De vez en cuando, cuando vienen
mal dadas y el día está nublado, cuando la única salida es una entrada que da
acceso a las puertas del infierno más inmediato y en la puerta del abismo ya no
espera -si quiera- la barra del bar más próximo, paro y respiro. Observo y
escribo. Retrato con palabras la cara de esta sensación que no se subordina
nunca sobria a la razón. Y entonces, me escapo corriendo de mí mismo y me miro
desde fuera con los ojos de la duda pasajera. Escalo una escalera que llega
hasta el cielo más azul -por encima de las nubes que embargan este día tan
nublado- y te espero allí sentado jugando al solitario con una baraja que hace
tiempo perdió el as de corazones. Contando los minutos que faltan hasta el
último viernes de febrero.
5 oct 2014
28 sept 2014
Palabras para un domingo sin sol.
Echo de menos la precisión de las
palabras. El saber lo que implican las preguntas cuando salen de unos labios
objeto de deseo. Poder dar respuestas elocuentes y arrancar sonrisas a personas
ingeniosas. Que me entiendan cuando pinto diferencias a través de un lenguaje que
conozco suficientemente bien, como para poder jugar con él. Echo de más la
incertidumbre de no saber si aquello que digo con buena intención, se
malinterpretará porque no lo diga bien. Que a veces pasa. Y aburre.
Echo de menos lo oportuno de un
silencio –aunque no siempre sea cómodo- cuando me veo acorralado por un
significado que no alcanza en mi cabeza, al significante de quien lo significa
con su voz. Un diccionario mental y automático que traduzca las palabras que escapan de mi repertorio. Echo de más el tambaleo que me asalta cuando no soy
capaz de transformar un pensamiento en esa frase que de sobra sé funcionaria si
me cambiaran el idioma del interlocutor.
Echo de menos vivir un poco más
de madrugada. El sabor a derrota del día de después de la victoria, que
generalmente suele coincidir con el fin del tintineo de los hielos en el fondo
de una copa vacía de balón. Aquellas mañanas en las que hasta tu propia cama te
resulta un lugar ajeno, propio de la intoxicación. Echo de más, sin embargo, la
dulce sensación del amargor de quedarse con la miel en los labios.
Echo de menos poder perder la
compostura un poco más. Vivir la vida en verso, y encontrarle al mal tiempo
buena cara. Hacer de todo esto poesía.
Crear, que no leer, literatura.
20 sept 2014
Nunca jamás.
Nunca soy más vulnerable que
cuando se me nota en la mirada la sonrisa. Jamás más permeable que cuando trato
de esconderme de mi yo más efusivo de reojo, para evitar un contacto directo y
delator, que me llene de vida y me vacíe al mismo tiempo de la discreción que
necesito. Nunca más sincero que cuando te juro que, excepto cuando miento,
siempre digo la verdad. Que entre tú y yo, es casi siempre.
Nunca vivo más pendiente de
esconderme, que cuando tengo miedo a mostrarme como soy. Jamás asisto desde
fuera a esta obra de teatro de mí mismo, en la que a veces interpreto el papel
protagonista, y otras veces dirijo la función. Y aun así, por mucho que leo y
releo una y otra vez este libreto, la única conclusión a la que llego es que,
cuando se trata de esta historia, no existen nunca las verdades –ni las
mentiras- absolutas.
Nunca soy un poco más humano que cuando
sueño con mañana, y resulta que mañana, de repente, se hace realidad. Jamás me
miro en el espejo y me encuentro con la sombra de lo que seré. Nunca –a veces- me
gusta pensar que más antes que después, acabaré por resolver este problema en
el que tú todavía eres la incógnita que da sentido completo a la ecuación.
Porque a veces, uno más uno, no
siempre suman dos.
10 sept 2014
Mi forma de.
Mi forma de no extrañarla, es no escribirla jamás directamente. No permitirme a mí mismo recordarla más de diez minutos cada tres días, y sobre todo, no ponerle cara las raras veces que la pienso. Es comerme un donuts esta noche -por aquella- y no revivir en un mordisco aquellas tardes de edredón desvergonzado. De engañar al subconsciente bajo pretextos que entonces ya no desconozco.
Mi forma de no extrañarla, es tan simple como no permitir que suene su canción. Porque aunque los acordes ya no duelan como antes, tampoco hacen cosquillas. Es sobrevivir a un paseo imaginario por Madrid al otro lado del Atlántico. No ausentarme por un minuto de mí mismo, y no tratar de verla con los ojos inocentes del pecado que ya nunca jamás cometeremos.
Mi forma de no extrañarla, es escribir de vez en cuando un email y dejarlo latente en borradores. Esperando la nada, que es eso que viene cuando acaba el olvido, el ingrediente del cual están hechas las piezas que completan el puzzle de aquellas expectativas entre las cuales ya no está ella.
Mi forma de reencontrarme a mí mismo, es buscar en el horizonte de la incertidumbre más cierta. Que, además, es mi forma de no extrañarla.
7 ago 2014
El exilio y lo inevitable.
Hace 4 meses, escribí el siguiente texto para el Premio Orola. Y he creído oportuno compartirlo hoy.
"Cuando allá por agosto eche el cierre a mi maleta, y me embarque en ese avión que me lleva a un exilio voluntario, en contra de lo esperado, empezaré a extrañar este complejo soleado de extrañezas y extremismos, que es la España en la que habito de los pies a la cabeza.
Cuando la noche de antes de partir se me haga un nudo en la garganta mientras guardo fotos y recuerdos, cuando el tren de aterrizaje toque el suelo de un país que no es el mío, comenzaré a echar de menos este lugar, taninhabitable a veces, como difícilmente sustituible.
El primer día que, ya fuera de España, encienda una radio y no entienda del todo lo que dicen, la primera vez que al abrir un diario no encuentre una columna de mi autor de cabecera, o el momento en el que por fin sea consciente de que no estoy bajo el techo de mi casa, será entonces cuando empiece a valorar –o no- lo que dejo en el camino.
Sin embargo, y hasta que ese día llegue, por si acaso seguiré mirando de reojo cuando cruzo por la calle, y entrando al bar de siempre sin tener que decirle al camarero lo que quiero. Seguiré madrugando los domingos para mojar en chocolate mis lisonjeras dudas acerca de esto –o de aquello-, y renegando cada día de mi inevitable condición de ciudadano al leer los titulares.
Hasta ese momento de la huida, si nada lo remedia antes, seguiré creyendo que, a pesar de no ser el mejor sitio del mundo, el día que me vaya de España, a mi manera la empezaré a echar de menos."
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