7 ago 2022

Nashville 2017.

La primera noche que dormí en Nashville tenía cama pero no colchón, así que no me quedó otra que hacerlo tirado en el sofá. Mi nuevo compañero de piso todavía no había vuelto de donde fuese que estuviera y en aquel piso de estudiantes habitaban pelusas centenarias que desafiaban leyes biológicas. Rodaban a sus anchas como solitarios estepicursores en el Valle de la Muerte. El apartamento, que era un bajo, quedaba apenas a unos minutos de la parte este del campus, lo cual me permitía andar hasta allí en un momento en el que no tenía coche. Pasado el trago del primer amanecer —es un decir, pues ni café tenía— di con mi cuerpo en una oficina de correos cercana que albergaba una pequeña caja donde se encontraba el que a día de hoy sigue siendo refugio de mis desvelos.

Algo que no olvidaré de aquellos días es la sensación de ir desbloqueando calles y lugares, como un personaje de un videojuego que va a tientas por el mapa. A cada paso que daba me encontraba un sitio nuevo, diferente del anterior, que quizás más tarde se convertiría en familiar. Había límites, eso sí. Mi ciudad se acababa al norte con West End, al sur con el supermercado, al oeste con el gimnasio y al este con la 12. Todo lo demás estaba habitado por dragones que yacían allí medio dormidos, esperando a que me aventurase a conocerlos. Entonces caminar era la única forma de moverse en un paraje que en agosto aún conserva grados y más grados, almacenados estratégicamente como lenguas de fuego.

En octubre llegó el coche y se acabaron los confines de mi actividad. El radio donde desarrollaba mi vida comenzó a expandirse como un río desbordado. Cambié de hábitos, comencé a moverme ayudado por el móvil y descubrí que existían otros supermercados. Empecé a alejarme de lo que hasta entonces había sido el centro y dejé que sus calles me abrazaran, a sabiendas, eso sí, de que aún no tenía autonomía suficiente para llegar de casa al auditorio sin perderme. O peor todavía, para regresar en caso de que, como me sucedió, el teléfono se me quedase sin batería. 

En febrero del año siguiente crucé al otro lado de la 31, que era algo así como Finisterre, y me mudé al barrio donde he vivido desde entonces. Desde aquí me he pasado los últimos cuatro años y medio renegando de Nashville. Que si no es una ciudad, que si es un pueblo grande, que si no tiene sentido y que si la abuela fuma. Pero aquí sigo. Ahora ya no me desplazo acojonado por si se me apaga el Google maps, ni sé exactamente dónde están mis límites de movimiento. Conozco más o menos las zonas que me gustan, sé dónde tengo que ir para comprar lo que necesito y en algún momento hasta encontré un bar donde me sentía completamente en casa. 

He sido injusto tantas veces con Nashville que necesito rendirme a la obviedad: la voy a echar de menos. Mañana se cumplen 5 años del día que me mudé aquí y, por primera vez desde que empecé el doctorado, no sé dónde voy a estar el próximo agosto. A buen seguro en otra parte. Tal vez ardiendo entre las sombras mientras derribo las murallas mentales que impondrán de nuevo las calles que rodeen mi casa en mi siguiente —espero— ciudad.


31 jul 2022

El extraño viaje sin fin.

El sábado que viene se cumplen ocho años del día que aterricé en Estados Unidos para vivir. Lo hice un poco a tientas, sin saber si quiera a qué venía realmente. Y sin tener ni idea de que aquello, que parecía una aventura temporal, se acabaría convirtiendo en el inicio de un proceso migratorio gradual. Entonces tenía 26 años, una edad como otra cualquiera para coger un avión sin billete de vuelta, y sólo estaba seguro de qué era lo que no quería. Recuerdo el viaje, con un maletón enorme, una mochila y una maleta de mano. Tenía una libreta que me regaló Gabri y que aún conservo donde escribí algunas líneas inocentes, las típicas palabras de un ingenuo que no tiene ni idea de lo que se le viene encima. Aquella fue la sola ocasión que he perdido un vuelo de conexión en todo este tiempo y también la primera y última vez que he volado en primera. 

