30 abr 2021

Disfrutar la incertidumbre.

Como en las películas, todo empezó en Nueva York. Fue un 18 de octubre de 2013, a eso de las siete de la tarde. Nos hallábamos sentados en un McDonald's mangando wifi y bebiéndonos una coca cola en cuyo recipiente podríamos haber nadado unos largos. Probablemente nos estábamos comiendo unos nuggets; ya no me acuerdo. Teníamos las maletas al lado de la mesa y llevábamos puesta la boina no el beret, modernos de no haber cruzado nunca el charco. Y allí estábamos, disfrazados de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, en medio del que para nosotros, en ese momento, era el lugar más inhóspito del mundo y sin saber dónde íbamos a dormir esa noche. Nueva York era un monstruo feísimo enseñándonos los dientes con las mandíbulas desencajadas y, en vez de acojonarnos, nos dio por reírnos, pasarle la seda dental entre los molares y decirle que engullese a otros, que a nosotros no nos asustaba. Y así fue. Reservamos un hotel, caminamos Manhattan arriba, aparcamos nuestro equipaje en el Grace y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos haciendo cola en Burger Joint.

Lo cuento porque ese instante de desamparo es la mayor sensación de libertad que he experimentado en mi vida. Y porque es la primera vez que recuerdo, de manera consciente, disfrutar abiertamente de la incertidumbre de estar vivo. Mirar a los ojos de la duda y decirle, sin titubear y con mucha chulería: esta noche puedes echarme lo que quieras, que no te tengo miedo.

Desde que nacemos nos van poco a poco programando para que queramos tener todo bajo control. La ruta parece estar preestablecida casi desde antes de empezar. Nos convencen de las bondades de hacer planes y sentir que estamos a cargo de nuestra propia suerte. Así que claro, a la mínima que nos salimos un poco de la línea nos entran los soponcios, los disgustos y los ataques de ansiedad. Y alguien debería enseñarnos que no tiene por qué ser así. Que no pasa nada por escribir torcido de vez en cuando. Que la ausencia de certeza, a veces, esconde sensaciones maravillosas. Y que estar perdido en medio de la nada, sin saber dónde dormirás esa noche, puede ser, en ciertos momentos de la vida, la mejor manera de encontrarse a uno mismo. 


22 abr 2021

El penúltimo reducto de la infancia.

Pasan los años y las personas se van. Y en uno de esos portazos a la vida, queda la estirpe tambaleándose como un tentempié que no acaba de encontrar jamás el equilibrio. Miras al frente y cuando te quieres dar cuenta hacia atrás no queda nada. El pasado se diluye a la sombra de una parra en una casa rosa, mientras te ves clavando clavos en retales de madera con un martillo cuyo peso tus brazos apenas pueden soportar. La memoria se despeña haciéndose la indiferente, pues a ella el paso del tiempo no le afecta, recordándote aquellos fideos gordos que comías en la casa de la playa. Las partidas de mus que jugaba tu padre con tu abuelo. Los nísperos que colgaban del árbol de la esquina de la calle Esperanto. El melón al que operaba Florencio en la terraza. Las mañanas de verano en la piscina. Comer en la cocina del bar antes de que empezaran las comidas y esperar dos horas en casa hasta hacer la digestión. El futuro entonces no era más que una promesa y el tiempo estaba detenido entre la bruma de la monotonía veraniega. Pasó la vida y poco a poco empezaron a desaparecer los personajes de la historia. Uno a uno fueron dejándose caer del otro lado, llevándose consigo –algunos— una gran parte de mí. Con el tiempo se acabaron secando aquellos limoneros y al dominó se le perdió el seis doble. Y en aquella casa, donde siempre había sopa, sin importar la época del año, se acabaron de un plumazo los últimos días del Edén. Crecimos. Y con crecer fuimos desterrando vacaciones, cada vez más reticentes a despegarnos de los nuestros. Aquel mar que hacía juego con el edificio rojo del fondo dejó paso a los días raros. Elena, que así se llamaba el supermercado de la esquina, acabó echando el cierre y dando paso a un pub irlandés. El niño al que le colgaban los pies mientras bebía zumo de tomate natural sentado en la encimera, se acabó haciendo grande. Y nosotros, que entonces no supimos valorar lo que teníamos, miramos hoy con ojos de nostalgia cómo cae, por desgracia, el penúltimo reducto de la infancia.  

3 abr 2021

El amor. O algo así.

