26 feb 2021

Lisboa.

“Me preguntó por qué sabía yo que aquel encuentro era el último. «Pues por las películas», le dije, «cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre».”

El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina.


En Lisboa uno no ha llegado y ya tiene la sensación de que la ciudad ha empezado a despedirlo. Es como aterrizar directo en la nostalgia. Caminar por sus calles es viajar en el tiempo. Sus fachadas rezuman trasiego vital. Humo pretérito. Da igual la hora del día, pues la tristeza parece encontrarse siempre a la vuelta de cualquier esquina. Está impresa en el carácter. En ella se pueden ver la decadencia y la belleza paseando de la mano, como una pareja que acaba de romper pero aun así comparte paraguas. Tiene un color ocre que tinta el ambiente y parece estar preso también en el sonido: el portugués es el idioma del alma. Si lo escuchas al cantar te resquebraja. Las palabras se derriten al ser pronunciadas. El fado es un incendio. Un crisantemo ardiendo que se apaga solo en la celda de un convento. Un llanto que abriga y se atraganta entre los ojos. Como un perdón atravesado en la garganta. Un puñal y un lamento. Como un lunes postrero y afectado. Lisboa es una ciudad que vive indiferente. Que transita entre los días laborables. Hay algo en ella de reloj averiado. De manecilla quieta a las tres de la mañana. De corazón que a veces deja de latir. Es como un susurro. Como un tren abandonado en medio de una vía. Pertenece a otra década. Quién sabe si a otro siglo. Un sitio perfecto para ver llover y apreciar el color de los reflejos en sus adoquines maltrechos. Se la puede echar de menos sin haber estado allí. Es como una especie de melancolía de saldo. Si pudiera elegir ser otra ciudad, todavía sería ella. Y sin estar, y habiendo estado, uno tiene esa extraña sensación de querer volver a un sitio gris donde nunca ha visto el sol. Porque Lisboa no es un lugar. Es un estado de ánimo.


21 feb 2021

Benidorm 1999.

Recuerdo que algunos veranos, casi siempre en julio, pues en agosto se volvían a San Lorenzo hasta pasada la romería, íbamos allí. A veces, manías de mi padre, llegábamos casi sin avisar. Llamábamos cuando parábamos en Juanito y, entre que nos comíamos el montado de lomo y comprábamos la caja de Miguelitos de rigor, les decíamos que estábamos de camino. Al llegar el ritual era siempre el mismo, Florencio bajaba hasta la acera y con un enorme mando gris y rojo que tenía entre los asientos de su coche junto a un Nokia antediluviano, nos abría la puerta del garaje mientras la abuela miraba desde el balcón del Dona I. Una vez aparcados, algo que solía ser difícil, pues siempre hubo menos plazas que pisos, nos acercábamos hasta el zaguán para coger el ascensor. Allí estaba Cristóbal, el conserje que peor fregaba los pasillos de toda la provincia y el que mejor tarareaba rancheras de todo Benidorm. Ya en el cuarto, casi al final del corredor de la derecha, la abuela salía a recibirnos a la puerta, casi siempre con el mandil puesto y una piel áurea, tostada a fuego lento bajo el sol. 

Durante nuestra estancia era casi tradición cruzarnos con los hijos del vecino, un par de ganapanes algo más mayores que yo que trabajaban en el supermercado que sus padres tenían en la zona comercial y hablaban idiomas por doquier. Cuestión de tiempo era ir encontrándonos con el resto de la fauna del edificio: la perrona, que era una señora a la que mi abuelo había bautizado así y sobre quien siempre se cernió la sospecha de la calle; el cornudo, marido de ésta y hombre de dudosa inteligencia; y el hijo de éstos, al que le faltaban, como mínimo, seis o siete hervores. Por allí andaba también el tío Félix, una especie de señor Cuesta calvo y gordo, patriarca de todos los anteriores, que siempre ostentaba, voto por delegación mediante, la presidencia de aquella nuestra comunidad. 