Una de las cosas que no he podido olvidar en estos años es que aquel día, en el aeropuerto de Barajas —que aún no era Adolfo Suárez— terminé de leer Demian, de Herman Hesse; la última novela que recuerdo haber leído en traducción. Con el paso de los días y vistas las cosas en perspectiva, no deja de resultarme curiosa la oportunidad de aquella lectura. Yo, que estaba a las puertas de la experiencia que me cambiaría para siempre, que me haría crecer a marchas forzadas, di por casualidad con un libro que va precisamente de eso: del salto a la madurez. De los cambios que conlleva convertirse en un adulto y los sacrificios que a veces se deben hacer en el proceso. De lo que implica cerrar la caja de las ideas que pertenecen al pasado y abrir otra donde comenzar a amontonar vivencias. O papeles.

Como Demian en el libro, en estos ocho años he crecido. He aceptado muy a regañadientes que este es un camino de difícil retorno, por mucho que sueñe despierto a todas horas con España. Pero sobre todo he aprendido una cosa: hay que salir. Hay que irse. Aunque no sea para siempre y tengas una red debajo como las de los trapecistas del circo. Hay que vivir fuera para poder seguir creciendo. Hacer la fotosíntesis lejos de casa para descubrir que el sol no brilla igual en todas partes y que existen más que los cuatro muros imaginarios que nos otorga el pasaporte. Es necesario tener esa experiencia, echar de menos los orígenes, incluso si sólo sirve para darle más valor a tu retorno. No te lo van a decir en ningún sitio, pero tienes que irte, como le vino a decir Alfredo a Totó en Cinema Paradiso

Algunos días, cuando la segunda enmienda se me hace bola y me entran ganas de seguir de vuelta el rastro de miguitas de pan, pienso en aquel tipo fumón y regordete que decidió estudiar Derecho. Que tenía un plan muy claro de futuro. Que quería ser abogado y llevar corbatas y pedir venias con la toga puesta. Es entonces cuando doy gracias a la vida por haberme demostrado que a veces hay que saltar al vacío sin cuerda que te asegure la caída. Eso, y que como le decía Irving Feffer a Sandy Lyle en Y entonces llegó ella, las mejores cosas llegan justo cuando menos te lo esperas.


28 jul 2022

Crecer con Calamaro.

El primer vinilo que me regaló mi padre fue un single de Los Manolos que contenía el “Amigos para siempre”. Cansado de que le diera la paliza con la canción, un día se fue a Madrid y volvió con él a casa. Creo que fue entonces cuando aprendí lo que era un tocadiscos y descubrí que si ponías el extremo de aquel brazo metálico sobre el surco, aquello reproducía lo que fuese que hubiera en el disco. Recuerdo años más tarde, en la calle Barquillo, con mi abuelo, comprar una aguja de repuesto para el equipo de música de la casa de la playa; el mismo donde escuchábamos aquel LP de Rosario cuando el día entregaba las armas, ya disuelto el salitre. 

Crecí oyendo a Calamaro, que entonces tocaba en Los Rodríguez, probablemente la banda que más veces he escuchado en mi vida. Mi primer CD, que todavía guardo como uno de los más preciados tesoros de mi infancia, es el Sin documentos. Aún me sé las letras de todas las canciones y lo continúo escuchando a menudo, viajando en el tiempo a una época en la que las desilusiones duraban lo que aquella canción, “7 segundos”. Fue en algún cumpleaños que no recuerdo ya, que mi madre me dejó bajo la almohada una copia del Para no olvidar, su álbum de despedida. Con el tiempo, metido en la guantera del Mégane, la portada acabó amarilleando y los discos de dentro se rayaron. Un poco como la vida, que un día puso el ventilador frente a las manecillas del reloj y acabó alterando el paso del tiempo. 

