Prefiero vivir rodeado de asesinos en serie que saludan
alegres en el portal, a compartir edificio con maleducados santurrones que
pasan de largo al cruzarse en el pasillo. Prefiero haber vivido una temporada
de alquiler en el infierno, acabar desahuciado por impago de dudas y saber a qué
huele el azufre de la desidia. Prefiero eso a pasar largas temporadas en un
todo incluido de un cielo anodino que ignora la existencia del dolor. Prefiero
saber lo que duele una puñalada, tener el alma remendada, llena de cicatrices.
Prefiero tener esos tatuajes vitales a ser una superficie inmaculada, un espejo
pristino, carente de arañazos, que refleja la realidad pero en el fondo es
incapaz de experimentarla. De sentir. Prefiero a la gente valiente, la que hace
las maletas sin pensarlo demasiado y se lanza a la aventura. Aunque dé miedo.
Arriesgar nunca sale mal. Prefiero saber a qué sabe estrellarse contra un muro,
conocer el amargo sinsabor del desamparo, a escribir mi vida con renglones
rectos y tinta barata. Prefiero aceptar un papel protagonista sin haber subido
nunca a un escenario a ser un mero espectador en una obra de teatro, un tipo
que no entiende, que no escucha, que no tiene la capacidad de emocionarse.
Prefiero luchar por algo en lo que creo aunque la probabilidad de éxito tienda
a cero, tener la determinación de remar contracorriente pese a intuir que no
voy a llegar a donde quiero. Prefiero tener la conciencia tranquila, saber que
he hecho todo lo que podía incluso si sabía de antemano que nada iba a ninguna
parte. Pero sobre todo, prefiero pasarme de correcto que de descortés, aunque eso
suponga volverme a casa sin beso. Por mucho que aquella noche entre copas me
apeteciera demostrarte que la espera había merecido la pena; que ser paciente
siempre tiene premio. Hasta cuando perdemos.
4 ago 2019
17 jul 2019
Sesenta años y una semana.
Lo primero que hizo el día que llegó
la Smart tv de 60 pulgadas que habíamos comprado fue comprobar si funcionaba el
teletexto. Antes de eso habíamos tenido que mandarla a casa por mensajería
porque la caja no cabía en la parte de atrás del Mégane. Cómo no va a caber, me
decía, si ahí hemos metido muebles de uno ochenta. ¡No tienes ni puta idea!,
concluyó antes de que le tuviera que colgar el teléfono porque Laura estaba a
punto de estrangularme con la mirada. No puedes conducir así, olvídate, me dijo
al ver que tenía el asiento del piloto pegado al volante y pretendía hacerme
treinta y cinco kilómetros circulando como si fuera el chino contorsionista de
Ocean’s Eleven dentro de una caja de galletas danesas. Y tenía razón. Ella,
claro, no mi padre.
Con el tiempo me he dado cuenta
de que en realidad no hay escena que nos defina mejor. Él, desde casa, sin ver
el tamaño del paquete, diciéndome que entraba de sobra en el coche. Y yo, que
veía claramente que aquello no iba a entrar de ninguna manera, convencido de
que la puerta del maletero tenía que cerrar aunque aquel bulto sobresaliese
medio metro. Cuestión de fe, supongo. Eso, y también que a un padre, a ciertas
edades, se le acepta todo. Hasta poner en juego de forma telemática tu propia
percepción de los volúmenes.
Dice Manuel Jabois en Silgar 1980
que todo padre es un spoiler y el suyo es calvo. El mío aún no, pero va camino.
Yo no estoy muy preocupado porque tengo pelazo, pero mi hermano parece haber
heredado esa insuficiencia capilar destinada a ciertos grandes hombres. Hace unos
días le dio por cumplir sesenta—a mi padre, no a mi hermano—y a mí me dieron
ganas de hacer un anecdotario con la cantidad de veces que me ha recibido de
madrugada en la escalera de casa mientras subía yo en estado catatónico, pegándome
con las paredes mientras él me miraba desde arriba, como si en lugar de
regresar del bar más próximo lo hiciese del otro lado del Leteo.
