24 oct 2021

Dario de un impostor - II.

Lo escribo aquí porque no lo quiero olvidar. 

Mi abuelo (que en paz descanse, como siempre decía él al nombrar un muerto) contaba que se casó con mi abuela por una apuesta. Que su cuñado le había dicho en una boda que no tenía lo que hacía falta para ligársela. Así que ni corto ni perezoso, se le acercó y le dijo: “Niña, ven, que me voy a casar contigo”. A mi abuela debió hacerle gracia, porque tras ello tuvieron siete hijos y estuvieron sesenta años casados. Lo cuento aquí porque todos tenemos nuestro origen en algún sitio y el de mi familia materna –y en cierto modo el mío, claro—descansa en un “no hay cojones” de manual.

Hablando de amor y de abuelos, la semana pasada terminé de leer Feria. No sé muy bien por qué, pero me hizo pensar en expresiones y palabras que usaba mi abuela paterna, que desde hace algunos años convive con el yugo del olvido permanente. La lectura del libro, que recomiendo a cualquiera nacido en los estertores de la España de los 80, me recordó expresiones como lechuzo o lechucear, que la Colasa usaba para referirse a mí cuando entraba a ver qué se cocía por la cocina. Esa, o “Ay, qué leche de bollitos”, que en mi familia nunca supimos muy bien qué significaba, pero todavía seguimos usando muy de cuando en cuando. 

La idea del pasado me ha perseguido esta semana, como casi siempre. El martes volví a ver El crack para discutirla en clase con mis alumnos y me volvió a parecer que hay pocas películas españolas de esa época que hayan envejecido mejor. El jueves hablamos sobre ella y por un momento sentí que sólo por conseguir que mis alumnos –nacidos todos a partir del 2000— supieran quiénes son Alfredo Landa y José Luis Garci ya había merecido la pena ser profesor. Es posible que no aprendan nada este semestre, pero estoy completamente seguro de que van a recordar por mucho tiempo el “Bareta, dame el mechero o te quemo los huevos”. Y a mí me vale.

En la última entrada del diario hablaba de 52, una ballena que vivía incomunicada porque nadie podía oírla. Algo que olvidé mencionar y que la mayor parte de la gente no sabe es que soy prácticamente sordo del oído derecho. Tanto, que si duermo sobre el izquierdo es casi como si llevase tapones. La parte buena es que como nunca he oído muy bien, jamás he tenido un sentimiento de pérdida. La mala es que si suena la alarma por la mañana y me pilla con la oreja mala en la almohada, igual me despierto tarde. Hace un par de semanas me hicieron una prueba con un receptor para ver cómo oiría si me pusiera un implante óseo y la experiencia me resultó tan abrumadora que al salir de allí le dije a mi médico que prefería seguir oyendo en mono y que ya habrá tiempo para el estéreo. El caso es que desde que vi el documental no puedo dejar de empatizar con aquel cetáceo solitario, que al igual que yo, después de toda una vida escuchando los múltiples matices del silencio, un día descubrió que existía el ruido.


11 oct 2021

Diario de un impostor - I.

Lo escribo aquí porque no lo quiero olvidar. 

Hace algún tiempo, no sé cuándo ya, Gabri y Marta me dijeron que se casaban en octubre de 2021. Y sí, lo reconozco, lo primero que me vino a la cabeza fue cagarme en la madre que los parió. Búscate un billete en medio del semestre. Cancela clases, si es que puedes. Vete a España para 4 días. Lucha contra el jetlag y cuando ya estés casi adaptado vuélvete a Estados Unidos. 

Llevaba desde 2013 sin pisar suelo patrio en octubre. Hasta el jueves pasado, que aterricé en Madrid a eso de las diez y media de la mañana. Me recogió en el aeropuerto mi padre y de ahí fuimos a casa. Hacía un día fantástico, así que pasado un rato nos fuimos a comer con Pablo a una terraza. Después subimos a buscar níscalos a Santa María de la Alameda y encontramos (es un plural de modestia, encontré yo casi todos) cerca de un kilo. Me pegué dos horas caminando entre las jaras como si acabase de salir de la cárcel y me dio por pensar que pocas cosas más baratas me hacían tan feliz. 