Han pasado los años y de aquel Andrés que cantaba “Mi rock perdido” —que siempre será mi canción preferida— no sé si queda algo. Veo a través de Twitter que aquel rockero rebelde que llenaba Las Ventas con la montera a cuestas, ahora se acoda entre sus gradas mientras defiende Madrid como el último bastión de la cultura y el jolgorio. Y en el fondo no puedo dejar de esbozar una sonrisa cuando le leo hacerle ojitos a la ciudad de mi vida y le veo desde lejos subirse a un escenario y seguir siendo él, con el capote haciendo medias verónicas mientras el público le jalea a ritmo de olés. Honestidad brutal no sólo fue el nombre de un disco, sino que fue un apellido pagano, un remiendo apócrifo al nombre del artista. Es lo que es: brutalmente honesto. 

Me queda una espinita clavada de aquellos veranos que contaba al principio. Un 10 de agosto de hace sabe Dios cuánto, mientras estábamos en la playa, Los Rodríguez tocaron en concierto en San Lorenzo de El Escorial. Y me lo perdí, claro. Hace unos años fui a comprar entradas para verlo en La Riviera una noche de mayo que coincidía con la final de la Champions y no tuve el valor de ponerme a mí mismo en el brete de elegir qué hacer si el Madrid llegaba a la final. El Madrid llegó —y todos sabemos lo que pasa cuando llega— y Andrés cantó. Este verano, que está de gira y de dulce, que estrena trajes en Marbella y cambia casi cada día el repertorio, yo no estoy en España. Parece que estamos condenados a evitarnos.

A ver si uno de estos años, por fin, a mí me da por volver y a él le sigue dando por cantar. Que como dice el bolero, no quisiera yo morirme, Andrés, sin… verte en directo.


20 jul 2022

Flirteos de los de antes.

Será que ya no salgo como antes. O que el mundo ha cambiado mucho y yo me he despertado del letargo a mitad de la partida. El caso es que ya no se liga como antaño. No yo, ojo, que nunca me he comido ni media. Pero es que ahora todo funciona a base de catálogo y de ego, de deslizamientos con el pulgar y matches. Cada vez quedan menos flechazos en barras de bar, menos números de teléfono que pedir y surgen más cuentas de Instagram que dar. Es difícil conectar de un modo profundo con nadie ahora que todo son prisas y superficialidad. Y no sé muy bien de quién es la culpa, la verdad. Pero tengo claro que el tránsito que va del amor al sexo suele ser más corto que la travesía que va de la cama al mantel. 

Hace poco, saliendo del gimnasio, vi a una pareja jugando al billar. Él, por detrás de su cintura, le abrazaba sosteniendo el taco mientras ella se hacía la tonta, como si no supiera que la bola ocho es siempre la última en entrar a la tronera. El caso es que yo, que en esto del amor soy un escéptico —excepto los sábados de copas a partir de las doce de la noche—, por un momento vislumbré una luz. Tuve esperanza. Pensé que, entre tanto Tinder y tanta foto poniendo morritos sin camiseta, quizás no estaba todo perdido y aquel pájaro sabía aletear a la antigua usanza. Me hizo tanta gracia la escena que cuando pasé a su lado no pude evitar esgrimir una sonrisa de complicidad. Como si hubiera sido yo el que abrazaba a la tía buena de turno y no aquel cachas apolíneo. 

Hay gente que tiene una facilidad inusitada para la atracción. Yo, tímido y rarito por naturaleza —¿quién coño escribe un blog en época de podcasts?— no he ligado en mi vida. Jamás he sabido ser el tipo que se acerca a la guapa en el bar y le hace reír atolondrada hasta que le apunta el número en la mano. Siempre he querido ser un poco como Will Hunting la noche que conoce a Skylar en aquel bar de Cambridge y se la levanta a un coletas de Harvard, sólo que sin discutir con nadie. Empero, al contrario que él, que acababa con la chica, yo con los años he aceptado, no sin cierta resignación, que la barra no es mi arena. Eso sí, y lo confieso aquí, he fantaseado muchas veces con que sea ella quien se acerque y muy disimuladamente, después de media noche cruzando miradas entre tragos, me deje entre los dedos una servilleta con su número. Por si al día siguiente me da por llamar.


14 jul 2022

Como las urracas.