El caso es que él ya no está en
sus fifties, nuestra casa ya no tiene
escaleras, y yo rara vez vuelvo ya dando tumbos por las esquinas, pero de vez
en cuando todavía fantaseo con encontrarme con él a las tantas en estado de
gracia y decirle: “Está Caronte en la puerta, por favor, sal y págale el taxi.”
Felices 60, Larry.
24 jun 2019
El hombre que murió dos veces.
Hace un par de años en mi familia
hubo una época en la que a la gente le dio por morirse. En menos de una semana
a mis dos abuelos se les ocurrió que lo mejor era opositar para sacar por fin
plaza fija en el Ministerio de Ausencia y pedir una excedencia indefinida —supongo
que por aquello de poder volver a fumar sin preocuparse de pagar ya otras
facturas. Un día, de pronto, tras más de cuatro lustros aparcada en un rincón,
la pelona se instaló de golpe en mi casa y, claro, aquí ninguno entendía nada.
“¿Quién es esta señora tan fea?”, nos preguntábamos todos. Por aquel entonces
aquí casi nadie acostumbraba a morir, por lo que comenzamos a sentirnos un poco
menos intocables. Más mortales, vamos. Algo así como lo que le sucedió a Buzz
Lightyear cuando descubrió que en realidad era un juguete.
Uno de ellos, el paterno —que veía
penaltis al Madrid hasta cuando la falta era en el medio campo— llegó incluso a
morir dos veces: la primera de ellas estaba yo en Lynchburg haciendo el tour de
la destilería de Jack Daniels, cuando en mitad del recorrido mi tía me escribió
para decirme cuánto lo sentía. Automáticamente mandé un mensaje a mi madre para
decirle: “Joder mamá, malo es que esté lejos y se muera el abuelo, pero que no
me lo digáis…”, a lo que ella me contestó con un “Pero ¿qué dices, hijo? Si todavía no se ha muerto”. La segunda, un
poco más mortal que la primera, fue ese mismo día, sólo diez horas más tarde.
Andaba yo en Atlanta cenando unas alitas muy picantes cuando mi padre me llamó
para decirme que aquel hombre por fin había decidido exhalar su último suspiro.
Cuentan que se fue tan en paz que ni siquiera protestó al árbitro en los
minutos de descuento.
De él recuerdo una tupida
cortinilla en la cabeza que levantaba el vuelo a la menor gota de viento. Eso,
y que según acababa de comer se largaba a jugar al dominó —o al menos eso es lo
que nos hacía creer al resto. Al llegar de la partida se sentaba en la terraza
y libraba una batalla a vida o muerte con un melón al que infligía cortes de
asombrosa precisión, más propios de un cirujano que de un contratista jubilado.
Tal era su obsesión con esa fruta que yo creo que murió con la pena de no ser
nunca nombrado hijo predilecto de Villaconejos.
Aquel balcón del cuarto piso en
el que operaba al piel de sapo se encontraba en el corazón de Benidorm, rodeado
de edificios de otro tiempo. Y es en ese punto de la costa donde más en su
salsa le recuerdo, caminando flamante entre aquellas carreras de andadores que
se daban cita en el paseo marítimo. Fue allí donde durante más de dos décadas se
bailó cada noche un pasodoble con mi abuela. Donde cada tarde, de su brazo,
recorrió ida y vuelta la playa de Levante, amarraditos los dos, como si rindieran
homenaje a María Dolores Pradera.