Esa misma tarde me tomé dos cervezas en el Villanueva con Manolo y, aunque no arreglamos el mundo ni nada, fue como si nunca me hubiera ido. Y esa noche, al llegar a casa, me di cuenta de que no había dormido nada en todo el día y, sin embargo, no estaba cansado. Hay un cierto tipo de energía que sólo te lo da la ilusión.

El viernes nada más levantarme me hice una prueba de antígenos para poder regresar a Estados Unidos el lunes. Después bajamos a Madrid a recoger los chaqués por la mañana y tuvimos la mala idea de no probárnoslos. Al llegar a casa me llamó Manu y me dijo que los de la sastrería la habían cagado con el suyo. Así que esa misma tarde, después de haberme comido los níscalos del día anterior con patatas, regresamos a que nos los cambiaran con David, que dice que somos demasiado educados. 

Al volver pillamos un atasco y cuando llegué a casa allí estaba mi madre, recién llegada de viaje. De Extremadura traía unos sobres de jamón, una caña de lomo y un abrazo de esos que sólo se le dan a un hijo que lleva meses fuera de casa. Desafortunadamente esta vez yo no venía con un pan debajo del brazo.

El sábado por la mañana, antes de la boda me dio tiempo a desayunar con Cristina, pasar por la librería a recoger Feria e ir a ver a Conchi a que me cortara el pelo y me arreglase la barba para no parecer un vagabundo en la ceremonia. Como de costumbre, se tiró una hora conmigo y casi llego tarde a tomarme una cerveza a casa del novio antes de ir a la iglesia. Nacho nos subió al Monasterio en el coche de la autoescuela y mientras caminábamos por la lonja, por un momento tuve la sensación de que los turistas nos miraban como si formásemos parte de un decorado. Ya en la misa leí los salmos y cuando a David se le trabó la lengua leyendo las preces, a los testigos del novio nos dio la risa. 

Al llegar a la finca, mientras la mayor parte de la gente bebía cerveza yo pedí champagne. Y jamón. Y fui feliz, no os voy a engañar. Nos hicimos fotos. Me reencontré con un montón de gente y pude acariciar la barriga de Paula, que lleva dentro a un tal Gonzalo al que vamos a conocer en enero. Por fin. 

Una advertencia: Si alguna vez vais a una boda con mis amigos, jamás se os ocurra poneros una corbata verde, a menos que estéis dispuestos a que nos pasemos el día preguntándote qué tal todo por Tecnocasa.

Ya sentados en las mesas, después del cóctel, aprendí que en México a darse un revolcón con alguien lo llaman cuerpear. Y me recordó lo mucho que me gustan las diferentes formas de hablar el español en Latinoamérica. Y que México, sin haber estado todavía, tiene algo de casa para mí.

En un cigarro entre el primer y el segundo plato, porque en las bodas me permito el lujo de recuperar mi antiguo vicio por un día, le dije a Gabri que el tiempo me había dado la razón y que lo que le solté aquella tarde de 2013 en la estación de Sants era verdad: nosotros somos los que permanecemos. Los amigos son amigos, aunque a veces quieras matarlos. Y nosotros lo somos, aunque no siempre nos hagamos todo el caso del mundo.

Entre el segundo y los cafés comenzaron con los discursos. Manolo llevaba un año escribiéndolo y ensayándolo y se había descargado un teleprompter para el móvil por si acaso. Por decirlo claro, dio el mejor discurso que yo recuerdo haber escuchado nunca en una boda. Hizo reír y llorar a todo el mundo. Apenas habló del amor, porque no le hizo falta. Y yo le dije que si algún día se casaba, o daba yo el speech o le cortaba los huevos. 

