3 jul 2022

La mirada de Ringo.

Me he pasado media vida enfadado con John Lennon. Como si él tuviera la culpa de que Chapman lo acribillara a balazos a las puertas del Dakota. Años pensando que si no hubiera sido asesinado, a lo mejor habría habido otro álbum de los Beatles. Quizás un reencuentro y una gira. Quién sabe. Tal vez sus últimas palabras a McCartney, “Think of me every now and then, old friend”, no habrían sido las últimas, habrían resonado lo suficiente y se habrían reconciliado. Es posible que una vez hechas las paces consiguieran reunir a George y a Ringo y hubieran vuelto a sonar los acordes de "Love Me Do" en los bajos de The Cavern. O tal vez no. 

Hace algunos días comencé a ver Get Back, el documental con el que Peter Jackson ha sacado a la luz sus últimos días como banda. Lo estoy viendo despacio, saboreándolo como pequeñas pildoritas y tratando de añadirle segundos al reloj porque no quiero que acabe; mientras lo veo hay una parte de mí que cree que el grupo sigue vivo. En el vídeo —al menos hasta ahora— se ve a unos genios haciendo música casi sin querer, creando algunas de las canciones más icónicas de la Historia de la música como si aquello fuese lo más común del mundo. Cierto es que no se puede esperar otra cosa de un tipo como McCartney, que soñó con la melodía de "Yesterday" y se pasó semanas tocándosela a George R. R. Martin, a Lennon y compañía antes de adjudicarse su autoría, porque pensaba que la había oído en algún sitio. Pero no.

Hay algo en la mirada de Ringo. Conforme transcurren los minutos, permanece siempre como un personaje silencioso. Alguien que observa, tal vez con una cierta nostalgia futura, los últimos días de aquel grupo de amigos tocando juntos. Una melancolía que vocalizó en el 95, cuando reunidos él, George y Paul, les dijo: “I like hanging out with you guys”. Sus ojos, pegados a un interminable bigote, hablan casi tanto como lo hacen los demás con las palabras. Su manera de mirar transmite un sentimiento que, visto desde ahora, casi sesenta años después, no puede ser otra cosa más que el presagio del final. Mientras que el resto vocaliza lo que quiere, de un modo más o menos explícito, la voz de Ringo sólo se hace patente en momentos muy concretos donde hace constar su aquiescencia con lo que allí sucede. Aquellos ojos expresan una resignación propia de aquel que ya ha interiorizado y asumido la derrota.

A finales de mayo, después de media vida esperando, por fin pude ver a Paul McCartney en directo. Lo hice siendo consciente de que estaba viviendo un momento histórico, que para mí es una forma de disfrutar el doble de las cosas. Y sospecho que durante gran parte del concierto, a sabiendas de que aquello tenía que acabar, compartí esa mirada con Ringo.  


24 jun 2022

Cines que cerraron.

Antes de que existieran los sillones reclinables y se sirvieran cenas pantagruélicas con platos dignos de garitos con estrella Michelín, el cine fue otra cosa. Las salas eran sitios normales, con butacas más o menos agradables —a menudo sin entrada numerada— donde podías sentarte a ver una película. Sin más. Si tenías suerte y vivías en algún sitio grande, te llegaban los últimos estrenos nada más salir. Sin embargo, si tu casa estaba en un pueblo pequeño —como lo era el mío—, muchas veces te tocaba esperar a que la distribuidora pasease la copia por todas las demás salas de la cadena. Así, era rara la ocasión en que las cintas novedosas no llegaban con algunas semanas de retraso al malogrado Variedades, que es como se llamaba el teatro donde oteé mis primeros títulos de crédito, y que acabó por echar el telón. Vivíamos, cinematográficamente hablando, en lo que Walter Benjamin llamó el tiempo mesiánico, un período donde el futuro nunca acababa de llegar.

