25 mar 2021

No pasa nada.

Una cosa que he aprendido después de algunos años es que no pasa nada por equivocarse. Que es normal no acertar a la primera. Que está bien no saber exactamente qué es lo que quieres. Que dejar una carrera profesional tras años formándote no es el fin del mundo; hay vida más allá de un trabajo, especialmente si este no te llena. 

Algo que parece que está mal decir, sobre todo ahora que parecemos estar obligados a soñar siempre a lo grande, es que no pasa nada por no ser un genio. El común de los mortales no lo es y vive feliz siendo normal. Tu valor personal no depende de tu desempeño laboral, a pesar de que tener éxito en éste último resulte muy gratificante.
  
Yo estudié Derecho y me encantó. Después hice un máster para ampliar conocimientos y lo disfruté muchísimo. Tras seis años encontré el trabajo que siempre había querido y en menos de un año me di cuenta de que esa vida no era para mí. Y visto en perspectiva, casi 10 años después de dejarlo, no me arrepiento de haber colgado la toga. 

Podría pensar que todo fue tiempo perdido. Sin embargo, aquellos casi siete años dedicados a la abogacía, sin saberlo, me prepararon para mi siguiente destino profesional: la literatura. Mi formación legal me proporcionó una serie de habilidades analíticas que me han resultado muy útiles a la larga. 

Redefinir una carrera es difícil. Aceptar que aquello para lo que creías tener una vocación no es para ti, es complicado. Encontrar tu camino toma tiempo. A veces años. Que no te engañen, el verdadero éxito está en ser feliz. Si no te gusta lo que haces, aunque sea lo que siempre quisiste ser, prepárate y cambia. El fracaso es no intentarlo.

14 mar 2021

Cosas que no.

El sexo sin un proceso previo de seducción. Las faltas de estilo. Los olores estridentes. La gente que se queja de todo por sistema. Las relaciones forzadas. Los pantalones blancos. El fuera de juego. Las polillas. Los zapatos de punta. Dejar las luces encendidas. Los que se escaquean de sus obligaciones. Las canastas a tablero. Los tristes. Dormir con calor. La ausencia de clase. El invierno. La miserabilidad. Los envidiosos. Caminar descalzo por casa. Las corbatas finitas. La Nordic Mist. Encontrarme un párrafo excesivamente largo en un libro. Dar con una rodaja de limón en el gintónic. Los trajes demasiado grandes. Los hombres que se tiñen el pelo. La gente que no sabe envejecer. Los cretinos. Las alturas. La faja de los libros. Los que se creen muy importantes. El transcurso del tiempo. Las disculpas insinceras. Aquellos que lo politizan todo siempre. Hacer la cama. Dormir en una cama deshecha. El olor a tabaco. Los que no tienen sentido de la estética. Las camisas moradas. Los que siempre se la cogen con papel de fumar. La gente que lleva un carro lleno y no te deja pasar en la cola del supermercado aunque vea que sólo tienes dos cosas. El lenguaje inclusivo. Los cotillas. La falta de rigor. Los pendientes de aro grandes. Los trajes con brillo. La gente que no come de todo. El pelo sucio. Los que dan su opinión sin que se la pidan. Aquellos que buscan el aplauso constante de los demás. El postureo intelectual. Los que no saben la diferencia entre ay, ahí y hay. Las presentaciones muy largas. Los profesores que se limitan a leer powerpoints en sus clases. La titulitis. La falta de empatía. La gente que apaga las colillas en el suelo. El café malo. Los traidores. La palabra problematizar. Lavar el coche. Los attention seekers. Las reuniones de trabajo los viernes por la tarde. La impaciencia. La gente moñas. Las personas desagradecidas. Las uñas exageradamente largas. Los meapilas. Los que se creen en posesión de la verdad. Los resignados. La gente que se refiere a sus mascotas como si fueran sus hijos. Las piscinas vacías. Los que dan la mano blanda. Llevar sucios los cristales de las gafas. Las fotos pixeladas. La moqueta. La falta de educación. Las copas muy cargadas. Los sitios pretenciosos. El exceso de ruido. La gente que no tiene dignidad. Los que juzgan sin saber. Que suene el despertador y que lo haga siempre en el mejor momento del sueño.

9 mar 2021

Pequeñas alegrías.