De un tiempo a esta parte es más fácil ver a alguien en porretas que saber exactamente lo que pasa por su mente. El pudor se ha reenfocado hacia algo más psicológico y mucho menos carnal y ello, como es lógico, ha degenerado en una suerte de dilema existencial para los seres complejos. Donde antes hubo pensamientos, ahora sólo queda piel, lo que tal vez haya desembocado en una ausencia de profundidad—sea esto entendido, no desde el pedestal que otorga la pretendida intelectualidad del ignorante, sino desde la grieta de la alcantarilla a donde se asoma el payaso que observa. Como si la observación le diera a uno acceso prioritario al púlpito de la inteligencia. 

Si, como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos, es evidente que cada día estamos más deslumbrados por lo fulgurante de lo fútil. Un poco como las urracas, que se sienten profundamente atraídas por las cosas relucientes, no necesariamente valiosas. Para estas aves, vale lo mismo un lingote de oro que una moneda de céntimo recién acuñada en la Real Fábrica de Moneda y Timbre. Les da igual el valor, pues lo que de verdad les llama la atención es el brillo. Son como aquellos quinquis de los ochenta que te sacaban una navaja para quitarte una alhaja bañada en golfi de la abuela, pero con alas. No tienen criterio porque no lo necesitan y porque nadie se lo exige. Al fin y al cabo no son más que pájaros impresionables y un tanto folklóricos.

Como sociedad que se supone que avanza, hay una metáfora interesante en esta extraña propensión hacia aquello que reluce, extrapolable sin duda a los tiempos que corren. Ahora lo importante es brillar, con independencia de que uno lo haga como ese valioso lingote o como la insignificante moneda. Lo que verdaderamente es relevante es atraer atención, sin reparar en la pureza del brillo, ni en el medio para conseguirlo. Así, llama la atención que en esta época en la que constantemente surgen de la nada nuevos becerros de oro, no seamos capaces de distinguir, a simple vista, la falta de quilates de algunos de estos tótems. Y lo que es peor, la ausencia de criterio de algunos que se creen cisnes pero en realidad son urracas.


3 jul 2022

La mirada de Ringo.

Me he pasado media vida enfadado con John Lennon. Como si él tuviera la culpa de que Chapman lo acribillara a balazos a las puertas del Dakota. Años pensando que si no hubiera sido asesinado, a lo mejor habría habido otro álbum de los Beatles. Quizás un reencuentro y una gira. Quién sabe. Tal vez sus últimas palabras a McCartney, “Think of me every now and then, old friend”, no habrían sido las últimas, habrían resonado lo suficiente y se habrían reconciliado. Es posible que una vez hechas las paces consiguieran reunir a George y a Ringo y hubieran vuelto a sonar los acordes de "Love Me Do" en los bajos de The Cavern. O tal vez no. 

Hace algunos días comencé a ver Get Back, el documental con el que Peter Jackson ha sacado a la luz sus últimos días como banda. Lo estoy viendo despacio, saboreándolo como pequeñas pildoritas y tratando de añadirle segundos al reloj porque no quiero que acabe; mientras lo veo hay una parte de mí que cree que el grupo sigue vivo. En el vídeo —al menos hasta ahora— se ve a unos genios haciendo música casi sin querer, creando algunas de las canciones más icónicas de la Historia de la música como si aquello fuese lo más común del mundo. Cierto es que no se puede esperar otra cosa de un tipo como McCartney, que soñó con la melodía de "Yesterday" y se pasó semanas tocándosela a George R. R. Martin, a Lennon y compañía antes de adjudicarse su autoría, porque pensaba que la había oído en algún sitio. Pero no.

Hay algo en la mirada de Ringo. Conforme transcurren los minutos, permanece siempre como un personaje silencioso. Alguien que observa, tal vez con una cierta nostalgia futura, los últimos días de aquel grupo de amigos tocando juntos. Una melancolía que vocalizó en el 95, cuando reunidos él, George y Paul, les dijo: “I like hanging out with you guys”. Sus ojos, pegados a un interminable bigote, hablan casi tanto como lo hacen los demás con las palabras. Su manera de mirar transmite un sentimiento que, visto desde ahora, casi sesenta años después, no puede ser otra cosa más que el presagio del final. Mientras que el resto vocaliza lo que quiere, de un modo más o menos explícito, la voz de Ringo sólo se hace patente en momentos muy concretos donde hace constar su aquiescencia con lo que allí sucede. Aquellos ojos expresan una resignación propia de aquel que ya ha interiorizado y asumido la derrota.

