23 may 2022

Sobre Mbappé y sobre el amor.

Algo que a menudo se ignora del amor es que se rompe. Que un día, de repente, las mariposas dejan de aletear en el estómago y se acabó. Miras una foto del pasado y descubres que no queda ni rastro de todo aquello que un día te atrapó. Comienza entonces una travesía que parte del escepticismo para llegar de nuevo a esa esquinita del tablero que dice cárcel, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las veinte mil pesetas. Le pasó a Bustamante cuando le dejó Paula Echevarría y nos está pasando a nosotros ahora que Mbappé ha decidido no romper con su ex después de meses dándonos las buenas noches a hurtadillas. Las peores relaciones, en el fondo, son aquellas que jamás terminan de suceder. 

Algo que hemos aprendido estos días es que Kylian tiene alma de folklórica. Y a mí eso me gusta. Se siente el centro de atención y lo disfruta, al igual que lo hacía Lola Flores. En este caso, sin embargo, en lugar de aquella pesetita, le ha caído del cielo un contratazo con más millones de euros que estrellas hay en el cielo. Juega bien sus cartas y jamás se cierra una puerta. Utiliza la callada por respuesta, que es la mejor forma de otorgar y dejarlo todo a la imaginación sin decir nada. Un poco como cuando estás en conversaciones prenoviales y ella te sonríe, como dándote a entender que si tienes suerte y se alinean los planetas, igual te toca algo. Pero no. A una flamenca no hay que creerla nunca. Y menos cuando te mira a los ojos y te dice que te quiere.

A mí en la vida se me ha acabado el amor unas cuantas veces. He dejado y me han dejado, y he seguido. Pero nunca se me había acabado el amor sin llegar si quiera a consumarlo. Me dolió que Cristiano encontrase a otra, pero lo entendí. No hay nada más monótono que acostumbrarse a ganar. Me ha dolido aún más que Mbappé no haya llegado a escogernos para ponerle los cuernos a su patria. Pero no le culpo porque en el fondo le entiendo. En esto del querer no hay nada escrito, excepto por aquel librito de Beigbeder que decía que El amor dura tres años, justo el tiempo que le hace falta a Kylian para darse cuenta de que, como decía Raphael, “como yo te amo, nadie te amará”. 

Y quién sabe, tal vez algún día volvamos a encontrarnos por la calle, salte la chispa y estalle el amor. Que por cierto, se encuentra justo a medio milímetro del odio. 


15 may 2022

Lo inmutable.

Algo que me llama mucho la atención siempre que regreso a casa es que lo esencial siempre permanece. Cambian los dueños de los bares, pero no los parroquianos, que en tres días reconquistan aquella barra que un día les fue propia. Se invierten los sentidos de circulación de las calles, a pesar de que la gente las sigue transitando como antaño, con sus bolsas de la compra y sus pesares cargados a la espalda. Con sus benditas cuestas imposibles. Algunos edificios caen mientras otros, más nuevos, decoran horizontes y engalanan el distrito sin fecha de consumo preferente. Pasan los años y se vota en elecciones. Y a veces se marchan los alcaldes, empero la ciudad sigue latiendo. Un tanto a la inversa de lo que decía Julio Iglesias. 

El que sale siempre es uno, y a menudo, el que regresa suele ser otro. La experiencia, el viaje, te distorsionan la mirada. Te retuercen la perspectiva sin piedad para que al llegar no reconozcas aquello que un día te fue propio. Le pasaba a Camba, aquella rana viajera a la que al volver a España todo le resultaba extraño. Y me pasa a mí cada vez que pongo un pie a este lado del Atlántico, que veo cómo los años van mudando el panorama lo justo como para que me dé cuenta de que, aunque cambie de manos el país, en el fondo seguimos siendo lo mismo. 

