17 jun 2021
Huérfanos de capitán.
13 jun 2021
Hacer planes. O mejor, no hacerlos.
A menudo nos afanamos en hacer planes como si esto sirviera de algo. Y casi nunca reparamos en que establecer un guión predeterminado suele ser el primer paso para incumplirlo. A corto plazo es fácil decidir. Tomar partido por algo cuyo efecto no va más allá de mañana es sencillo. Planear un fin de semana lo hace cualquiera. A medio, las cosas cambian, porque se introducen factores que a veces ya no están en nuestra mano. A largo, olvídate. Puedes tener una meta, un objetivo que te marque la pauta, pero tratar de establecer paso a paso los diferentes hitos que te llevarán hasta allí, la mayor parte del tiempo sólo traerá consigo frustración. No debes hacer planes si no tienes capacidad de adaptación. Ni tomar decisiones de cierta enjundia si no estás dispuesto a que la vida se ría en tu cara en algún momento del juego.
En los últimos siete años, que he vivido en Estados Unidos, creo que he pasado por todas las fases que conlleva establecer una hoja de ruta. Desde la decepción hasta la sorpresa, pasando por la aceptación. He perdido la cuenta de las veces que le he dicho a alguien que jamás me quedaría allí. Del mismo modo que tampoco recuerdo cuándo fue la última vez que negué que regresaría a España para vivir aquí. No sé en cuántas ocasiones he pensado que mi decisión era definitiva, ni cuántas veces he aceptado que mi futuro a este lado del Atlántico simplemente no iba a existir. He conocido mujeres con las que pensé que me casaría, tendría hijos y pasaría el resto de mi vida. Y la vida siempre se ha empeñado en demostrarme que estaba equivocado. Que siempre hay un paso más. Y que este no siempre depende de nosotros.
Hace unos años regresé a casa en verano y anuncié a bombo y platillo que había tomado la determinación de volver a España, a pesar de que aquí ya nadie me esperaba. Se lo dije a mis amigos más cercanos, convencido de que ese era el plan. Al retornar a Nashville, sin embargo, la cosa empezó a cambiar. Con el tiempo llegó una pandemia, y con la pandemia pasé un año y medio allí. Recluido. Mi perspectiva cambió, claro. Hasta el punto de que me di cuenta de que mi futuro, ese que hacía tiempo había confirmado pasar en la piel de toro, estaba allí. Por primera vez en mi vida acepté que mi familia no crecería al sur de los Pirineos. Que mis hijos hablarían inglés. Y que España, como Marina D’Or, sería mi ciudad de vacaciones.
Y ya ves. Llegado a este punto, resulta que el destino me estaba poniendo a prueba una vez más. Demostrándome que hacer planes no sirve de mucho, porque en el fondo el control que tenemos de nuestra propia vida es limitado. Que en cualquier momento inesperado te suena el teléfono y lo que parecía blanco se convierte en gris. Y que el futuro, que parecía asegurado ya en the land of the free, igual me depara algo que jamás habría pensado. Así que aquí estoy, riéndome de mi ingenuidad cada vez que pronuncio una frase con pretensiones de eternidad. Y aceptando que por muchos planes que haga, al final siempre existe una variable de indeterminación que no puedo controlar. Haciéndome a la idea de que, una vez más, el universo ha tirado una moneda al aire y a mí sólo me queda esperar para saber si es cara o cruz.
6 jun 2021
Nueva York.
