7 feb 2017

Pues eso.

Aunque nunca he acostumbrado a pensar demasiado en el futuro -quizás acaso porque lo veía demasiado lejano-, reconozco que últimamente es raro el día en el que no me pregunto qué pasará si después de toda esta polvareda burocrática de las solicitudes, finalmente no sucede nada. Qué ocurrirá si, tras toda la ilusión que he puesto en tratar de mejorar, ninguna de las universidades que he elegido, me considera si quiera opción. Si no soy suficientemente bueno para hacer aquello que (¡por fin!) realmente me gusta.

La incertidumbre, así como mi aversión hacia ella, va creciendo cada día que transcurre sin noticias. Y yo, que soy un tipo paciente por naturaleza, paradójicamente empiezo poco a poco a desesperar mientras espero al lado del teléfono como una quinceañera en los 80 la llamada del más guapo de la clase, un email que nunca llega, o un sobre en el buzón con una carta que diga enhorabuena. Un día, y otro, y otro también, despertándome y preguntándome a mí mismo: “¿será hoy?”; total para acostarme diciendo: “pues hoy tampoco era”.

“¿Me habré equivocado? ¿Habré apuntado demasiado alto? ¿Me tendré a mí mismo en demasiada estima?”, son preguntas recurrentes que resuenan como un eco de cuando en cuando en mi cabeza. Como si después de todo alguien me estuviera robando en silencio esa confianza que desde hace tiempo tenía en mí mismo, como si alguien estuviese diciéndome de forma tácita que esta vez no merezco lo que quiero, que soy indigno del futuro que había soñado.


Y al final, todo esto para llegar siempre a la misma conclusión: “si has hecho todo lo que has podido, ¿de qué te quejas? Y si no has hecho todo lo que has podido, ¿de qué te quejas?”. Pues eso.

24 ene 2017

Las humanidades son necesarias.

Una de las cosas más aterradoras de estos últimos tiempos es el hecho de que existe, de forma generalizada, una tendencia a la mercantilización total de la vida: el único criterio válido de selección de algo es si resulta o no económicamente rentable. Esta idea, que lógicamente cobra sentido cuando se trata de una empresa, no resulta, sin embargo, extrapolable por completo a otros ámbitos vitales. Es decir, no sólo no es cierto que todo aquello que ofrezca una rentabilidad monetaria es automáticamente deseable, sino que, a veces aparecen cosas que, a pesar de no dejar pingües beneficios económicos, son muy necesarias.

Así pues, existe alguna posibilidad, no sé si entre un millón, de que la civilización que conocemos haya llegado hasta aquí no sólo gracias al descubrimiento de la penicilina, a la invención de la máquina de vapor, o a la ausencia de las redes sociales (que acabarán por exterminar la raza). De hecho, aunque desconozco el impacto de su responsabilidad, es bastante probable que todos esos grandes mitos de la evolución hayan tenido una mayor repercusión en la humanidad que la que han tenido los logros conseguidos por otras disciplinas menos aplicables a la mejora de la calidad de vida de las personas.

Sin embargo, la historia de dichos avance no puede desligarse del surgimiento y desarrollo de las humanidades. Es cierto que James Watt inventó la máquina de vapor en 1769 y que ésta contribuyó notablemente a generar la primera revolución industrial, pero también lo es el hecho de que casi al mismo tiempo había un tipo llamado Jean-Jacques Rousseau que estaba escribiendo El Contrato social. O que veinte años más tarde en Francia hubo unos tipos que desataron otra importante revolución que no nació precisamente del vapor, sino que surgió de las ideas, del pensamiento. La sociedad como la conocemos, por mucho que algún iluminado se niegue a verlo, no sólo es fruto de los avances tecnológicos, sino también de la evolución de las humanidades.

¿Por qué entonces denostarlas, olvidarlas, y mandarlas al cajón del ostracismo?