Una cosa que no cambia, por suerte, es la gente que te espera. La que sabe que regresas y hace planes para verte tan pronto saben las fechas de tu estancia. Amigos de toda la vida que siempre se alegran de verte y por los que no pasa el tiempo, por mucho que los años continúen desafiando al segundero. Algunos, ya casados, han dado a luz a una nueva generación que ya se une fugazmente a nuestros planes. Otros, a medio camino entre la nada y el futuro, observamos con ojos de ternura cómo se sientan al otro lado de la mesa. Y mientras ellos se entretienen con el pan y nosotros con verlos a ellos, deseamos muy fuerte poder volver un día a este lado —quién sabe si para siempre— para verlos crecer. 


8 may 2022

Vivir y recordar.

Una cosa que a menudo me chirría es esta obsesión reciente por inmortalizar el momento. El estar más pendiente de grabarlo que de vivirlo y acabar renunciando al directo para poder almacenar el diferido por una eternidad perecedera, como si hubiera algo de mágico en revivir algo que está pensado para ser consumido en el acto. Creo que fue Jabois quien contaba cómo un amigo suyo, en una reunión de colegas, había abogado por no hacer fotografías precisamente para que cada uno pudiera recordar ese momento a su manera. Y tenía razón. Por muy evocadora que sea una foto, su recuerdo jamás podrá sustituir al sentimiento que reinaba cuando aquella se tomó. No hay stories de Instagram que capture la verdadera esencia de un reencuentro con amigos. 

Con el amor pasa un poco igual. Hay gente que vive tan ofuscada con compartir su vida que al final se acaba olvidando de vivirla. Personas obsesionadas con decirle al mundo que están enamoradas, como si aquello fuese un requisito sine qua non, una condición constitutiva sin la cual en realidad no existe relación. Son, eso sí, los mismos que se abalanzan prestos a borrar cualquier recuerdo de un pasado en apariencia inexistente cuando aquello se acaba, confirmándole al mundo que donde hubo digo ya no hay Diego, como si sus cuentas fuesen el ¡HOLA! y sus vidas el embarazo de Chabeli. 

Algo que además se olvida con frecuencia es que, además, no todo es digno de ser inmortalizado o compartido. No todos los instantes que se graban con el móvil merecen tener un hueco en el rincón reservado a la posteridad. Y no todas las cosas que se comparten en redes sociales son siempre meritorias de difusión. Tal vez estaría bien que el teléfono preguntara, antes de grabar algo, si esa foto es digna de gastar una bala en un carrete y si realmente ese momento merece besar en los labios al futuro. Que nos recordase que lo que se ve en pantalla, aunque sea un vídeo que grabamos en directo, no es la vida real.

Es fácil: o vivir y recordar, o recordar sin vivir. Tú eliges. 


1 may 2022

El último bofetón de la Rosita.

Algunas décadas después de que la doña Rosita de Lorca se quedara soltera y la doña Rosa de Cela repitiera con fruición en su café que nos había merengao, nació mi madre, que también era Rosa y además María. Fue la tercera de siete y lo sigue siendo, porque en mi familia otra cosa no, pero tendemos a la longevidad, como si vivir muchos años fuese una aspiración vital y no tanto una cuita del destino. Mi abuelo —que en paz descanse, como le gustaba decir siempre a él— y mi abuela —que con ochenta y muchos aún no sabe lo que es el descanso— tenían un horno del que, a excepción de mi tío Paquito, sólo salían niñas, así que mi madre creció en un gineceo. 

Enrique San Francisco —que en paz descanse, como diría mi abuelo— tenía un monólogo en el que hablaba de las madres y decía que son el mejor invento del mundo. Mencionaba algunos principios básicos que tenían aprendidos de serie: el no arrastrar los pies, el mantener la habitación recogida, y el taparse la boca para no coger frío. Yo diría que las grandes batallas de la mía siempre han sido la del cuarto y el que no nos ahogáramos masticando algo. Esas, y aguantarnos a mi hermano y a mí cuando llegamos a casa en estado catatónico, que alguna vez ha pasado. 

