15 ene 2026

Abierto por vacaciones - XI.

Hay un capítulo de Seinfeld en el que George, que sólo piensa en lo único, se planta y decide abstenerse de mantener relaciones sexuales. La consecuencia es que, al dejar de intentar a hacerle la rosca a la rubia de turno, libera tal cantidad de espacio en su cabeza que se convierte en un genio. Lee libros por doquier, hace operaciones matemáticas como si fuera Pitágoras y hace acopio de una lucidez inusitada. Al enfocar su energía en algo completamente diferente, sin la distracción de llevar al huerto a la primera que se deje, se convierte en un prodigio. La cosa, como no puede ser de otra manera, acaba mal. En un momento de debilidad se baja la bragueta y toda aquella genialidad se evanece de golpe. 

Hace unos días, no sé si imbuido de la mística de comenzar un año nuevo, o de querer emular al entrañable Constanza, decidí que era hora de alejarme de las redes sociales. Lo hice como un reto, como un “no hay huevos” que me lancé a mí mismo para ver si así era capaz de dedicar mi atención a algo diferente. Así que, en un ejercicio de amor propio, cerré mis cuentas de Twitter e Instagram. Anuncié, eso sí, que esta vez se trataba de un giro definitivo, ante lo cual, dados los infructuosos precedentes, como es lógico, hubo bastante escepticismo. Lo que no dije, claro, es que mi cerebro funciona así: si lo anuncio y me comprometo, me pesa más el orgullo de mantener mi palabra que las ganas de volver.

Llevo apenas dos semanas alejado del ruido y, aunque no he llegado a los niveles de genialidad de George (bien es cierto que la castidad exige sacrificios diferentes), sí que he notado algunos cambios en mi capacidad de concentración; prueba de ello es que aquí estoy, escribiendo de nuevo. Lo más relevante, diría, es que estoy más centrado en lo mío. Dedico más horas a preparar mis clases y he empezado a investigar con mayor regularidad, a pesar de que me cuesta un triunfo escribir mis articulillos decimonónicos. He creado, por fin, una agenda de investigación. He apuntado alto y soy consciente de que es poco realista, pero ¿qué gracia tiene soñar si uno no lo hace a lo grande? Me ha dado tan fuerte que me estoy planteando, ya en serio, empezar a preparar la propuesta del libro.

Como vivimos en la época del yo, yo y yo, y de los falsos profetas, me he prometido a mí mismo que no voy a hacer proselitismo de esta nueva forma de vida. Sé que corro el riesgo en convertirme en un agonías, así que me he propuesto no ser como esos fumadores que lo dejan y de la noche a la mañana se convierten en apologetas del anti-tabaquismo. No lo hice cuando aparqué los Marlboros y no lo voy a hacer ahora. Pero sí voy a decir que me he cansado de perder el tiempo y de que sea el algoritmo el que determine en qué uso mis energías. No quiero que se me vaya la vida pasando vídeos que en realidad no me interesan en Instagram. No me apetece seguir dedicando las horas a cosas que en el fondo no me aportan nada. No hablo de Twitter, cuidado, al que todavía pongo ojitos cuando me aparece en una búsqueda cualquiera de Google. 

Habrá quien diga: ¡qué poco autocontrol! Y tiene razón, debería ser capaz de coexistir con las redes. Sin embargo, igual que en cuestión de opiniones me paso la vida en el gris, hay cosas en las que sólo conozco el blanco y negro (la tilde de sólo, entre ellas). No sé si será que ahora me aburro más, que tengo más tiempo libre, o que trato de convencerme a mí mismo cada día acerca de mi decisión. Seguramente haya un poco de todo ello en escribir este texto, para qué engañarnos. Lo cierto es que, con la excusa de que tengo que rellenar más horas, hasta he vuelto a leer, que como dijo Christina cuando le conté que había decidido centrarme: ¡no es mala cosa para un profesor de literatura!


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