9 nov 2017

Cuatro cartas de rechazo.

Hoy hace un año y un día que era lunes en Nueva Jersey y yo me planté en Princeton con una chaqueta de tweed y una camisa de cuadros, erróneamente convencido de que el interés y el entusiasmo eran motivos más que suficientes para ser digno merecedor de aquello que quería. El tiempo, sin embargo, que es igual de cabrón que los espejos, no tardó demasiado en llevarme la contraria demostrándome que querer algo es simplemente el primer paso para darse de bruces contra el muro del fracaso.

Ayer hizo un año que, sin saberlo, empecé a mudarme un poco a Nashville. Porque ayer se cumplió el primer aniversario del día en que decidí que, o mejoraba o me volvía, o avanzaba en esto del artículo y la tecla o regresaba (quién sabe si a la toga). Del día en que, muy seguro de mí mismo, le dije a Laura que tenía posibilidades de encontrar algo mejor que lo que había, que tampoco era tan malo. Trescientos sesenta y cinco días ya que empezaron a encajar -de nuevo- los engranajes de toda esta casualidad que ha sido mi vida durante los últimos tres años y medio.

Ayer hizo un año y un día que era domingo y que en Hamilton hacía sol, y en aquel momento yo no podía si quiera imaginarme que aquella misma tarde se iba a activar el protocolo de lo inesperado. Nada hacía presagiar que en unas horas recibiría un email que sería el desencadenante de todo lo demás. Ayer se cumplió, como una cutre condena, el primer aniversario de aquel momento en que empecé a descubrir que, cuando uno menos se lo espera, de los fracasos más estrepitosos, nacen las victorias más sonadas. Ahí es nada.


¿Que a qué viene todo esto? Pues viene a que ayer hizo un año que decidí solicitar la entrada en otras universidades, y hoy se cumple un año y un día de aquel momento en que comencé a comprobar cómo, a veces, cuatro cartas de rechazo pueden ser, a la larga, la mejor de las noticias. 

16 ago 2017

Que parezca un accidente.

El mayor acierto de la casualidad es precisamente ese carácter inocente que se le atribuye, esa aura desdeñosa que hace parecer que las cosas suceden fruto del azar; como si no hubiera un algoritmo esperando a la vuelta de la esquina que hace girar las agujas del reloj de los acontecimientos, como si no estuviese preestablecido que lo que tiene que suceder acaba sucediendo. En otras palabras, que si el éxito del diablo fue convencer a todos de que no existía, el de la casualidad ha sido justo lo contrario: hacer pensar a la humanidad que existe. Sólo así se explica que, de cuando en cuando, y a causa de ese impostado azar, la vida te lance una flecha recordándote de dónde vienes en el momento exacto en que estás empezando a dar pasos hacia el sitio donde vas.


Que 5 años después y sin venir a cuento alguno, te haga tropezar con una carpeta llena de jurisprudencia con un único y claro precedente: todo aquello que de ahora en adelante ya nunca serás. Y que lo haga, además, con tanto disimulo que acabe pareciendo un accidente. 

4 jul 2017

Ciudades.

Hay ciudades que envejecen con una pausada decadencia, como si el deterioro operase sus efectos pidiendo licencia a un consistorio diletante que no otorga los permisos necesarios para que el tiempo pase. Barrios construidos a base de un ladrillo rojizo, ennegrecido por el paso de los años, que ven pasar generaciones de familias que vienen y van, y que vuelven a poblar aquellas calles que otrora les fueron propias; lugares con un tinte industrializado, pero en los que nunca hubo fábricas a pesar de las múltiples chimeneas.

Esas ciudades tienen calles. Calles que dividen los espacios en cuadrículas perfectas, cartografiadas a conciencia con escuadra y cartabón de la mano del mismísimo Hipodamo, que entrecortan las múltiples aristas que recorren la ciudad. Y tienen también unas vías del tren que permanecen inmarcesibles, alrededor de las cuales la ciudad ha ido creciendo, estableciéndose como un continuo elogio de la nada; metal sobre madera bajo el constante traqueteo de unas ruedas que nunca dejan de girar.

