15 ene 2023

Diario de un impostor - VII.

Lo escribo aquí porque en algún lado habrá que contar todas estas cosas. 

Hace unos días regresé de España. Volví como siempre, con la maleta a cuestas y la tesis sin escribir. Cuando me iba me dio por pensar que tal vez esta sea la última vez que tengo que volver aquí. Estamos en enero y no sólo no tengo trabajo, sino que a estas alturas tampoco hay mucha perspectiva de encontrarlo. Por primera vez en los últimos seis años no sé dónde estaré el próximo agosto. No es bueno ni es malo, es raro.

Una idea. En diciembre estuvimos en Sevilla y me pareció que era una sucursal del Cielo en la Tierra. Suena cursi, pero qué ciudad. Qué manera de entender la vida.

El sábado por la mañana fui a la compra y me crucé con un tipo que iba por la calle con un pantalón de pijama y unas chanclas, sin calcetines, a dos bajo cero. Al llegar al supermercado di con una señora obesa que llevaba un carrito eléctrico típico de nonagenarios en Benidorm. Estaba dando marcha atrás en el pasillo de los cepillos de dientes y sonaba un pitido intermitente para indicar la maniobra. Me pareció una escena ridícula, casi patética. No sé muy bien por qué, pero estoy experimentando el shock cultural de forma mucho más chocante este viaje que en todos los anteriores. Es como si ya no perteneciera a este sitio. Quizás es porque en mi cabeza ya he empezado a irme de Nashville, del sur. Lo que no tengo claro es a dónde.

Un hecho. Siempre que regreso a este lado dejo de usar colonia las primeras semanas. La razón es que cuando llego mi ropa está lavada y planchada por mi madre y sigue oliendo a mi casa. Así que trato de alargar la sensación lo máximo posible e intento usar alguna prenda nueva cada día para poder imbuirme de ese olor tan especial a suavizante.

El jueves leí esta entrevista que Loreto Sánchez Seoane le hizo a Ray Loriga donde contaba que le habían extirpado un “tumor benigno pero mortal”. Me sentí muy identificado con su reflexión, particularmente con la parte que dice que cuando te libras de la muerte, de repente “Lo grave pasa a ser lo importante, lo importante ya es sólo relevante y lo urgente sólo es apresurado”. Y es verdad. La ventaja de no morirte tras pasar algo así no es sólo seguir viviendo, sino tener una perspectiva privilegiada de la vida.

Un momento. Al final de El Golpe, Johnny Hooker (Robert Redford) le dice a Henry Gondorff (Paul Newman): “You are right, Henry. It’s not enough… But it’s close!”

Siguiendo con Ray Loriga, en el avión de regreso leí Caídos del cielo y me quedé con una frase (de muchas) grabada: "Como todo conductor experto, sabía que un solo momento de distracción podía resultar fatal, pero es que eran unas piernas preciosas”. Mientras lo leía pensé que me gustaría enseñarlo en mi próxima clase. Después caí en la cuenta de que no sé si llegará a haber una próxima clase.

Una reflexión. A pesar de lo que pueda parecer, la peor parte del jetlag no es el sueño, sino el hambre que te asalta a traición. Te despiertas a las 3 de la mañana y de pronto tienes unas ganas de comer inexplicables. 

La última. En mi vida siempre se suele repetir un patrón. Primero decido hacer algo. Después cambio de opinión. Más tarde, por fin tomo una decisión que asumo como definitiva. Y justo cuando ya la tengo, sucede algo que me cambia los planes por completo. Hace tiempo que tomé esa decisión definitiva, así que aquí estoy, esperando a ver qué me tiene preparado esta vez el destino.


31 dic 2022

Despedida y cierre.