Fue un mes de julio de hace muchísimos años. Como cada verano, nos íbamos a Torrevieja y había que salir pronto para evitar la dichosa caravana. Recuerdo que salí de casa con una botella de whisky y me prometí a mí mismo retirarme en hora, sin caer en la cuenta de que tan temprano son las dos de la mañana como lo son las siete. Vuelvo pronto, dije. No me llevo coche, recalqué. Acuérdate que a las seis y media salimos para la playa, me respondieron. Sí, sí, no os preocupéis que en un rato estoy aquí, concluí ingenuamente. 

Debían ser las cuatro y media de la mañana cuando me llamó por primera vez. ¿Se puede saber dónde coño estás? Que nos tenemos que ir y todavía llegas tarde. Algo así creo recordar que oí entre la música de la discoteca y el ruido de la gente. Aquel fue el primero de los tres avisos antes del descabello. A las cinco y pico me llamó otra vez. Y a las seis y algo me volvió a vibrar el bolsillo, pero ya no tuve valor a descolgarlo porque sabía que al otro lado se escondía el basilisco y era capaz de arrancarme la oreja de forma telemática. Estoy en un lío, pensé. Y aquel pensamiento fue la primera muestra de raciocinio de la noche.

Supe que la cosa no iba a acabar bien cuando, al subir el último escalón que separaba el interior de aquel antro de la calle, vi que era de día. No un día pálido ni timorato, no. De día, día. Con su sol en lo alto y su alegría veraniega. Con gente ya por la calle acercándose a las tahonas. Me subí en el coche de Pedro, que había aparecido por allí en algún momento de la noche, y doña Rosa la casada —con mi padre, concretamente— me llamó de nuevo para darme cuatro gritos y transferirme algún mensaje que no alcanzo a recordar de forma exacta, pero cuyo contenido venía a implicar que era un borracho y un descerebrado. Debían ser las siete de la mañana, o sea, una media hora más tarde de la hora inicial de salida.

Al llegar a mi casa entré por el garaje, y fue allí, en el tramo de escaleras, que me crucé con mi padre, quien con un gesto de asombro me miró y me dijo: “Ya te vale”. Avancé sigiloso hasta la cocina, donde me esperaba mi madre un poquito contrariada. Buenos días, le dije con una sonrisa, a lo que me respondió, sin mediar palabra alguna, con un bofetón que me puso a bailar. Tras ello, y en un ataque de dignidad, me subí a mi cuarto y me tumbé en la cama a dormir hasta que Pablo, que entonces no entendía nada, vino a despertarme para meterme en el coche. Pero eso es otra historia que contaré otro día.

Ella, que tiene mala memoria cuando quiere, se suele hacer la loca cuando hablamos de aquella mañana y omite interesadamente aquel bofetón, que por cierto fue el último. Y no porque no le haya dado motivos desde entonces. 


24 abr 2022

El día que Cavia salvó el Museo del Prado.

Es bastante conocido (o al menos yo lo he escuchado varias veces) que en octubre de 1938, en la noche de Halloween, un joven Orson Welles agarró el micrófono de la radio y, tomando por las solapas La guerra de los mundos (1898) de Herbert George Wells, creó el caos entre la audiencia estadounidense mientras narraba una invasión alienígena. Al parecer hubo radioyentes que conectaron en mitad del programa, sin escuchar la introducción, y creyeron que la tierra estaba siendo asaltada por una banda de seres intergalácticos. Algo así como La casa de papel, pero muchísimo más creíble. El público entró en pánico y montó una pajarraca tremenda, por lo que al bueno de Welles —léase esto con la voz de Eduardo Torres Dulce— no le quedó otra que pedir perdón a todos aquellos que se la habían tragado por completo, confirmando así que cada época tiene sus ofendiditos. 