Cuando nos conocimos el amor ya estaba inventado. Y sin embargo decidimos retorcerlo, estrujarlo hasta que se convirtió en algo maleable. Nuestro. Hicimos cálculos a ojo y nos dimos cuenta de que sí. Que en este barco de papel cabíamos los dos, aunque a ratos nos tocase achicar agua a estribor. Así que nos pusimos manos a la obra. Sin carta de navegación, sin astrolabio y sin nada. Seguimos nuestro instinto, que no siempre es el mejor, como si hubiese algo de infalible en ser valientes en el fin del mundo. Con el tiempo, tras un sinfín de horas sin silencio, nos hemos dado cuenta de que en nosotros lo uno no siempre va de la mano de lo eterno. Que eso es más bien para el resto. Y está bien. Hemos aceptado no encajar en el molde y, de paso, acordado no hacer apología del modelo; por si alguien se da cuenta de que este amor no hace pie en piscinas de teselas setenteras. En el fondo no somos más que un paso aventajado que todavía está buscando el equilibrio entre mareas. Y nos vale. Porque aunque no encajemos en la definición de amor del diccionario, hemos inventado una baraja en la que sin marcar las cartas ganamos ambos siempre la partida. Nos funciona jugar conforme a nuestras propias reglas aunque de tarde en tarde nos toque cambiarlas en medio del partido. Descubrir a golpe de palabra lo que nos convence y lo que no. Que parece fácil, pero no. A nosotros nos sirve ser conscientes de que no somos perfectos. Nos gusta aspirar a un lugar en el que tiemblen los cimientos de ese amor uno que al resto une y a nosotros a veces nos sofoca. Y no hay nada malo en no ser el tipo de la norma, ni en tratar de respirar por fuera de la escafandra una vez que hemos llegado hasta la luna. Al contrario. Ahí arriba la gravedad deja de ser una constante y la ausencia de fuerza de atracción convierte todo esto en algo menos angustioso. Más ligero. Y se agradece.

25 mar 2021

No pasa nada.

Una cosa que he aprendido después de algunos años es que no pasa nada por equivocarse. Que es normal no acertar a la primera. Que está bien no saber exactamente qué es lo que quieres. Que dejar una carrera profesional tras años formándote no es el fin del mundo; hay vida más allá de un trabajo, especialmente si este no te llena. 

Algo que parece que está mal decir, sobre todo ahora que parecemos estar obligados a soñar siempre a lo grande, es que no pasa nada por no ser un genio. El común de los mortales no lo es y vive feliz siendo normal. Tu valor personal no depende de tu desempeño laboral, a pesar de que tener éxito en éste último resulte muy gratificante.
  
Yo estudié Derecho y me encantó. Después hice un máster para ampliar conocimientos y lo disfruté muchísimo. Tras seis años encontré el trabajo que siempre había querido y en menos de un año me di cuenta de que esa vida no era para mí. Y visto en perspectiva, casi 10 años después de dejarlo, no me arrepiento de haber colgado la toga. 

Podría pensar que todo fue tiempo perdido. Sin embargo, aquellos casi siete años dedicados a la abogacía, sin saberlo, me prepararon para mi siguiente destino profesional: la literatura. Mi formación legal me proporcionó una serie de habilidades analíticas que me han resultado muy útiles a la larga. 

Redefinir una carrera es difícil. Aceptar que aquello para lo que creías tener una vocación no es para ti, es complicado. Encontrar tu camino toma tiempo. A veces años. Que no te engañen, el verdadero éxito está en ser feliz. Si no te gusta lo que haces, aunque sea lo que siempre quisiste ser, prepárate y cambia. El fracaso es no intentarlo.

14 mar 2021

Cosas que no.