En las copas el alma de la fiesta fue la novia. Después de bailárselo todo, ya con las luces encendidas, Marta preguntó que si alguien había visto a su novio. Así que tuve que intervenir y explicarle que Gabri ya no era su novio, sino que desde aquella mañana había pasado a ser su marido. No cambia nada el tecnicismo, porque hacen vida de casados desde hace años. Pero qué menos que hablar con rigor del futuro padre de sus hijos.

El sábado al acostarme pensé que el domingo iba a morir. Pero no. Cuando desperté mi cuerpo y mi alma estaban todavía allí, como el dinosaurio de Monterroso. Bajé a desayunar con Pablo y acabamos en casa de la abuela, sin café y sin palmera de chocolate, pero haciendo una visita al último reducto vivo de mi infancia. Al volver a casa mi madre había hecho cocido y me hizo dudar de si no sería buena idea esto de volver a casa un fin de semana largo cada mes. 

Por la tarde estuve con el otro David tomándome un café en Croché. Me contó su vida y me puso delante de un espejo. Reconozco que algunos días no sé si me gusta mucho mi reflejo. 

Hoy en el avión, donde estoy escribiendo este diario, he coincidido con una profesora de español en el asiento de al lado. Casualidades de la vida, también fue abogada antes de hacer su doctorado. A veces el mundo es una broma. Dice que en su universidad están buscando un instructor de español y que le escriba. Sería gracioso encontrar el principio de un trabajo a treinta y ocho mil pies de altura, la verdad. Y por otra parte, suena mucho como algo que me podría pasar a mí.

Durante el vuelo he acabado de leer Los días perfectos, de Jacobo Bergareche. Confieso que todavía estoy tratando de discernir si me ha gustado mucho o no me ha gustado nada.

Tras acabar el libro me he puesto a ver un documental llamado The Loneliest Whale. The Search for 52. Toda la historia gira en torno a la premisa de que hay una única ballena que se comunica a 52 hercios, de ahí su nombre. Al parecer se trata de una frecuencia que ninguna otra ballena habla, por lo que no puede interactuar con nadie. Ha ido dejando trazos de su presencia por el océano durante años pero nadie sabe en qué bar para estos días. 

Al final descubren que (ojo, spoiler, o destripe me sugiere Word) hay al menos dos. Y a mí me ha recordado lo difícil que es en encontrar alguien que hable en tu misma frecuencia, que esté en tu misma parte del océano y que además quiera casarse contigo. Y ya ves, estos cabrones lo han conseguido. Y yo, que me cagué en su madre el día que me dijeron que se casaban en octubre, sólo puedo darles las gracias por traerme, sin saberlo, a pasar algunos de los días más felices que recuerdo.


14 sept 2021

El extraño viaje.

Poco antes de la mesa para dos y la pizza de los jueves, todo esto era desierto. Desde los besos que robaba entre semana a punta de sonrisa hasta la resurrección por triplicado de los viernes; la vida no era más que un tintineo, un ponme otra, que a esta invita el destino. Entonces, el optimismo era salir cerca del ocaso con una botella de vino abrochada al cinturón del copiloto, las gafas de sol en la guantera y pensando: hoy no duermo en casa. La suerte, cómplice a veces, me permitía desayunar sin camiseta y preguntarme en qué momento se había confabulado la galaxia para que un agujero en Matrix me consintiera a mí despertar acompañado en una maraña de sábanas ajenas. Qué improbable conjunción universal me había posibilitado beberme el café dilucidando a partir de qué instante habrían sus labios bajado la defensa y asumido que esa noche nuestra ropa dormiría a la orilla de su cama.