A finales de los 90 internet era poco más que una idea. Una cosa que se conectaba a través de un aparato que sonaba y que se interrumpía cada vez que alguien llamaba por teléfono. Por ello, para ver qué películas ponían sólo había tres opciones: o pasar por delante del cine y ver la cartelera, o llamar por teléfono y escuchar el contestador automático que te decía las sesiones, o comprar el periódico del día y mirar qué era lo que había y donde. Con suerte, alguno de los cines de alrededor de San Lorenzo estrenaba la última película de Spielberg y allí que íbamos, con bastante adelanto, para ponernos en la cola con la esperanza de que no se agotaran las entradas antes de tiempo y las que quedasen no estuvieran en las primeras filas. Cuántas veces me habré quedado con cara de bobo al llegar a la ventanilla de la taquilla porque no quedaban sitios para la sesión de las seis y he tenido que ir a la de las ocho.

El día que estrenaron Casper en España (7 de julio de 1995) se cumplieron siete años del nacimiento del primer hijo de mis padres. Lo recuerdo porque estábamos de vacaciones en la playa y porque aquel año fui por primera vez a un cine de verano. Tardé días en verla, eso sí. Primero, porque tardó semanas en llegar. Y segundo, porque la condición fundamental para ir a una sesión de noche era que tenía que echarme la siesta para no quedarme dormido; algo a lo que nunca fui aficionado. De aquella experiencia recuerdo varias cosas: que se proyectaba en una pared blanca, que el sonido reverberaba en los muros de las casas adyacentes, y que las sillas de plástico blanco descansaban sobre la grava que revestía el suelo de aquel solar vacío en mitad de Torrevieja.

Pasaron los veranos y el ladrillazo acabó por enterrar aquel lugar. El romanticismo de aquel cine al aire libre donde la gente todavía fumaba, comía bocadillos y quién sabe qué más, dio paso a un edificio de viviendas. Aquella ciudad sin ley donde todo estaba permitido —más aún en vacaciones— dejó de albergar una pared donde cada noche se proyectaban sueños. Con su cierre no sólo cayó uno de los recuerdos más vivos de mi infancia, sino que comenzó el declive de un concepto que formaba parte de mi primitiva idea de la civilización. Todavía algunas veces, las muy pocas en que paso por allí, me preguntó si de cuando en cuando Casper no se presentará a dar la bienvenida a los nuevos inquilinos del cuarto.  


19 jun 2022

La importancia del mentor.

Una de las primeras palabras raras que aprendí al comenzar a dedicarme a esto de la literatura fue la de bildungsroman. Salió en una clase donde estudiábamos narrativas sobre la Guerra Civil española, a colación de alguna novela que estábamos leyendo o alguna película que formaba parte del programa. La recuerdo bien porque por fue uno de esos momentos en los que uno tiene la sensación de, por fin, estar aprendiendo algo nuevo. Más tarde descubrí que aquello era un género en sí, lo que en español llamamos la novela de crecimiento, y me di cuenta no sólo de que lo conocía sino que, sin saberlo, yo era aficionado al mismo. 

La premisa del bildungsroman es sencilla: se trata de una narración donde el personaje principal, habitualmente un adolescente, lucha por prosperar en la vida. Muestra las dificultades a las que se enfrenta en su deseo por llegar a la madurez y, por norma general, ve cómo la vida va poco a poco frustrando sus intenciones. Le pasa al Lazarillo de Tormes, al Werther de Goethe, al Holden Caulfield de Salinger, o al Hans Castorp de Mann. Todos luchan por llegar a un lugar que en realidad no existe para ellos, mientras el lector mantiene la esperanza de que el destino les haga un guiño. 

Entre las diferentes características del género, la que más me ha interesado siempre es la existencia del mentor y su importancia en la vida del personaje. Por barrer para casa, en el caso del Lazarillo, no tiene sólo uno, sino que pasa por varios que se afanan en enseñarle algo sobre existir, más allá de descubrirle las virtudes del hambre. Esta figura, a menudo común en todo este tipo de obras, destaca a veces como una voz de la conciencia sobre la que resuenan los pensamientos del protagonista. Como un manual de instrucciones para el fracaso, la mayor parte de las veces. 