La respuesta es sencilla: las humanidades dan miedo. Aterran porque enseñan a pensar por uno mismo, y el pensamiento muchas veces es peligroso para quienes ejercen el poder; asustan a quienes lo ostentan porque dan la capacidad de dudar a aquellos que se lo otorgan. Contribuyen a la gestación de la capacidad de razonamiento y dotan de las herramientas necesarias para el desarrollo de un espíritu crítico necesario. Se retroalimentan fomentando la aparición de inquietudes intelectuales que ayudan a expansión de los campos que las integran. Modulan, además, equilibrando la manera en que se implementan los avances conseguidos por otras disciplinas. No siempre juegan el partido, pero muchas veces ejercen de árbitro.

Negar, por tanto, la importancia de las humanidades, es cerrar los ojos a la realidad, a la historia del desarrollo de la civilización moderna. Crear una sociedad cuyos individuos no tengan acceso a las mismas, contribuiría al devalúo no ya de la filosofía, la literatura, la historia o el arte, sino que iría en detrimento de una creatividad necesaria para la resolución de problemas en otros ámbitos que sí se mueven por criterios de estricta rentabilidad económica. Prescindir de las humanidades sería un error fatal que además de empobrecer a quienes las cultivamos y disfrutamos, a largo plazo desequilibraría el necesario balance entre algunas de las demás disciplinas de conocimiento.


En último término, relegar las humanidades al olvido no sólo conllevaría su desaparición, sino, como su propio nombre indica, la nuestra.  

19 ene 2017

Con D de Decepción.

Quizás por inconsciencia o tal vez por masoquismo, tiene uno como meta personal aspirar siempre a lo más alto, desoyendo los mensajes que sus propios límites -si es que los tiene- le envían a cada escalón que trata de subir. Cuando no es un despacho de abogados con sede en la calle Hermosilla, es una universidad de un pequeño pueblo de Nueva Jersey la que, como si de una administración pública española se tratara, utiliza la callada por respuesta; ese sibilino silencio negativo. La vida pasa, año tras año, y por mucho que se suponga que uno madura y que las decepciones le van horadando la moral y acolchándole el carácter, lo cierto es que no, que uno nunca se acostumbra al fracaso por mucho que lo frecuente. Que a pesar del empeño que uno tenga, Jerome Morrow sólo hubo uno.


Y fue un personaje de ficción. 

9 oct 2016

Los tontos dicen tonterías.

Voy a decir unas cuantas obviedades que de vez en cuando se olvidan.

Que los cretinos (y las cretinas, para que no me acusen de sexista) han existido siempre es algo que no voy a redescubrir yo ahora. Parece, sin embargo, que con el auge de las redes sociales, se le ha dado un megáfono a personas cuyas opiniones antaño no habrían pasado de meras chorradas sin trascendencia. Internet, y su falta de regulación, han supuesto un púlpito maravilloso para un montón de gilipollas con una terrible necesidad de alimentar su ego a golpe de clics. Desertores del arado con un ordenador o un teléfono a mano que escriben, amparándose en la libertad de expresión, barbaridades totales.

Es curioso, pero gran parte de la culpa de este aumento exponencial de wannabes de canalla la tienen precisamente aquellos que tanto se escandalizan con todas esas tonterías. Lo que otrora no habría pasado de una mera gilipollez, ahora genera una bola de nieve que le da publicidad al exabrupto, y acaba consiguiendo precisamente lo que quiere el tonto de la gorra: protagonismo. Es entonces cuando el comentario en cuestión deja de ser una pelusa del desierto que transita en la inmensidad de un pueblo fantasma, y acaba saliendo publicada en technicolor en las pantallas de Times Square. Ocurre día sí, día también, en Twitter.