Mi abuelo no pisó un médico en su
vida, de hecho hubo un tiempo en que a sus ochenta y tantos tenía tanta salud
que hasta pensábamos que acabaría heredándonos a todos. Y, sin embargo, un día
decidió que aquello de vivir ya estaba algo demodé. A Floren, que era un
entusiasta de la vida, no le acabó la enfermedad, o al menos no la suya, que
nunca la tuvo. Le acabó el olvido de la Nico, quien pasó años conviviendo con aquel,
ya entonces extraño, que la atiborraba de leche con galletas. Él, que fue la
persona más independiente que yo he conocido nunca, jamás pudo soportar que el alzhéimer
le convirtiera en un mero compañero de piso de su mujer.
Como si después de sesenta años
casados y miles de paseos hasta el Rincón de Loix eso fuese posible.
20 jun 2019
Aquel tipo del bigote.
El primer verano que me dejó
Laura nos hicimos amigos. Hasta entonces no sé muy bien qué éramos. Yo acababa
de llegar de dos años viviendo en Alabama y a él, sin saberlo, le faltaban
apenas meses para irse. Aún no sabemos a dónde, aunque lo sospechamos. Me llamaba
por las noches embutido en sus tirantes y atusándose el bigote—o al menos así
me lo imaginaba yo al otro lado de la línea—, y me invitaba a encontrarnos al
día siguiente en el portal para ir juntos a la compra. No importaba cuál fuera
mi plan de aquella noche, ni qué tuviera que hacer por la mañana; yo siempre le
decía que sí. Él, cuyo concepto de la puntualidad era no hacerme esperar nunca,
llegaba siempre cinco minutos antes. Jamás despeinado. Me daba las llaves de su
coche, que era la máxima condecoración que otorgaba a nadie, y nos
íbamos.
Para él todo eran guayaberas. Fueran
o no camisas. Fueran o no blancas. Fueran o no de lino. Allá donde íbamos todos
le trataban de don o de señor, cosa que él aceptaba con naturalidad y que a mí
me hacía gracia. Yo le llamaba Macario, o Maqui, según el día, aunque en
realidad se llamaba Francisco. Supongo que heredé de él la costumbre de nunca
llamar las cosas por su nombre, algo que nos diferenciaba a los dos de
Aureliano Buendía, quien simplemente se limitaba a señalarlas con el dedo en
aquel mundo tan reciente de Macondo.
De nuestros largos paseos por el
supermercado recuerdo varias cosas: primero, que la lista era orientativa, si
ponía tres botes de tomate cogíamos cinco, si no ponía café daba igual, porque era
innegociable en nuestro carro; segundo, que como yo tenía mal la espalda no me
dejaba cargar ni una bolsa de gusanitos, a pesar de que él estuviera más cerca
de los 90 que yo de los 30; y tercero y más importante, que daba igual si el restaurante
se iba a pique ese año, pues ir con él a la compra ya era en sí la mejor de las
ganancias a que uno podía aspirar. Hay días que creo que nos lo pasábamos tan
bien juntos que hasta íbamos cuando no hacía falta.
Ese verano, tras semanas riéndome
del penalti de Juanfran en Milán, aprendí que el karma existe y que uno no debe
reírse de las desgracias ajenas ni cuando dan Copas de Europa a su equipo. Una
noche me paró la policía local en la plaza de Neptuno y me puso una multa de
500 euros y tres puntos por imbécil. Él, que sabía que no tenía un duro, al día
siguiente llegó al coche y me dio un sobre cerrado: “Toma, para la multa”, me
dijo. “No, socio, esta la pago yo, que es mi culpa”, le respondí. Y por primera
vez en mi vida me aceptó sin rechistar que le rechazase dinero; quizás el único
momento en 30 años en que he estado cerca de su nivel de integridad. A veces
pienso que en el fondo se enorgulleció de que no se lo cogiera.