A finales de mayo, después de media vida esperando, por fin pude ver a Paul McCartney en directo. Lo hice siendo consciente de que estaba viviendo un momento histórico, que para mí es una forma de disfrutar el doble de las cosas. Y sospecho que durante gran parte del concierto, a sabiendas de que aquello tenía que acabar, compartí esa mirada con Ringo.  


24 jun 2022

Cines que cerraron.

Antes de que existieran los sillones reclinables y se sirvieran cenas pantagruélicas con platos dignos de garitos con estrella Michelín, el cine fue otra cosa. Las salas eran sitios normales, con butacas más o menos agradables —a menudo sin entrada numerada— donde podías sentarte a ver una película. Sin más. Si tenías suerte y vivías en algún sitio grande, te llegaban los últimos estrenos nada más salir. Sin embargo, si tu casa estaba en un pueblo pequeño —como lo era el mío—, muchas veces te tocaba esperar a que la distribuidora pasease la copia por todas las demás salas de la cadena. Así, era rara la ocasión en que las cintas novedosas no llegaban con algunas semanas de retraso al malogrado Variedades, que es como se llamaba el teatro donde oteé mis primeros títulos de crédito, y que acabó por echar el telón. Vivíamos, cinematográficamente hablando, en lo que Walter Benjamin llamó el tiempo mesiánico, un período donde el futuro nunca acababa de llegar.

A finales de los 90 internet era poco más que una idea. Una cosa que se conectaba a través de un aparato que sonaba y que se interrumpía cada vez que alguien llamaba por teléfono. Por ello, para ver qué películas ponían sólo había tres opciones: o pasar por delante del cine y ver la cartelera, o llamar por teléfono y escuchar el contestador automático que te decía las sesiones, o comprar el periódico del día y mirar qué era lo que había y donde. Con suerte, alguno de los cines de alrededor de San Lorenzo estrenaba la última película de Spielberg y allí que íbamos, con bastante adelanto, para ponernos en la cola con la esperanza de que no se agotaran las entradas antes de tiempo y las que quedasen no estuvieran en las primeras filas. Cuántas veces me habré quedado con cara de bobo al llegar a la ventanilla de la taquilla porque no quedaban sitios para la sesión de las seis y he tenido que ir a la de las ocho.

El día que estrenaron Casper en España (7 de julio de 1995) se cumplieron siete años del nacimiento del primer hijo de mis padres. Lo recuerdo porque estábamos de vacaciones en la playa y porque aquel año fui por primera vez a un cine de verano. Tardé días en verla, eso sí. Primero, porque tardó semanas en llegar. Y segundo, porque la condición fundamental para ir a una sesión de noche era que tenía que echarme la siesta para no quedarme dormido; algo a lo que nunca fui aficionado. De aquella experiencia recuerdo varias cosas: que se proyectaba en una pared blanca, que el sonido reverberaba en los muros de las casas adyacentes, y que las sillas de plástico blanco descansaban sobre la grava que revestía el suelo de aquel solar vacío en mitad de Torrevieja.

Pasaron los veranos y el ladrillazo acabó por enterrar aquel lugar. El romanticismo de aquel cine al aire libre donde la gente todavía fumaba, comía bocadillos y quién sabe qué más, dio paso a un edificio de viviendas. Aquella ciudad sin ley donde todo estaba permitido —más aún en vacaciones— dejó de albergar una pared donde cada noche se proyectaban sueños. Con su cierre no sólo cayó uno de los recuerdos más vivos de mi infancia, sino que comenzó el declive de un concepto que formaba parte de mi primitiva idea de la civilización. Todavía algunas veces, las muy pocas en que paso por allí, me preguntó si de cuando en cuando Casper no se presentará a dar la bienvenida a los nuevos inquilinos del cuarto.  