Antes de que don Orson armase el taco americano, sin embargo, en España hubo un pirómano —de fogueo, claro está— que quemó el Museo del Prado. Ocurrió el 25 de noviembre de 1891. Fue en una crónica de El Liberal titulada “Incendio del Museo de Pinturas”. En ella Mariano de Cavia, ataviado como un reportero bombero, narraba con todo lujo de detalles cómo el fuego se había iniciado en una de las dependencias del museo donde los empleados usaban fuego para cocinar con total ligereza, como si preparar el pilpil mientras se analizan Las Meninas no fuesen cosas compatibles. 

El artículo, muy serio pero muy irónico, contaba cómo el Ministro de Fomento, el señor Linares Rivas, había resultado herido en un hombro tras haber entrado a tratar de extinguir el fuego. Al final, eso sí, reconocía que todo había sido una mentirijilla y que aquello era la crónica de algo que podría suceder de no tomar el Gobierno las medidas oportunas: “Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado”. Una revelación que según La dinastía, un periódico de Barcelona, llegó un poco tarde, pues según publicó en su edición del 30 de noviembre, “Casi nadie tuvo paciencia para acabar de leer el artículo y por ende casi nadie se enteró al primer pronto de la clave”. Y claro, pasó lo que pasó.

Al parecer, según cuentan algunos medios de la época, no fueron pocos los curiosos que se acercaron disfrazados de Nerón con su arpa a ver arder el museo. La voz del incendio fue corriendo de boca en boca y quien más y quien menos pensó que aquello era el final de la pinacoteca. La crónica no fue muy bien recibida por otros medios contemporáneos más conservadores, quienes se apresuraron a buscar el frasco de las sales para tratar de calmar los jipidos. El correo militar del 26 de noviembre se lamentaba de lo que consideraba una “humorada, de muy dudoso gusto”, al tiempo que lo tildaba como un “pifia del escritor y del periódico”. Mientras, La unión católica, del mismo día que la publicación de Cavia, clamaba amargamente que El Liberal había “llevado la alarma a infinidad de suscritores suyos y a otra infinidad de personas que escuchaban las referencias de los lectores de dicho periódico”. Por supuesto, aludía a cómo el periódico infractor había “dado un mal paso, no ya solo en el orden moral, que esto es lo más importante, no solo en el orden jurídico […] sino hasta en el orden de sus intereses”. Reproches, todos estos, que como era de esperar no se convertirían en disculpas cuando días después se empezaron a tomar medidas concretas para evitar una hipotética tragedia.

Al día siguiente del ignífugo suceso, en la portada de El Liberal, Cavia publicó otro artículo titulado “Por qué he incendiado el Museo de Pinturas”. En él habló de los diferentes incendios y catástrofes que se habían ido produciendo por la geografía española y sobre los cuáles la prensa sólo pudo poner el certificado de defunción. El texto, después de explicar sus razones y hacerse eco de ciertas reacciones, terminaba diciendo: “Ayer hubo gentes que lloraron… por lo que tiene facilísimo remedio. ¿No es esto mejor, y más sano para la patria, que llorar por lo irremediable? Hemos inventado una catástrofe… para evitarla”. 

Y así fue como Mariano de Cavia, usando la palabra por manguera, apaciguó el falso fuego y salvó al Museo del Prado de las hipotéticas llamas. 


19 abr 2022

Diario de un impostor - VI.

Lo escribo aquí porque en algún lugar tendré que dejar constancia de que aquí sigo. 


La semana pasada volví al gimnasio. Lo hice mitad expectante mitad acojonado, un poco como Indiana Jones cuando tiene que cruzar el vacío para llegar hasta el grial. Regresé como quien vuelve al lugar del crimen porque ha perdido el DNI, con la esperanza de que siga allí, entre los restos, y me di cuenta de que quien tuvo, efectivamente, no siempre retuvo. Unas pesas por aquí, unas pedaladas por allá, y poco a poco, aunque no como antes, comencé a sentirme bien. Parece que el cuerpo empieza a despertar de su letargo y responder. Ya sé que de momento no voy a subir el Tourmalet en la Espada de Induráin. Pero es que tampoco me hace falta. Nací horondo y moriré siendo un tirillas gordo. 