El barrio no era la colonia de El Viso –porque en Benidorm nada lo es— pero el edificio tenía dos piscinas y una cancha de fútbol donde, a eso de las cinco, que ya daba la sombra del Hotel Poseidón, nos juntábamos los chicos de los dos bloques a dar patadas a un balón. La cosa nunca se alargaba demasiado, pues al rato mi madre me llamaba desde el otro lado de la valla para que subiera a ducharme. Aquella rutina, que se repetía cada día, era el prólogo del paseo de la tarde; algo que a mí me aburría sobremanera, pero que formaba parte de la costumbre del lugar. Algunos días –los menos— si había suerte, dábamos una vuelta hasta la plaza del coño o subíamos hasta el castillo, que a pesar de que la cuesta era empinada, quedaba mucho más cerca de casa que el Rincón de Loix. Otros no quedaba más remedio que resignarse y caminar hasta el final de la playa, algo que a mí me resultaba muy tedioso entre todos aquellos andadores y sillas motorizadas, pero que mis abuelos, que conocían a medio paseo marítimo, disfrutaban con fruición. 

Las mañanas eran distintas, aunque siempre empezaban igual. Mi abuela se levantaba y preparaba zumos de naranja para todos. Algunas veces, nunca llegué a saber muy bien por qué, lo mezclaba con zumo de limón, y si las naranjas no andaban muy cristianas, que a veces tenían una acidez del demonio, les echaba un chorrito de edulcorante líquido que lo arreglaba todo. Después de eso, mi abuelo, que no tomaba café y siempre se dejaba un culillo de líquido en el vaso, sin importar lo que estuviera tomando, bajaba a comprar el AS a Choni, una tienda de periódicos que regentaba un tal Juan. Yo, que entonces no leía demasiado, la recuerdo como un lugar donde se vendía de todo: desde libros, periódicos y coleccionables, hasta chancletas, colchonetas hinchables y balones de playa. Ayer, mientras escribía esto, vi en Google Street View que aquel bazar había sido sustituido por un supermercado de esos donde los ingleses hacen acopio de espirituosos múltiples y pensé que el alcoholismo ajeno había ido poco a poco devorando los lugares de la memoria de mi infancia.  

Después de comprarlo, Florencio leía el periódico en la playa, entre baño y baño, mientras mi abuela, reposando en la tumbona se enteraba de los entresijos de la vida de Chabeli en el último número del Pronto. Allí, entre hordas de gente, aprendimos mi hermano y yo a orientarnos, sobre todo después de que una vez se perdiera regresando de la orilla y lo encontrásemos intacto con su bañador de Mudito y su botella de agua debajo de un parasol ajeno. Desde entonces, cada día nos fijábamos en el edificio de enfrente para tener así una referencia en caso de extravío. Casualidades de la vida, o no, durante mucho tiempo plantamos la sombrilla justo al lado del KM, lugar de encuentro de borrachos al que años más tarde volveríamos Pablo y yo a deshoras, ya sin nuestros padres, a mezclarnos con la turma entre tragos de ginebra y darnos el lote con alguna rubia de palo. 

De vez en cuando –más menos que más, salvo que fuésemos en comandita con la familia de mi padre—, comíamos fuera de casa. Era costumbre ir al mismo sitio, una casa de comidas que nunca supe cómo se llamaba, pues los mayores se referían a ella como “donde Enrique”. Tenía un menú del día en el que, salvo contadas excepciones, siempre comíamos lo mismo: paella de primero y de segundo, y arroz con leche de postre. Algunos días, si había suerte, nos soltaban veinte duros y nos permitían ir a los recreativos que había justo debajo, donde pasábamos el rato jugando al Tekken mientras ellos se tomaban el café en la sobremesa. 

La ciudad, como nosotros, siguió creciendo. El Habana, que estaba en frente de casa y hacía un montón de ruido por las noches, cerró. Lo mismo pasó con el Toscana, que hacía la mejor pizza cuatro quesos que yo he probado. La calle por la que entrábamos hasta el garaje se peatonalizó y los abuelos se fueron haciendo más y más mayores. La última vez que fui, ya ni siquiera me quedé en el Dona I, sino que lo hice en un ático desde el que se veía el mar. Cambié los zumos de la abuela por las copas, y pasé de ir a la playa de día a hacerlo de noche para bañarme en pelotas con una pelirroja que seguramente ya se haya olvidado de mí. Al contrario que yo de Benidorm, del que ya todo son recuerdos.


