte de Javier Marías.

Marías no puede morir, porque los escritores no mueren, si acaso dejan de escribir de manera permanente. Se retiran de la vida pública para siempre, pero nos dejan un legado, que es la mejor forma de irse sin hacerlo realmente. Él lo entendió bien, creo, pues comprendió el laberinto de las emociones mejor que ningún otro y lo retrató también sin que nadie pudiera igualarlo. Supo que su obra le sobreviviría y escribió de manera consciente sobre lo más universal que tenemos y que con mayor frecuencia nos iguala: la condición humana. Y ahí queda todo lo escrito, que prevalecerá mucho más allá que la persona, que se desvanece hoy entre una niebla de septiembre. 

Hace algunos años, entre copas, me contaba Sam que cuando Marías venía a Nueva York, le pedía a su agente que le hospedase en un hotelito pequeño cerca de Times Square donde, a diferencia de en el Waldorf, aún le permitían fumar. Fue aquella vez también que nos pasamos horas comenzando cada frase con un “No he querido…” a cada paso, emulando el principio de su Corazón tan blanco, que siempre será uno de los mejores inicios de una novela en español. Hoy que Javier —que seguro odiaría estas confianzas— se ha ido, parece difícil repetir ese fragmento sin que suene a cliché manido. Pero esa noche, embriagados de vida, cogimos un billete de dólar, estampamos en él la frase, y lo grapamos juntos a los miles de billetes que decoraban las paredes de Tin Roof.

Paradojas de la vida, he sabido de su muerte a través de un pantallazo, ni siquiera una noticia. Un titular estampado en la pantalla de un teléfono para conocer el adiós de un escritor que seguía tecleando en su Olympia Carrera de Luxe. Me pregunto qué secretos quedarán almacenados en un ente sin memoria con el que ha pasado tantos años, tantos tecleos, tantas horas de escrutinio de lo humano entre el humo de interminables cigarros. Esa máquina de escribir que se ha quedado muda y desde hoy nos quema la retina con el blanco de la página intonsa. Qué misterios se habrá llevado consigo Marías y cuáles habrá descubierto después de mirar a los ojos a Caronte. 

Qué putada que ahora que por fin lo sabe todo de la vida, no vayamos a poder leerle hablar del paso al otro mundo el próximo domingo. 


9 sept 2022

De Niebla a Belle époque.

Siempre he pensado que el cura de Belle époque, don Luis, tenía mucho de Augusto Pérez, el protagonista de Niebla. Ese existencialismo socarrón que le lleva a cuestionarse constantemente su lugar en el mundo, unido a su obsesión con don Miguel, como él le llama, creo que delatan a Azcona, que rindió un tributo velado a Unamuno apoyándose en la mano de Agustín González; un actor que lo mismo te hacía de tragaldabas catolicón, que de domador de gallinas. La diferencia entre don Luis y Augusto estriba en lo diferente de sus apetitos, mientras que el personaje de la nivola vive obnubilado por el amor de Eugenia Domingo, el de la peli de Trueba es un devoto de las comidas de Fernandito. 

Don Rafael —que así es como llamo yo a Azcona desde que escuché a Guillermo Arriaga hablar de él en el Hotel Jorge Juan— jugó con el personaje a su antojo, creando un sacerdote más humano que divino. Sus aparentes contradicciones, marcadas por un sorprendente republicanismo, le convierten en una de las atracciones del parque temático que rodea a Manolo. Su presencia en casa de la Apolonia al principio de la película lo sitúa ya dentro del ámbito de lo prohibido, pintando así un religioso jugador que no duda en marcharse con las ganancias a mitad de la partida de “subastao” para dar una extremaunción. Es entonces cuando Juanito le reprocha su presencia en una casa de lenocinio, a lo que él responde con una gracia propia de sí: “Sí señor, precisamente, aquí donde se peca, aquí está mi puesto, a pie de obra”. 

Don Luis es un cura que estriba entre lo anticatólico y lo avant-garde, que desafía las propias normas del catecismo. Es por eso que acaba como acaba, colgado de una viga de su Iglesia con El sentimiento trágico de la vida (otra vez don Miguel) en la mano. Este final, que no puede ser otro dado el carácter existencialista y unamuniano del religioso, cierra el círculo de su conexión con la nivola. Así, es en ambas que Unamuno se perfila como una suerte de Dios que decide el destino de los dos. En Niebla lo hace convirtiéndose en personaje de su propia obra y dialogando con Augusto Pérez sobre su misma muerte. En Belle époque mediante la intercesión tardía de Azcona, que lo introduce en la película como una fuerza invisible que acaba induciendo el suicidio del cura. En ambas, dejando clara una cosa, que nadie puede escapar a los designios de su creador.


2 sept 2022

Elogio de lo simple.

