10 feb 2020
22 ene 2020
El día que conocí a Lady Gaga.
Yo nunca he sido mitómano, creo.
O al menos no de esos que se echan a llorar y les tiemblan las rodillas si se encuentran
a Mick Jagger por la calle. Si me cruzo con alguien al que admiro es más
posible que deje de respirar por no molestar que que me acerque a saludar. No
tanto por vergüenza como por respeto. Siempre he pensado que si yo fuera famoso—no
llegará el día—me gustaría poder caminar
por la calle sin que algún groopie desaprensivo me asaltara de forma inoportuna
y me pidiera una foto; o un beso en los morros, que con este atractivo que dan
las canas uno nunca sabe.
Sin embargo, como casi todo lo
demás en mi vida, esta mesura que proclamo no siempre ha sido así. Recuerdo un
domingo, allá por abril o mayo de 2013, que caminando una mañana por la calle
General Díaz Porlier me di de bruces con un tipo grande y barbudo que sacaba
dinero del banco. Llevaba un carrito y dos niños, creo. Y yo, que por aquel
entonces leía el periódico a diario, no había columna que engullese con más divertimento.
Vamos, que había días que pasaba por el quiosco sólo por leerle a él.
Yo iba andando por la acera y el
encuentro era cada vez más inevitable. Por un momento dudé si pararme o no. Si
decirle algo o no. Si saludarle y decirle lo mucho que me gustaba lo que escribía
o quedarme callado. Al final opté por una opción mucho más acorde a mi estilo:
hacer el ridículo. Ni un buenos días, le dije. Ni un hola. Nada. Lo único
que me salió, directamente, fue un “Disculpe, ¿me podría hacer una foto con
usted?”, a lo que entre amable y sorprendido me respondió que por supuesto. De
todos los escenarios posibles en los que un tío te pide algo mientras sacas
pasta del banco, este no es ni de lejos el peor —debió
pensar.
Para hacer la situación algo más
incómoda y surrealista, si es que aquello era posible, yo no estaba solo. Me
acompañaban mi amigo Macario y mi hermano, quienes observaban la escena imbuidos
por una mezcla de asombro y alipori. Así es que mientras posaba junto a aquel—para ellos—extraño
le comenté que ninguno de los dos tenía ni idea de quién era, a lo que él, sin
inmutarse lo más mínimo miró a mis acompañantes y les espetó un lapidario: “Soy
Lady Gaga”, poniendo fin a mi tremebunda boutade.
Este tipo, al que muy probablemente
nunca le llegarán estas líneas—y si le
llegan se acordará de aquella vez en que pensó que le iban a atracar a plena
luz del día—, era ni más ni menos que
David Gistau.
Dice Ricardo Colmenero en Literatura
infiel que a escribir se aprende por envidia, con lo cual lo más seguro es
que yo nunca aprenda a hacerlo porque lo mío se acerca más a la admiración. Pero
hoy, desde este rincón de la nada, me apetecía recordar aquella mañana que hice
el ridículo en frente de un cajero del Banco Popular, y decirle a Lady Gaga que
vuelva pronto. Que la próxima vez que le asalte en medio de la calle prometo al
menos darle los buenos días.
Fuerza, Gistau.
20 ene 2020
Los últimos románticos.
Hace unos meses ya (al principio de empezar
a escribir esto decía anoche, después hace unos días), estaba sentado en mi
butaca del Ryman Auditorium esperando a que Ray LaMontagne saliera al escenario
para dar un recital cuando me sucedió algo curioso. A mi lado había sentada una
pareja, más o menos de mi edad—él de Kansas City, ella de Suecia, en
un claro homenaje improvisado a José Luis López Vázquez—que me pidió que
les sacara una foto. Lo normal, vamos, si no fuera porque en lugar de darme un
teléfono último modelo con megapíxeles por doquier y una pantalla cuyo tamaño
podía medirse en campos de fútbol, me dieron un artilugio de esos de los de
antaño: una cámara desechable de aquellas de cartón de usar y tirar de toda la
vida.
“This is very old school, man, I love it” le dije mientras
se la devolvía. “You know? It’s more fun when you develop it and get to see the
pictures” —me respondió. Y entre que empezaba el concierto y no, me
dio por pensar que quizás con esto de la instantaneidad, la tecnología, y la
obsesión por sacar la foto perfecta y retocarla con cuarenta y siete filtros—si hacen falta
tantos filtros igual no es tan perfecta, me dije—igual habíamos perdido no sólo
la naturalidad, sino también la cabeza.
