10 feb 2019

Recordar.


Aunque no muy a menudo, de vez en cuando siento que mi cuerpo y mi cabeza viven en momentos diferentes. O sea, que yo estoy en el ahora escribiendo esto mientras que una parte de mí se encuentra, de forma inconsciente, anclada a un momento del pasado que va mutando de manera constante en función de aquello que me salta a la vista. Los objetos, portadores involuntarios de recuerdos, me trasladan sin quererlo a un otrora pretérito, seleccionando alevosamente alguno de los episodios que almacena mi memoria y reproduciéndolo en mi mente sin permiso alguno; alterando así los cimientos de mi frágil cordura. De este modo, cualquier cosa a mi alrededor es susceptible de resultar en un repentino sobresalto, de hacerme viajar mentalmente a otro tiempo. De invitarme a revivir una sensación que por mucho que quiera ya no volverá. Y de exponerme a los riesgos que entraña restaurar de forma inesperada el curioso almanaque de los días que se fueron.

De hacerme sentir vivo, al fin y al cabo.

29 ene 2019

Sine díe.


Una de las cosas más extrañas de la vida es el proceso de desaprendizaje que sigue al final de una etapa. O sea, la eliminación paulatina de los actos reflejos que hasta entonces han acompañado nuestra existencia cotidiana, el desechar o readaptar las costumbres adquiridas a lo largo de una época en favor de otras nuevas, más recientes, menos tuyas. Hábitos tan simples como escribir un “Buenos días” antes de dormir o el solo hecho de pensar las cosas en plural. Cuestiones que se instalan de forma silenciosa en la rutina de cada día y que a partir de un cierto instante comienza uno a extrañar. Dejes que otrora fueron automáticos, reacciones instintivas a estímulos externos que nos llevan de forma involuntaria a prolongar la agonía de un cierto olvido. O peor aún, tics que se instalan como pequeñas tentaciones a las que se debe resistir, unas veces por amor propio y otras por mera salud mental.  

Así, no es raro que después de ese punto final al que no siguen dos puntos suspensivos, que diría Sabina, uno se vea de repente con el teléfono en la mano en un amago de marcar un número que ya no tiene en la agenda. O que un día cualquiera, tras ocurrir algo extraordinario que en otro tiempo habría compartido sin dudarlo, de pronto tenga que recordarse a sí mismo que ya no puede transmitirlo, por mucho que antes lo hubiera hecho. Es una especie de involución cuya principal característica es la extrañeza del silencio, el retorno forzado a un estado anterior en el que, si existió vida, no fue ni de lejos comparable a la que hubo después. Se trata de una mudanza vital inacabable en la que siempre quedan cajas por abrir.

Reaprender a vivir sin aquello a lo que uno estaba acostumbrado es un proceso a veces complicado. Comprender que el teléfono ya no sonará o que uno no podrá apoyarse sobre aquella viga estructural que sostenía un puente que cayó no es algo fácil ni rápido. Desaprender costumbres, olvidar manías, o evitar tentaciones, son sólo algunas de las cosas que conlleva mirar a los ojos al futuro. Es tedioso porque implica comparar constante e inconscientemente lo que había y lo que hay, y llegar siempre a la misma conclusión. Y además es ingrato, porque en un alarde científico, uno siempre está tentando de intentar reducir a lo absurdo la norma general, de tratar de crear una fórmula matemática que explique las leyes de aquella pretérita atracción. Todo ello para acabar llegando a la conclusión de que el elemento fundamental de la ecuación se ha evaporado, dejándola incompleta y, por tanto, irresoluble.

Sine díe.

30 dic 2018

Volver a casa.


Volver a casa significa tener que ponerle la sordina al corazón, desterrar los fantasmas que aguardan en la almohada y vencer las barreras que imponen los horarios. Regresar a esta cárcel de piedra es pisar de nuevo los bares de siempre, perderse por Madrid con la esperanza de encontrar una llave y hallar en su lugar otro cerrojo. Cruzar el charco es viajar en el tiempo a un día de verano, tratar de nuevo de entender los sinsentidos del destino y acabar rindiéndose a la resignación; aceptar con dignidad las reglas del juego. Salir de mis cuatro paredes americanas implica, a buen seguro, demoler los muros de una civilización mental ya derribada, reconstruir la casa empezando por el tejado. Remendar con parches el pecado de estar vivos. Avivar tímidamente las ausencias y los miedos. Mirarte en el espejo de las dudas. Vencer de manera incontestable la feroz batalla del olvido.

19 nov 2018

Costumbres.


Que las personas pasan por la vida, unas veces con mejor y otras con peor suerte, no es decir demasiado. Hay una gente que aterriza en el hangar vital de uno para quedarse una temporada y hay otra que apenas se para a repostar un minutito, a rellenar el depósito de dudas. Algunas, efímeras, dejan un rastro que se puede seguir aún tras el paso de los años, causando un impacto tal que olvidarlas se convierte en una empresa cuanto menos difícil. Otras, sin embargo, dibujan una estela volátil en el tiempo que se borra al más mínimo soplido del destino. Qué sé yo, ventajas y desventajas de estar vivo.