Personajes literarios aparte, creo que es importante, especialmente a ciertas edades, contar con un mentor que te guíe en tus desventuras juveniles. Estos días, mientras leía a gente comentar sobre los exámenes de la antigua Selectividad, recordaba aquella etapa de mi vida en la que tuve que elegir lo que se supone que haría el resto de mi vida. Yo no lo sabía, pero incluso entonces ya había ciertas señales de que acabaría dedicándome a la literatura. 

Echando la vista atrás, me habría gustado tener un mentor. Alguien que se sentase conmigo y me explicase lo que implicaba tomar una decisión como estudiar Derecho en ese momento. Incluso después de acabar la carrera, estudiar un máster y encontrar un trabajo en un despacho grande, que es lo que siempre quise, me habría gustado tener una persona que me guiara, que me dijera cuáles eran a largo plazo las potenciales consecuencias de mi elección al dejarlo todo. Que me hiciera ver el envés de mi elección y me permitiera al menos otear las dos primeras etapas de la ruta a la que me enfrentaba si seleccionaba ese camino. 

Y sobre todo, algo que me hubiese encantado escuchar, es lo difícil que resulta regresar después de irte. 

13 jun 2022

Retornar a divergir.

Antes de que todo el monte dejase de ser orégano y las autoridades decretasen la pandemia de la hiperpolitización de la vida, uno podía admirar a la gente por su trabajo. A quien le gustaban las canciones de alguien, simplemente lo escuchaba, sin pararse a preguntar si cojeaba de este o de aquel otro pie, y sin cuestionar el valor artístico de la obra en función de la ideología de su creador. El mundo entonces era un sitio normal donde las personas todavía se reunían en torno a sus afinidades y las ideas de cada cual eran exactamente eso: las ideas de cada cual. Con el tiempo la cosa cambió y comenzamos a creer que con admirar la obra no era suficiente, sino que había que profesar también asombro por la persona. Y fue ahí cuando la admiración por el trabajo comenzó a desvanecerse y la visceralidad lo infectó todo. Cómo vamos a leer, a escuchar, o a observar lo que hace tal o cual si se encuentra en las Antípodas de nuestras creencias. 

Una de las primeras cosas que comprendí al llegar a Twitter, es que, o aprendía a diferenciar entre el artista y la obra, o muy probablemente acabaría quedándome yo sólo frente a mi espejo. La cercanía propiciada por las redes sociales es, en muchos casos, una ventana abierta para desenmascarar a quien se esconde detrás de ese libro o canción que te ensimisma. Ello conlleva descubrir que, en algunos casos, lo que hay tras la cortina es un abismo en el que no existe coincidencia alguna. Y no pasa nada. Se puede admirar el trabajo de alguien y ello no implica por decreto congeniar con esa persona a ningún otro nivel. A veces tengo la sospecha de que si los clásicos literarios han sobrevivido hasta nuestros días, es en parte porque no tuvieron Twitter. De haberlo tenido, hoy probablemente no leeríamos ni a la mitad.  

Existe una expectativa, muy comúnmente aceptada, de que la gente a la que admiras tiene que caerte bien. Y no siempre es así. Además, algo que parece inundar los tiempos que corren es, a menudo, la exigencia de una ejemplaridad con la que ni nosotros mismos cumplimos. Los escritores, los cineastas, los cantantes, son personas. Y las personas tenemos ideas y creencias más o menos claras, más o menos acertadas. También cometemos errores. Y no pasa nada por cometerlos. Ni pasa nada porque tengamos una opinión divergente en este u otro tema. Hace falta un poco menos de crispación y un poco más de manga ancha a la hora de entender a los demás. Y es necesario dejar de mirarlo todo a través del catalejo de lo ideológico. Si te gusta como canta alguien, escúchalo sin importar en lo que crea. Si te produce placer leer a una cierta autora o ver las series de un determinado creador, hazlo, con independencia de a quién vote.  