Y me pregunté si con esto de la inmediatez
no habremos eliminado de nuestro repertorio de sensaciones ese algo
indescriptible que tenía llevar el carrete a revelar y descubrir una mueca
inoportuna en una foto irrepetible, ese mirar el satinado y descubrirnos como
realmente somos y no tanto como nos gustaría vernos.
Es posible que hayamos ganado en nitidez y
en colorido, sí, pero a cambio hemos sacrificado espontaneidad. Aquellas cámaras
antediluvianas, cuyas fotos parecían momentos atrapados al vuelo, eran bastante
más honestas con nosotros que la mejor de las lentes de cualquier Smartphone hoy
en día. Si el encuadre estaba mal, si salía movida, si salíamos con los ojos
cerrados, en realidad aquellos no eran sino exactos reflejos de lo que verdaderamente
somos. Ahora ya nadie conserva esas sinceras instantáneas. Al contrario, cada
foto que no alcanza los estándares mínimos perseguidos es inmediatamente desechada.
Vanos intentos de engañar al espejo desterrando nuestras propias
imperfecciones. Como si lo que no se ve no estuviera.
Aquellas cámaras, al contrario que las de
los móviles, al ser limitadas nos obligaban a ser mucho más selectivos con
aquellos momentos que son dignos de recordar y cuáles no. Y a mí, que soy un
ser profundamente melancólico, por un instante, mientras atinaba a mirar por el
ínfimo visor, me pareció estar viendo a los últimos románticos.
31 dic 2019
2020. Por pedir que no quede.
A
2020 le pido que me traiga, sin más. A este lado a ser posible. Con los
exámenes hechos, la propuesta aprobada y la tesis empezada. Sin la casa a
cuestas y nada en la mochila. Viajar ligero de dudas y seguir siendo tan feliz
como hasta ahora. Le pido que me enseñe, por fin, a decir no. A renunciar a
todo aquello que no quiero sin buscar explicaciones delirantes, sin tener que inventar
superproducciones de Hollywood ni derramar lágrimas forzadas. Que me ayude, en
definitiva, a ser algo más honesto. Con el resto, pero también conmigo. Que me
enseñe a no andar por los tejados como un gato sin dueño, que diría Sabina. A sonreír
un poco más por todo, tenga o no motivo. A renegar de falsos profetas y milagros
de todo a cien.
Al
año que se va, que además es de los mejores que recuerdo, le doy las gracias
por la catarsis. Le deseo buena suerte y hasta luego. Al que viene le pido mujeres
(una en concreto, más bien) de pelo largo que se ponga(n) mis camisas y a la(s) que
hacer el desayuno después de noches interminables. Le pido más gintónics
leyendo en el Sotelo a media tarde y pisar a menudo la Plaza de los Luceros. Pasar
por el Manero. Volver a la “millor terreta del món” aunque sea de visita. Regresar
a Barcelona a reescribir la historia. Volver a Roma. Y a Florencia. Pasar
tiempo en Cádiz. Ver una ópera en el Metropolitan y otra en Viena, y una más en
el Real. Seguir encontrando libros de esos que te reconcilian con la vida
cuando menos te lo esperas. Continuar conociendo gente, aunque sea de forma
cibernética, que me devuelva la capacidad de creer. Aumentar mi colección de
primeras ediciones. Empezar a escribir una columnita en algún sitio. Sentirme
un poco escritor de vez en cuando. Acabar de montar “La tentativa inidónea del
olvido” y comenzar por fin esa novela que lleva siglos aparcada en el cajón.
Le
pido, porque es gratis, un trabajo que merezca la pena a este lado del Atlántico.
Y un montón de charlas inebriadas de esas de arreglar el mundo pegado a la
barra del bar, que no sólo de literatura vive el hombre. Le pido poder seguir
pensando eso de “Y fuimos felices un ratito” tan a menudo como lo he hecho
hasta ahora. Seguir dándole la vuelta a la tortilla, literalmente, y comérmela
siempre bien acompañado. Brindar mucho por los éxitos, los propios y los ajenos,
y saber encajar con cintura los fracasos, que también los habrá. Le ruego además
salud para poder continuar quemando esos brindis a golpe de pedal—valga la redundancia—al
día siguiente, que no todo va a ser celebrar en esta vida, oiga; también habrá
que sufrir de vez en cuando escalando el Tourmalet—o lo que sea.