El sexo sin un proceso previo de seducción. Las faltas de estilo. Los olores estridentes. La gente que se queja de todo por sistema. Las relaciones forzadas. Los pantalones blancos. El fuera de juego. Las polillas. Los zapatos de punta. Dejar las luces encendidas. Los que se escaquean de sus obligaciones. Las canastas a tablero. Los tristes. Dormir con calor. La ausencia de clase. El invierno. La miserabilidad. Los envidiosos. Caminar descalzo por casa. Las corbatas finitas. La Nordic Mist. Encontrarme un párrafo excesivamente largo en un libro. Dar con una rodaja de limón en el gintónic. Los trajes demasiado grandes. Los hombres que se tiñen el pelo. La gente que no sabe envejecer. Los cretinos. Las alturas. La faja de los libros. Los que se creen muy importantes. El transcurso del tiempo. Las disculpas insinceras. Aquellos que lo politizan todo siempre. Hacer la cama. Dormir en una cama deshecha. El olor a tabaco. Los que no tienen sentido de la estética. Las camisas moradas. Los que siempre se la cogen con papel de fumar. La gente que lleva un carro lleno y no te deja pasar en la cola del supermercado aunque vea que sólo tienes dos cosas. El lenguaje inclusivo. Los cotillas. La falta de rigor. Los pendientes de aro grandes. Los trajes con brillo. La gente que no come de todo. El pelo sucio. Los que dan su opinión sin que se la pidan. Aquellos que buscan el aplauso constante de los demás. El postureo intelectual. Los que no saben la diferencia entre ay, ahí y hay. Las presentaciones muy largas. Los profesores que se limitan a leer powerpoints en sus clases. La titulitis. La falta de empatía. La gente que apaga las colillas en el suelo. El café malo. Los traidores. La palabra problematizar. Lavar el coche. Los attention seekers. Las reuniones de trabajo los viernes por la tarde. La impaciencia. La gente moñas. Las personas desagradecidas. Las uñas exageradamente largas. Los meapilas. Los que se creen en posesión de la verdad. Los resignados. La gente que se refiere a sus mascotas como si fueran sus hijos. Las piscinas vacías. Los que dan la mano blanda. Llevar sucios los cristales de las gafas. Las fotos pixeladas. La moqueta. La falta de educación. Las copas muy cargadas. Los sitios pretenciosos. El exceso de ruido. La gente que no tiene dignidad. Los que juzgan sin saber. Que suene el despertador y que lo haga siempre en el mejor momento del sueño.

9 mar 2021

Pequeñas alegrías.

El primer café del sábado. Dormir con la ventana abierta en primavera. El olor a mar. Subirse a un avión. Llegar a casa borracho una noche de agosto. Hacer un arroz negro. Madrugar. Un primer beso. Salir a tomar algo, liarte y regresar a casa al día siguiente. Cambiar de canal y encontrar tu película favorita. El pelo enmarañado. Lo que viene antes del pelo enmarañado. Descorchar una botella de champán. Entrar en unos pantalones en los que hace tiempo no cabías. Hacer un regalo a conciencia. Un gofre con chocolate. Volver a hablar con alguien a quien diste por perdido para siempre. Ir a Roma. Aparcar a la primera. Enviar una postal. Que no se te peguen las tortitas. Estrenar camisa. Encontrar un libro bonito en un puesto de viejo. Las primeras fresas. Regalar flores. Pasear por el Retiro. Descolgar el teléfono y escuchar la voz de tu madre. Abrir un ojo a media noche y darte cuenta de que aún faltan horas para el despertador. Un gintónic bien hecho. Un olor familiar. Regresar a España y plantarte en casa de tus padres por sorpresa. Adoptar un cachorro. Saberte la respuesta a una pregunta del Trivial. Leer un libro y darte cuenta en la tercera página de que no quieres que se acabe. Sentirte turista en tu propia ciudad. Pedir un perdón sincero. Descubrir una canción y sentir que nunca ninguna otra podrá ser mejor que esa. Ir a Nueva York un finde y que al volver ya sea fin de mes aunque estemos a primeros. Levantarse una mañana con el guapo subido. Ver nevar detrás de la ventana. El primer día sin calcetines después del invierno. Cerrar un bar. Y otro. Que a alguien le guste lo que escribes. Un croissant de mantequilla recién hecho. Recordar un nombre que tenías en la punta de la lengua. Que te salgan las cuentas. La ropa planchada. Escribir la tilde de sólo. Y de guión. El primer trago de cerveza. Recibir una carta manuscrita, aunque no sea de amor. Estampar un libro con tu ex libris. El olor del pan recién horneado. Sacar un cinco doble a la primera en el parchís. Tomar una decisión después de un tiempo dándole vueltas a algo. Un corte de pelo y un arreglo de barba de tu peluquera de confianza. Un día de sol después de muchos días grises. Volver a casa después de un año y medio fuera. Visitar Granada. Que te diga que sí, que se casa contigo. 

26 feb 2021

Lisboa.

“Me preguntó por qué sabía yo que aquel encuentro era el último. «Pues por las películas», le dije, «cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre».”