Más cosas. Algo que no venía en la descripción de la enfermedad es el miedo. El miedo a que quizás el diagnóstico haya sido equivocado y que en realidad me esté consumiendo como un Marlboro en una sobremesa con algarada. No aparece en ningún lado y nadie te habla de él, pero añade unos cuantos kilos más al subir las escaleras. Paraliza bastante, sobre todo cuando tienes el día malo y por mucho que lo intentes no te alcanza la cabeza para pensar con la razón. A veces, la diferencia entre estar enfermo y sentirse enfermo es tener conocimiento de la enfermedad. Se puede vivir sin saber que los nervios están apagados o fuera de cobertura. Y no pasa nada. 

Hace unos días me entraron las prisas. De pronto, tras dos años sin saber muy bien si voy o vengo, me di cuenta de que la llevo cagando una temporada larga. Ni tesis, ni conferencias, ni artículos, ni nada. Complacencia, más bien. Y mucha. La de un idiota que se piensa que lo va a solucionar todo a última hora con un golpe de suerte. Y no. Así que, tras llevarme un soponcio, decidí hacer examen de conciencia y  resolví tratar de revertir la situación lo antes posible. El problema, claro, es que no se puede recuperar en dos semanas lo que se perdió en dos años. Así que a partir de ahora me parece que no me va a quedar otra que ponerme, de una santa vez, a demostrar si realmente quiero lo que se supone que me importa. Veremos. 

El jueves pasado, sin saberlo, enseñé la que podría llegar a ser mi última clase en Vanderbilt. Es posible que no lo sea. Pero por un momento, esta mañana, mientras esperaba sentado en un pupitre a que llegara la gente para hacer sus presentaciones, me ha dado por pensar que quizás haya empezado el fin de una era. Y no es que me asuste el futuro, ni mucho menos, pero no puedo evitar mirar hacia atrás y sentir una cierta nostalgia de la primera vez que cogí una tiza en Nashville. Tenía cinco años por delante y ninguna idea de lo mucho que me iba a cambiar la vida en este tiempo. Enseñe o no, empiezo a estar en el tiempo de descuento de este doctorado que nunca quise hacer y, de algún modo, he acabado haciendo.

La última. El 5 de mayo aterrizo, por fin, en España. Y como es la primera vez que vuelvo a casa desde mi resurrección, no pienso dejar de celebrar la vida. Como diría Alonso Quijano, “¿A mí leoncitos, y a tales horas?”. Pues eso, que habrá que vivir. 


17 abr 2022

La tesis no puede esperar.

Quizás porque yo no la tengo, algo que siempre he admirado en el resto es la disciplina. Esa capacidad de decidir que vas a hacer algo y realmente hacerlo, sin más, sin buscar excusas ni terceros pies al gato de la pereza; como si la mayor parte de las cosas se hiciera por ciencia infusa y no tanto por un ataque de tenacidad. Confieso que desde hace años sufro del mal de la galbana, que me impide trabajar una hora seguida sin aventurarme a quitar el polvo de la estantería o vaciar el friegaplatos. Así, mi casa nunca está más impoluta que cuando tengo que estudiar, hasta el punto de que a veces pienso que si yo hubiera sido opositor a notarías, a buen seguro habría acabado montando una empresa de limpieza. 

Algo que siempre he observado con una cierta desconfianza en los demás es el despilfarro del talento, es decir, cuando a una capacidad extraordinaria para hacer algo no le sigue una gran fuerza de voluntad. He visto gente desperdiciar oportunidades fantásticas por no tener la cabeza lo suficientemente bien amueblada. Genios en lo suyo que se han conformado con un seis cuando podrían haber tenido un diez. Nunca los he entendido. Tal vez porque siento que en el fondo soy uno de ellos. Un vago que durante años ha sobrevivido con lo mínimo, con una pátina de brillantez suficiente como para que el mundo no se dé cuenta de la realidad, mientras en el fondo soy consciente de que me falta algo. 