Al
año que viene, más cercano ya que el que dejamos, le pido, sobre todo, seguir
encontrando motivos para ser mejor persona. Razones para seguir escribiendo
estos montones de papeles y contarle al mundo que una vez más, en algún momento
no muy lejano, volvió de nuevo a sonar el Claro de luna de Debussy en mi
cabeza.
19 nov 2019
Manual de instrucciones para poder seguir.
A veces pienso que sería todo más
fácil si, además de venir con un pan bajo el brazo, trajésemos también un
manual de instrucciones. Probablemente quitaría cierto encanto al conocer a las
personas, pero seguro nos ahorraría tiempo en esta ardua tarea de congeniar con
alguien que nos haga estar algo menos solos. Sería algo así como una especie de
advertencia que, en forma de leyenda internacionalmente reconocida, diera de
antemano a conocer los pros y los contras de acercarse a ciertos individuos. Como
una clave dicotómica que, al estilo de aquellos libros de “construye tu propia
historia”, te dijera cuál es el efecto de la causa más urgente. Una suerte de código
gráfico que permitiera identificar de un vistazo los riesgos que entraña abrir
esa muralla que nos late, y calcular a ojo cuáles serían las consecuencias de
dejar pasar dentro al caballo de Troya de turno. O a la yegua, que ya se
encargará el postmodernismo de reinterpretar y reescribir la Historia.
Lo cierto es que a veces el manual de
instrucciones llega tarde, no ya cuando has abierto la puerta y dejado entrar
hasta la cocina a alguien, sino incluso después de que ese alguien haya dado el
portazo de salida. Y, aunque no elimina el dolor de lo vivido, la sola
comprensión de lo que había, el des-subjetivar la experiencia de ese trauma, ayuda
a lidiar mejor con la angustia otrora de la pérdida. En mi caso, el manual
siempre estuvo ahí. Melancolía y paranoia, de Fernando Colina, ha
habitado durante años mi memoria y durante algunos meses mi montón de libros
por leer. A través de él no sólo he aprendido lo que es la melancolía, el qué
la causa y en qué se manifiesta, sino que, además, he alcanzado una paz mental
sólo al alcance de quien encuentra, por fin, las respuestas necesarias.
Y, aunque tú desde tu gabinete nunca
vayas a leer esto, y yo ya no tenga forma alguna de decírtelo, quería darte las
gracias por, sin pretenderlo, ayudarme a comprender. A poder seguir.
12 ago 2019
Cádiz.
El otro día de buena mañana
andaba yo sentado frente a La Caleta tomando un café y leyendo el Diario de
Cádiz cuando me topé con una columna de Enrique García-Máiquez en la que
hablaba sobre el agua y la exactitud de sus reflejos. En ella sostenía que la
imagen que nos devuelve el mar—“que es muy grave”, decía—no siempre se ajusta
con precisión a la realidad. Y a mí, que andaba persiguiendo mi antigua sombra
como un Peter Pan algo trasnochado ya, me pareció poético que ese texto se me
apareciese precisamente allí, en aquel lugar en que el que alguna vez oteé el
que erróneamente creí ser fiel reflejo de mi futuro.
Caprichos del destino, fue también
en Cádiz—la ciudad donde más estrepitosamente he naufragado yo jamás—donde me
encontré con “Rialto, 11. Naufragio y pecios de una librería”, de Belén Rubiano.
Sentado en una terraza con vistas a la Catedral, entre una bruma que se
deslizaba por los tejados, fui poco a poco descubriendo una historia que narraba
con gracia la crónica de un fracaso y que me recordó que desear algo es sólo el
primer paso para perderlo. El libro, cuya azarosa oportunidad fue cuanto menos curiosa, me
hizo reafirmarme en la idea de que hundirse no es motivo suficiente para perder
la elegancia. Ni siquiera cuando es uno quien enfila el iceberg adrede.