El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina.


En Lisboa uno no ha llegado y ya tiene la sensación de que la ciudad ha empezado a despedirlo. Es como aterrizar directo en la nostalgia. Caminar por sus calles es viajar en el tiempo. Sus fachadas rezuman trasiego vital. Humo pretérito. Da igual la hora del día, pues la tristeza parece encontrarse siempre a la vuelta de cualquier esquina. Está impresa en el carácter. En ella se pueden ver la decadencia y la belleza paseando de la mano, como una pareja que acaba de romper pero aun así comparte paraguas. Tiene un color ocre que tinta el ambiente y parece estar preso también en el sonido: el portugués es el idioma del alma. Si lo escuchas al cantar te resquebraja. Las palabras se derriten al ser pronunciadas. El fado es un incendio. Un crisantemo ardiendo que se apaga solo en la celda de un convento. Un llanto que abriga y se atraganta entre los ojos. Como un perdón atravesado en la garganta. Un puñal y un lamento. Como un lunes postrero y afectado. Lisboa es una ciudad que vive indiferente. Que transita entre los días laborables. Hay algo en ella de reloj averiado. De manecilla quieta a las tres de la mañana. De corazón que a veces deja de latir. Es como un susurro. Como un tren abandonado en medio de una vía. Pertenece a otra década. Quién sabe si a otro siglo. Un sitio perfecto para ver llover y apreciar el color de los reflejos en sus adoquines maltrechos. Se la puede echar de menos sin haber estado allí. Es como una especie de melancolía de saldo. Si pudiera elegir ser otra ciudad, todavía sería ella. Y sin estar, y habiendo estado, uno tiene esa extraña sensación de querer volver a un sitio gris donde nunca ha visto el sol. Porque Lisboa no es un lugar. Es un estado de ánimo.


21 feb 2021

Benidorm 1999.

Recuerdo que algunos veranos, casi siempre en julio, pues en agosto se volvían a San Lorenzo hasta pasada la romería, íbamos allí. A veces, manías de mi padre, llegábamos casi sin avisar. Llamábamos cuando parábamos en Juanito y, entre que nos comíamos el montado de lomo y comprábamos la caja de Miguelitos de rigor, les decíamos que estábamos de camino. Al llegar el ritual era siempre el mismo, Florencio bajaba hasta la acera y con un enorme mando gris y rojo que tenía entre los asientos de su coche junto a un Nokia antediluviano, nos abría la puerta del garaje mientras la abuela miraba desde el balcón del Dona I. Una vez aparcados, algo que solía ser difícil, pues siempre hubo menos plazas que pisos, nos acercábamos hasta el zaguán para coger el ascensor. Allí estaba Cristóbal, el conserje que peor fregaba los pasillos de toda la provincia y el que mejor tarareaba rancheras de todo Benidorm. Ya en el cuarto, casi al final del corredor de la derecha, la abuela salía a recibirnos a la puerta, casi siempre con el mandil puesto y una piel áurea, tostada a fuego lento bajo el sol. 

Durante nuestra estancia era casi tradición cruzarnos con los hijos del vecino, un par de ganapanes algo más mayores que yo que trabajaban en el supermercado que sus padres tenían en la zona comercial y hablaban idiomas por doquier. Cuestión de tiempo era ir encontrándonos con el resto de la fauna del edificio: la perrona, que era una señora a la que mi abuelo había bautizado así y sobre quien siempre se cernió la sospecha de la calle; el cornudo, marido de ésta y hombre de dudosa inteligencia; y el hijo de éstos, al que le faltaban, como mínimo, seis o siete hervores. Por allí andaba también el tío Félix, una especie de señor Cuesta calvo y gordo, patriarca de todos los anteriores, que siempre ostentaba, voto por delegación mediante, la presidencia de aquella nuestra comunidad. 

El barrio no era la colonia de El Viso –porque en Benidorm nada lo es— pero el edificio tenía dos piscinas y una cancha de fútbol donde, a eso de las cinco, que ya daba la sombra del Hotel Poseidón, nos juntábamos los chicos de los dos bloques a dar patadas a un balón. La cosa nunca se alargaba demasiado, pues al rato mi madre me llamaba desde el otro lado de la valla para que subiera a ducharme. Aquella rutina, que se repetía cada día, era el prólogo del paseo de la tarde; algo que a mí me aburría sobremanera, pero que formaba parte de la costumbre del lugar. Algunos días –los menos— si había suerte, dábamos una vuelta hasta la plaza del coño o subíamos hasta el castillo, que a pesar de que la cuesta era empinada, quedaba mucho más cerca de casa que el Rincón de Loix. Otros no quedaba más remedio que resignarse y caminar hasta el final de la playa, algo que a mí me resultaba muy tedioso entre todos aquellos andadores y sillas motorizadas, pero que mis abuelos, que conocían a medio paseo marítimo, disfrutaban con fruición. 