Resulta complicado destacar cuando a la esclavitud del perfeccionismo se le une el yugo de la complacencia. Y el problema es aún peor cuando uno es consciente de ello, cuando sabiendo que existe la dificultad, es esa misma flojera la que le impide tomar cartas en el asunto. Lo dijo Larra al final de su “Vuelva usted mañana”, que de tantas noches como estuvo tentado de ahorcarse, ninguna lo hizo y fue por pereza (a pesar de que con el tiempo y por desgracia acabaría venciéndola). Es posible que sea más sencillo pensar en hacer las cosas que hacerlas, de la misma manera que uno puede continuar buscando excusas sine die para justificar la falta de rigor. 

Todo esto lo cuento, porque esta semana, de repente, he tenido una revelación y me han entrado las prisas. El caso es que, después de un bofetón merecido e imaginario, me he dado cuenta de que si quiero seguir jugando a este juego, no me queda otra que llevarme la contraria y ser sincero: la tesis no puede esperar. Y yo, a estas alturas, tampoco. 


10 abr 2022

Aviones.

Hay una extraña paradoja en los aviones. Por un lado representan el progreso, capaz de llevarte al fin del mundo en apenas unas horas. Y por el otro son una vuelta al siglo pasado, pues desde que se cierran sus compuertas —salvo que uno tenga la necesidad imperiosa— se pierde todo el contacto con el mundo que queda a nuestros pies. Ahí arriba no existen más problemas que los que ya estuvieran acuciando al momento del despegue. Si algo sobreviene, hay una dilación en el conocimiento que se prolonga desde que se da la novedad hasta que el tren de aterrizaje toca tierra. Volar, por tanto, no sólo es desplegar las alas; también es entrar en una cápsula del tiempo donde la actualidad se detiene y el mundo se para. Algo impensable en esta época frenética.

Una cosa que me gusta de los viajes largos en avión —transoceánicos todos ellos para mí— es que sé que voy a ser capaz de leer sin la constante vibración del teléfono. Que durante al menos ocho horas no habrá notificación alguna que distraiga mi frágil atención y podré pasar las páginas sin la ansiedad de preguntarme si me estaré perdiendo algo. Ahí arriba, sea lo que sea lo que ocurra, la vida puede esperar. Entre las nubes no sólo no se reciben mensajes, sino que el hecho de saber que no se recibirán, la anulación de la expectativa, contribuye a una paz que rara vez se alcanza a pie de calle. 

A lo largo de los últimos ocho años, en los que he tenido que leer infinidad de páginas por obligación, he aprendido a valorar los momentos en los que puedo leer por placer. Cuando me subo a un avión, aparco las gafas de crítico literario y cultural, y leo sin pretensiones, sin preguntarme los porqués y sin necesidad de tomar notas con las que repensar el libro y moldear un potencial artículo. Cuando entro en la cabina y me siento, por tanto, no sólo apago el teléfono y me aíslo del mundo, sino que además desconecto de mí mismo. Por unas horas dejo de ser un estudiante de doctorado que escudriña por defecto todo lo que ve, lee o escucha. Descanso de lo que soy. 

Volar, para mí, no sólo es una forma de transportarme de Madrid a Nashville y viceversa, sino que es una oportunidad perfecta para deshacerme del yugo de lo académico sin remordimientos. El viaje me permite retrotraerme a un pasado remoto donde era capaz de leer un libro o ver una película sólo por el mero disfrute de hacerlo. Así, a no sé cuántos mil pies de altura no sólo desaparece el ruido de la Academia, sino que hasta el silencio suena diferente.


3 abr 2022

Las ganas de volver.

Por no hacer mudanza en su costumbre, que decía Garcilaso, me he pasado media vida resistiéndome a adquirir ciertos hábitos que tras tantos meses fuera han acabado por injertar mis propios usos. Una de mis obsesiones a lo largo de los últimos ocho años ha sido tratar, por todos los medios, de conservar mi esencia. O sea, permitir que lo que permee de lo que me rodea sea lo justo para añadir a lo que había, pero sin sustituir nada de lo que ya estaba. Y es difícil, la verdad.