Es urgente recuperar la capacidad de divergir entre iguales. Aunque sólo sea en pro de la belleza.

10 jun 2022

Vuelta a la elipsis.

Una cosa que siempre he apreciado en la literatura del XIX es el gusto por la elipsis. El contar algo sin contarlo, vamos. Relatar un hecho sin más ayuda que la imaginación del lector y que aun así la escena tenga perfecto sentido. Pasa mucho en la novela realista, donde jamás se habla explícitamente del sexo, por ejemplo, pero se sabe siempre que ocurre. Los eufemismos para referirse a ello van desde una puerta que se cierra en Gloria de Galdós, hasta una tormenta que se desata en La regenta de Clarín, pasando, entre otros muchos, por un extemporáneo “vístete y vete”, en La prostituta de López Bago. Todas ellas, situaciones que implican un evento que el narrador, que por defecto todo lo sabe, rehúsa a compartir con su audiencia. No es que las cosas no sucedan, sino que como lectores debemos hacer un ejercicio activo por procesar aquello que leemos para poder comprender el alcance real de la escena. 

El gusto por la omisión, sin embargo, es algo que se ha ido poco a poco perdiendo, no sólo en la literatura —cada vez más explícita para poder llegar a un público más amplio— sino en general en la vida. Hemos atracado el barco en un puerto a cuya entrada se puede leer “Cuanto más, mejor”, pasando así, en algo más de un siglo, del Renacimiento al Rococó en cuanto a niveles de exposición pública. Donde antes no había detalles, ahora parece haber demasiados. No es que se haya abierto la puerta y podamos observar lo que sucede dentro de la sala, sino que hay un constante bombardeo por mostrarnos con todo lujo de detalles lo que pasa. La gente, en su ánimo de sobreexponerse mediáticamente, compite entre sí para ser la más observada. 

En esta época de influencers, instagramers y nuevos becerros de oro, echo en falta que alguien se pare y decida no mostrarlo absolutamente todo. Un retroceso hacia el pasado donde el ego no fagocite cualquier identidad y donde la intimidad tenga un precio bastante más elevado que aquel que le otorgamos hoy en día. No hablo de un regreso al puritanismo que omite todos los detalles, pero sí quizás una reflexión sobre lo que mostramos. Un segundo previo al “Enviar” donde pensemos si realmente al mundo le interesa ver lo que estás desayunando esta mañana. Que por otro lado, en la mayor parte de los casos, no es tan diferente de lo que desayunamos todos. 


4 jun 2022

La feria del libro.

Todos los años, allá por finales de mayo, escogíamos una mañana de finde o una tarde entre semana y nos bajábamos al Retiro. El plan era sencillo: caminar entre casetas y escoger algunos libros, unos cuantos de ellos firmados, para llevarnos de vuelta a casa. A veces, si había suerte, coincidíamos con algunos autores que me sonaban de algo y charlaba con ellos un momento, lo justo para que me estamparan una dedicatoria en la primera página. Así, entre otros, conocí brevemente a Luis Alberto de Cuenca, o a Lorena Berdún, con cuya voz me dormí muchas noches durante los primeros años de mi adolescencia. Fue allí, comprando un ejemplar de Manu, que Ale le preguntó a Jabois cómo se pronunciaba su apellido. Y fue allí también donde descubrí quién era un tipo llamado Salman Rushdie y lo que era una fatwa. Cosas ambas que no me han servido de mucho.

A mí me gustaba ir a la Feria del libro antes incluso de aprender a leer. Allá por el noventa y tantos recuerdo una mañana de sábado en que mi padre me compró la colección entera de Pepa y Misi, unos cuentos muy cortos, con expresiones ínfimas, con los que comencé a unir sílabas. Fue ese, y no otro, supongo, el momento en el que sin saberlo me empecé a aficionar a esto de pasar páginas. Bien pensado, muy probablemente sean esos cuadernitos el origen de todo lo que pasaría después. Siendo causalista, no sería desatinado decir que estoy escribiendo esto porque a mi padre un día se le ocurrió comprarme aquellas historias cortas y simplonas.