19 jun 2022

La importancia del mentor.

Una de las primeras palabras raras que aprendí al comenzar a dedicarme a esto de la literatura fue la de bildungsroman. Salió en una clase donde estudiábamos narrativas sobre la Guerra Civil española, a colación de alguna novela que estábamos leyendo o alguna película que formaba parte del programa. La recuerdo bien porque por fue uno de esos momentos en los que uno tiene la sensación de, por fin, estar aprendiendo algo nuevo. Más tarde descubrí que aquello era un género en sí, lo que en español llamamos la novela de crecimiento, y me di cuenta no sólo de que lo conocía sino que, sin saberlo, yo era aficionado al mismo. 

La premisa del bildungsroman es sencilla: se trata de una narración donde el personaje principal, habitualmente un adolescente, lucha por prosperar en la vida. Muestra las dificultades a las que se enfrenta en su deseo por llegar a la madurez y, por norma general, ve cómo la vida va poco a poco frustrando sus intenciones. Le pasa al Lazarillo de Tormes, al Werther de Goethe, al Holden Caulfield de Salinger, o al Hans Castorp de Mann. Todos luchan por llegar a un lugar que en realidad no existe para ellos, mientras el lector mantiene la esperanza de que el destino les haga un guiño. 

Entre las diferentes características del género, la que más me ha interesado siempre es la existencia del mentor y su importancia en la vida del personaje. Por barrer para casa, en el caso del Lazarillo, no tiene sólo uno, sino que pasa por varios que se afanan en enseñarle algo sobre existir, más allá de descubrirle las virtudes del hambre. Esta figura, a menudo común en todo este tipo de obras, destaca a veces como una voz de la conciencia sobre la que resuenan los pensamientos del protagonista. Como un manual de instrucciones para el fracaso, la mayor parte de las veces. 

Personajes literarios aparte, creo que es importante, especialmente a ciertas edades, contar con un mentor que te guíe en tus desventuras juveniles. Estos días, mientras leía a gente comentar sobre los exámenes de la antigua Selectividad, recordaba aquella etapa de mi vida en la que tuve que elegir lo que se supone que haría el resto de mi vida. Yo no lo sabía, pero incluso entonces ya había ciertas señales de que acabaría dedicándome a la literatura. 

Echando la vista atrás, me habría gustado tener un mentor. Alguien que se sentase conmigo y me explicase lo que implicaba tomar una decisión como estudiar Derecho en ese momento. Incluso después de acabar la carrera, estudiar un máster y encontrar un trabajo en un despacho grande, que es lo que siempre quise, me habría gustado tener una persona que me guiara, que me dijera cuáles eran a largo plazo las potenciales consecuencias de mi elección al dejarlo todo. Que me hiciera ver el envés de mi elección y me permitiera al menos otear las dos primeras etapas de la ruta a la que me enfrentaba si seleccionaba ese camino. 

Y sobre todo, algo que me hubiese encantado escuchar, es lo difícil que resulta regresar después de irte. 

13 jun 2022

Retornar a divergir.

Antes de que todo el monte dejase de ser orégano y las autoridades decretasen la pandemia de la hiperpolitización de la vida, uno podía admirar a la gente por su trabajo. A quien le gustaban las canciones de alguien, simplemente lo escuchaba, sin pararse a preguntar si cojeaba de este o de aquel otro pie, y sin cuestionar el valor artístico de la obra en función de la ideología de su creador. El mundo entonces era un sitio normal donde las personas todavía se reunían en torno a sus afinidades y las ideas de cada cual eran exactamente eso: las ideas de cada cual. Con el tiempo la cosa cambió y comenzamos a creer que con admirar la obra no era suficiente, sino que había que profesar también asombro por la persona. Y fue ahí cuando la admiración por el trabajo comenzó a desvanecerse y la visceralidad lo infectó todo. Cómo vamos a leer, a escuchar, o a observar lo que hace tal o cual si se encuentra en las Antípodas de nuestras creencias. 