Nueva York es una distopía en la que los coches regulan el tráfico a los semáforos y los edificios transitan entre las personas. Es como el libro de arena de Borges, que jamás muestra la misma página dos veces. Da igual cuándo vayas, la ciudad siempre es otra que te escupe y te devora. O al revés. Es inabarcable y tremenda, y parece que se repite, pero es mentira. De una calle a otra cambia de planeta y hasta de siglo. Es un universo paralelo construido sobre los restos de un damero hipodámico vertical. Un lugar donde la decadencia bebe Dry Martinis sola acodada en la barra de cualquier bar. La melancolía estética que destila contrasta con el perpetuo estado presente de su inagotable vida. Allí, el alba y el ocaso se confunden entre sí. Los días avanzan como un tiovivo de saldo que no puede parar de girar. Que no quiere dejar de rotar. En Nueva York no existe el futuro. Sólo cabe un ahora que se acaba de esfumar. El momento desaparece, se evapora por largas chimeneas naranjas que le dan el toque acre a la ciudad. El tiempo, que no es siquiera una forma de medida, trepa por escaleras de incendios huyendo despavorido hacia las llamas que habitan minúsculos espacios. Si la ciudad ardiera, ya nadie tocaría el arpa. Si se hundiera, la orquesta llevaría años durmiendo con los peces. Allí se va a soñar con otra vida paralela, aquella que nunca sucedió. En Nueva York es imposible no querer ser. Al llegar, ya nada queda en ella de uno mismo. Manhattan desafía la lógica espacial y redefine la duración del tiempo. En la Quinta, un segundo dura bastante menos que en París. Caminar por Park Avenue, sin ser Don Draper, es saltar en caída libre y esperar aterrizar de bruces en la cama. Algún día, dentro de siglos, Nueva York será nuestra Roma. Alguien tratará de descifrar el Empire State como si fuera la columna de Trajano y descubrirá que fuimos la nada. Hasta entonces, la ciudad seguirá encendida, alumbrando el camino de almas que vagan entre dos orillas sin saber que en Central Park apenas quedan patos. Ni sueños.
25 may 2021
Roma.
Algo que uno aprende la primera vez que va, es que de Roma nunca se acaba de volver. Salir de ella es como tratar de regresar del otro lado del Aqueronte: imposible. Allí uno es alma errante, rodeado de fuentes repletas de monedas que esperan impertérritas que Caronte las recoja. Sus calles serpentean, sorteando ruinas a cada paso, rompiendo el eje del espacio y desafiando a la barrera del tiempo. Caminar por Roma es desembarcar en el Delorean y desear que nadie invente el plutonio en el futuro. El Tíber limita, casi hace frontera, con lo divino. La delgada línea que separa lo vivo de lo imperecedero. Al otro lado, tras el telón de la bohemia se esconde otra provincia del Imperio. En el Trastévere, que como una matrioshka pareciera ser una ciudad dentro de otra ciudad, es posible encontrarte entre semana a una mujer, sentada sola en medio de una plaza, emulando a Jacqueline du Pré y tocando el Concierto de Elgar un martes cualquiera. Nada resulta extraño en un lugar donde uno parece estar a las puertas del cielo. Un cielo que en el Panteón de Agripa se atisba inalcanzable entre medias de su cúpula. Bajo ella, en las noches de tormenta, la furia de los dioses ilumina por completo media esfera, dejando caer el agua en su interior. Ver llover desde dentro del Panteón es mejor que ver nevar por la ventana en Nueva York. Quien no ha visto un relámpago centellear desde allí dentro debe volver e invocar a Júpiter para que mande un rayo. En Roma, quien nunca creyó al menos dudará, aunque sólo sea por puro mimetismo. En ella caben todos, desde turistas despistados, amenudo fotógrafos improvisados del alma, hasta mujeres de hábito y hombres de alzacuellos. Allí lo eterno se bate en un extraño duelo con la prisa por la inmortalidad. Lo circunstancial no existe, pues en ella nadie es forastero. De ella venimos y hacia ella vamos. No hay pérdida. Una vez, en Roma, sabe a poco. Dos, sigue pareciendo insuficiente. Tres, es simplemente el paso previo a cuatro. Todas las demás ciudades del mundo son preliminares en comparación.
30 abr 2021
Disfrutar la incertidumbre.
Como en las películas, todo empezó en Nueva York. Fue un 18 de octubre de 2013, a eso de las siete de la tarde. Nos hallábamos sentados en un McDonald's mangando wifi y bebiéndonos una coca cola en cuyo recipiente podríamos haber nadado unos largos. Probablemente nos estábamos comiendo unos nuggets; ya no me acuerdo. Teníamos las maletas al lado de la mesa y llevábamos puesta la boina —no el beret, modernos— de no haber cruzado nunca el charco. Y allí estábamos, disfrazados de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, en medio del que para nosotros, en ese momento, era el lugar más inhóspito del mundo y sin saber dónde íbamos a dormir esa noche. Nueva York era un monstruo feísimo enseñándonos los dientes con las mandíbulas desencajadas y, en vez de acojonarnos, nos dio por reírnos, pasarle la seda dental entre los molares y decirle que engullese a otros, que a nosotros no nos asustaba. Y así fue. Reservamos un hotel, caminamos Manhattan arriba, aparcamos nuestro equipaje en el Grace y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos haciendo cola en Burger Joint.