El uno de enero, mientras veía la Marcha Radetzky en la tele, se me ocurrió que igual era buena idea, ya que nadie me había dado la oportunidad de hacerlo en un medio ajeno, de escribir una columna cada domingo en mi blog. Así que, como no sabía dónde me metía, me propuse publicar unas cuantas palabras cada semana, a ver si así algún ojeador de estos que tienen los periódicos —es tal mi desconocimiento que imagino que funcionan como un equipo de fútbol— se fijaba en mí y me dejaba debutar. El resultado es que al final he acabado escribiendo 52 textos (contando este) de diversa factura y no tiene pinta, a 31 de diciembre, de que ningún medio me vaya a invitar a formar parte de su cohorte de plumillas. Otra vez será, Miguel.

Mentiría si dijera que me ofende que no me hayan llamado, pues en el fondo siempre he sido consciente de que la mayoría de estas entradas se corresponden más con un diario personal que con una tribuna periodística. Juro que lo he intentado, pero me resulta casi imposible escapar a la vis atractiva del yo. No tanto porque no me guste todo aquello que no concierne a mi propio ser, sino más bien porque no sirvo para escribir del resto. No sé muy bien si lo que escribo pertenece a algún género o si es un género en sí mismo —un montón de papeles—, pero sospecho que sea lo que sea no tiene cabida en cualquier otro panfleto que no sea el mío. La divulgación de uno, al final y al cabo no es divulgación sino confesión, incluso cuando, como aquí es el caso, muchas veces se hace en clave.

Una cosa que he aprendido en todo este tiempo es que para escribir es fundamental ser capaz de abstraerse de las propias circunstancias, aunque siempre acabes abusando del mí, me, conmigo. Vamos, que algunos días las palabras no salen porque la vida no fluye. A principios de año, con apenas media columna publicada, me hicieron creer que me estaba muriendo bastante antes de lo que me gustaría. Ese domingo, no obstante, publiqué algo que no tenía nada que ver con mí mismo. Fueron varias, de hecho, las semanas que tardé en descubrir que fuese lo que fuese lo que me pasara, no parecía ser algo tan mortal. Y lo agradecí, claro, porque estoy en una época de mi vida cargada hasta los topes de expectativas y cambios, y para qué engañarnos, ahora mismo me viene fatal morirme. 

A quienes pasaron por aquí en algún momento de este año o de los últimos 10: gracias. A quienes lo hicieron suyo y me respondieron, a los que se pasan por Instagram, a los que lo comparten, a los que piensan que es una pérdida de tiempo: gracias. A pesar de que escribo porque me gusta, sería injusto decir que no lo hago para que me lean, de otro modo todas estas palabras permanecerían olvidadas en cualquier cajón. Después de una década y más de doscientas cuarenta entradas, creo que ha llegado la hora de poner montonesdepapeles en stand-by al menos hasta que defienda la tesis, que a pesar del ínclito título de esta saga, ya no puede esperar más. O eso creo.

Feliz 2023. Y feliz vida.



29 dic 2022

La vieja parca florentina.

Hace muchos años, en un viaje de estudios del colegio, puse los pies en Italia, que ya por aquel entonces no era tierra ignota para mí. Estábamos en Florencia y de algún modo, no sé si antes o después de visitar las tumbas de los Medici, acabé perdido entre los puestos del mercado de San Lorenzo, que rodeaba los albores de la iglesia donde se hallaban los sepulcros. Fue allí, paseando en sus puestos como en un bazar gigante, donde di con un tipo que vendía ropa con motivo militar y me compré una parca verde, con banderas de Alemania en cada una de las mangas a la altura de los hombros. El precio fue irrisorio, no sé si antes o después de negociar pagué veinte euros. Y a día de hoy sigue en mi armario.

La parca es una parca cualquiera, no tiene nada de especial. Lleva una especie de forro como de borreguillo verde por dentro que se quita y se pone en función del frío que haga. Si llueve, te empapas, porque en lugar de repeler el agua lo absorbe, deja que la lluvia le cale hasta los huesos que no tiene. No es una pieza de diseño, ni parece especialmente resistente, pero ahí sigue conmigo. Ha sobrevivido a 4 mudanzas y a las constantes fluctuaciones de peso de su dueño, que no han sido pocas. En ocasiones me ha costado abrochar la cremallera, porque el invierno a veces no perdona a quienes llevamos años cultivando ese proyecto de barriga. 