Reconozcámoslo, no todo el mundo debe tener el privilegio de ofender. No todas las opiniones tienen el mismo valor, por mucho que la corrección política se afane en repetir eso de “todas las opiniones son igual de válidas”. No, no lo son. Y el acto de responder a un idiota implica una legitimización de su opinión, un otorgarle una cierta inteligencia a aquel que está emitiendo el rebuzno en cuestión; algo que en bastantes ocasiones es mucho decir. Así es que, quizás sea el momento de dejar de rasgarse las vestiduras con las bobadas que se leen por la red, de dejar de dar importancia a tanto palmero vestido de Lagarterana que no dice más que sinsentidos.


Que parece que a veces se olvida algo tan obvio como que los tontos acostumbran a decir tonterías. 

4 ago 2016

La inmediatez.

De un tiempo a esta parte vivimos en el mundo de la inmediatez. Del “lo quiero todo y ahora” y si no es así ya no me sirve. El avance de la comunicación y las tecnologías ha conllevado como contraparte que vivamos con prisa, que perdamos la paciencia con mucha mayor facilidad, y lo peor de todo: que cada vez más desechemos llevar a cabo determinadas acciones que necesitan un mayor tiempo y esfuerzo. Que renunciemos a priori a algunas cosas simplemente por el hecho de que no llegarán a nosotros en un breve plazo de tiempo. Sin necesidad alguna, hemos creado una necesidad de urgencia que nos está volviendo cada vez más cómodos, menos capaces de esforzarnos para conseguir algo a medio y largo plazo.

Estamos evolucionando hacia una sociedad malacostumbrada y cortoplacista, entregada a los placeres inmediatos, incapaces de disfrutar la escarpada; de plantearnos incluso llegar a la cima sólo por el esfuerzo que supone atarse los cordones para iniciar el ascenso. Nos hemos vuelto vagos, reticentes a participar en proyectos cuyos resultados desplieguen sus efectos con el tiempo. Ya no se trata de llegar a donde uno quiere, sino de hacerlo ayer a ser posible. Queremos obtener el resultado sin esforzarnos para conseguirlo, olvidando que como realmente se saborean las victorias es trabajándolas.

Así es que, quizás sea hora de parar. De comprender que hay cosas que tienen un ritmo natural que no se puede acelerar, que el período de madurez de algunas cuestiones es el que es, y que una aceleración de este proceso sólo puede conllevar una destrucción del producto final. Es posible que haya llegado el momento de renunciar a la inmediatez y de recuperar la capacidad de espera, de renegar de aquello que no merezca la pena por muy fácil que sea, de tener la paciencia suficiente como para conseguir aquello que requiera más de dos minutos de nuestra atención.

Igual es el momento de plantarnos entre todos y llegar a la conclusión de que valorar el tiempo no significa no utilizarlo en demasía, sino usarlo en cosas que realmente lo valgan, aunque conlleven una mayor inversión del mismo. Tal vez así comprendamos que lo único inmediato, cuando se trata de conseguir algo que merece la pena, debe ser el rechazo a la necesidad de inmediatez.


29 jul 2016

La primera vez.

De cuando en cuando me asalta un sentimiento extraño, que no llega a ser exactamente de tristeza, pero si de una cierta pesadumbre. Me refiero a la sensación que me produce la imposibilidad de descubrir determinadas cosas de nuevo, de revivir la emoción que algunas circunstancias me provocan cuando las experimento por vez primera. A la angustia que me causa el hecho de saber que ya no volveré a advertir esa impresión de novedad cuando vuelva a participar de las mismas, cuando escuche de nuevo esa canción, relea ese fragmento de un libro, o bese aquellos labios que hasta entonces estuvieron prohibidos.

Lo cierto es que la primera vez que ocurre algo, el momento se desvanece de forma automática, se convierte en una sustancia volátil que no resiste al paso de los segundos. El instante se evapora, se escurre entre los dedos como si fuera viscoso y huidizo, desaparece entre la niebla al igual que hacían Rick y Renault al final de Casablanca. El primer ahora se torna en otrora casi sin quererlo, y la isocronía pasa a ser una palabra llana y poco más; el momento es inaprehensible y paradójico, pues su existencia sólo puede explicarse desde su aversión congénita a la durabilidad. El instante nace predestinado a morir, su acaecimiento es simultáneo a su desaparición. Se agota simplemente por el hecho de existir.