8 feb 2021

Somos cómplices.

El tonto (o la tonta) de turno ha parido un exabrupto. Pasa cada día. Y cada día vamos todos en manada a decirle lo tonto (o tonta) que es. Había dos opciones: dejar pasar la bala y verla rodar virtualmente como un estepicursor en medio del Death Valley, o enfundarnos el antifaz de justicieros cibernéticos y tirar de retranca (en el mejor de los casos) para señalarle sus miserias. Y claro, como somos de gatillo fácil, elegimos la segunda. Vamos a poner en evidencia a este capullo (o esta capulla, Dios me libre de no hacer distingo) que se lo ha ganado a pulso, nos decimos mientras blandimos el diccionario como si fuésemos antidisturbios. ¿Cómo me voy a quedar yo callado ante tamaña idiotez, Señor? ¿Cómo resistirme a decirle algo que, por otra parte, jamás le diría si en lugar de haber una pantalla de por medio lo (o la) tuviese sentado (o sentada) detrás de mí en la barra de un bar? Pues así con todo. Un día tras otro pisamos el mismo charco, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, sin caer en la cuenta de que en el fondo somos cómplices. No de la chorrada, que pertenece a su legítimo propietario (o legítima propietaria), sino de dar pábulo a un (o una) idiota. De alimentar el ego de un (o una) torpe. De crear un becerro (o becerra) de oro. O de golfi, tampoco vamos a pasarnos, que esto es Twitter. 

Venga, vamos a darle una lección a este cretino (o cretina) que escribe con pseudónimo y sólo Dios sabe quién es. Igual un quinceañero (o quinceañera) pajillero (o pajillera) que un (o una) viejales trasnochado (o trasnochada). Y allí que vamos, cargados con el rastrillo de tres dientes y las antorchas, a pecho descubierto, a linchar al (o la) pedales de turno. Erigidos en marabunta, armados con nuestras palabras más dañinas, a dar cera por doquier. Sin recalar, la mayoría de las veces, en que responder a un idiota es, en el fondo, una forma de legitimar su opinión. Y olvidando que ofender es un privilegio que en las redes sociales, a menudo, se otorga de manera demasiado liviana. Y no debería ser así. Debería ser justo lo contrario: que nos resbale todo aquello que no sea expresado por alguien a quien tengamos en consideración. 

Un día deberíamos hacer la prueba: veinticuatro horas sin responder a quien anda falto de atención. Íbamos a ver lo poco que se esparcía la boñiga palabrera y lo rápido que se le acababa la tontería al tonto. O a la tonta.

28 ene 2021

El primer columnista.

El primer columnista que recuerdo es un cura agustino: Leónides Antón de Lucas. Un sacerdote que lo mismo se ponía el alba para celebrar misa, que podaba rosales por Santa Rita allá por mayo, que agarraba la pluma y te escribía una columna en el extinto “Diario Noroeste”. De él tengo grabadas varias cosas en la memoria, en especial un bofetón muy merecido que me dio en un recreo. Fue una hostia de esas terapéuticas que incluso en el momento, tendría yo nueve años, acepté sin rechistar por apropiada. No tengo trauma ni nada, ojo. Al contrario, le estoy muy agradecido. La otra cosa que me viene a la memoria es él, a la entrada del colegio, entregándome un periódico y señalando orgulloso su nombre con el dedo en la segunda página para que leyera lo que había escrito. Yo entonces no debía tener más de diez años y no sabía lo que era una columna, pero con los años me he dado cuenta de que las suyas fueron las primeras que leí.

Desde hace meses huroneo en internet tratando de aferrarme a su legado y recuperar alguno de sus textos para rememorar aquellas mañanas invernales cruzando la lonja del Monasterio. Sin embargo, la hemeroteca virtual no siempre acompaña y le deja a uno tan frío como el viento que le arrastraba camino del aula en aquellos años colegiales. He encontrado un texto, sólo uno, de hace ya casi 21 años. Y lo he leído y releído. Y he constatado con gusto que escribía con tanta destreza como daba bofetones. Aún albergo la esperanza de que alguna hemeroteca de la Sierra madrileña albergue ejemplares sueltos del periódico y me pueda deleitar un poco más. 