No es que haya puesto demasiado empeño en su mantenimiento, pero lleva conmigo casi 17 años y sigue igual que el primer día. Quizás porque no la uso a diario o porque no siempre que la veo estamos en invierno, ha aguantado tanto tiempo. No sabría decir exactamente cuál es la metáfora que alberga todo esto, pero creo que tiene que ver con el cuidado y la paciencia. Ocurre con las cosas y también con las personas. Hay veces que simplemente hay que estar ahí, sin más, colgado al fondo del armario esperando a que llegue tu momento. Disponible para dar un abrazo cuando llegue el frío.

27 dic 2022

Mujeres de las que me enamoré en el cine.

Me ha pasado muchas veces porque soy de naturaleza enamoradiza. Veo una película o leo un libro y acabo poniendo ojitos a alguna de las personajes que aparecen. Me pasó con Cameron Díaz en Algo pasa con Mary siendo yo muy pequeño y lo corroboré con Jennifer Connelly y su Deborah en Érase una vez en América la primera vez que la vi con diez años, en la Semana Santa del 99. Supongo que debió ser por esa época que descubrí, no sólo que me gustaban las chicas, sino que además me gustaban las chicas guapas, algo que me temo no ha cambiado desde entonces. 

Hace algunos años, viendo El apartamento, me di de bruces con aquella ascensorista que interpretaba Shirley MacLaine y me pareció que tenía la cara más dulce que había visto jamás. Una belleza comparable tal vez a otra de mis grandes musas cinematográficas, Nola Rice, o lo que es lo mismo, el personaje que interpretaba Scarlett Johansson en Match Point. Aquella rubia, extremadamente sexy, a ratos mujer fatal, me hizo cuestionarme muchas veces el papel del personaje de Rhys Meyers, cuya decisión en la cinta nunca terminé muy bien de entender. En caso de duda, la guapa siempre, Chris.

Todas estas chicas de las que me enamoré en el cine, sin embargo, no podían compararse a la atracción que, por alguna razón que desconozco, pues no es mi tipo, despertó en mí Keira Knightley en Last Night. Hay algo en Joanna, una escritora de talento desaprovechado que huye de vez en cuando mentalmente a esa otra vida que podría haber tenido, que me resulta magnético. Es posible que sea su acento británico, o una elegancia de otro tiempo, o quizás su forma de fumar sentada sobre la encimera de la cocina. Hay algo en ella, sea lo que sea, que durante la hora y media que dura la película hace que fantasee con romper y cruzar la cuarta pared. 

Aun a riesgo de que una vez dentro me diga que lo siente mucho, pero que no soy su tipo. Que podría pasar.


22 dic 2022

El décimo.

Mi abuelo —que en paz descanse, como le gustaba decir a él cada vez que hablaba de un difunto— compraba siempre en el mismo sitio, un supermercado mayorista donde se abastecía para el restaurante. Iba allí casi a diario y siempre repetía la misma secuencia: entraba, llenaba el carro, y mientras pagaba le daba las llaves del coche a uno de los gorrillas de la puerta que se llevaba la compra y la colocaba todo en el maletero. Al acabar, cada día tenía lugar la misma transacción: él le devolvía las llaves del coche y el abuelo le daba una propina por ayudarle. 

Aquellos tipos, que nunca supe cómo se llamaban ni de dónde eran, pasaron años echándole una mano, especialmente cuando era ya mayor y cargar palés de cerveza no era lo más apropiado para un señor octogenario. Mi abuelo, que era bastante guasón, bromeaba con ellos y les decía que mi abuela le había dicho que era un roñoso y que tenía que subirles la propina, que aquello que les daba no era suficiente por echarle un cable a cargar todos aquellos víveres. 

Lo que mi abuela no sabía (creo), y yo descubrí en aquellos viajes al super en los que hablábamos de todo, es que cada año, cuando llegaba la Navidad, Macario —que así es como nos llamábamos el uno al otro— siempre les daba un sobre a cada uno de los dos gorrillas. En él, además de ser algo más generoso en sus dádivas que de costumbre, aun a riesgo de que tocase y tuviera que buscarse nuevos socios que le ayudasen a meter la compra en el coche, siempre incluía un décimo de lotería con el mismo número que él jugaba. 