Estas semanas, mientras observo en Twitter desde la lejanía cómo la gente va y viene de la feria, con sus libros firmados y sus ilusiones de ver de cerca a sus escritores favoritos, me acuerdo de todas aquellas visitas mano a mano con mi padre. En los últimos ocho años, desde que emprendí la huida, pocas han sido las ocasiones en que he podido pasear por el Retiro entre casetas. Este año, por ejemplo, me habría encantado poder saludar a Garci y que me firmase sus Telegramas cinéfilos. Pero no va a poder ser porque, a pesar del nombre de esta columna —casi semanal—,escribir se ha convertido en algo perentorio este verano. 

No sé lo que me deparará el futuro, ni dónde acabaré después de este año. Pero sea donde sea, me encantaría volver pronto a la feria. Y ojalá que lo haga a firmar. 

23 may 2022

Sobre Mbappé y sobre el amor.

Algo que a menudo se ignora del amor es que se rompe. Que un día, de repente, las mariposas dejan de aletear en el estómago y se acabó. Miras una foto del pasado y descubres que no queda ni rastro de todo aquello que un día te atrapó. Comienza entonces una travesía que parte del escepticismo para llegar de nuevo a esa esquinita del tablero que dice cárcel, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las veinte mil pesetas. Le pasó a Bustamante cuando le dejó Paula Echevarría y nos está pasando a nosotros ahora que Mbappé ha decidido no romper con su ex después de meses dándonos las buenas noches a hurtadillas. Las peores relaciones, en el fondo, son aquellas que jamás terminan de suceder. 

Algo que hemos aprendido estos días es que Kylian tiene alma de folklórica. Y a mí eso me gusta. Se siente el centro de atención y lo disfruta, al igual que lo hacía Lola Flores. En este caso, sin embargo, en lugar de aquella pesetita, le ha caído del cielo un contratazo con más millones de euros que estrellas hay en el cielo. Juega bien sus cartas y jamás se cierra una puerta. Utiliza la callada por respuesta, que es la mejor forma de otorgar y dejarlo todo a la imaginación sin decir nada. Un poco como cuando estás en conversaciones prenoviales y ella te sonríe, como dándote a entender que si tienes suerte y se alinean los planetas, igual te toca algo. Pero no. A una flamenca no hay que creerla nunca. Y menos cuando te mira a los ojos y te dice que te quiere.

A mí en la vida se me ha acabado el amor unas cuantas veces. He dejado y me han dejado, y he seguido. Pero nunca se me había acabado el amor sin llegar si quiera a consumarlo. Me dolió que Cristiano encontrase a otra, pero lo entendí. No hay nada más monótono que acostumbrarse a ganar. Me ha dolido aún más que Mbappé no haya llegado a escogernos para ponerle los cuernos a su patria. Pero no le culpo porque en el fondo le entiendo. En esto del querer no hay nada escrito, excepto por aquel librito de Beigbeder que decía que El amor dura tres años, justo el tiempo que le hace falta a Kylian para darse cuenta de que, como decía Raphael, “como yo te amo, nadie te amará”. 

Y quién sabe, tal vez algún día volvamos a encontrarnos por la calle, salte la chispa y estalle el amor. Que por cierto, se encuentra justo a medio milímetro del odio. 


15 may 2022

Lo inmutable.