Poseen además, esas ciudades, un rumor casi perpetuo de espera. De latencia de un instante que confía en que algo cambie, que altere la esencia que las caracteriza, como un haz de luz que ilumine el devenir de su destino. Respiran a través de los pulmones de las gentes que las habitan, sienten a través de los sentidos de aquellos que las recorren, ocultando sus pesares más profundos. Palpitan con su sístole y diástole al ritmo que les marca el flujo de quienes transitan las arterias que las riegan.

Existen ciudades que caben -y no- en álbumes de fotos, que rellenan almanaques construidos a base de memoria, a veces, artificial. Espacios inconclusos en los que se mezclan olores de otro tiempo con imágenes de ahora, estampas cotidianas con estrambóticas escenas que surgen al azar. Edificios cuya base se cimienta sobre las esperanzas muertas de algunos otros que pasaron por allí; trituradoras de sueños que ya nunca más sucederán. Hombres buenos reducidos a cenizas que yacen silenciosamente en la identidad de un mismo ambiente.


Ciudades desconocidas, vacías y olvidadas, esperando a que un rayo las parta o las despierte. 

3 abr 2017

Elegía. O casi.

Nos conocimos hace ya algunos años, tantos que yo acaba de nacer. Por aquel entonces él ya rondaba los 60 y llevaba alrededor de 45 años pegado a un inseparable bigote que, según decía, sólo se había quitado dos veces: una por perder una apuesta y otra por llegar borracho a casa, donde mi abuela le esperaba con unas tijeras. Para cuando se casó a los veintipocos, ya había sobrevivido a una guerra en la que le separaron de todos sus hermanos (que eran muchos) y le llevaron a Bellús, lugar al que volvió el verano pasado para comprobar que lo que entonces fue su casa, ahora era un balneario.

Hace casi 30 años que vivía con medio corazón, y le daba igual, porque aun teniendo sólo una mitad, su latido era mucho más potente que el de la mayoría. Cerrajero de profesión, conocía a la perfección lo que significaba la palabra soldadura, y de ahí que tratase de mantener vivo el vínculo entre las diferentes partes de la familia que formó. Era un hombre de honor, de esos que dan su palabra y la mantienen incluso cuando las circunstancias no acompañan. Supongo que no era perfecto, porque ninguno lo somos, pero jamás tuvo un pero conmigo. “Toma, para que te tomes un café” me decía siempre que me despedía de él mientras me metía 50 euros en el bolsillo.

En los últimos tiempos pasamos muchas horas juntos. Durante el verano pasado le llevaba y traía a todas partes, conduciendo yo su coche; honor del que por otra parte no gozaba casi nadie, pues sólo nos lo dejaba a unos pocos. Algunas mañanas, mientras regresábamos a casa de la compra, fantaseábamos con pasar por encima de una rotonda baja sobre la que alguien había dejado las huellas de las ruedas marcadas. Esa broma, que era tan nuestra, me la seguía haciendo incluso cuando me llamaba por Facetime de vez en cuando. Con 87 años, a once días se ha quedado de cumplir 88, tenía un iPhone 6. Los límites no existieron jamás para él, y desde hoy ya no existirán nunca, claro.

Sibarita hasta decir basta, gruñía la última vez que le vi en persona porque decía que la dorada tenía mucha carne, que él prefería la lubina. Aquella noche, que fue la última que pasó fuera del hospital, quedamos en que a mi regreso iríamos a celebrar su recuperación con unas gambas al lugar que más le gustaba, sitio en el que por cierto nunca he comido sin él. Hace cuatro días hablamos por última vez viéndonos la cara, antes de que todo se torciera de manera ya definitiva. Conservaba su sentido del humor intacto, y le volví a recordar nuestra cita sin saber, claro, que tendría que ser ésta un último homenaje a su recuerdo.


Anoche se apagó del todo aquel que durante tantas horas en el coche fue mi copiloto, confidente y amigo, quien primero fue mi abuelo y luego mi padrino, y más tarde, y además, mi vecino del tercero. Y a mí, que estoy tan lejos hoy de él, lo único que me preocupa es que alguien le recorte por última vez ese bigote. 

7 feb 2017

Pues eso.

Aunque nunca he acostumbrado a pensar demasiado en el futuro -quizás acaso porque lo veía demasiado lejano-, reconozco que últimamente es raro el día en el que no me pregunto qué pasará si después de toda esta polvareda burocrática de las solicitudes, finalmente no sucede nada. Qué ocurrirá si, tras toda la ilusión que he puesto en tratar de mejorar, ninguna de las universidades que he elegido, me considera si quiera opción. Si no soy suficientemente bueno para hacer aquello que (¡por fin!) realmente me gusta.