Día tras día, año tras año, he ido descubriendo cómo vivir fuera de España me iba poco a poco cambiando. Como una gota constante, la lejanía ha ido horadando de forma casi imperceptible mi identidad y convirtiéndome en un híbrido cultural que ya no pertenece a ningún lado. Mis raíces siguen —y seguirán siendo siempre— las mismas, pero de tarde en tarde aparecen brotes nuevos que indican señales del inevitable cambio. 

Uno de mis miedos principales siempre fue perder la lengua, empezar a olvidar las palabras que algún día me fueron propias. Si escribo cada domingo es, en cierta medida, por obligarme a ejercitar el diccionario mental que fui componiendo a cada paso. Si rechazo incorporar anglicismos a mi vocabulario no es por desprecio ni por ingenuidad lingüística (sé que la pureza no existe y que el lenguaje cambia), sino por un ejercicio de resistencia cultural y un fuerte apego a la tierra donde enraízan mis recuerdos. 

Algo que no suelo contar con frecuencia es que desde hace algún tiempo he dejado de creer que estoy aquí de paso. He asumido que lo más probable es que me quede y España sea esa Ítaca de excesos a la que regresar de vez en cuando. Una casa a la que volver siempre como el hijo pródigo, donde poder re-abrazar unos orígenes que me persiguen vaya donde vaya. 

Dicen los cursis que la única constante en la vida es el cambio. Pero es mentira. Lo único que realmente permanece, pase lo que pase, son las ganas de volver. 


27 mar 2022

La distancia.

Existen, en vivir en la distancia, pequeños momentos de felicidad inadvertida que resultan imperceptibles para el ojo que no ha vivido lejos. Hace poco, por ejemplo, me encontré sin esperarlo en la alacena con una lata de pimientos de piquillo que venían en uno de esos cargamentos llenos de amor que me llegaron durante la pandemia. Cajas de cartón envueltas en kilómetros de celofán con denominación de origen mi casa y que me ayudaron a paliar la sensación de aislamiento causada por el cierre de fronteras. Pequeños reductos de civilización que mi familia, y sobre todo mi madre, se empeñaron en hacerme llegar ante la difícil empresa del regreso. 

No son éstas las únicas alegrías que alberga la vida al otro lado del Atlántico. Algunas veces, cuando menos te lo esperas, encuentras entre la ropa una prenda que, por alguna razón aún no has usado, y sigue oliendo a lo que sea que huele tu casa. Otras, una pastilla de jabón Magno que permanecía escondida, esperando su momento para alegrarte el día. Parecen cosas nimias, pero la semana pasada me sorprendí a mí mismo pegado a unos calcetines —limpios, claro está—, olisqueándolos como quien acerca la nariz a un ramo de rosas. Y decidí, tras imbuirme de ese aroma, conservar el paquetillo en un lugar seguro en lugar de deshacerlo y calzármelo en los pies. Como si con no ponérselos fuese suficiente para viajar en el espacio.

Una cosa, sin embargo, que no aparece en el haber de la distancia son los sacrificios silenciosos. El nudo en la garganta de mi madre cada vez que cerramos juntos la maleta la noche antes de irme. El viaje al aeropuerto con mi padre poniendo buena cara, deseando un viaje agradable y un “vuelve pronto, hijo”. El mensaje de mi hermano antes de despegar con un “Te quiero, cabrón”. Las llamadas culpables entre semana preguntando si ando liado, si he comido bien, si está todo en orden. La fe de vida, al fin y al cabo. Gestos, todos ellos, que encarnan la paciencia del que espera algo, no se sabe muy bien qué, que me lleve de vuelta para poder sentarnos todos juntos a comer paella los domingos y escucharme refunfuñar sobre cómo a Rosita se le ha quemado el pan. Otra vez.