Las mañanas eran distintas, aunque siempre empezaban igual. Mi abuela se levantaba y preparaba zumos de naranja para todos. Algunas veces, nunca llegué a saber muy bien por qué, lo mezclaba con zumo de limón, y si las naranjas no andaban muy cristianas, que a veces tenían una acidez del demonio, les echaba un chorrito de edulcorante líquido que lo arreglaba todo. Después de eso, mi abuelo, que no tomaba café y siempre se dejaba un culillo de líquido en el vaso, sin importar lo que estuviera tomando, bajaba a comprar el AS a Choni, una tienda de periódicos que regentaba un tal Juan. Yo, que entonces no leía demasiado, la recuerdo como un lugar donde se vendía de todo: desde libros, periódicos y coleccionables, hasta chancletas, colchonetas hinchables y balones de playa. Ayer, mientras escribía esto, vi en Google Street View que aquel bazar había sido sustituido por un supermercado de esos donde los ingleses hacen acopio de espirituosos múltiples y pensé que el alcoholismo ajeno había ido poco a poco devorando los lugares de la memoria de mi infancia.  

Después de comprarlo, Florencio leía el periódico en la playa, entre baño y baño, mientras mi abuela, reposando en la tumbona se enteraba de los entresijos de la vida de Chabeli en el último número del Pronto. Allí, entre hordas de gente, aprendimos mi hermano y yo a orientarnos, sobre todo después de que una vez se perdiera regresando de la orilla y lo encontrásemos intacto con su bañador de Mudito y su botella de agua debajo de un parasol ajeno. Desde entonces, cada día nos fijábamos en el edificio de enfrente para tener así una referencia en caso de extravío. Casualidades de la vida, o no, durante mucho tiempo plantamos la sombrilla justo al lado del KM, lugar de encuentro de borrachos al que años más tarde volveríamos Pablo y yo a deshoras, ya sin nuestros padres, a mezclarnos con la turma entre tragos de ginebra y darnos el lote con alguna rubia de palo. 

De vez en cuando –más menos que más, salvo que fuésemos en comandita con la familia de mi padre—, comíamos fuera de casa. Era costumbre ir al mismo sitio, una casa de comidas que nunca supe cómo se llamaba, pues los mayores se referían a ella como “donde Enrique”. Tenía un menú del día en el que, salvo contadas excepciones, siempre comíamos lo mismo: paella de primero y de segundo, y arroz con leche de postre. Algunos días, si había suerte, nos soltaban veinte duros y nos permitían ir a los recreativos que había justo debajo, donde pasábamos el rato jugando al Tekken mientras ellos se tomaban el café en la sobremesa. 

La ciudad, como nosotros, siguió creciendo. El Habana, que estaba en frente de casa y hacía un montón de ruido por las noches, cerró. Lo mismo pasó con el Toscana, que hacía la mejor pizza cuatro quesos que yo he probado. La calle por la que entrábamos hasta el garaje se peatonalizó y los abuelos se fueron haciendo más y más mayores. La última vez que fui, ya ni siquiera me quedé en el Dona I, sino que lo hice en un ático desde el que se veía el mar. Cambié los zumos de la abuela por las copas, y pasé de ir a la playa de día a hacerlo de noche para bañarme en pelotas con una pelirroja que seguramente ya se haya olvidado de mí. Al contrario que yo de Benidorm, del que ya todo son recuerdos.


8 feb 2021

Somos cómplices.