Algo que me llama mucho la atención siempre que regreso a casa es que lo esencial siempre permanece. Cambian los dueños de los bares, pero no los parroquianos, que en tres días reconquistan aquella barra que un día les fue propia. Se invierten los sentidos de circulación de las calles, a pesar de que la gente las sigue transitando como antaño, con sus bolsas de la compra y sus pesares cargados a la espalda. Con sus benditas cuestas imposibles. Algunos edificios caen mientras otros, más nuevos, decoran horizontes y engalanan el distrito sin fecha de consumo preferente. Pasan los años y se vota en elecciones. Y a veces se marchan los alcaldes, empero la ciudad sigue latiendo. Un tanto a la inversa de lo que decía Julio Iglesias. 

El que sale siempre es uno, y a menudo, el que regresa suele ser otro. La experiencia, el viaje, te distorsionan la mirada. Te retuercen la perspectiva sin piedad para que al llegar no reconozcas aquello que un día te fue propio. Le pasaba a Camba, aquella rana viajera a la que al volver a España todo le resultaba extraño. Y me pasa a mí cada vez que pongo un pie a este lado del Atlántico, que veo cómo los años van mudando el panorama lo justo como para que me dé cuenta de que, aunque cambie de manos el país, en el fondo seguimos siendo lo mismo. 

Una cosa que no cambia, por suerte, es la gente que te espera. La que sabe que regresas y hace planes para verte tan pronto saben las fechas de tu estancia. Amigos de toda la vida que siempre se alegran de verte y por los que no pasa el tiempo, por mucho que los años continúen desafiando al segundero. Algunos, ya casados, han dado a luz a una nueva generación que ya se une fugazmente a nuestros planes. Otros, a medio camino entre la nada y el futuro, observamos con ojos de ternura cómo se sientan al otro lado de la mesa. Y mientras ellos se entretienen con el pan y nosotros con verlos a ellos, deseamos muy fuerte poder volver un día a este lado —quién sabe si para siempre— para verlos crecer. 


8 may 2022

Vivir y recordar.

Una cosa que a menudo me chirría es esta obsesión reciente por inmortalizar el momento. El estar más pendiente de grabarlo que de vivirlo y acabar renunciando al directo para poder almacenar el diferido por una eternidad perecedera, como si hubiera algo de mágico en revivir algo que está pensado para ser consumido en el acto. Creo que fue Jabois quien contaba cómo un amigo suyo, en una reunión de colegas, había abogado por no hacer fotografías precisamente para que cada uno pudiera recordar ese momento a su manera. Y tenía razón. Por muy evocadora que sea una foto, su recuerdo jamás podrá sustituir al sentimiento que reinaba cuando aquella se tomó. No hay stories de Instagram que capture la verdadera esencia de un reencuentro con amigos. 

Con el amor pasa un poco igual. Hay gente que vive tan ofuscada con compartir su vida que al final se acaba olvidando de vivirla. Personas obsesionadas con decirle al mundo que están enamoradas, como si aquello fuese un requisito sine qua non, una condición constitutiva sin la cual en realidad no existe relación. Son, eso sí, los mismos que se abalanzan prestos a borrar cualquier recuerdo de un pasado en apariencia inexistente cuando aquello se acaba, confirmándole al mundo que donde hubo digo ya no hay Diego, como si sus cuentas fuesen el ¡HOLA! y sus vidas el embarazo de Chabeli. 

Algo que además se olvida con frecuencia es que, además, no todo es digno de ser inmortalizado o compartido. No todos los instantes que se graban con el móvil merecen tener un hueco en el rincón reservado a la posteridad. Y no todas las cosas que se comparten en redes sociales son siempre meritorias de difusión. Tal vez estaría bien que el teléfono preguntara, antes de grabar algo, si esa foto es digna de gastar una bala en un carrete y si realmente ese momento merece besar en los labios al futuro. Que nos recordase que lo que se ve en pantalla, aunque sea un vídeo que grabamos en directo, no es la vida real.

Es fácil: o vivir y recordar, o recordar sin vivir. Tú eliges. 


1 may 2022

El último bofetón de la Rosita.