Un día, sin embargo, la cosa cambió y las resurrecciones tres veces por semana dieron paso alborotado a carcajadas sonoras los sábados por la mañana. A café, tostadas con tomate y discos de Aznavour sonando en el imaginario tocadiscos del salón. Poco a poco, y casi sin saberlo, fuimos transitando de lo etéreo a algo más eterno, como si la eternidad fuera una opción para dos personas que no llevan reloj. Las gafas de sol, que otrora dormían en el coche, empezaron a hacer noche en el salón, junto a un manojo de llaves que, como nosotros, se acabó multiplicando. La exigua lista (mental) de conquistas acabó dando paso a la extensa lista (real) de la compra. Aquella botella de vino que me hacía compañía en la autopista terminó por no salir tanto de casa y pernoctar tumbada en el mueble bar. Y esa sensación fantástica de descubrir –muerto de incredulidad— un cuerpo nuevo, acabó, no sin derrotar antes mi firme resistencia, dando paso a otra mejor: ir descifrando a nuestro ritmo en qué demonios consistía eso del amor. 


8 sept 2021

La felicidad.

Últimamente me ha dado por pensar en la felicidad. En aquello que la define. Como si fuera posible reducirla, extraer su esencia y embotellarla para cuando los días amanecen grises. Y no. No he conseguido descifrar el algoritmo de esa sensación, pero sí he recordado momentos en los que la experimenté con plena consciencia. Instantes en los que el cóctel de la vida consiguió combinar, de forma improvisada, la proporción perfecta de elementos. Una mezcla de latidos enfriados con hielo y servidos en copa de Martini que ocurrió casi sin quererlo y que me dejó allí, consciente de mi dicha, robándole sorbos a la noche –o al día— con el miedo infundado de no volver a ser tan feliz como en ese preciso momento nunca más. 

No han sido muchos, pero han sido. Casi siempre acompañado. Recuerdo alguno, por ejemplo, como aquella vez en Nueva York. Estaba comiendo en un café, afuera. Hacía sol y la banda, contrabajo incluido, trasladaba la escena a un París años 20. A ella, que sonreía sin parar, le brillaban los ojos y a mí, por un momento me pareció estar siendo el protagonista de una película de Woody Allen. Un pringado con barba y sin talento que al final, fíjate tú, se acaba quedando con la chica. Como Chalamet en aquel día de lluvia.

El otro que me viene a la memoria fue en Madrid. Un diciembre de hace muchos años, borracho y radiante en la mesa de la ventana del Only You de la calle Barquillo. Primero me llamó cobarde, como para provocarme. Después me acerqué a sus labios y me quedé a medio centímetro de ellos cuando ella ya había cerrado los ojos para besarme. Y fue justo en ese besus interruptus, en esa retirada momentánea del objeto de deseo, que pensé: ni besándola ahora mismo sería más feliz. 

Y era mentira, porque a los tres segundos la besé. Y lo fui. 

17 jun 2021

Huérfanos de capitán.

Se va Ramos y arde el Madrid huérfano de capitán. Y al fondo se ve a Nerón llorando sobre las cenizas de Roma. Las mocitas madrileñas, ni alegres ni risueñas, ven hoy cómo vacía su taquilla el tipo que cambió la Historia para siempre. Y nosotros, que a buen seguro habríamos estado dispuestos a poner aquella peseta que reclamaba Lola Flores para cubrir la diferencia entre la oferta y su demanda, vemos irse al niño aquel que un día se plantó el Bernabéu para hacerse mayor. Para hacernos a todos mayores. Se va y deja un legado, que es mucho más de lo que muchos jamás haremos. Y por el camino, mientras le vemos alejarse, pasan frente a nosotros, como en una cinta de súper 8, todas aquellas noches gloriosas que nos ha regalado en los últimos 16 años. Ya nadie jamás volverá a llevar el 4 como si fuera un cuatrocientos. Con su marcha no sólo se va un central que detuvo el tiempo una noche de mayo, sino que se acaban los mejores años de nuestra vida. Vuela alto, Sergio. Y vuelve pronto. 

13 jun 2021

Hacer planes. O mejor, no hacerlos.