Y a mí esto me angustia. El hecho de estar haciendo algo por primera vez, y al mismo tiempo ser consciente de que ya nunca jamás podré volver a experimentar esa misma sensación con tintes primigenios, con una cierta vocación de novedad, me provoca un poco de ansiedad. La imposibilidad de reiniciar el sistema y volver a empezar, en algunas ocasiones, me genera un cierto desconsuelo. Una melancolía que, al contrario que el momento que se agota, perdura en el tiempo.

Me angustia saber que ya no podré volver a ilusionarme por primera vez cuando camine por Nueva York, ni sentiré la emoción de escuchar por vez primera el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana. Que ya no podré ser ajeno a libros cuyos comienzos me encantaría poder redescubrir como si sus primeras páginas nunca hubieran caído entre mis manos. Que tampoco podré experimentar de nuevo la sensación de llegar a conocer a determinadas personas, ni saborear la novedad de aquellos labios bañados en gintónic. Que ni si quiera podré volver a escribir por vez primera sobre la angustia que me provoca el hecho de, no ya no poder revivir determinadas sensaciones, sino la imposibilidad de volver a experimentarlas desde cero.


O a lo mejor no, porque al fin y al cabo, ¿qué es una segunda vez sino una primera vez después de la primera vez?

25 jul 2016

B 612.

Esta tarde releí El Principito. No sé muy bien por qué, pero me apetecía subirme por un rato al Asteroide B 612 y recorrer el universo que Saint-Exupéry dibujó, adentrarme en las entrañas de la boa y tratar de desenmarañarlas para liberar al elefante que habitaba aquella silueta de sombrero. El caso es que a lo largo de las 92 páginas de mi edición, he estado tratando de leer con otros ojos lo que ya había leído; intentando encontrar algo de miga en lo que otrora fue corteza, diamantes entre el carbón.

El libro, que evidentemente no pretendo descubrir, esconde bajo la forma de un cuento algunas reflexiones que, en tardes como la de hoy, se me antojan, sino imprescindibles, al menos pertinentes. El Principito -el personaje- ve, a través de los ojos de un niño, un mundo de mayores, de gente que no alcanza a comprender. Conserva la imaginación suficiente como para ver, dentro de una caja, al cordero que ésta contiene. Y al mismo tiempo, el raciocinio suficiente para darse cuenta de que el mundo de los mayores, salvo contadas excepciones, es un mundo en el que reina el egoísmo.

El Principito es inocente, pero no es tonto. En uno de sus viajes coincide con un zorro del cual salen algunas de las palabras más inspiradoras de la obra. Éste, que es un animal astuto, aporta la parte de la experiencia que no se puede observar a tan temprana edad. Introduce el concepto de domesticar, mediante el que le explica el proceso a través del cual las personas se convierten en especiales. Cómo cuando alguien va conectando con otro alguien, tiene que tener en mente la idea de que a la larga, la desaparición de ese alguien puede significar un motivo de tristeza. Una especie de nostalgia a saldo, que inevitablemente empiezas a sentir en el mismo momento en el que te ocurre algo bueno en la vida. Ese saber que en algún momento futuro extrañarás ese momento que estás viviendo. Autoconsciente, añadiría yo.

La otra frase para el recuerdo, que probablemente sea una de las más populares, es aquella en la que el zorro dice “He aquí mi secreto: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Y es cierto. A veces nos afanamos en apreciar lo material, en aprehender cosas sin darnos cuenta de que lo realmente importante es lo que subyace bajo las mismas. Lo esencial está en el interior de las cosas, en la razón que las motiva, en las cualidades intrínsecas que éstas tienen. A menudo cometemos el error de observar determinadas actitudes con los ojos, sin darnos cuenta de nuestra tremenda ceguera. Ponderamos la importancia de las cosas bajo criterios erróneos, y acabamos tomando decisiones que a la larga se demuestran equivocadas. Vemos, en último término, un sombrero, cuando lo que en realidad había era una boa que ha engullido a un elefante.