Lo cuento porque ese instante de desamparo es la mayor sensación de libertad que he experimentado en mi vida. Y porque es la primera vez que recuerdo, de manera consciente, disfrutar abiertamente de la incertidumbre de estar vivo. Mirar a los ojos de la duda y decirle, sin titubear y con mucha chulería: esta noche puedes echarme lo que quieras, que no te tengo miedo.
Desde que nacemos nos van poco a poco programando para que queramos tener todo bajo control. La ruta parece estar preestablecida casi desde antes de empezar. Nos convencen de las bondades de hacer planes y sentir que estamos a cargo de nuestra propia suerte. Así que claro, a la mínima que nos salimos un poco de la línea nos entran los soponcios, los disgustos y los ataques de ansiedad. Y alguien debería enseñarnos que no tiene por qué ser así. Que no pasa nada por escribir torcido de vez en cuando. Que la ausencia de certeza, a veces, esconde sensaciones maravillosas. Y que estar perdido en medio de la nada, sin saber dónde dormirás esa noche, puede ser, en ciertos momentos de la vida, la mejor manera de encontrarse a uno mismo.
22 abr 2021
El penúltimo reducto de la infancia.
Pasan los años y las personas se van. Y en uno de esos portazos a la vida, queda la estirpe tambaleándose como un tentempié que no acaba de encontrar jamás el equilibrio. Miras al frente y cuando te quieres dar cuenta hacia atrás no queda nada. El pasado se diluye a la sombra de una parra en una casa rosa, mientras te ves clavando clavos en retales de madera con un martillo cuyo peso tus brazos apenas pueden soportar. La memoria se despeña haciéndose la indiferente, pues a ella el paso del tiempo no le afecta, recordándote aquellos fideos gordos que comías en la casa de la playa. Las partidas de mus que jugaba tu padre con tu abuelo. Los nísperos que colgaban del árbol de la esquina de la calle Esperanto. El melón al que operaba Florencio en la terraza. Las mañanas de verano en la piscina. Comer en la cocina del bar antes de que empezaran las comidas y esperar dos horas en casa hasta hacer la digestión. El futuro entonces no era más que una promesa y el tiempo estaba detenido entre la bruma de la monotonía veraniega. Pasó la vida y poco a poco empezaron a desaparecer los personajes de la historia. Uno a uno fueron dejándose caer del otro lado, llevándose consigo –algunos— una gran parte de mí. Con el tiempo se acabaron secando aquellos limoneros y al dominó se le perdió el seis doble. Y en aquella casa, donde siempre había sopa, sin importar la época del año, se acabaron de un plumazo los últimos días del Edén. Crecimos. Y con crecer fuimos desterrando vacaciones, cada vez más reticentes a despegarnos de los nuestros. Aquel mar que hacía juego con el edificio rojo del fondo dejó paso a los días raros. Elena, que así se llamaba el supermercado de la esquina, acabó echando el cierre y dando paso a un pub irlandés. El niño al que le colgaban los pies mientras bebía zumo de tomate natural sentado en la encimera, se acabó haciendo grande. Y nosotros, que entonces no supimos valorar lo que teníamos, miramos hoy con ojos de nostalgia cómo cae, por desgracia, el penúltimo reducto de la infancia.
3 abr 2021
El amor. O algo así.