Una de las primeras cosas que comprendí al llegar a Twitter, es que, o aprendía a diferenciar entre el artista y la obra, o muy probablemente acabaría quedándome yo sólo frente a mi espejo. La cercanía propiciada por las redes sociales es, en muchos casos, una ventana abierta para desenmascarar a quien se esconde detrás de ese libro o canción que te ensimisma. Ello conlleva descubrir que, en algunos casos, lo que hay tras la cortina es un abismo en el que no existe coincidencia alguna. Y no pasa nada. Se puede admirar el trabajo de alguien y ello no implica por decreto congeniar con esa persona a ningún otro nivel. A veces tengo la sospecha de que si los clásicos literarios han sobrevivido hasta nuestros días, es en parte porque no tuvieron Twitter. De haberlo tenido, hoy probablemente no leeríamos ni a la mitad.  

Existe una expectativa, muy comúnmente aceptada, de que la gente a la que admiras tiene que caerte bien. Y no siempre es así. Además, algo que parece inundar los tiempos que corren es, a menudo, la exigencia de una ejemplaridad con la que ni nosotros mismos cumplimos. Los escritores, los cineastas, los cantantes, son personas. Y las personas tenemos ideas y creencias más o menos claras, más o menos acertadas. También cometemos errores. Y no pasa nada por cometerlos. Ni pasa nada porque tengamos una opinión divergente en este u otro tema. Hace falta un poco menos de crispación y un poco más de manga ancha a la hora de entender a los demás. Y es necesario dejar de mirarlo todo a través del catalejo de lo ideológico. Si te gusta como canta alguien, escúchalo sin importar en lo que crea. Si te produce placer leer a una cierta autora o ver las series de un determinado creador, hazlo, con independencia de a quién vote.  

Es urgente recuperar la capacidad de divergir entre iguales. Aunque sólo sea en pro de la belleza.

10 jun 2022

Vuelta a la elipsis.

Una cosa que siempre he apreciado en la literatura del XIX es el gusto por la elipsis. El contar algo sin contarlo, vamos. Relatar un hecho sin más ayuda que la imaginación del lector y que aun así la escena tenga perfecto sentido. Pasa mucho en la novela realista, donde jamás se habla explícitamente del sexo, por ejemplo, pero se sabe siempre que ocurre. Los eufemismos para referirse a ello van desde una puerta que se cierra en Gloria de Galdós, hasta una tormenta que se desata en La regenta de Clarín, pasando, entre otros muchos, por un extemporáneo “vístete y vete”, en La prostituta de López Bago. Todas ellas, situaciones que implican un evento que el narrador, que por defecto todo lo sabe, rehúsa a compartir con su audiencia. No es que las cosas no sucedan, sino que como lectores debemos hacer un ejercicio activo por procesar aquello que leemos para poder comprender el alcance real de la escena. 

El gusto por la omisión, sin embargo, es algo que se ha ido poco a poco perdiendo, no sólo en la literatura —cada vez más explícita para poder llegar a un público más amplio— sino en general en la vida. Hemos atracado el barco en un puerto a cuya entrada se puede leer “Cuanto más, mejor”, pasando así, en algo más de un siglo, del Renacimiento al Rococó en cuanto a niveles de exposición pública. Donde antes no había detalles, ahora parece haber demasiados. No es que se haya abierto la puerta y podamos observar lo que sucede dentro de la sala, sino que hay un constante bombardeo por mostrarnos con todo lujo de detalles lo que pasa. La gente, en su ánimo de sobreexponerse mediáticamente, compite entre sí para ser la más observada. 

En esta época de influencers, instagramers y nuevos becerros de oro, echo en falta que alguien se pare y decida no mostrarlo absolutamente todo. Un retroceso hacia el pasado donde el ego no fagocite cualquier identidad y donde la intimidad tenga un precio bastante más elevado que aquel que le otorgamos hoy en día. No hablo de un regreso al puritanismo que omite todos los detalles, pero sí quizás una reflexión sobre lo que mostramos. Un segundo previo al “Enviar” donde pensemos si realmente al mundo le interesa ver lo que estás desayunando esta mañana. Que por otro lado, en la mayor parte de los casos, no es tan diferente de lo que desayunamos todos.