A menudo nos afanamos en hacer planes como si esto sirviera de algo. Y casi nunca reparamos en que establecer un guión predeterminado suele ser el primer paso para incumplirlo. A corto plazo es fácil decidir. Tomar partido por algo cuyo efecto no va más allá de mañana es sencillo. Planear un fin de semana lo hace cualquiera. A medio, las cosas cambian, porque se introducen factores que a veces ya no están en nuestra mano. A largo, olvídate. Puedes tener una meta, un objetivo que te marque la pauta, pero tratar de establecer paso a paso los diferentes hitos que te llevarán hasta allí, la mayor parte del tiempo sólo traerá consigo frustración. No debes hacer planes si no tienes capacidad de adaptación. Ni tomar decisiones de cierta enjundia si no estás dispuesto a que la vida se ría en tu cara en algún momento del juego. 

En los últimos siete años, que he vivido en Estados Unidos, creo que he pasado por todas las fases que conlleva establecer una hoja de ruta. Desde la decepción hasta la sorpresa, pasando por la aceptación. He perdido la cuenta de las veces que le he dicho a alguien que jamás me quedaría allí. Del mismo modo que tampoco recuerdo cuándo fue la última vez que negué que regresaría a España para vivir aquí. No sé en cuántas ocasiones he pensado que mi decisión era definitiva, ni cuántas veces he aceptado que mi futuro a este lado del Atlántico simplemente no iba a existir. He conocido mujeres con las que pensé que me casaría, tendría hijos y pasaría el resto de mi vida. Y la vida siempre se ha empeñado en demostrarme que estaba equivocado. Que siempre hay un paso más. Y que este no siempre depende de nosotros. 

Hace unos años regresé a casa en verano y anuncié a bombo y platillo que había tomado la determinación de volver a España, a pesar de que aquí ya nadie me esperaba. Se lo dije a mis amigos más cercanos, convencido de que ese era el plan. Al retornar a Nashville, sin embargo, la cosa empezó a cambiar. Con el tiempo llegó una pandemia, y con la pandemia pasé un año y medio allí. Recluido. Mi perspectiva cambió, claro. Hasta el punto de que me di cuenta de que mi futuro, ese que hacía tiempo había confirmado pasar en la piel de toro, estaba allí. Por primera vez en mi vida acepté que mi familia no crecería al sur de los Pirineos. Que mis hijos hablarían inglés. Y que España, como Marina D’Or, sería mi ciudad de vacaciones

Y ya ves. Llegado a este punto, resulta que el destino me estaba poniendo a prueba una vez más. Demostrándome que hacer planes no sirve de mucho, porque en el fondo el control que tenemos de nuestra propia vida es limitado. Que en cualquier momento inesperado te suena el teléfono y lo que parecía blanco se convierte en gris. Y que el futuro, que parecía asegurado ya en the land of the free, igual me depara algo que jamás habría pensado. Así que aquí estoy, riéndome de mi ingenuidad cada vez que pronuncio una frase con pretensiones de eternidad. Y aceptando que por muchos planes que haga, al final siempre existe una variable de indeterminación que no puedo controlar. Haciéndome a la idea de que, una vez más, el universo ha tirado una moneda al aire y a mí sólo me queda esperar para saber si es cara o cruz. 


6 jun 2021

Nueva York.