Existe en la aparente sencillez una estructura compleja, subyacente, que irriga el mecanismo de la simplicidad. Un ser sin ser que hace que lo simple nos parezca repetible sin esfuerzo. Se trata de un engranaje tan perfecto que cualquiera diría que hay algo secundario que lo activa, como una palanca invisible que lo mece al compás del silencio. Parece como si fuera un equilibrio improvisado, una genialidad carente de importancia, una forma de existir a lo Panenka. Tiene la ventaja, además, de que no hay que esperarlo, siempre está. El tiempo no le afecta, lo cual le convierte en puntual sin pretenderlo, que es la mejor forma de ser algo: hacerlo sin querer. Lo simple sufre menos, pues no vive pendiente de entender los porqués de lo complejo; ni siquiera se plantea que exista vida más allá de la simpleza. Existe sin más, por el puro placer de existir, y no por contraposición de nada, que es la mejor forma de no tener jamás que desistir. No precisa de nada, pues ahí reside su carácter, en la libertad que le otorga lo inmutable de su esencia. Es algo tan sencillo que, si deja de ser simple, simplemente deja de ser. 

29 ago 2022

El cambio.

Dicen que la única constante en la vida es el cambio, pero es mentira. La verdadera constante es el miedo al cambio, a afrontar nuevos retos y a mirar a los ojos a la incertidumbre sin saber si ésta nos devolverá o no la mirada. Cambiar da miedo, claro, porque supone poner los dedos de los pies al otro lado de un abismo inexplorado. Da igual que uno sepa que lo que viene será mejor, pues no es el cambio en sí lo que atenaza, sino la adaptación al mismo, el despojo de la costumbre y el destierro del automatismo de la comodidad. Cambiamos nosotros y cambian las circunstancias, pero no cambia el pavor que da asomarse al vacío.

Nacemos, y con nacer somos programados para rechazar la duda y huir de la incerteza. Queremos seguridad y tierra firme, no un suelo que nos meza al compás de lo que venga, que haga nuestras rodillas temblar ante la perspectiva de un futuro incierto. Es humano prolongar aquello conocido, a pesar de que no sea siempre bueno, o dicho de otro modo, mejor. Como también lo es el deseo de prosperar, pues en el fondo nadie da el paso creyendo que lo que espera es peor que lo que había. Cambiar es, con frecuencia, un verbo no apto para el club de fans del pesimismo. Y muchas veces no es fácil, por muy de color de rosa que vea uno la vida. Que no te engañen.

Ahora que todo es Mr. Wonderful, empowerment, y la madre que lo parió, no estaría de más que alguien crease tazas con mensajes más sinceros: que cambiar da miedo, que la incertidumbre acojona, o que si quieres… quieres (pero no siempre puedes). Una marca que cogiese el merchandising y nos tratase como adultos, que lejos de vendernos la moto con frasecitas vacías de autoayuda, nos dijera la verdad. Que a veces en la vida las cosas salen mal, pero que no es motivo suficiente para tenerle miedo al cambio. Que da igual lo que hagas porque muchas veces la moneda está en el aire y al azar le importan poco tus deseos. Y mi preferida, que es, ¿qué es lo peor que puede pasar si haces algo?

Pues eso. 


14 ago 2022

El ocaso de los años felices.

Quizás porque Chicho Ibáñez Serrador lo mencionaba cada semana en el Un, dos, tres a finales de los 70, cuando tuvo la oportunidad de hacerlo se compró un piso en Torrevieja. No lo sé, porque nunca me lo dijo, pero dudo bastante que lo que le moviera fuese compartir vecindad con todos aquellos jugadores de Malta que una infausta noche del 83 se dejaron clavar doce goles en el Villamarín a cambio de una casa en la playa. Sin embargo, allí que se fue, condenándonos —es un decir— sin saberlo a veranear frente al Mediterráneo durante más de treinta años, en una playa cuyo nombre jamás hizo más justicia a la idiosincrasia de una estirpe. En un segundo con terraza desde donde siempre se vio el mar. 

Esta semana, después de muchos años de amenazas con venderlo, han decidido que sí, que se va. Vino un tipo con un cuaderno (o así lo imagino yo), tomó medidas, dibujó planos, hizo tres o cuatro números con la calculadora y llegó a la conclusión de que sí, que ese era el precio. Así que nada, parece ser que tras muchos veranos quejándonos injustamente de aquella casa, es posible que este sea el último que pisamos —que pisan ellos, que yo no estoy— Dinamarca esquina Suecia, que es el punto donde descansa aquel sueño de mi abuelo. Se vende el espacio, claro, pero no los recuerdos. Si las historias vividas allí aumentasen el valor de la vivienda, a buen seguro el tasador nos habría dicho que aquel piso tiene un valor incalculable. Pero no, la memoria no cotiza al alza en el mercado inmobiliario.

Ya sé que la nostalgia es muy improductiva. No obstante, ahora que parece que se acaba aquel capítulo de nuestras vidas, no puedo evitar recordar a mi madre, recién llegada de la playa bailando y cantando el “Mi gato” de Rosario en el salón a media tarde, con la corriente empujando los visillos. Tampoco puedo olvidar las partidas de dominó de después de comer, ni los helados de turrón de la Jijonenca, que quedaban justo debajo de casa. En la memoria quedan aquellos findes clandestinos con Cristina, la última visita con Pablo —que por fin descubrió que había playas más allá de la de Los Locos—, o todos los veranos que desembarcábamos allí en modo comuna con mis primos más pequeños. Pequeñeces todas estas en comparación con mi gran recuerdo: mi abuelo bajo la sombrilla de la playa leyendo el AS mientras observaba, por el rabillo del ojo, cómo dos generaciones después, su linaje chapoteaba feliz en la orilla.