La incertidumbre, así como mi aversión hacia ella, va creciendo cada día que transcurre sin noticias. Y yo, que soy un tipo paciente por naturaleza, paradójicamente empiezo poco a poco a desesperar mientras espero al lado del teléfono como una quinceañera en los 80 la llamada del más guapo de la clase, un email que nunca llega, o un sobre en el buzón con una carta que diga enhorabuena. Un día, y otro, y otro también, despertándome y preguntándome a mí mismo: “¿será hoy?”; total para acostarme diciendo: “pues hoy tampoco era”.

“¿Me habré equivocado? ¿Habré apuntado demasiado alto? ¿Me tendré a mí mismo en demasiada estima?”, son preguntas recurrentes que resuenan como un eco de cuando en cuando en mi cabeza. Como si después de todo alguien me estuviera robando en silencio esa confianza que desde hace tiempo tenía en mí mismo, como si alguien estuviese diciéndome de forma tácita que esta vez no merezco lo que quiero, que soy indigno del futuro que había soñado.


Y al final, todo esto para llegar siempre a la misma conclusión: “si has hecho todo lo que has podido, ¿de qué te quejas? Y si no has hecho todo lo que has podido, ¿de qué te quejas?”. Pues eso.

24 ene 2017

Las humanidades son necesarias.

Una de las cosas más aterradoras de estos últimos tiempos es el hecho de que existe, de forma generalizada, una tendencia a la mercantilización total de la vida: el único criterio válido de selección de algo es si resulta o no económicamente rentable. Esta idea, que lógicamente cobra sentido cuando se trata de una empresa, no resulta, sin embargo, extrapolable por completo a otros ámbitos vitales. Es decir, no sólo no es cierto que todo aquello que ofrezca una rentabilidad monetaria es automáticamente deseable, sino que, a veces aparecen cosas que, a pesar de no dejar pingües beneficios económicos, son muy necesarias.

Así pues, existe alguna posibilidad, no sé si entre un millón, de que la civilización que conocemos haya llegado hasta aquí no sólo gracias al descubrimiento de la penicilina, a la invención de la máquina de vapor, o a la ausencia de las redes sociales (que acabarán por exterminar la raza). De hecho, aunque desconozco el impacto de su responsabilidad, es bastante probable que todos esos grandes mitos de la evolución hayan tenido una mayor repercusión en la humanidad que la que han tenido los logros conseguidos por otras disciplinas menos aplicables a la mejora de la calidad de vida de las personas.

Sin embargo, la historia de dichos avance no puede desligarse del surgimiento y desarrollo de las humanidades. Es cierto que James Watt inventó la máquina de vapor en 1769 y que ésta contribuyó notablemente a generar la primera revolución industrial, pero también lo es el hecho de que casi al mismo tiempo había un tipo llamado Jean-Jacques Rousseau que estaba escribiendo El Contrato social. O que veinte años más tarde en Francia hubo unos tipos que desataron otra importante revolución que no nació precisamente del vapor, sino que surgió de las ideas, del pensamiento. La sociedad como la conocemos, por mucho que algún iluminado se niegue a verlo, no sólo es fruto de los avances tecnológicos, sino también de la evolución de las humanidades.

¿Por qué entonces denostarlas, olvidarlas, y mandarlas al cajón del ostracismo?

La respuesta es sencilla: las humanidades dan miedo. Aterran porque enseñan a pensar por uno mismo, y el pensamiento muchas veces es peligroso para quienes ejercen el poder; asustan a quienes lo ostentan porque dan la capacidad de dudar a aquellos que se lo otorgan. Contribuyen a la gestación de la capacidad de razonamiento y dotan de las herramientas necesarias para el desarrollo de un espíritu crítico necesario. Se retroalimentan fomentando la aparición de inquietudes intelectuales que ayudan a expansión de los campos que las integran. Modulan, además, equilibrando la manera en que se implementan los avances conseguidos por otras disciplinas. No siempre juegan el partido, pero muchas veces ejercen de árbitro.