Cuando nos conocimos el amor ya estaba inventado. Y sin embargo decidimos retorcerlo, estrujarlo hasta que se convirtió en algo maleable. Nuestro. Hicimos cálculos a ojo y nos dimos cuenta de que sí. Que en este barco de papel cabíamos los dos, aunque a ratos nos tocase achicar agua a estribor. Así que nos pusimos manos a la obra. Sin carta de navegación, sin astrolabio y sin nada. Seguimos nuestro instinto, que no siempre es el mejor, como si hubiese algo de infalible en ser valientes en el fin del mundo. Con el tiempo, tras un sinfín de horas sin silencio, nos hemos dado cuenta de que en nosotros lo uno no siempre va de la mano de lo eterno. Que eso es más bien para el resto. Y está bien. Hemos aceptado no encajar en el molde y, de paso, acordado no hacer apología del modelo; por si alguien se da cuenta de que este amor no hace pie en piscinas de teselas setenteras. En el fondo no somos más que un paso aventajado que todavía está buscando el equilibrio entre mareas. Y nos vale. Porque aunque no encajemos en la definición de amor del diccionario, hemos inventado una baraja en la que sin marcar las cartas ganamos ambos siempre la partida. Nos funciona jugar conforme a nuestras propias reglas aunque de tarde en tarde nos toque cambiarlas en medio del partido. Descubrir a golpe de palabra lo que nos convence y lo que no. Que parece fácil, pero no. A nosotros nos sirve ser conscientes de que no somos perfectos. Nos gusta aspirar a un lugar en el que tiemblen los cimientos de ese amor uno que al resto une y a nosotros a veces nos sofoca. Y no hay nada malo en no ser el tipo de la norma, ni en tratar de respirar por fuera de la escafandra una vez que hemos llegado hasta la luna. Al contrario. Ahí arriba la gravedad deja de ser una constante y la ausencia de fuerza de atracción convierte todo esto en algo menos angustioso. Más ligero. Y se agradece.
25 mar 2021
No pasa nada.
14 mar 2021
Cosas que no.
9 mar 2021
Pequeñas alegrías.
El primer café del sábado. Dormir con la ventana abierta en primavera. El olor a mar. Subirse a un avión. Llegar a casa borracho una noche de agosto. Hacer un arroz negro. Madrugar. Un primer beso. Salir a tomar algo, liarte y regresar a casa al día siguiente. Cambiar de canal y encontrar tu película favorita. El pelo enmarañado. Lo que viene antes del pelo enmarañado. Descorchar una botella de champán. Entrar en unos pantalones en los que hace tiempo no cabías. Hacer un regalo a conciencia. Un gofre con chocolate. Volver a hablar con alguien a quien diste por perdido para siempre. Ir a Roma. Aparcar a la primera. Enviar una postal. Que no se te peguen las tortitas. Estrenar camisa. Encontrar un libro bonito en un puesto de viejo. Las primeras fresas. Regalar flores. Pasear por el Retiro. Descolgar el teléfono y escuchar la voz de tu madre. Abrir un ojo a media noche y darte cuenta de que aún faltan horas para el despertador. Un gintónic bien hecho. Un olor familiar. Regresar a España y plantarte en casa de tus padres por sorpresa. Adoptar un cachorro. Saberte la respuesta a una pregunta del Trivial. Leer un libro y darte cuenta en la tercera página de que no quieres que se acabe. Sentirte turista en tu propia ciudad. Pedir un perdón sincero. Descubrir una canción y sentir que nunca ninguna otra podrá ser mejor que esa. Ir a Nueva York un finde y que al volver ya sea fin de mes aunque estemos a primeros. Levantarse una mañana con el guapo subido. Ver nevar detrás de la ventana. El primer día sin calcetines después del invierno. Cerrar un bar. Y otro. Que a alguien le guste lo que escribes. Un croissant de mantequilla recién hecho. Recordar un nombre que tenías en la punta de la lengua. Que te salgan las cuentas. La ropa planchada. Escribir la tilde de sólo. Y de guión. El primer trago de cerveza. Recibir una carta manuscrita, aunque no sea de amor. Estampar un libro con tu ex libris. El olor del pan recién horneado. Sacar un cinco doble a la primera en el parchís. Tomar una decisión después de un tiempo dándole vueltas a algo. Un corte de pelo y un arreglo de barba de tu peluquera de confianza. Un día de sol después de muchos días grises. Volver a casa después de un año y medio fuera. Visitar Granada. Que te diga que sí, que se casa contigo.