Tenía que ser allí, y no en otro
lugar, donde regresase a tocar el arpa después de ver Roma arder, como una
especie de Nerón millenial. Esta vez, eso sí, con una salvedad: lejos de estar
reducida a cenizas, la ciudad estaba tan entera como siempre. Y yo, que entré
allí como un submarinista dispuesto a rebuscar entre los restos del naufragio
más ingrato que recuerdo, salí de Cádiz no sólo con el barco a flote, sino sintiendo
haber recuperado del todo la deriva de mi vida.
4 ago 2019
Prefiero.
Prefiero vivir rodeado de asesinos en serie que saludan
alegres en el portal, a compartir edificio con maleducados santurrones que
pasan de largo al cruzarse en el pasillo. Prefiero haber vivido una temporada
de alquiler en el infierno, acabar desahuciado por impago de dudas y saber a qué
huele el azufre de la desidia. Prefiero eso a pasar largas temporadas en un
todo incluido de un cielo anodino que ignora la existencia del dolor. Prefiero
saber lo que duele una puñalada, tener el alma remendada, llena de cicatrices.
Prefiero tener esos tatuajes vitales a ser una superficie inmaculada, un espejo
pristino, carente de arañazos, que refleja la realidad pero en el fondo es
incapaz de experimentarla. De sentir. Prefiero a la gente valiente, la que hace
las maletas sin pensarlo demasiado y se lanza a la aventura. Aunque dé miedo.
Arriesgar nunca sale mal. Prefiero saber a qué sabe estrellarse contra un muro,
conocer el amargo sinsabor del desamparo, a escribir mi vida con renglones
rectos y tinta barata. Prefiero aceptar un papel protagonista sin haber subido
nunca a un escenario a ser un mero espectador en una obra de teatro, un tipo
que no entiende, que no escucha, que no tiene la capacidad de emocionarse.
Prefiero luchar por algo en lo que creo aunque la probabilidad de éxito tienda
a cero, tener la determinación de remar contracorriente pese a intuir que no
voy a llegar a donde quiero. Prefiero tener la conciencia tranquila, saber que
he hecho todo lo que podía incluso si sabía de antemano que nada iba a ninguna
parte. Pero sobre todo, prefiero pasarme de correcto que de descortés, aunque eso
suponga volverme a casa sin beso. Por mucho que aquella noche entre copas me
apeteciera demostrarte que la espera había merecido la pena; que ser paciente
siempre tiene premio. Hasta cuando perdemos.
17 jul 2019
Sesenta años y una semana.
Lo primero que hizo el día que llegó
la Smart tv de 60 pulgadas que habíamos comprado fue comprobar si funcionaba el
teletexto. Antes de eso habíamos tenido que mandarla a casa por mensajería
porque la caja no cabía en la parte de atrás del Mégane. Cómo no va a caber, me
decía, si ahí hemos metido muebles de uno ochenta. ¡No tienes ni puta idea!,
concluyó antes de que le tuviera que colgar el teléfono porque Laura estaba a
punto de estrangularme con la mirada. No puedes conducir así, olvídate, me dijo
al ver que tenía el asiento del piloto pegado al volante y pretendía hacerme
treinta y cinco kilómetros circulando como si fuera el chino contorsionista de
Ocean’s Eleven dentro de una caja de galletas danesas. Y tenía razón. Ella,
claro, no mi padre.
Con el tiempo me he dado cuenta
de que en realidad no hay escena que nos defina mejor. Él, desde casa, sin ver
el tamaño del paquete, diciéndome que entraba de sobra en el coche. Y yo, que
veía claramente que aquello no iba a entrar de ninguna manera, convencido de
que la puerta del maletero tenía que cerrar aunque aquel bulto sobresaliese
medio metro. Cuestión de fe, supongo. Eso, y también que a un padre, a ciertas
edades, se le acepta todo. Hasta poner en juego de forma telemática tu propia
percepción de los volúmenes.
Dice Manuel Jabois en Silgar 1980
que todo padre es un spoiler y el suyo es calvo. El mío aún no, pero va camino.
Yo no estoy muy preocupado porque tengo pelazo, pero mi hermano parece haber
heredado esa insuficiencia capilar destinada a ciertos grandes hombres. Hace unos
días le dio por cumplir sesenta—a mi padre, no a mi hermano—y a mí me dieron
ganas de hacer un anecdotario con la cantidad de veces que me ha recibido de
madrugada en la escalera de casa mientras subía yo en estado catatónico, pegándome
con las paredes mientras él me miraba desde arriba, como si en lugar de
regresar del bar más próximo lo hiciese del otro lado del Leteo.