Aquellos meses, sin saberlo,
pasamos cientos de horas despidiéndonos. Yo le hacía gracias mordaces como si
fuera uno más, y él me las reía a carcajadas al tiempo que mi madre se
escandalizaba por la manera que tenía de hablarle a su padre. Será tu padre—pensaba
yo—pero este señor es mucho más que mi abuelo. Y así, mientras hablaba con él entre
rotonda y rotonda, fue como poco a poco fui conociendo a aquel hombre y dándome
cuenta de que en realidad no llegaba cinco minutos antes por un mero sentido de la puntualidad,
sino que lo hacía porque era un adelantado a su tiempo.
Que siempre lo había sido. Hasta para morirse.
17 jun 2019
La consciencia de serlo.
Quizás por aquello de que la vida
a veces te la sirve con cuentagotas, existen dos cosas que, a lo largo de los
últimos años, me han venido obsesionando en torno a la felicidad. Por una
parte, la imposible posibilidad de embotellarla en pequeñas dosis que contengan
su esencia y que, cuando vienen mal dadas, me permitan recuperarla—como si uno pudiera
capturarla al vuelo y convertirla en un bien de consumo. Y por otro lado, la
consciencia inmediata y simultánea de esa alegría, es decir, no sólo ser feliz
en un instante concreto, sino además saber que lo estás siendo; lo cual en mi
caso multiplica esa sensación: el conocimiento de mi propia felicidad me pone
aún más contento.
De esta manera, uno de los
elementos que con mayor frecuencia me hacen ser consciente de que estoy siendo
feliz es la contemplación de la belleza. Lo bello, aquello que generalmente
transciende mi entendimiento, que me conmueve y al mismo tiempo me reconforta
gratamente, suele ser el catalizador principal de esos momentos susceptibles de
ser embotellados con vocación de efímera eternidad. La idea de estar
percibiendo algo irrepetible siendo conocedor de esa eventualidad, el pensar
que ese segundo, en ese lugar en particular y con esas circunstancias exactas,
se agota y no volverá jamás, hace que me recorra la espina dorsal una extraña
sensación de unicidad. Que automáticamente me sienta afortunado.
Así, mi tendencia perpetua a la
observación constante hace que encuentre esa belleza—y a menudo esa felicidad,
claro—casi en cualquier lugar de forma inesperada: una luz especial en el
horizonte, tenue, en una calle crepuscular en medio de Madrid; un reencuentro
con amigos tras meses al otro lado del Atlántico; un fragmento de un libro que
me remueve la conciencia y me hace cuestionar cómo demonios no se me ocurrió a
mí escribirlo antes; conducir durante horas sin nadie al lado escuchando música,
o tomar la irrevocable decisión de regresar a España en un futuro no muy lejano,
suelen ser—son, de hecho—motivos bastantes para que de vez en cuando aprecie el
lado más destellante de la vida.
Todas estas cosas, más o menos fútiles
vistas desde fuera, me generan esa leve sinapsis de plenitud vital, de ganas de
seguir hacia delante sin mirar demasiado atrás. Y casi siempre que las
experimento, aunque no sea capaz de embotellar el sentimiento de forma inmediata,
tengo la sensación de poder agarrar al tiempo por el cuello y detenerlo para escuchar
mentalmente, apenas unos segundos, las primeras notas del Claro de luna de
Debussy; señal inequívoca no sólo de que soy feliz, sino de que además en ese
preciso instante estoy siendo plenamente consciente de serlo.
6 jun 2019
Érase una vez no en América.
Hay una escena en la película.
Ambos son adolescentes. Él, se esconde en el baño y tras un hueco en la pared
la observa bailar, absorto, tratando de no ser visto pero consciente de estar
siéndolo. Ella, que se sabe observada, se deja querer y mirar. Sonríe radiante.
Baila para él como si fueran las dos únicas personas en el mundo; porque en ese
instante lo son. Al poco tiempo, por circunstancias de la vida, él desaparece. Pasan
los años en Brooklyn y ya es otra escena. Cuando él vuelve, ella, que nunca
estuvo, de alguna forma sigue estando sin estar. Un reencuentro y tres
palabras. Y sólo es entonces cuando, tras decidir que ya nunca más estará y sin
que el otro aún lo sepa, decide salir a cenar con él. “Been waiting long?”, pregunta Deborah. “All
my life”, responde Noodles.