19 jul 2016

New kid in town.

En la primera página de Opiniones de un payaso, en la que por cierto anida una tarjeta de El Botánico a modo de marca páginas, Heinrich Böhl, describe cómo el protagonista, cada vez que llega a la estación de Bonn, enciende lo que él denomina el piloto automático y lleva a cabo una serie de automatismos que van desde bajar las escaleras del andén hasta llamar un taxi, pasando -entre otras cosas- por comprar los periódicos de la tarde o sacar el billete del bolsillo del abrigo.

Ese proceso de movimientos reflejos, casi coreográficos, de alguna manera lo he llevado yo a cabo en cada uno de mis regresos desde Alabama durante el último año y medio. Aterrizar, encender el teléfono cuya tarjeta previamente había cambiado a mi número español tras despegar el vuelo, desembarcar lo más rápido posible del avión, y una vez pisado el suelo de Madrid, ponerme los auriculares y escuchar en bucle el New kid in town de Eagles en el interminable tiempo que transcurría hasta llegar a la sala de recogida de equipajes; esa era, groso modo, mi rutina.

De todo ese proceso casi automático, hay una parte que durante todo ese tiempo fue especialmente simbólica para mí: la canción. No tengo claro que sea un gran tema, ni me importa demasiado, sinceramente. Pero de alguna manera, con ella me ocurre lo que a los perros de Pavlov cuando escuchaban el metrónomo. Escucharla me pone alerta, me retrotrae a ese momento del regreso, y me hace de algún modo revivir esas sensaciones previas a la salida de la terminal, esa ilusión que me embriagaba cada vez que volvía a casa después de un tiempo fuera.


El New kid in town, que descubrí accidentalmente viendo un documental sobre Fernando Martín, representa para mí toda esa idea de reencuentro con la gente a la que a lo largo de algunos meses había estado echando de menos. Tiene ese sabor inconfundible del regreso, de volver a saborear el aire de Madrid, de no sentirme extranjero en aquellos lugares que algún día me fueron propios. Simboliza ese eterno retorno a aquella última estrofa de Noción de patria que escribía Benedetti. La vuelta, en último término al germen de la huida, el comienzo de la cuenta atrás para volver a ser, valga la redundancia si la hay, el new kid in town.  

15 jul 2016

Dicotomías.

La vida está llena de dicotomías que nos obligan a elegir, de opciones entre las cuales uno tiene que tomar partido, cosas que son -muchas veces- incompatibles entre sí, y que nos ponen en la tesitura de decantarnos por una u otra alternativa sin remedio de continuidad. Si la economía parte de la escasez, el dilema, en este caso, parte de una decisión basada en la abundancia, concretamente en la multitud de variables posibles entre las que escoger. Los Beatles o los Rolling, el vino o la cerveza, el Madrid o el Barça, o derechas o izquierdas, son sólo algunos ejemplos de esas cuestiones que, en cuestión de preferencias, no pueden coexistir.

Dentro de todas esas alternativas binarias y antagónicas, existen dos que, de alguna manera, se adaptan a los principios a través de los cuales trato de regir mi vida. Y digo bien, trato, porque a veces la tentación es tan grande, que los instintos acaban encontrando la manera de emerger de las profundidades de mi yo; hasta el punto de que coqueteo con opciones que ni de lejos son mis preferidas. En otras palabras, que a veces me sorprendo poniéndome los cuernos a mí mismo con preferencias que, por regla general, no suelo preferir. Mi cabeza, que a veces se torna laberinto.