El caso es que de aquellas que pasan y de otras tantas de las que se quedan, sin darnos cuenta, vamos tomando prestado algo: gestos, manías, costumbres y, por qué no decirlo, también algunos miedos. Sólo así se explica que con los años haya desarrollado un tremendo asco a las polillas, o que sienta una aversión tremebunda a tener el menor contacto con pies ajenos, o que los domingos sean, desde hace ya, el día oficial de pasar la mopa en mi casa. Lo mismo pasa con mis sábanas, que tienen que ser radiantemente blancas o con el hecho de que prefiera el tren al autobús aunque no siempre pueda hacer valer mi preferencia. E igual con las hamburguesas, que no contemplo en modo alguno aliñarlas con un queso que no sea el adecuado.

Con los años, de forma casi mimética, he ido robando pequeñas partes de almas ajenas que han ido forjando mi carácter, haciendo que prefiera el lado izquierdo de la cama, o que ya no añada azúcar al café, o que elija el Rioja frente al Ribera, los Beatles por encima de los Rolling, el sorbete de limón sobre el helado de chocolate, y la ginebra en detrimento de todo lo demás. Costumbres tontas y por supuesto mutables al más mínimo contacto con otras diferentes. Retales de suspiros que otras personas que han ido pasando por mi vida fueron dejando sin saberlo, pequeños trazos de uno mismo que me han regalado de forma sibilina, inoculándome un veneno silencioso que alteró mi esencia—si es que algún día la hubo.

Y a veces pienso, ¿qué habré dejado yo de mí en los demás? ¿Cuál de mis ridículas manías seguirá presente en las vidas de aquellos que pasaron de largo? ¿Cuántas veces habrán tenido que hacer la cama para poder tener en orden sus ideas y poder pensar? ¿Cuántas noches habrán pasado en vela por no haber hecho la maleta a tiempo? ¿Cuántos días habrán dejado preparada la cafetera antes de irse a dormir para sólo tener que apretar el botón al día siguiente? Pero sobre todo, ¿cuántas veces habrán pensado en escribir ese mensaje y no lo habrán hecho? Y más aún, ¿a qué demonios esperan para hacerlo?

22 oct 2018

La foto.


Y hoy de repente, casi sin querer, me encontré con una foto. Y allí estaba ella tumbada con la luz de la mesilla encendida, con mi camiseta gris puesta y dormida en mi cama. Sonriendo como quien sabe el final de una espera. Plácidamente despeinada. Tapada hasta la cintura y durmiendo boca arriba. Sosteniendo en su mano el puño de mi camisa, junto a su cara, para notar mi olor y sentirme presente.

Y por un instante me olvidé del olor de las casas vacías, de la tristeza de las fotos solitarias que habitan las paredes y de la soga simbólica que formaba su ropa colgada en el armario. Del regreso a Nashville en verano a una vida que ya no entendía y las ganas de dejarlo todo. Del (no tan eterno) sinsabor de la derrota.

Y sin saber muy bien por qué, miré la foto y sonreí. De repente.

17 sept 2018

De butacas y batutas.

Hace un par de noches me volví a sentar en una de esas butacas rojas desde las cuales se puede ver a un señor batuta en mano dirigiendo una pléyade de músicos. Llegué allí, tomé asiento y esperé a que el concertino afinase la orquesta. Tras ello, salió el director y dio una explicación acerca de la primera sinfonía de John Corigliano: el porqué de la pieza, el significado de sus movimientos y la extravagancia de sus tiempos. Después se puso en su sitio, se cuadró como de costumbre y aquello empezó a sonar. De repente, todo lo que había dicho con anterioridad cobraba sentido: el recuerdo lejano de un piano en el primer movimiento, la presencia de la tarantela y la descripción de la locura humana en el segundo y la paz del tránsito a la muerte, representada por las olas en el cuarto. Aquello era magia, y yo no entendía cómo había podido pasar toda mi vida sin escuchar algo tan sencillamente estremecedor, que me hiciera sentir tan feliz y tan insignificante al mismo tiempo.

Y entonces pensé en lo muy infravalorada que está a veces la belleza, en la importancia de llenar de cuando en cuando el alma con algo que nos conmueva y nos deje el espíritu temblando. Caí en lo difícil que es expresar un sentimiento de una forma tan sumamente compleja y lo complicado que es transmitirlo y que se entienda. Pensé en la intimidad que se desvela en cada nota, en los matices que se pierden por no tener a mano la partitura original. En lo disparatado que es tratar de escuchar el mundo mientras haces oídos sordos.

Y de pronto recordé, claro, porque en el fondo uno está enfermo de nostalgia, todas aquellas veces que me he sentado en esas butacas esperando a que, de una vez por todas, se apagaran las luces del auditorio y el solo afinar de la orquesta—al igual que hace dos noches—me reconciliase de nuevo con la vida.

27 ago 2018

Vivir es fácil (con los ojos cerrados).