Nueva York es una distopía en la que los coches regulan el tráfico a los semáforos y los edificios transitan entre las personas. Es como el libro de arena de Borges, que jamás muestra la misma página dos veces. Da igual cuándo vayas, la ciudad siempre es otra que te escupe y te devora. O al revés. Es inabarcable y tremenda, y parece que se repite, pero es mentira. De una calle a otra cambia de planeta y hasta de siglo. Es un universo paralelo construido sobre los restos de un damero hipodámico vertical. Un lugar donde la decadencia bebe Dry Martinis sola acodada en la barra de cualquier bar. La melancolía estética que destila contrasta con el perpetuo estado presente de su inagotable vida. Allí, el alba y el ocaso se confunden entre sí. Los días avanzan como un tiovivo de saldo que no puede parar de girar. Que no quiere dejar de rotar. En Nueva York no existe el futuro. Sólo cabe un ahora que se acaba de esfumar. El momento desaparece, se evapora por largas chimeneas naranjas que le dan el toque acre a la ciudad. El tiempo, que no es siquiera una forma de medida, trepa por escaleras de incendios huyendo despavorido hacia las llamas que habitan minúsculos espacios. Si la ciudad ardiera, ya nadie tocaría el arpa. Si se hundiera, la orquesta llevaría años durmiendo con los peces. Allí se va a soñar con otra vida paralela, aquella que nunca sucedió. En Nueva York es imposible no querer ser. Al llegar, ya nada queda en ella de uno mismo. Manhattan desafía la lógica espacial y redefine la duración del tiempo. En la Quinta, un segundo dura bastante menos que en París. Caminar por Park Avenue, sin ser Don Draper, es saltar en caída libre y esperar aterrizar de bruces en la cama. Algún día, dentro de siglos, Nueva York será nuestra Roma. Alguien tratará de descifrar el Empire State como si fuera la columna de Trajano y descubrirá que fuimos la nada. Hasta entonces, la ciudad seguirá encendida, alumbrando el camino de almas que vagan entre dos orillas sin saber que en Central Park apenas quedan patos. Ni sueños. 

25 may 2021

Roma.

Algo que uno aprende la primera vez que va, es que de Roma nunca se acaba de volver. Salir de ella es como tratar de regresar del otro lado del Leteo: imposible. Allí uno es alma errante, rodeado de fuentes repletas de monedas que esperan impertérritas que Caronte las recoja. Sus calles serpentean, sorteando ruinas a cada paso, rompiendo el eje del espacio y desafiando a la barrera del tiempo. Caminar por Roma es desembarcar en el Delorean y desear que nadie invente el plutonio en el futuro. El Tíber limita, casi hace frontera, con lo divino. La delgada línea que separa lo vivo de lo imperecedero. Al otro lado, tras el telón de la bohemia se esconde otra provincia del Imperio. En el Trastévere, que como una matrioshka pareciera ser una ciudad dentro de otra ciudad, es posible encontrarte entre semana a una mujer, sentada sola en medio de una plaza, emulando a Jacqueline du Pré y tocando el Concierto de Elgar un martes cualquiera. Nada resulta extraño en un lugar donde uno parece estar a las puertas del cielo. Un cielo que en el Panteón de Agripa se atisba inalcanzable entre medias de su cúpula. Bajo ella, en las noches de tormenta, la furia de los dioses ilumina por completo media esfera, dejando caer el agua en su interior. Ver llover desde dentro del Panteón es mejor que ver nevar por la ventana en Nueva York. Quien no ha visto un relámpago centellear desde allí dentro debe volver e invocar a Júpiter para que mande un rayo. En Roma, quien nunca creyó al menos dudará, aunque sólo sea por puro mimetismo. En ella caben todos, desde turistas despistados, a menudo fotógrafos improvisados del alma, hasta mujeres de hábito y hombres de alzacuellos. Allí lo eterno se bate en un extraño duelo con la prisa por la inmortalidad. Lo circunstancial no existe, pues en ella nadie es forastero. De ella venimos y hacia ella vamos. No hay pérdida. Una vez, en Roma, sabe a poco. Dos, sigue pareciendo insuficiente. Tres, es simplemente el paso previo a cuatro. Todas las demás ciudades del mundo son preliminares en comparación. 

30 abr 2021

Disfrutar la incertidumbre.