El caso es que él ya no está en
sus fifties, nuestra casa ya no tiene
escaleras, y yo rara vez vuelvo ya dando tumbos por las esquinas, pero de vez
en cuando todavía fantaseo con encontrarme con él a las tantas en estado de
gracia y decirle: “Está Caronte en la puerta, por favor, sal y págale el taxi.”
Felices 60, Larry.
24 jun 2019
El hombre que murió dos veces.
Hace un par de años en mi familia
hubo una época en la que a la gente le dio por morirse. En menos de una semana
a mis dos abuelos se les ocurrió que lo mejor era opositar para sacar por fin
plaza fija en el Ministerio de Ausencia y pedir una excedencia indefinida —supongo
que por aquello de poder volver a fumar sin preocuparse de pagar ya otras
facturas. Un día, de pronto, tras más de cuatro lustros aparcada en un rincón,
la pelona se instaló de golpe en mi casa y, claro, aquí ninguno entendía nada.
“¿Quién es esta señora tan fea?”, nos preguntábamos todos. Por aquel entonces
aquí casi nadie acostumbraba a morir, por lo que comenzamos a sentirnos un poco
menos intocables. Más mortales, vamos. Algo así como lo que le sucedió a Buzz
Lightyear cuando descubrió que en realidad era un juguete.
Uno de ellos, el paterno —que veía
penaltis al Madrid hasta cuando la falta era en el medio campo— llegó incluso a
morir dos veces: la primera de ellas estaba yo en Lynchburg haciendo el tour de
la destilería de Jack Daniels, cuando en mitad del recorrido mi tía me escribió
para decirme cuánto lo sentía. Automáticamente mandé un mensaje a mi madre para
decirle: “Joder mamá, malo es que esté lejos y se muera el abuelo, pero que no
me lo digáis…”, a lo que ella me contestó con un “Pero ¿qué dices, hijo? Si todavía no se ha muerto”. La segunda, un
poco más mortal que la primera, fue ese mismo día, sólo diez horas más tarde.
Andaba yo en Atlanta cenando unas alitas muy picantes cuando mi padre me llamó
para decirme que aquel hombre por fin había decidido exhalar su último suspiro.
Cuentan que se fue tan en paz que ni siquiera protestó al árbitro en los
minutos de descuento.
De él recuerdo una tupida
cortinilla en la cabeza que levantaba el vuelo a la menor gota de viento. Eso,
y que según acababa de comer se largaba a jugar al dominó —o al menos eso es lo
que nos hacía creer al resto. Al llegar de la partida se sentaba en la terraza
y libraba una batalla a vida o muerte con un melón al que infligía cortes de
asombrosa precisión, más propios de un cirujano que de un contratista jubilado.
Tal era su obsesión con esa fruta que yo creo que murió con la pena de no ser
nunca nombrado hijo predilecto de Villaconejos.
Aquel balcón del cuarto piso en
el que operaba al piel de sapo se encontraba en el corazón de Benidorm, rodeado
de edificios de otro tiempo. Y es en ese punto de la costa donde más en su
salsa le recuerdo, caminando flamante entre aquellas carreras de andadores que
se daban cita en el paseo marítimo. Fue allí donde durante más de dos décadas se
bailó cada noche un pasodoble con mi abuela. Donde cada tarde, de su brazo,
recorrió ida y vuelta la playa de Levante, amarraditos los dos, como si rindieran
homenaje a María Dolores Pradera.
Mi abuelo no pisó un médico en su
vida, de hecho hubo un tiempo en que a sus ochenta y tantos tenía tanta salud
que hasta pensábamos que acabaría heredándonos a todos. Y, sin embargo, un día
decidió que aquello de vivir ya estaba algo demodé. A Floren, que era un
entusiasta de la vida, no le acabó la enfermedad, o al menos no la suya, que
nunca la tuvo. Le acabó el olvido de la Nico, quien pasó años conviviendo con aquel,
ya entonces extraño, que la atiborraba de leche con galletas. Él, que fue la
persona más independiente que yo he conocido nunca, jamás pudo soportar que el alzhéimer
le convirtiera en un mero compañero de piso de su mujer.
Como si después de sesenta años
casados y miles de paseos hasta el Rincón de Loix eso fuese posible.
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