Y yo, no sé por qué, cada 22 de diciembre me acuerdo de aquellos tipos a los que nunca les tocó la lotería, pero jugaron durante años un décimo con aquel señor del bigote que tal vez soñaba con sacarles de pobres. 


18 dic 2022

Los mejores años de nuestra vida.

El día que me dieron las notas de cuarto de primaria, apenas un mes después de hacer la comunión, mi padre se sacó de la cartera una cuartilla con letras moradas que decía algo así como “Formulario de solicitud de socio” y tenía un escudo redondito en una esquina. Era junio del 97. Hasta entonces me había llevado al Bernabéu cinco veces, la primera a un Madrid-Barça de la temporada 95-96 que empatamos a uno, y alguna de las otras cuatro —que ya no alcanzo a vislumbrar en la memoria— a ver a un Betis al que goleamos y donde recuerdo que jugaba Roberto Ríos. Aquel fue el año del doblete del Atleti, y a pesar de que hubo gente en el recreo que cambió la elástica de Raúl por la de Kiko Narváez, yo me mantuve firme en mi empeño de ser madridista. Al fin y al cabo ya tenía una bufanda morada que él me había comprado en mi debut como hincha y un jugador favorito, Michel, cuyo número había yo heredado en mi camiseta del AD Castilla. 

El Madrid es, junto con mi familia más directa, lo único en esta vida a lo que yo le he guardado una lealtad inquebrantable. En todos estos años he cambiado de novias, de universidades, de amigos y hasta de país, pero nunca, jamás, se me ha pasado por la cabeza cambiar de equipo. Ha habido noches gloriosas, algunas de ellas en casa y otras en el estadio, que he tenido la suerte de compartir con la gente que más quiero. Momentos de esos que no podría yo explicar lo que se siente, porque al fin y al cabo los sentimientos comienzan donde acaban las palabras. Y también ha habido alguna de esas tardes desastrosas en las que deseé que no me importase tanto algo que tantos nunca entendieron. 

En septiembre de este año se cumplieron 25 años de la temporada en que mi padre me hizo socio del Madrid, y ayer, después de mucho tiempo esperando este momento, Juan Antonio Corbalán me estrechó la mano y me dio mi insignia de plata. Como no podía ser de otra manera, bajé con don Miguel, que sentado entre el público vio —o intentó ver— cómo, después de un cuarto de siglo, la estirpe madridista continúa intacta en la familia. Lo que no sabe, claro, es que mientras esperaba en la fila a que me la entregaran, lo único que pude pensar fue que ojalá la vida me deje acompañarle yo a él cuando dentro de 14 años haga 50 de socio y le pongan la insignia de oro.


4 dic 2022

Una cinéfila Navidad.

Mañana me voy a España, así que para mí comienza oficialmente la Navidad. Es curioso, pero desde hace años vivo con la extraña sensación de irme de vacaciones a casa. Como si hubiera algo de exotismo en volver a convivir con mi familia durante unos días después de haberlo hecho más de media vida juntos. Crecer, supongo, es aprender a emocionarse por algo que hasta hace cuatro días había sido cotidiano. Ser capaz de valorar las cosas antes de empezar a echarlas de menos. La propia Navidad, sin ir más lejos, nunca fue mi época del año, pero desde que vivo fuera cobró un sentido de reencuentro. 

Estos días, entre maletas interminables que se hacen a lo panenka y se acaban en el tiempo de descuento, siempre me da por pensar en el cine. Me acuerdo de todas esas películas en las que se refleja este momento del año y pienso en Jorge Sanz y Gabino Diego, Roberto y Alberto en Los peores años de nuestra vida, subiendo un árbol de Navidad gigante por las escaleras de una casa de Madrid mientras María, Ariadna Gil, les ayuda a dar el último empujón de camino al estudio del profesor Tristán. Recuerdo, porque quién podría olvidarlo, esa Gran Vía de Madrid contada por Garci y pienso en Germán Areta paseando por Nueva York antes de que empiece a sonar la trompeta de Gene Ammons al final de El crack mientras veo rascacielos pasar por la pantalla. 