Todo esto para decir que la vida
a veces es como en las películas, que un día de repente te da por coincidir
después de muchos años en un lugar intermedio sin ninguna expectativa. Que si vámonos.
Que si no te creo. Que si esta vez sí, que es la buena, te lo prometo. Y cuando
te quieres dar cuenta ya tienes billetes de tren. Y sales a cenar y entre copas
confiesas lo mucho que, como Noodles, llevabas esperando ese momento. Y te
ríes, y piensas secretamente en Sergio Leone, y por un instante tienes la sensación
de estar siendo parte de un atrezo. Y por fin descorchas esa botella de vino
que hacía siglos querías beber con ella. Y te miras en una suerte de espejo que
ríe tanto como tú, y piensas que la espera ha merecido la pena. Y cuando crees
que no puedes ser más feliz esa noche, te pierdes y acabas en el sitio menos
típico de toda la ciudad: una mezcalería. Y sigues calle arriba y abajo, porque
te orientas de pena, de acá para allá en una ciudad que esa noche desborda
alegría. Como vosotros.
El finde se acaba y ya en el tren
te das cuenta de que después de mucho tiempo eres tú otra vez; o la mejor
versión de ti mismo. Y entonces piensas en cómo, casi sin esperarlo, te has
visto de nuevo reflejado en ese tipo que quieres ser, ese que has estado años
cultivando y sólo aparece en la compañía adecuada. Ese que tanto has echado de
menos en los últimos tiempos. Y por fin comprendes qué era exactamente eso que
buscabas en los demás, cuál era la incógnita que llevabas tratando de hallar desde
hace meses. Y al final te das cuenta de que la clave, en realidad, no está
tanto en el brillo de los ojos ajenos, que también, sino en que al mirarlos lo
único que puedas pensar sea: “Tú haces que quiera ser mejor persona”.
22 may 2019
Y fuimos felices un ratito.
Entre viaje y viaje, tecleo y
tecleo, y página y página, de cuando en cuando me paro y pienso. Reflexiono
acerca de esto y de aquello, y trato de llegar a conclusiones que expliquen los
porqués de este loco vaivén que ha marcado la pauta a lo largo de los últimos
meses de mi vida. Examino de forma introspectiva qué es lo que quisiera
mantener de lo que hay y qué me gustaría desechar; por aquello de intentar ser
feliz. Trato de elegir qué equipaje será el que me acompañe de ahora en
adelante en el camino de la incertidumbre. Cuáles, de entre todos mis descabellados
pensamientos, se vendrán conmigo en la maleta a pasar unos días al extranjero
más próximo, a la serena tierra de los planes que quizás un día salgan
adelante. Y todo lo hago, lo pienso y lo planeo de manera potencial, mutable,
provisional. Aceptando que en el fondo esto de vivir no es más que un por si
acaso que no acabo de creerme. Un a saber que nunca encuentra respuestas claras
a medio plazo y que me aboca inexorablemente a constatar la raíz última de
todos mis “problemas”: el enorme sentimiento de transitoriedad que lo embarga
todo.