Negar, por tanto, la importancia de las humanidades, es cerrar los ojos a la realidad, a la historia del desarrollo de la civilización moderna. Crear una sociedad cuyos individuos no tengan acceso a las mismas, contribuiría al devalúo no ya de la filosofía, la literatura, la historia o el arte, sino que iría en detrimento de una creatividad necesaria para la resolución de problemas en otros ámbitos que sí se mueven por criterios de estricta rentabilidad económica. Prescindir de las humanidades sería un error fatal que además de empobrecer a quienes las cultivamos y disfrutamos, a largo plazo desequilibraría el necesario balance entre algunas de las demás disciplinas de conocimiento.


En último término, relegar las humanidades al olvido no sólo conllevaría su desaparición, sino, como su propio nombre indica, la nuestra.  

19 ene 2017

Con D de Decepción.

Quizás por inconsciencia o tal vez por masoquismo, tiene uno como meta personal aspirar siempre a lo más alto, desoyendo los mensajes que sus propios límites -si es que los tiene- le envían a cada escalón que trata de subir. Cuando no es un despacho de abogados con sede en la calle Hermosilla, es una universidad de un pequeño pueblo de Nueva Jersey la que, como si de una administración pública española se tratara, utiliza la callada por respuesta; ese sibilino silencio negativo. La vida pasa, año tras año, y por mucho que se suponga que uno madura y que las decepciones le van horadando la moral y acolchándole el carácter, lo cierto es que no, que uno nunca se acostumbra al fracaso por mucho que lo frecuente. Que a pesar del empeño que uno tenga, Jerome Morrow sólo hubo uno.


Y fue un personaje de ficción. 

9 oct 2016

Los tontos dicen tonterías.

Voy a decir unas cuantas obviedades que de vez en cuando se olvidan.

Que los cretinos (y las cretinas, para que no me acusen de sexista) han existido siempre es algo que no voy a redescubrir yo ahora. Parece, sin embargo, que con el auge de las redes sociales, se le ha dado un megáfono a personas cuyas opiniones antaño no habrían pasado de meras chorradas sin trascendencia. Internet, y su falta de regulación, han supuesto un púlpito maravilloso para un montón de gilipollas con una terrible necesidad de alimentar su ego a golpe de clics. Desertores del arado con un ordenador o un teléfono a mano que escriben, amparándose en la libertad de expresión, barbaridades totales.

Es curioso, pero gran parte de la culpa de este aumento exponencial de wannabes de canalla la tienen precisamente aquellos que tanto se escandalizan con todas esas tonterías. Lo que otrora no habría pasado de una mera gilipollez, ahora genera una bola de nieve que le da publicidad al exabrupto, y acaba consiguiendo precisamente lo que quiere el tonto de la gorra: protagonismo. Es entonces cuando el comentario en cuestión deja de ser una pelusa del desierto que transita en la inmensidad de un pueblo fantasma, y acaba saliendo publicada en technicolor en las pantallas de Times Square. Ocurre día sí, día también, en Twitter.

Reconozcámoslo, no todo el mundo debe tener el privilegio de ofender. No todas las opiniones tienen el mismo valor, por mucho que la corrección política se afane en repetir eso de “todas las opiniones son igual de válidas”. No, no lo son. Y el acto de responder a un idiota implica una legitimización de su opinión, un otorgarle una cierta inteligencia a aquel que está emitiendo el rebuzno en cuestión; algo que en bastantes ocasiones es mucho decir. Así es que, quizás sea el momento de dejar de rasgarse las vestiduras con las bobadas que se leen por la red, de dejar de dar importancia a tanto palmero vestido de Lagarterana que no dice más que sinsentidos.


Que parece que a veces se olvida algo tan obvio como que los tontos acostumbran a decir tonterías. 

4 ago 2016

La inmediatez.

De un tiempo a esta parte vivimos en el mundo de la inmediatez. Del “lo quiero todo y ahora” y si no es así ya no me sirve. El avance de la comunicación y las tecnologías ha conllevado como contraparte que vivamos con prisa, que perdamos la paciencia con mucha mayor facilidad, y lo peor de todo: que cada vez más desechemos llevar a cabo determinadas acciones que necesitan un mayor tiempo y esfuerzo. Que renunciemos a priori a algunas cosas simplemente por el hecho de que no llegarán a nosotros en un breve plazo de tiempo. Sin necesidad alguna, hemos creado una necesidad de urgencia que nos está volviendo cada vez más cómodos, menos capaces de esforzarnos para conseguir algo a medio y largo plazo.