La Navidad, para mí, es la terminal de llegadas del aeropuerto de Heathrow. Es Kevin McCallister hospedado en el Hotel Plaza y caminando por Central Park con un gorro con pompón. Es Plácido desesperado, subido al motocarro y haciendo virguerías por poder pagar la letra por toda la ciudad. Es Pepe Isbert en la Plaza Mayor de Madrid preguntando dónde está Chencho. Es Leo Di Caprio interpretando a Frank Abagnale Jr. y llamando al detective Carl Hanratty, Tom Hanks, la misma noche del 25 de diciembre porque se siente solo y sabe que es la única persona con quien hablar. Son Gremlins campando a sus anchas destrozando la ciudad porque Billy le da un trozo de pollo a Gizmo cuando tiene hambre más allá de la medianoche. Y son, sobre todo, esos días en los que suelo sentirme tan querido por gente a la que apenas veo el resto del año que, a veces, tengo la sensación de que mi vida es, en realidad, una película.


2 dic 2022

Reivindicación de lo inútil.

En esta época del big data y los numerazos gordos, en la que cada gránulo de información encierra un misterio que, pasado por los filtros adecuados, puede llegar a convertirse en un elemento productivo, vengo a reivindicar el conocimiento inútil. Es decir, todo aquel dato que nuestro cerebro alberga y no sirve para otra cosa que no sea ganar una partida de Trivial. La culturilla general, que se decía antes. La filosofía en el sentido etimológico del término, y no tanto el encontrar una utilidad inmediata a ese granito de sapiencia. Conocer algo por el mero hecho de conocerlo, y no porque en un futuro próximo vayas a meter esa gota de sabiduría en un fondo a plazo fijo para que te traiga un rendimiento monetario calentito. 

Reivindico los datos inservibles, las estadísticas que tu cabeza almacena sin tú siquiera saberlo, las fechas de acontecimientos históricos que no recuerda ni la Wikipedia, pero que tú, por algún motivo difuso, eres incapaz de olvidar. Los versos que aprendiste en el colegio y que campan desde entonces a sus anchas entre axones, esperando a que les llegue el momento de ser declamados una noche cualquiera entre tragos de ginebra con extraños. Las batallitas que nadie conoce y a nadie le importan porque a nadie le sirven excepto a ti, que de pronto encuentras el momento de añadirlas entre amigos como una imperecedera coletilla. 

Ahora que todo tiene que tener un valor económico, que ya no queda un ápice de amor al arte y que el mundo gira en torno hacia la más espantosa especialización, vengo a defender el valor del saber generalista, del saber de todo sin que el saber tenga un propósito específico. Hay que volver al conocimiento yermo y rebelarse contra esa abominable actualidad que fomenta el mercantilismo de una información que sólo vale si produce. Es necesario reclamar de vuelta la anécdota aparentemente inservible y poner en valor la extraordinaria importancia del conocimiento inútil. Aunque parezca que no sirven para nada.


27 nov 2022

Breve anatomía del tiempo.

Algo que me pregunto con frecuencia es, a partir de qué momento comenzamos a asumir que hay ciertas cosas en la vida que ya no pasarán. O sea, en qué punto entre los 5 y los 35 pierdes la escafandra sin darte cuenta y dejas, de la noche a la mañana, de querer ser astronauta. Un domingo, de repente, después de jugar un partido de fútbol con amigos, de pronto te sobreviene la idea de que en cuatro días te plantas en los 30 y no queda ni rastro de aquel niño que quería jugar en el Madrid. Vas creciendo y, sin quererlo, poco a poco llegas a conocer la temperatura a la que se evaporan los sueños. La vida te va inoculando, gota a gota, de manera tácita, una extraña capacidad para aceptar algo que si bien no siempre es fracaso, a menudo se le parece mucho. 