Algunas décadas después de que la doña Rosita de Lorca se quedara soltera y la doña Rosa de Cela repitiera con fruición en su café que nos había merengao, nació mi madre, que también era Rosa y además María. Fue la tercera de siete y lo sigue siendo, porque en mi familia otra cosa no, pero tendemos a la longevidad, como si vivir muchos años fuese una aspiración vital y no tanto una cuita del destino. Mi abuelo —que en paz descanse, como le gustaba decir siempre a él— y mi abuela —que con ochenta y muchos aún no sabe lo que es el descanso— tenían un horno del que, a excepción de mi tío Paquito, sólo salían niñas, así que mi madre creció en un gineceo. 

Enrique San Francisco —que en paz descanse, como diría mi abuelo— tenía un monólogo en el que hablaba de las madres y decía que son el mejor invento del mundo. Mencionaba algunos principios básicos que tenían aprendidos de serie: el no arrastrar los pies, el mantener la habitación recogida, y el taparse la boca para no coger frío. Yo diría que las grandes batallas de la mía siempre han sido la del cuarto y el que no nos ahogáramos masticando algo. Esas, y aguantarnos a mi hermano y a mí cuando llegamos a casa en estado catatónico, que alguna vez ha pasado. 

Fue un mes de julio de hace muchísimos años. Como cada verano, nos íbamos a Torrevieja y había que salir pronto para evitar la dichosa caravana. Recuerdo que salí de casa con una botella de whisky y me prometí a mí mismo retirarme en hora, sin caer en la cuenta de que tan temprano son las dos de la mañana como lo son las siete. Vuelvo pronto, dije. No me llevo coche, recalqué. Acuérdate que a las seis y media salimos para la playa, me respondieron. Sí, sí, no os preocupéis que en un rato estoy aquí, concluí ingenuamente. 

Debían ser las cuatro y media de la mañana cuando me llamó por primera vez. ¿Se puede saber dónde coño estás? Que nos tenemos que ir y todavía llegas tarde. Algo así creo recordar que oí entre la música de la discoteca y el ruido de la gente. Aquel fue el primero de los tres avisos antes del descabello. A las cinco y pico me llamó otra vez. Y a las seis y algo me volvió a vibrar el bolsillo, pero ya no tuve valor a descolgarlo porque sabía que al otro lado se escondía el basilisco y era capaz de arrancarme la oreja de forma telemática. Estoy en un lío, pensé. Y aquel pensamiento fue la primera muestra de raciocinio de la noche.

Supe que la cosa no iba a acabar bien cuando, al subir el último escalón que separaba el interior de aquel antro de la calle, vi que era de día. No un día pálido ni timorato, no. De día, día. Con su sol en lo alto y su alegría veraniega. Con gente ya por la calle acercándose a las tahonas. Me subí en el coche de Pedro, que había aparecido por allí en algún momento de la noche, y doña Rosa la casada —con mi padre, concretamente— me llamó de nuevo para darme cuatro gritos y transferirme algún mensaje que no alcanzo a recordar de forma exacta, pero cuyo contenido venía a implicar que era un borracho y un descerebrado. Debían ser las siete de la mañana, o sea, una media hora más tarde de la hora inicial de salida.

Al llegar a mi casa entré por el garaje, y fue allí, en el tramo de escaleras, que me crucé con mi padre, quien con un gesto de asombro me miró y me dijo: “Ya te vale”. Avancé sigiloso hasta la cocina, donde me esperaba mi madre un poquito contrariada. Buenos días, le dije con una sonrisa, a lo que me respondió, sin mediar palabra alguna, con un bofetón que me puso a bailar. Tras ello, y en un ataque de dignidad, me subí a mi cuarto y me tumbé en la cama a dormir hasta que Pablo, que entonces no entendía nada, vino a despertarme para meterme en el coche. Pero eso es otra historia que contaré otro día.

Ella, que tiene mala memoria cuando quiere, se suele hacer la loca cuando hablamos de aquella mañana y omite interesadamente aquel bofetón, que por cierto fue el último. Y no porque no le haya dado motivos desde entonces.