El tonto (o la tonta) de turno ha parido un exabrupto. Pasa cada día. Y cada día vamos todos en manada a decirle lo tonto (o tonta) que es. Había dos opciones: dejar pasar la bala y verla rodar virtualmente como un estepicursor en medio del Death Valley, o enfundarnos el antifaz de justicieros cibernéticos y tirar de retranca (en el mejor de los casos) para señalarle sus miserias. Y claro, como somos de gatillo fácil, elegimos la segunda. Vamos a poner en evidencia a este capullo (o esta capulla, Dios me libre de no hacer distingo) que se lo ha ganado a pulso, nos decimos mientras blandimos el diccionario como si fuésemos antidisturbios. ¿Cómo me voy a quedar yo callado ante tamaña idiotez, Señor? ¿Cómo resistirme a decirle algo que, por otra parte, jamás le diría si en lugar de haber una pantalla de por medio lo (o la) tuviese sentado (o sentada) detrás de mí en la barra de un bar? Pues así con todo. Un día tras otro pisamos el mismo charco, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, sin caer en la cuenta de que en el fondo somos cómplices. No de la chorrada, que pertenece a su legítimo propietario (o legítima propietaria), sino de dar pábulo a un (o una) idiota. De alimentar el ego de un (o una) torpe. De crear un becerro (o becerra) de oro. O de golfi, tampoco vamos a pasarnos, que esto es Twitter. 

Venga, vamos a darle una lección a este cretino (o cretina) que escribe con pseudónimo y sólo Dios sabe quién es. Igual un quinceañero (o quinceañera) pajillero (o pajillera) que un (o una) viejales trasnochado (o trasnochada). Y allí que vamos, cargados con el rastrillo de tres dientes y las antorchas, a pecho descubierto, a linchar al (o la) pedales de turno. Erigidos en marabunta, armados con nuestras palabras más dañinas, a dar cera por doquier. Sin recalar, la mayoría de las veces, en que responder a un idiota es, en el fondo, una forma de legitimar su opinión. Y olvidando que ofender es un privilegio que en las redes sociales, a menudo, se otorga de manera demasiado liviana. Y no debería ser así. Debería ser justo lo contrario: que nos resbale todo aquello que no sea expresado por alguien a quien tengamos en consideración. 

Un día deberíamos hacer la prueba: veinticuatro horas sin responder a quien anda falto de atención. Íbamos a ver lo poco que se esparcía la boñiga palabrera y lo rápido que se le acababa la tontería al tonto. O a la tonta.

28 ene 2021

El primer columnista.

El primer columnista que recuerdo es un cura agustino: Leónides Antón de Lucas. Un sacerdote que lo mismo se ponía el alba para celebrar misa, que podaba rosales por Santa Rita allá por mayo, que agarraba la pluma y te escribía una columna en el extinto “Diario Noroeste”. De él tengo grabadas varias cosas en la memoria, en especial un bofetón muy merecido que me dio en un recreo. Fue una hostia de esas terapéuticas que incluso en el momento, tendría yo nueve años, acepté sin rechistar por apropiada. No tengo trauma ni nada, ojo. Al contrario, le estoy muy agradecido. La otra cosa que me viene a la memoria es él, a la entrada del colegio, entregándome un periódico y señalando orgulloso su nombre con el dedo en la segunda página para que leyera lo que había escrito. Yo entonces no debía tener más de diez años y no sabía lo que era una columna, pero con los años me he dado cuenta de que las suyas fueron las primeras que leí.

Desde hace meses huroneo en internet tratando de aferrarme a su legado y recuperar alguno de sus textos para rememorar aquellas mañanas invernales cruzando la lonja del Monasterio. Sin embargo, la hemeroteca virtual no siempre acompaña y le deja a uno tan frío como el viento que le arrastraba camino del aula en aquellos años colegiales. He encontrado un texto, sólo uno, de hace ya casi 21 años. Y lo he leído y releído. Y he constatado con gusto que escribía con tanta destreza como daba bofetones. Aún albergo la esperanza de que alguna hemeroteca de la Sierra madrileña albergue ejemplares sueltos del periódico y me pueda deleitar un poco más. 

Estos días, que me faltan las ganas de empezar a escribir la tesis, me he acordado varias veces de él al tratar de hallar el origen último de mi interés por las columnas. Escribía en un diario gratuito y me imagino que de forma desinteresada. Le imagino un columnista puro, de esos que escriben por amor al arte. A saber. En el fondo aquel hombre era un misterio para mí. Un misterio que ahora, espoleado por mi inminente inmersión en el mundo columnístico, ha vuelto a cruzarse en mi camino. Yo sé que lo que viene no es fácil y que habrá días que no me apetezca escribir (hoy fue uno de ellos), pero espero de veras que la inercia de aquel guantazo, que fue la mayor lección de decencia de mi vida, me ayude a seguir tecleando incluso en los días más espesos.