El primer café del sábado. Dormir con la ventana abierta en primavera. El olor a mar. Subirse a un avión. Llegar a casa borracho una noche de agosto. Hacer un arroz negro. Madrugar. Un primer beso. Salir a tomar algo, liarte y regresar a casa al día siguiente. Cambiar de canal y encontrar tu película favorita. El pelo enmarañado. Lo que viene antes del pelo enmarañado. Descorchar una botella de champán. Entrar en unos pantalones en los que hace tiempo no cabías. Hacer un regalo a conciencia. Un gofre con chocolate. Volver a hablar con alguien a quien diste por perdido para siempre. Ir a Roma. Aparcar a la primera. Enviar una postal. Que no se te peguen las tortitas. Estrenar camisa. Encontrar un libro bonito en un puesto de viejo. Las primeras fresas. Regalar flores. Pasear por el Retiro. Descolgar el teléfono y escuchar la voz de tu madre. Abrir un ojo a media noche y darte cuenta de que aún faltan horas para el despertador. Un gintónic bien hecho. Un olor familiar. Regresar a España y plantarte en casa de tus padres por sorpresa. Adoptar un cachorro. Saberte la respuesta a una pregunta del Trivial. Leer un libro y darte cuenta en la tercera página de que no quieres que se acabe. Sentirte turista en tu propia ciudad. Pedir un perdón sincero. Descubrir una canción y sentir que nunca ninguna otra podrá ser mejor que esa. Ir a Nueva York un finde y que al volver ya sea fin de mes aunque estemos a primeros. Levantarse una mañana con el guapo subido. Ver nevar detrás de la ventana. El primer día sin calcetines después del invierno. Cerrar un bar. Y otro. Que a alguien le guste lo que escribes. Un croissant de mantequilla recién hecho. Recordar un nombre que tenías en la punta de la lengua. Que te salgan las cuentas. La ropa planchada. Escribir la tilde de sólo. Y de guión. El primer trago de cerveza. Recibir una carta manuscrita, aunque no sea de amor. Estampar un libro con tu ex libris. El olor del pan recién horneado. Sacar un cinco doble a la primera en el parchís. Tomar una decisión después de un tiempo dándole vueltas a algo. Un corte de pelo y un arreglo de barba de tu peluquera de confianza. Un día de sol después de muchos días grises. Volver a casa después de un año y medio fuera. Visitar Granada. Que te diga que sí, que se casa contigo. 

26 feb 2021

Lisboa.

“Me preguntó por qué sabía yo que aquel encuentro era el último. «Pues por las películas», le dije, «cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre».”

El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina.


En Lisboa uno no ha llegado y ya tiene la sensación de que la ciudad ha empezado a despedirlo. Es como aterrizar directo en la nostalgia. Caminar por sus calles es viajar en el tiempo. Sus fachadas rezuman trasiego vital. Humo pretérito. Da igual la hora del día, pues la tristeza parece encontrarse siempre a la vuelta de cualquier esquina. Está impresa en el carácter. En ella se pueden ver la decadencia y la belleza paseando de la mano, como una pareja que acaba de romper pero aun así comparte paraguas. Tiene un color ocre que tinta el ambiente y parece estar preso también en el sonido: el portugués es el idioma del alma. Si lo escuchas al cantar te resquebraja. Las palabras se derriten al ser pronunciadas. El fado es un incendio. Un crisantemo ardiendo que se apaga solo en la celda de un convento. Un llanto que abriga y se atraganta entre los ojos. Como un perdón atravesado en la garganta. Un puñal y un lamento. Como un lunes postrero y afectado. Lisboa es una ciudad que vive indiferente. Que transita entre los días laborables. Hay algo en ella de reloj averiado. De manecilla quieta a las tres de la mañana. De corazón que a veces deja de latir. Es como un susurro. Como un tren abandonado en medio de una vía. Pertenece a otra década. Quién sabe si a otro siglo. Un sitio perfecto para ver llover y apreciar el color de los reflejos en sus adoquines maltrechos. Se la puede echar de menos sin haber estado allí. Es como una especie de melancolía de saldo. Si pudiera elegir ser otra ciudad, todavía sería ella. Y sin estar, y habiendo estado, uno tiene esa extraña sensación de querer volver a un sitio gris donde nunca ha visto el sol. Porque Lisboa no es un lugar. Es un estado de ánimo.


21 feb 2021

Benidorm 1999.