Estamos evolucionando hacia una sociedad malacostumbrada y cortoplacista, entregada a los placeres inmediatos, incapaces de disfrutar la escarpada; de plantearnos incluso llegar a la cima sólo por el esfuerzo que supone atarse los cordones para iniciar el ascenso. Nos hemos vuelto vagos, reticentes a participar en proyectos cuyos resultados desplieguen sus efectos con el tiempo. Ya no se trata de llegar a donde uno quiere, sino de hacerlo ayer a ser posible. Queremos obtener el resultado sin esforzarnos para conseguirlo, olvidando que como realmente se saborean las victorias es trabajándolas.

Así es que, quizás sea hora de parar. De comprender que hay cosas que tienen un ritmo natural que no se puede acelerar, que el período de madurez de algunas cuestiones es el que es, y que una aceleración de este proceso sólo puede conllevar una destrucción del producto final. Es posible que haya llegado el momento de renunciar a la inmediatez y de recuperar la capacidad de espera, de renegar de aquello que no merezca la pena por muy fácil que sea, de tener la paciencia suficiente como para conseguir aquello que requiera más de dos minutos de nuestra atención.

Igual es el momento de plantarnos entre todos y llegar a la conclusión de que valorar el tiempo no significa no utilizarlo en demasía, sino usarlo en cosas que realmente lo valgan, aunque conlleven una mayor inversión del mismo. Tal vez así comprendamos que lo único inmediato, cuando se trata de conseguir algo que merece la pena, debe ser el rechazo a la necesidad de inmediatez.


29 jul 2016

La primera vez.

De cuando en cuando me asalta un sentimiento extraño, que no llega a ser exactamente de tristeza, pero si de una cierta pesadumbre. Me refiero a la sensación que me produce la imposibilidad de descubrir determinadas cosas de nuevo, de revivir la emoción que algunas circunstancias me provocan cuando las experimento por vez primera. A la angustia que me causa el hecho de saber que ya no volveré a advertir esa impresión de novedad cuando vuelva a participar de las mismas, cuando escuche de nuevo esa canción, relea ese fragmento de un libro, o bese aquellos labios que hasta entonces estuvieron prohibidos.

Lo cierto es que la primera vez que ocurre algo, el momento se desvanece de forma automática, se convierte en una sustancia volátil que no resiste al paso de los segundos. El instante se evapora, se escurre entre los dedos como si fuera viscoso y huidizo, desaparece entre la niebla al igual que hacían Rick y Renault al final de Casablanca. El primer ahora se torna en otrora casi sin quererlo, y la isocronía pasa a ser una palabra llana y poco más; el momento es inaprehensible y paradójico, pues su existencia sólo puede explicarse desde su aversión congénita a la durabilidad. El instante nace predestinado a morir, su acaecimiento es simultáneo a su desaparición. Se agota simplemente por el hecho de existir.

Y a mí esto me angustia. El hecho de estar haciendo algo por primera vez, y al mismo tiempo ser consciente de que ya nunca jamás podré volver a experimentar esa misma sensación con tintes primigenios, con una cierta vocación de novedad, me provoca un poco de ansiedad. La imposibilidad de reiniciar el sistema y volver a empezar, en algunas ocasiones, me genera un cierto desconsuelo. Una melancolía que, al contrario que el momento que se agota, perdura en el tiempo.

Me angustia saber que ya no podré volver a ilusionarme por primera vez cuando camine por Nueva York, ni sentiré la emoción de escuchar por vez primera el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana. Que ya no podré ser ajeno a libros cuyos comienzos me encantaría poder redescubrir como si sus primeras páginas nunca hubieran caído entre mis manos. Que tampoco podré experimentar de nuevo la sensación de llegar a conocer a determinadas personas, ni saborear la novedad de aquellos labios bañados en gintónic. Que ni si quiera podré volver a escribir por vez primera sobre la angustia que me provoca el hecho de, no ya no poder revivir determinadas sensaciones, sino la imposibilidad de volver a experimentarlas desde cero.


O a lo mejor no, porque al fin y al cabo, ¿qué es una segunda vez sino una primera vez después de la primera vez?