Estos días, que me faltan las ganas de empezar a escribir la tesis, me he acordado varias veces de él al tratar de hallar el origen último de mi interés por las columnas. Escribía en un diario gratuito y me imagino que de forma desinteresada. Le imagino un columnista puro, de esos que escriben por amor al arte. A saber. En el fondo aquel hombre era un misterio para mí. Un misterio que ahora, espoleado por mi inminente inmersión en el mundo columnístico, ha vuelto a cruzarse en mi camino. Yo sé que lo que viene no es fácil y que habrá días que no me apetezca escribir (hoy fue uno de ellos), pero espero de veras que la inercia de aquel guantazo, que fue la mayor lección de decencia de mi vida, me ayude a seguir tecleando incluso en los días más espesos. 


23 ene 2021

Un colesteatoma y una colección de tebeos.

El lunes me operaron del oído. Otra vez. En marzo se cumplían diez años de la última y con ello pasaba el período de riesgo de que el colesteatoma volviera a crecer, pero allá por noviembre la cosa empezó a deteriorar y resultó ser lo que era. Por algún motivo que desconozco desde que nací me crece todo lo que no debería. Y en esta ocasión, además de crecer a destiempo, de nuevo lo estaba haciendo en mal lugar. Así que me armé de paciencia (y de valor, pues me imaginaba el diagnóstico y conocía el tratamiento), fui al médico y me dijo algo que ya sabía: que no existe forma de luchar contra lo inevitable. Que si te tienen que operar, te tienen que operar, Miguel. Y yo, que soy un cagueta, pero un cagueta tremendamente racional, no tuve más remedio que asentir y decirle que adelante. Que si tenía que cortar, cortase. Así que así lo hizo. Cortó y bien cortado. Tanto que me ha dejado una cicatriz de diez centímetros circundando la parte anterior de la oreja derecha (siguiendo, eso sí, la guía de la que ya había, para no tener dos muescas). Que digo yo que igual habría sido más práctico poner una cremallera, doctor, por lo que pueda pasar en el futuro. También me ha dejado un hueso menos, el mastoide, que yo hasta entonces desconocía, pero que al parecer se estaba prestando a que creciera tejido alrededor. Y una prótesis de titanio en el oído, que es lo que más ilusión me ha hecho, la verdad. Ahora, junto a la American Express y el carné de identidad tengo que llevar una tarjeta en la cartera para cuando pase el arco de seguridad del aeropuerto. Porque ahora soy medio ciborg y pito, no como antes, que sólo hacía saltar las alarmas si se me olvidaba sacar las monedas del bolsillo. 

Una cosa que no he contado es que me operé a hurtadillas. O sea, que salvo a tres o cuatro personas, no le conté nada a casi nadie. El martes, cuando me levanté, escribí a mis padres y les dije que lo de operarme a primeros de febrero había sido todo una mentirijilla y que ya estaba hecho. Así soy yo. Al principio alucinaron en colores, “¿Cómo ha salido tan trolero este muchacho?”, pensaron. Pero luego se dieron cuenta de que en realidad era mejor así, que lo de las cirugías estando tan lejos aumenta el nivel de hipocondría en un doscientos por ciento, más o menos. Sobre todo en estas circunstancias, pues mis padres no hablan inglés y mi enfermera particular (a la que adoro) no habla español. Así que al final se rindieron a la evidencia y acabaron reconociéndome que el planteamiento había sido impecable. Sobre todo porque la cirugía había salido fetén, claro.

Yo soy un optimista irredimible. Temerario, casi. Así que la semana pasada, en previsión de un desenlace diferente, algo menos feliz que este en el que salgo del quirófano y le digo en reanimación al anestesista que a mí el Sprite sin güisqui no me gusta, hice algunas concesiones. No me dio por ponerme sentimental ni nada de eso porque el cirujano me había llamado días antes para decirme que se trataba de una operación de “pretty low risk”, pero me permití el lujo de dejar mi colección de tebeos en herencia a cada uno de aquellos con los que hablé antes de entrar a operarme. Y no sólo es que legase lo mismo a todos ellos, sino que lo hice sin ningún tipo de fe, pues en realidad no tengo ningún cómic. 