Así es. Desde hace tiempo vivo en
un extraño impasse marcado por la dificultad de tomar decisiones cuyo alcance
llegue más allá de pasado mañana. Cuando no son unos exámenes es un estado
mental. Estoy atrapado en una hipnótica espiral, imbuido por un halo
involuntario de incerteza que bloquea cualquier movimiento hacia delante de la
ficha en el tablero. Hay días que respiro casi por costumbre. Transito por las
posibilidades que se presentan de manera inmóvil, enrocado, viéndolas pasar como
si fueran trenes que se van y a los que nunca tengo el valor suficiente de
subirme; o las ganas necesarias, quién sabe. Hace ya meses, tal vez años, que
estoy invadido por una suerte de abulia que no me permite atarme a nada, ni —más
recientemente— a nadie, que me obliga a ser frío como el hielo, sin ser yo nada
de eso. Y todo porque allá donde voy (sobre todo al otro lado) me encuentro
siempre de paso, negándome a mí mismo una vida plena por el temor a no regresar
jamás aquí. Con el miedo terrible a aceptar que el cordón umbilical que me une
a este extraordinario estercolero pueda romperse en cualquier momento y me
aísle para siempre de él.
Y sin embargo, vuelvo a este orilla
del Atlántico y todo cobra sentido. Desaparecen la alergia al compromiso y las
ganas de salir corriendo y reaparecen las ganas de dar rienda suelta a las
ideas, de no abandonar el barco a la primera de cambio. De repente llego y
resulta que hay bares bonitos y amigos de antaño con los que tomar cervezas por
primera vez, y calles transitables a cualquier hora sin sentirme amenazado, y
gente que te entiende a la primera y que no tiene una circunferencia imaginaria
de distancia alrededor. Y por un instante, tengo el privilegio de incluso
llegar a echar de más aquello que durante ocho meses al año tengo la desgracia
de echar de menos. Y de pronto, la transitoriedad que paraliza todo lo demás se
diluye como una solución volátil y se transforma en algo distinto, menos
asfixiante y más llevadero. Menos triste. Vuelven las ganas de dejarse llevar
un rato sin el miedo a que todo se desmadre y la juerga acabe en un exilio
definitivo. Y cuando me quiero dar cuenta, estoy de nuevo enganchado a la
vorágine, optimista como antaño, sin plantearme si quiera que algo pueda de
nuevo salir mal y pensando más de lo esperado que hoy sí, y ayer también, por
fin, “fuimos felices un ratito”.
30 abr 2019
Tecleando en el avión.
Fue un viernes por la noche en un bar del West Village. Uno
de esos medio oscuros, en los que desde el minuto cero uno ya sabe de antemano
que saldrá derrotado. Allí estábamos, sin saber yo muy bien cómo. Celebrando
estar vivos y juntos. Tomando tragos más tarde de lo que debíamos y viviendo
una vida que quizás no era la nuestra. O sí. What do you do, me preguntó. What
do you do, le respondí yo enfatizando el you. I’m a corporate lawyer, dijo ella.
I once was a corporate lawyer too, le dije. Y le conté sin adornarme demasiado cómo
cuando yo fracaso lo hago a lo grande. Le expliqué que después de cinco años todavía
hay días en los que me sigo preguntando cómo he llegado hasta aquí. Y por un
momento, entre tímidos sorbos de Hendrick’s, pensé en lo mucho que me habría
gustado ser aquel tipo que un día proyecté ser. Ese que pudiera aguantarle la
mirada a este tipo de mujer.
Al rato ella, cuyo anillo de compromiso se reflejaba en el
cristal de mi copa vacía, se diluyó. Se evaporó como un espejismo del destino.
Y yo me quedé observando a mi alrededor, tratando de digerir que, en el fondo,
haga lo que haga, una parte de mí siempre echará de menos a esa otra que soñaba
con hacerse un hueco en este rincón del mundo. Y me di cuenta de que, no hay
vez que venga que esta ciudad no me atrape y me devore, que no me haga querer
ser todo aquello que nunca fui. Que no me cree la necesidad infinita de pasar
ese examen con nombre de dispensario espirituoso y tratar de mudarme a ella con
cuatro corbatas y nada que perder. Que no hay un solo día que camine por aquí y
no me sienta mitad aterrorizado e ínfimo, mitad completamente en casa. Porque estas
calles paralelas y contiguas te engullen y te asfixian, sí, pero también te
atrapan con la magia de su bendita incertidumbre. Tanto, que cuando menos te lo
esperas, en lo que dura un gintónic y se esfuma una rubia, te hacen soñar
despierto con convertirte en ese tipo que un día quisiste ser.