Debe haber un lugar en la memoria donde se almacenan, tal vez en cajas desordenadas, todos estos sueños, estos deseos felices que el tiempo va poco a poco soterrando. Una especie de biblioteca mental, albergada en alguna esquina del cerebro, donde a lo largo de los años se acumulan las cenizas de todos estos proyectos que quedaron en nada. Un museo de las profesiones frustradas donde uno puede ver, ordenado por años, en qué momento se empezó a torcer la carrera futbolística de uno —si es que alguna vez la hubo— o cuándo decidió que ir a la luna, en el fondo, no le compensaba lo suficiente como para estudiar física. 

Al cambio, existe un cierto placer en mirar hacia atrás y ver lo poco que se parece la vida que tiene con la que en algún momento imaginó. Todos aquellos planes magníficos, de alguna manera mutaron en algo completamente diferente a la escarpada que habíamos trazado. Y a pesar de que no haya balones de reglamento ni cohetes que viajan al espacio, es difícil no sonreír cuando uno ve, después de cierto tiempo, la ingenuidad con la que alguna vez miró a los ojos al futuro. Con suerte, si ha aprendido algo, asume que da igual lo que quiera porque en el fondo la vida le llevará por su propio camino. Y si no ha aprendido nada, como yo, llegará tal vez a los 60 y todavía estará esperando su oportunidad para debutar de corto o abrocharse el cinturón en la cabina de transbordador.  


21 nov 2022

25 consejos a mi yo de 25.

1. Olvídate de ahorrar pasta. Vive. Viaja. Disfruta. El dinero va y viene. El tiempo sólo avanza. ¿Cuándo vas a volver a tener 20 años el tercer viernes de junio? Nunca. Sal, diviértete y no mires mañana lo que te fundiste anoche.

2. Sé sincero pero no seas gilipollas. Es decir, di la verdad pero no seas hiriente. A veces es mejor callarse y hacer como que todo está bien que abrir la boca y romper la armonía del momento. La sinceridad muchas veces está sobrevalorada. 

3. No discutas con extraños. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. No pierdas el tiempo en dar lecciones a gente que no te importa. Es mejor asentir y seguir hacia adelante. Volvemos al punto 1: tu tiempo es limitado. No lo malgastes con idiotas. Huye de quienes te roben la energía.

4. Vete de España. Sal. A donde puedas y como puedas. Ve mundo. Conoce otras culturas. Abandona el pueblo como Totó en Cinema Paradiso y regresa si hace falta, pero vete. Se aprende más viviendo un mes fuera por tu cuenta que en veinte años en casa.

5. Aprende inglés. No porque quede genial en tu CV. Hablar inglés te abre puertas porque es la lengua franca. En inglés te entiendes con casi todo el mundo y te va a hacer falta para ligar, para pasar una aduana y, depende de dónde, hasta para tomarte un café.

6. Cuida tu cuerpo. Esto no significa que no bebas, que no comas de más y que no te fumes un pitillo de vez en cuando. Significa que hagas deporte y que lo introduzcas dentro de tu rutina diaria. Levanta pesas. Corre. Tener un cuerpo sano es clave para disfrutar más de la vida.

7. No tengas miedo a pedir perdón si te equivocas. La soberbia no sirve para nada. Si cometes un error y de verdad lo sientes, dilo. Y aprende del error, aunque lo vayas a volver a cometer. Las disculpas, por cierto, se ofrecen, no se exigen.

8. Y al contrario: perdona a quien te ofrezca una disculpa sincera. Todo el mundo tiene derecho a cometer un error, así que sé comprensivo cuando lo hagan. En algún momento tú también la vas a cagar y agradecerás que hagan por entenderte.

9. La pasión es un valor seguro. Encuentra aquello que te gusta y busca una manera de convertirlo en tu modo de vida, excepto si aquello que te apasiona te va a hacer morirte de hambre. Si ese es el caso, conviértelo en una afición y dedícate a algo que te deje tiempo para disfrutarla.