23 dic 2020

121 Acklen Park dr.

En toda mudanza hay algo de fin del mundo, de época que se acaba. O que empieza. Se hacen cajas con la esperanza de meter todo en ellas, olvidando que las posesiones más valiosas a menudo son recuerdos y que los recuerdos son siempre ligeros. Uno trata de atrapar al vuelo el tiempo, exprimir si acaso una vez más la memoria de las horas transcurridas. Como si eso fuera posible. Mañana te vas y pasado te olvidas que no hace tanto te calentabas con su risa. Y cuando te quieres dar cuenta todas esas noches ya no existen. No queda nada de esos bailes juntos vaciando el fregaplatos, ni de las visitas a hurtadillas que siempre acababan bien. Dejas una casa y te vas a otra, y por el camino se te van perdiendo cosas entre la neblina del traslado. Te vas y algo de ti resiste impregnado en un espacio que otros llenarán, que harán suyo eliminando cualquier rastro de todos esos momentos memorables. Te irás y un ejército de pequeñas posesiones conquistará estos muros rendidos, haciendo olvidar que de ellos colgaron en su día cuadros de los Beatles, fotos de Guille, recuerdos de viajes y una parte de ti. Y tú, ya bajo otro techo, tal vez un viernes por la noche que te pille con la guardia baja mires hacia atrás y recuerdes cómo los tres últimos años, atrapado entre obras y resucitando dos o tres veces por semana, fueron los más felices de tu vida. 

6 dic 2020

Y tú, ¿cómo acabaste aquí?

Una de las preguntas que más veces he escuchado a lo largo de los últimos años es “Y tú, ¿cómo acabaste aquí?” Y yo, que nunca me tomo a mí mismo demasiado en serio, siempre acabo respondiendo lo mismo: “Pues la verdad es que no lo sé”. Pero sí lo sé, sí. Ya ves que si lo sé. Sé perfectamente que todo empezó con un desencanto, el del Derecho; o mejor dicho, el del ejercicio de la abogacía. Yo era el colegiado número 101.027 del ICAM hasta que un día, después de pasar más horas en un tren que en mi silla del despacho, me di cuenta de que en realidad no era feliz. Así que, sin pensarlo dos veces, en medio de la mayor crisis económica que se recuerda y con el índice de paro juvenil más alto de la historia, tras seis años formándome para ser abogado decidí que necesitaba un cambio y dejé el trabajo que siempre había querido tener.

Bueno, ¿y de ahí a Nashville? Pues nada, un 31 de diciembre de 2013 se me presentó la oportunidad de solicitar un puesto para estudiar literatura en la Universidad de Alabama, y después de diez meses parado me pareció buena idea intentarlo. El caso es que tras hacer algunos exámenes y rellenar varios formularios, fui aceptado. Y ahí es donde comenzó todo. Yo me vine a Alabama sin saber exactamente cuánto duraba mi programa ni qué iba a estudiar. No tenía ni idea de nada, sólo sabía que iba a enseñar español y me iban a pagar lo suficiente para sobrevivir. Así que me fui, claro, porque qué mejor se puede hacer a los 26 que lanzarse a una aventura lejos de casa, especialmente cuando uno no es feliz. 

Algo que me hubiese gustado saber entonces es que la emigración, como decía Lope sobre el amor, tiene fácil la entrada y difícil la salida. Que una vez que te vas, cada año que pasas fuera es un poco más difícil volver, pues la experiencia te cambia, el sitio te ata, y la vida te arrastra. El mundo se expande, y a partir de entonces entiendes que la noción de casa no existe, y que pase lo que pase, siempre estarás echando de menos algo. Si te quedas en tu destino, extrañarás tu origen. Y si regresas a tu país, te faltará siempre aquel que te acogió. Emigrar es una experiencia que debería ser obligatoria alguna vez en la vida, aunque sea con una red de protección debajo, como lo hice yo. 