10 feb 2019
Recordar.
Aunque no muy a menudo, de vez en cuando siento que mi
cuerpo y mi cabeza viven en momentos diferentes. O sea, que yo estoy en el
ahora escribiendo esto mientras que una parte de mí se encuentra, de forma
inconsciente, anclada a un momento del pasado que va mutando de manera
constante en función de aquello que me salta a la vista. Los objetos,
portadores involuntarios de recuerdos, me trasladan sin quererlo a un otrora
pretérito, seleccionando alevosamente alguno de los episodios que almacena mi
memoria y reproduciéndolo en mi mente sin permiso alguno; alterando así los
cimientos de mi frágil cordura. De este modo, cualquier cosa a mi alrededor es
susceptible de resultar en un repentino sobresalto, de hacerme viajar
mentalmente a otro tiempo. De invitarme a revivir una sensación que por mucho
que quiera ya no volverá. Y de exponerme a los riesgos que entraña restaurar de
forma inesperada el curioso almanaque de los días que se fueron.
De hacerme sentir vivo, al fin y al cabo.
29 ene 2019
Sine díe.
Una de las cosas más extrañas de la vida es el proceso de
desaprendizaje que sigue al final de una etapa. O sea, la eliminación paulatina
de los actos reflejos que hasta entonces han acompañado nuestra existencia
cotidiana, el desechar o readaptar las costumbres adquiridas a lo largo de una
época en favor de otras nuevas, más recientes, menos tuyas. Hábitos tan simples
como escribir un “Buenos días” antes de dormir o el solo hecho de pensar las cosas
en plural. Cuestiones que se instalan de forma silenciosa en la rutina de cada
día y que a partir de un cierto instante comienza uno a extrañar. Dejes que
otrora fueron automáticos, reacciones instintivas a estímulos externos que nos
llevan de forma involuntaria a prolongar la agonía de un cierto olvido. O peor
aún, tics que se instalan como pequeñas tentaciones a las que se debe resistir,
unas veces por amor propio y otras por mera salud mental.
Así, no es raro que después de ese punto final al que no
siguen dos puntos suspensivos, que diría Sabina, uno se vea de repente con el
teléfono en la mano en un amago de marcar un número que ya no tiene en la
agenda. O que un día cualquiera, tras ocurrir algo extraordinario que en otro
tiempo habría compartido sin dudarlo, de pronto tenga que recordarse a sí mismo
que ya no puede transmitirlo, por mucho que antes lo hubiera hecho. Es una
especie de involución cuya principal característica es la extrañeza del
silencio, el retorno forzado a un estado anterior en el que, si existió vida,
no fue ni de lejos comparable a la que hubo después. Se trata de una mudanza vital
inacabable en la que siempre quedan cajas por abrir.
Reaprender a vivir sin aquello a lo que uno estaba
acostumbrado es un proceso a veces complicado. Comprender que el teléfono ya no
sonará o que uno no podrá apoyarse sobre aquella viga estructural que sostenía
un puente que cayó no es algo fácil ni rápido. Desaprender costumbres, olvidar
manías, o evitar tentaciones, son sólo algunas de las cosas que conlleva mirar
a los ojos al futuro. Es tedioso porque implica comparar constante e inconscientemente
lo que había y lo que hay, y llegar siempre a la misma conclusión. Y además es
ingrato, porque en un alarde científico, uno siempre está tentando de intentar
reducir a lo absurdo la norma general, de tratar de crear una fórmula
matemática que explique las leyes de aquella pretérita atracción. Todo ello
para acabar llegando a la conclusión de que el elemento fundamental de la
ecuación se ha evaporado, dejándola incompleta y, por tanto, irresoluble.
Sine díe.
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