10. No tengas miedo a equivocarte. Vas a tomar decisiones erróneas, quieras o no. Lo que marca la diferencia no siempre es la decisión en sí, sino tu forma de afrontar las consecuencias de la misma. Casi todo tiene arreglo si lo miras con la perspectiva adecuada.

11. No te tomes demasiado en serio a ti mismo. Por mucho que tu madre te diga que eres muy guapo y muy listo, no eres especial. De hecho, el 99% de la humanidad no lo es y no pasa nada. Tener un ego desorbitado no sirve para nada y además te hará parecer un imbécil. 

12. No juzgues a los demás. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Especialmente porque no sabes qué pueden estar pasando. Cada uno vive como puede o como quiere y tú no eres nadie para opinar sobre lo que hace el resto. Además, recuerda el punto 3.

13. La universidad no es la panacea. Te lo digo yo, que soy profesor. Estudiar está muy bien porque te abre puertas, pero el mejor aprendizaje se adquiere con la práctica. No te ofusques si pasas por Derecho de puntillas, es sólo el primer paso.

14. La gente normalmente no cambia. Quien es idiota, es idiota, y es bastante posible que quien te la juegue una vez te la acabe jugando dos. Pero recuerda el punto 8, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Nunca una tercera.

15. No te obsesiones con planificar demasiado las cosas. Salvo que quieras llevarte una decepción, claro. Está bien tener unas líneas maestras, pero es muy posible que el plan salga mal. Vale más tener capacidad de adaptación ante la adversidad que ser un perfecto estratega.

16. Intenta montar tu propia empresa. Y arruínate con lo poco que tengas. Casi seguro va a salir mal, pero vas a aprender un montón sobre cómo no comenzar un negocio. Haz caso a Belén Rubiano.  



17. Aprende a no hablar de más. Es mejor pasarse por defecto que por exceso. Haz que tu interlocutor siempre se quede con ganas de más. Vale para los negocios pero también para ligar. Jamás seas ese que va a una conferencia y hace una pregunta más larga que la ponencia. 

18. Cultiva la disciplina. En el fondo aquí está todo. Si eres capaz de domesticar tus instintos y respetar tu propio orden interno, tienes mucho ganado. La fuerza de voluntad no viene de serie, hay que entrenarla. Hazlo. 

19. Sonríe siempre. Ser agradable con la gente, especialmente con aquellos que te prestan un servicio, ayuda a que consigas tu objetivo mucho más deprisa. No subestimes el poder de tratar bien a los demás y hacerlo con una sonrisa en la cara. 

20. Dedica menos tiempo a pensar en el proceso. Busca siempre la eficiencia en tus esfuerzos, pero no te obsesiones. Corrige sobre la marcha. Y sobre todo, no hagas que el proceso en sí te distraiga de trabajar en tu objetivo. Sobre todo si tu objetivo es escribir una tesis.

21. Prioriza siempre las experiencias sobre las cosas. La gente materialista es un coñazo, nunca tiene suficiente de nada. Cuanto menos necesites para ser feliz, más fácil te resultará alcanzar ese estado. Las cosas se pierden, las experiencias siempre viajan contigo y no pesan al hacer una mudanza.

22. Sé siempre generoso. Aunque no tengas nada. No hay nada más triste en la vida que ser un cutre y un agarrado. Sé espléndido con el resto, especialmente con aquellos que tienen menos que tú. Compartir es vivir, y más si se comparte con amigos.

23. Aprende a disfrutar la soledad. Tener pareja puede ser algo muy gratificante, pero ser emocionalmente dependiente es un coñazo. Para ambos. Si vas a estar con alguien, que sea porque quieres, no porque lo necesitas. 

24. Busca siempre el lado bueno. Nada ni nadie es puramente maldad. Todos tenemos algo bueno y si esperas el tiempo necesario lo acabarás descubriendo. Busca siempre la parte positiva y trata de ver el vaso medio lleno. En el mundo sobran actitudes negativas.

25. Lee. Todo lo que necesitas saber está en los libros. No aceptes consejos de nadie. Y menos de tu futuro yo en un blog.