Lo fácil es vivir sin arriesgar. Viajar con la corriente de un río que te arrastra y que te mece. Dejarte llevar por un golpe de viento oportuno que te sitúe en la otra orilla, sin pararte a pensar si siquiera lo mereces. Aprovechar el movimiento y subirte a la rueda del destino, confiando en que la deriva te llevará en algún momento a avistar tierra, aunque no sepas leer un mapa ni manejar un astrolabio. Ni nadar. Lo sencillo es esperar a que sean las estrellas quienes te digan cuál es tu posición relativa en el mar de las eternas dudas. El cielo quien te diga a cuánto asciende tu deuda con el miedo. La sinrazón quien te asalte un día de repente.

Lo difícil es enfrentarte a tu reflejo, mirar a los ojos a la vida. Creer. Hacer un esfuerzo por aquello en lo que crees y ser consecuente con tus propias decisiones. Sobrevivir al otoño en una casa que apesta a soledad por todas partes, surcar las avenidas sin pararte demasiado en las esquinas. Resucitar y no morir en el intento. Ir de farol con las cartas que te tocan sin temer una derrota. Pensar a largo plazo y tener la inteligencia suficiente como para comprender que las urgencias no son buenas. Reprimir palabras para no espantar a tu oponente por mucho que te guste. Echar el freno, aunque no sepas por qué. Salvarte de la pira fatua de la distancia.

Lo fácil es eso, vivir con los ojos cerrados. Y lo difícil es eso también, abrirlos y no desear de forma irrefrenable estar ahora paseando por Madrid.

15 ago 2018

El suicidio de las flores.


Desde hace ya algunos años, cada mes de mayo, cuando regreso de mi exilio estadounidense, se sucede en mi casa el mismo ritual: acompaño a mi madre al vivero para que se surta de petunias—y otras flores—y decore la terraza de mi casa como si de un patio cordobés se tratara. La ceremonia es sencilla: ella elige las plantas, yo las cargo en el coche, ella las trasplanta y, más tarde, cuando se va de vacaciones en agosto, a mí se me olvida regalarlas y mueren. Ese es el ciclo de vida de una flor en mi casa: es sembrada, nace, crece, es comprada por mi madre y finalmente, fruto de la dejadez más absoluta, inducida al más brutal suicidio por mí.

Pues bien, esta sucesión de acontecimientos, que se viene repitiendo desde tiempos casi inmemoriales, sigue teniendo lugar aun siendo conscientes de que ineluctablemente sucederá; un poco como enamorarse, que a veces es inevitable. El fracaso, sin embargo, no es que las plantas acaben en la basura, sino que tras tantos años y tantas vidas condenadas a la sequía, ni mi madre se haya dado cuenta aún de que comprar plantas es condenarlas a un “ingrato futuro”, que diría Sabina; ni yo me haya decidido a poner fin, regadera mediante, a un fenómeno que se da de forma sistemática cada verano: el suicidio de las flores. Un desastre que podría resolverse de la forma más simple posible: resignándonos ambos. La una a no perpetrar el sueño imposible del jardín de la alegría, y el otro, a asumir que si quiere tener plantas, es necesario dedicar cinco minutos cada día no ya a revivirlas, sino a no dejar que mueran.

Como la gran mayoría de cosas importantes en la vida, vamos. 

8 ago 2018

Reescribir la Historia.


De vez en cuando y frente al mar, la vida te sorprende retratando al siempre infalible Google y abriendo una terraza que creías cerrada, te regala cervezas con etiquetas curiosas y difícilmente despegables e incluso, si eres muy afortunado, te proporciona ratos que guardar. Te descubre, porque tú no lo sabías, que la mano derecha es aquella con que escribe los renglones torcidos el engranaje que hace girar los hilos que dan cuerda a la casualidad y, cuando menos te lo esperas, casi te riega—teatralmente hablando—unos pies destrozados en medio de una misión casi secreta. Te procura despiadada lo inevitable aunque fracases en el involuntario intento de evitarlo por falta de pericia y, no contenta con eso, te cierra una puerta—como en el XIX—y te permite reescribir la Historia, haciendo que casi 213 años más tarde, por fin ganemos la batalla de Trafalgar.

Ahí es nada, la vida.

4 ago 2018

Con suerte.


Hay sábados por la mañana que los carga el diablo, te despiertas de repente sumido en una vorágine de nocturnidad fatal, preguntándote por qué el último gintónic no fue una botella de agua, un ibuprofeno y un beso en la frente de buenas noches. A tientas, tratas de sobrevivir entre la neblina del naufragio, te reencuentras otra vez con El puente de Talese, que se te ha quedado a medio regalar en la mesilla, y acabas alcanzando el lado derecho de la cama—el más lejano a la ventana—como el que va de expedición al Annapurna. Entonces, cuando estás a punto de poner un pie en el suelo, fruto del desvarío, te planteas si lo que hay debajo no será el mar Caribe y tú serás un viejo llamado Santiago que debe plantar cara a un tiburón. Así es que, te armas de coraje y en un alarde de valentía, decides salir de la Isla en la que te encuentras en busca de un oasis que te devuelva a la vida antes del domingo por la noche.

Y con suerte (que se busca), lo encuentras.