Venga Miguel, deja de filosofar que te enrollas, ¿lo de Nashville qué? Pues nada, lo de Nashville, como todo lo demás, fue casualidad. Yo llegué aquí porque no me quisieron en ninguna otra parte. Y lo hice con toda la ilusión del mundo, porque es la mejor manera de devolver el gesto a quienes te dan la mejor oportunidad de tu vida. En esta ciudad dejé de ser abogado. Porque desde hace tiempo ya he dedicado más tiempo a estudiar literatura y enseñar clases de español de lo que nunca dediqué al estudio del Derecho y al ejercicio de la abogacía. Ahora, cuando la gente me pregunta qué hago, ya no sé muy bien qué responder, porque ya no me considero letrado, pero tampoco soy profesor, a pesar de que algunos de mis estudiantes se empeñen en llamarme así.

Lo cierto, y quizás algo sorprendente a estas alturas, es que yo nunca elegí estudiar un doctorado, y mucho menos en literatura (esto lo dejo para otro día), pero a la larga ha resultado ser algo que me hace feliz. Hace tres veranos, con el alma aún en proceso de remiendo, sentados en la terraza del Batel se nos ocurrió -entre cervezas, a pesar de que ella apenas bebe- que igual eso del columnismo y los periódicos igual podía dar juego. El tema era perfecto, porque una investigación de archivo me obligaba a tener que estar en España, que durante todos estos años ha sido la cuadratura del círculo para mí. Con el tiempo, aquel germen fue dando sus frutos, primero en forma de estudio independiente, y más tarde como un proyecto de tesis. Habrá quien piense que la idea fue mía, pero gran parte de la culpa es de ella, que además de gustarle los chicos con barba y las columnas periodísticas, es muy generosa.

Mañana lunes empiezo oficialmente mis exámenes doctorales. Y a pesar de que llegar hasta aquí no haya sido un proceso fácil y siempre me haga el remolón cuando me preguntan, la verdad es que sí sé cómo lo he hecho. Y aunque nada haya sucedido como inicialmente estaba planeado, me resisto por completo a quitarle una sola coma a esta historia.
 

18 oct 2020

Lo que se va.


Una cosa que me pasa mucho últimamente es que me embriaga la nostalgia. Leo a Cuartango, cuyo Elogio de la quietud transcurre transitando por sus recuerdos, y se me hace un nudo en la garganta al pensar en la inaprehensibilidad de ese tiempo que se ha ido. Veo películas de Garci, la trilogía de El Crack, y me embarga una pena difícil de explicar, un sentimiento de pérdida de una época que en realidad yo nunca llegué a vivir. Consulto periódicos del XIX para escribir mi tesis, y me siento más identificado con aquellas formas exquisitas de entonces que con las de la muchedumbre arrabalera de hoy.  

Hace algunos meses, auspiciado quizás por la lejanía, me asaltó una tarde, mientras caminaba, la idea de que hay una Ítaca a la que ya no podría regresar. Uno tiende a recordar el pasado como un momento feliz, a pesar de que no siempre lo fuera. A menudo el tiempo ejerce de juez, edulcorando la memoria y haciendo más digeribles ciertos pasajes que se han quedado atragantados a medio camino entre las orillas del Leteo del recuerdo, como pensamientos errantes. Quedan los fragmentos, los momentos abstractos, desprovistos de la carga emotiva del ahora. El paso del tiempo no sólo dulcifica, sino que engaña, pues le convierte a uno en espectador lejano de su propia vida.

Cuando pienso en volver a España me doy cuenta de que en el fondo me refiero a un imposible. Salí de allí hace ya más de seis años. Del país que yo conocí quedan apenas las calles, si acaso algunas personas, pero casi nada de lo que algún día fue mi casa. Cuando veo las películas de El Crack, especialmente la uno y la dos, observo una Gran Vía que ya no existe. Un Madrid anterior a mí, unos cines, y unos grandes almacenes que ya no forman parte del imaginario de la ciudad. Veo esa Ítaca imposible que cada día más me resulta España, un lugar familiar, pero que nada tiene que ver con aquel que yo conocí. Y entonces me doy cuenta de que ya no es sólo que me angustie el paso del tiempo, sino que su transcurso me está convirtiendo en un apátrida.

3 ago 2020

Diario de un verano en Nashville - V.