Volviendo a esas que me definen, la primera de ellas es aquella que obliga a elegir entre hechos y palabras, y es curioso, porque pese a que son estas últimas las que sirven como vehículo de todo lo demás, lo cierto es que me decanto completamente por los hechos. Las acciones hablan por sí solas, dice un refrán que muy probablemente me acabo de inventar, pero es cierto. No existe mejor forma de decir que el propio acto de hacer -pleonasmos a parte-, no conozco mejor forma de hablar que el propio hecho de actuar. Y no sólo lo llevo a cabo, sino que además lo exijo. No quiero palabras, por mucho que me gusten, y por mucho que me aproveche de ellas. La retórica, sin hechos contrastables, es papel mojado.

La segunda de las dicotomías que habita de forma impune en mí es la que me constriñe a decidir entre la calidad y la cantidad. Aquí tampoco hay lugar para la duda, prefiero un gramo de algo que yo considere oro, a veinte toneladas de algo que me traspase. Si bien las palabras me interesan como medio, la cantidad la desdeño sin piedad. La calidad es algo innegociable, y es aplicable a casi todo: al tiempo, a las personas, o incluso a los propios hechos, constituyendo así la metadicotomía. Prefiero disfrutar de un segundo de divertimento sincero al mes, que de veinte días de abulia; de un pedazo de cielo, a una hectárea de mediocridad. Prefiero, en último término, una estrella brillante aunque sea fugaz, a una constelación que se apaga.  



11 jul 2016

Así prefiero vivir.

No nos engañemos, una de mis señas de identidad más particulares es el hecho de que tengo una cierta afición a películas de dudosa calidad. Tengo debilidad por esas comedias románticas con final feliz. No contento con ello, además, tengo una enorme tendencia a ver películas que ya he visto; o sea, que no sólo me gustan las películas de contenido trivial, sino que además abuso de ellas hasta la extenuación porque siempre termino viendo las mismas.

Podría citar seis o siete cintas que veo de forma recurrente en función del momento de mi vida en el que estoy, pero esta noche me apetece hablar exclusivamente de una escena de Along came Polly. En el corte en cuestión, el padre del protagonista da un discurso (en inglés, claro) en el que dice que “Cuando menos te lo esperas, pueden pasar cosas buenas; mejores incluso que las que tú habías planeado”.

Soy un optimista convencido, casi enfermizo, quizás un inconsciente en grado sumo. Y no puedo dejar de serlo. No puede pasar un día sin que piense que por muy mal que haya ido, mañana saldrá el sol. No concibo existir pensando en que algo saldrá mal, ni mucho menos. Es tan terrible lo que siento, que a veces pienso que la vida sólo tiene días buenos y días mejores; por mucho que la muy asquerosa a veces se empecine en desacreditarme. Por mucho que el barco se me hunda cuando menos me lo espero.

Lo reconozco: no sé ser de otra manera. Además, no quiero ser de otra manera. Al contrario, quiero pensar que, efectivamente, cuando menos te lo esperas, la vida te trae algo por lo que merece la pena morirte lentamente, algo que te llene y que te consuma al mismo tiempo. Que te agujeree el alma y te lo remiende al mismo tiempo como si fuera un calcetín. Que jamás te deje indiferente, por mucho que la indiferencia duela.

Si me dan a elegir, prefiero subir al cielo un minuto, aunque ello conlleve tener que bajar después al infierno porque no tengo experiencia suficiente en mi currículum vitae. Prefiero sentirme vivo aunque tenga que pagar el precio de mi entierro posterior. Y así pienso seguir viviendo, dispuesto a cruzarme en el camino con cosas de esas “mejores incluso de las que había planeado”, por mucho que dejen cicatrices. Prefiero vivir con los ojos abiertos, porque ya dijo Lennon que “living is easy with eyes closed”. Prefiero estar dispuesto a estrellarme mil veces contra el mismo muro si es lo que me hace feliz, con la esperanza de traspasarlo en algún momento. Optimista incombustible, con cicatrices invisibles, así prefiero a vivir.