Como en las películas, todo empezó en Nueva York. Fue un 18 de octubre de 2013, a eso de las siete de la tarde. Nos hallábamos sentados en un McDonald's mangando wifi y bebiéndonos una coca cola en cuyo recipiente podríamos haber nadado unos largos. Probablemente nos estábamos comiendo unos nuggets; ya no me acuerdo. Teníamos las maletas al lado de la mesa y llevábamos puesta la boina no el beret, modernos de no haber cruzado nunca el charco. Y allí estábamos, disfrazados de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, en medio del que para nosotros, en ese momento, era el lugar más inhóspito del mundo y sin saber dónde íbamos a dormir esa noche. Nueva York era un monstruo feísimo enseñándonos los dientes con las mandíbulas desencajadas y, en vez de acojonarnos, nos dio por reírnos, pasarle la seda dental entre los molares y decirle que engullese a otros, que a nosotros no nos asustaba. Y así fue. Reservamos un hotel, caminamos Manhattan arriba, aparcamos nuestro equipaje en el Grace y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos haciendo cola en Burger Joint.

Lo cuento porque ese instante de desamparo es la mayor sensación de libertad que he experimentado en mi vida. Y porque es la primera vez que recuerdo, de manera consciente, disfrutar abiertamente de la incertidumbre de estar vivo. Mirar a los ojos de la duda y decirle, sin titubear y con mucha chulería: esta noche puedes echarme lo que quieras, que no te tengo miedo.

Desde que nacemos nos van poco a poco programando para que queramos tener todo bajo control. La ruta parece estar preestablecida casi desde antes de empezar. Nos convencen de las bondades de hacer planes y sentir que estamos a cargo de nuestra propia suerte. Así que claro, a la mínima que nos salimos un poco de la línea nos entran los soponcios, los disgustos y los ataques de ansiedad. Y alguien debería enseñarnos que no tiene por qué ser así. Que no pasa nada por escribir torcido de vez en cuando. Que la ausencia de certeza, a veces, esconde sensaciones maravillosas. Y que estar perdido en medio de la nada, sin saber dónde dormirás esa noche, puede ser, en ciertos momentos de la vida, la mejor manera de encontrarse a uno mismo. 


22 abr 2021

El penúltimo reducto de la infancia.

Pasan los años y las personas se van. Y en uno de esos portazos a la vida, queda la estirpe tambaleándose como un tentempié que no acaba de encontrar jamás el equilibrio. Miras al frente y cuando te quieres dar cuenta hacia atrás no queda nada. El pasado se diluye a la sombra de una parra en una casa rosa, mientras te ves clavando clavos en retales de madera con un martillo cuyo peso tus brazos apenas pueden soportar. La memoria se despeña haciéndose la indiferente, pues a ella el paso del tiempo no le afecta, recordándote aquellos fideos gordos que comías en la casa de la playa. Las partidas de mus que jugaba tu padre con tu abuelo. Los nísperos que colgaban del árbol de la esquina de la calle Esperanto. El melón al que operaba Florencio en la terraza. Las mañanas de verano en la piscina. Comer en la cocina del bar antes de que empezaran las comidas y esperar dos horas en casa hasta hacer la digestión. El futuro entonces no era más que una promesa y el tiempo estaba detenido entre la bruma de la monotonía veraniega. Pasó la vida y poco a poco empezaron a desaparecer los personajes de la historia. Uno a uno fueron dejándose caer del otro lado, llevándose consigo –algunos— una gran parte de mí. Con el tiempo se acabaron secando aquellos limoneros y al dominó se le perdió el seis doble. Y en aquella casa, donde siempre había sopa, sin importar la época del año, se acabaron de un plumazo los últimos días del Edén. Crecimos. Y con crecer fuimos desterrando vacaciones, cada vez más reticentes a despegarnos de los nuestros. Aquel mar que hacía juego con el edificio rojo del fondo dejó paso a los días raros. Elena, que así se llamaba el supermercado de la esquina, acabó echando el cierre y dando paso a un pub irlandés. El niño al que le colgaban los pies mientras bebía zumo de tomate natural sentado en la encimera, se acabó haciendo grande. Y nosotros, que entonces no supimos valorar lo que teníamos, miramos hoy con ojos de nostalgia cómo cae, por desgracia, el penúltimo reducto de la infancia.