A mí esta pandemia me ha enseñado algunas cosas, como, por ejemplo, que es inútil tratar de razonar algo con alguien que no está dispuesto a entenderte. Que cuando los prejuicios pesan más que las ganas de comprender, es ridículo explicarse. Quien no quiere entender, jamás entenderá; por mucho que se engañe a sí mismo dándoselas de abierto de mente. He aprendido, además, que a veces es mejor dejar ir aunque eso suponga morirse un poco por dentro, y que nunca, bajo ningún concepto, se debe decir de esta agua no beberé, pues al final el grifo siempre se acaba abriendo. Espérate unos años y no tardarás en volver a ver tu reflejo en aquel espejo al que otrora juraste que no te arrimarías. No eres tú, ojo, es la vida, que a veces es muy puta.

 

En estos meses varado en Nashville quizás no haya aprendido todavía del todo el arte de la disculpa, pero sin duda he acabado por interiorizar que cuando la cago la cago, sin más. Eso sí, me he dado cuenta de que ya no sirvo para darle la vuelta a la tortilla, que no tengo ganas de hacer creer a los demás que se han equivocado cuando en el fondo todo es culpa mía. Esto lo aprendí antes, creo, a fuerza de que alguien me lo hiciese a mí constantemente. No, no estaba loco. Y sí, mandar mensajes a veces también son cuernos. Más aún cuando se hace con nocturnidad y alevosía. Y no, no es que me haya vuelto más honesto, es que de sentir que se hace daño a quien se quiere, aunque no sea de forma voluntaria, también se cansa uno. La tristeza sólo genera más tristeza, no importa si eres quien la inflige o la recibe.

 

Otra cosa que he descubierto es que la deslealtad merece ser siempre pagada con indiferencia, que es el mayor de los castigos. No el odio ni el rencor, ojo, sino la indiferencia, que es lo que más jode. Y esto tiene también su lado opuesto: la lealtad. A veces se presenta ante ti de forma sorprendente, y se debe retribuir con confianza. Y si no puedo confiar en ti, siento decirte que igual no eres tú, que lo mismo soy yo, pero que no. Esta es una lección que ya tenía aprendida y que, sin duda, la pandemia ha amplificado. Mis amigos siguen siendo los que eran, sin importar que nos separe un océano. Y lo son porque los tíos no te juzgan nunca, ni siquiera cuando les hablas de la decisión más difícil que has tomado en tu vida y ésta contradice sus propios principios y creencias. Los amigos son amigos, aunque a veces quieras matarlos. Y ser amigo no es algo que suceda de la noche a la mañana. Que no te engañen.

 

Algo que ya sabía, y que sin embargo en estos meses he vuelto a comprobar es que cada uno vive el amor a su manera, y que su manera a veces no es la tuya. Y no por eso está mal, ni bien, sino que simplemente lo mejor es que te guardes tus opiniones para ti, sobre todo cuando nadie te las pide. Esto vale para el amor, pero también sirve para todo lo demás. La frivolidad no casa bien conmigo. Y permitirte el lujo de opinar sobre lo que uno hace y no, pues tampoco. A pesar de que alguno no se lo crea, es posible querer de muchas formas diferentes, a veces de maneras simultáneas, quizás a distintas personas, ¿y sabes qué? Que el hecho de no comprenderlo no te da derecho a juzgarlo, que para poder entender la complejidad de un sentimiento hay que sentirlo. No vale con convertirse en un analista externo. El amor no es un algoritmo desarrollado por Deloitte.

 


29 jun 2020

Diario de un verano en Nashville - IV.

El otro día, revisando el baúl digital de los recuerdos, me encontré con una foto de equipo en la que salíamos unos cuantos bandarras ataviados con la mal llamada elástica del club al que entonces pertenecíamos. Me fijé bien y me di cuenta de que ninguno de nosotros había seguido jugando al fútbol hasta hoy. Es más, si alguien hubiera querido repetir esa instantánea, lo más probable es que hubiera tenido que hacerlo un sábado a las cinco de la mañana en la que hasta hace algún tiempo había sido la discoteca del pueblo, pues pasamos de ser benjamines directamente a borrachos.

 

No recuerdo cuántos, pero yo jugué al fútbol muchos años. O mejor dicho, estuve en el campo mientras se jugaban infinidad de partidos. Fui un falso nueve antes de que el falso nueve existiera. Si en algo estaban de acuerdo todos mis entrenadores era en ponerme de delantero porque era el sitio donde menos estorbaba. El extraordinario caso del delantero sin gol, podría titularse el libro. Sospecho, aunque no lo sé, que tener el mismo fenotipo que el Piraña de Verano azul no ayudaba a ganarme su confianza demasiado. Como tampoco lo hacía el hecho de que en los entrenamientos corriera menos que un Minardi. Mi padre siempre decía que yo veía los partidos desde dentro, y no le faltaba razón. También es cierto que todo lo que me faltaba de fútbol me sobraba de compromiso: daba igual que fuera o no convocado, el sábado por la mañana estaba allí donde estuviera mi equipo.

 

A mis casi 32, soy un miembro tardío de esa generación que acabó sus últimos días colegiales jugando en campos de tierra. Tengo casi más cicatrices en las rodillas que en el corazón. Sé lo que duele el golpe de un Mikasa en la pantorrilla nada más empezado un partido, jugando a bajo cero, y creo que es de esas cosas que le forja a uno el carácter. Cuenta la leyenda que Farinelli se dedicó a la música tras recibir un pelotazo en la entrepierna con uno de ellos.

 

Yo tuve la suerte de vivir la transición. No la del 78, sino la de aquellos sembraos interminables que se fueron convirtiendo en campos de césped artificial. Los balones de reglamento de Nike sustituyeron a aquellas rocas por las que imploraba ET en la película, y aunque también estaban duros como un demonio y te ponían la pierna colorada cuando te daban, por suerte no te arrancaban la piel.

 

Cambiaron los campos y los balones, pero yo seguí siendo aquel delantero sin gol, que lo mismo te metía cuatro en un partido meándose a tres tíos, que te fallaba uno cantado a puerta vacía.

 

He jugado lloviendo, nevando, de resaca, sin dormir, y lo peor de todo: granizando. Esas piedras minúsculas de hielo, que me iban pegando en las orejas mientras corría por el campo como un pollo sin cabeza en Becerril no se me olvidarán jamás.

 

De mis años de bulto sospechoso guardo grandes recuerdos. Nunca me expulsaron, pues a diferencia de esos que suplen su falta de talento con dosis de violencia, yo siempre fui muy consciente de mis propias limitaciones. Creo que fue en cadetes, jugando fútbol once en Torrelodones, donde uno de los defensas centrales del otro equipo comentó con su homónimo que me podían dejar ahí, porque estaba en fuera de juego, a pesar de que yo estaba en mi campo. Ni que decir tiene que mi integridad futbolística no me permitió callarme, y tuve que explicarle a aquel gorderelas cuyo entrenador no había identificado como falso nueve, que si yo estaba en mi campo no podía incurrir en tamaña infracción.

 

Ya algo más mayor, jugando al fútbol sala en juveniles, recuerdo vivamente encenderme un pitillo en los descansos, al estilo de aquel Camel sin filtro que fumaba Johan Cruyff. Aquello, afortunadamente, no duró demasiado, pues terminé por dejar de jugar. Lógico. Fue con aquel equipo que hice una de las porras más sonadas que se me recuerdan en un terreno de juego, hasta el punto de que más de 10 años después, si me encuentro con mi entonces entrenador –que de entrenador no tenía nada, por cierto—me la recuerda como uno de los regates más increíbles habidos y por haber.

 

A los 26, con una oferta para venirme a vivir a Estados Unidos por dos años, colgué las botas sin saberlo. Nunca fui consciente de que aquel partido con el Alfombras los Fernández, del que ya ni sé cómo quedamos o contra quién jugamos, fuese a ser él último.

 

Estos días, mientras me desuello la pierna gracias a mi falta de pericia ciclista, me acuerdo mucho de aquellas pachangas veraniegas en las que casi siempre se nos hacía de noche y siempre había cervezas después. E inevitablemente, estando las cosas como están, pienso en lo mucho que habría dado yo este verano por arrastrarme por un campo con amigos y volver a fallar una vez más un gol a puerta vacía.