Recuerdo que algunos veranos, casi siempre en julio, pues en agosto se volvían a San Lorenzo hasta pasada la romería, íbamos allí. A veces, manías de mi padre, llegábamos casi sin avisar. Llamábamos cuando parábamos en Juanito y, entre que nos comíamos el montado de lomo y comprábamos la caja de Miguelitos de rigor, les decíamos que estábamos de camino. Al llegar el ritual era siempre el mismo, Florencio bajaba hasta la acera y con un enorme mando gris y rojo que tenía entre los asientos de su coche junto a un Nokia antediluviano, nos abría la puerta del garaje mientras la abuela miraba desde el balcón del Dona I. Una vez aparcados, algo que solía ser difícil, pues siempre hubo menos plazas que pisos, nos acercábamos hasta el zaguán para coger el ascensor. Allí estaba Cristóbal, el conserje que peor fregaba los pasillos de toda la provincia y el que mejor tarareaba rancheras de todo Benidorm. Ya en el cuarto, casi al final del corredor de la derecha, la abuela salía a recibirnos a la puerta, casi siempre con el mandil puesto y una piel áurea, tostada a fuego lento bajo el sol. 

Durante nuestra estancia era casi tradición cruzarnos con los hijos del vecino, un par de ganapanes algo más mayores que yo que trabajaban en el supermercado que sus padres tenían en la zona comercial y hablaban idiomas por doquier. Cuestión de tiempo era ir encontrándonos con el resto de la fauna del edificio: la perrona, que era una señora a la que mi abuelo había bautizado así y sobre quien siempre se cernió la sospecha de la calle; el cornudo, marido de ésta y hombre de dudosa inteligencia; y el hijo de éstos, al que le faltaban, como mínimo, seis o siete hervores. Por allí andaba también el tío Félix, una especie de señor Cuesta calvo y gordo, patriarca de todos los anteriores, que siempre ostentaba, voto por delegación mediante, la presidencia de aquella nuestra comunidad. 

El barrio no era la colonia de El Viso –porque en Benidorm nada lo es— pero el edificio tenía dos piscinas y una cancha de fútbol donde, a eso de las cinco, que ya daba la sombra del Hotel Poseidón, nos juntábamos los chicos de los dos bloques a dar patadas a un balón. La cosa nunca se alargaba demasiado, pues al rato mi madre me llamaba desde el otro lado de la valla para que subiera a ducharme. Aquella rutina, que se repetía cada día, era el prólogo del paseo de la tarde; algo que a mí me aburría sobremanera, pero que formaba parte de la costumbre del lugar. Algunos días –los menos— si había suerte, dábamos una vuelta hasta la plaza del coño o subíamos hasta el castillo, que a pesar de que la cuesta era empinada, quedaba mucho más cerca de casa que el Rincón de Loix. Otros no quedaba más remedio que resignarse y caminar hasta el final de la playa, algo que a mí me resultaba muy tedioso entre todos aquellos andadores y sillas motorizadas, pero que mis abuelos, que conocían a medio paseo marítimo, disfrutaban con fruición. 

Las mañanas eran distintas, aunque siempre empezaban igual. Mi abuela se levantaba y preparaba zumos de naranja para todos. Algunas veces, nunca llegué a saber muy bien por qué, lo mezclaba con zumo de limón, y si las naranjas no andaban muy cristianas, que a veces tenían una acidez del demonio, les echaba un chorrito de edulcorante líquido que lo arreglaba todo. Después de eso, mi abuelo, que no tomaba café y siempre se dejaba un culillo de líquido en el vaso, sin importar lo que estuviera tomando, bajaba a comprar el AS a Choni, una tienda de periódicos que regentaba un tal Juan. Yo, que entonces no leía demasiado, la recuerdo como un lugar donde se vendía de todo: desde libros, periódicos y coleccionables, hasta chancletas, colchonetas hinchables y balones de playa. Ayer, mientras escribía esto, vi en Google Street View que aquel bazar había sido sustituido por un supermercado de esos donde los ingleses hacen acopio de espirituosos múltiples y pensé que el alcoholismo ajeno había ido poco a poco devorando los lugares de la memoria de mi infancia.  

Después de comprarlo, Florencio leía el periódico en la playa, entre baño y baño, mientras mi abuela, reposando en la tumbona se enteraba de los entresijos de la vida de Chabeli en el último número del Pronto. Allí, entre hordas de gente, aprendimos mi hermano y yo a orientarnos, sobre todo después de que una vez se perdiera regresando de la orilla y lo encontrásemos intacto con su bañador de Mudito y su botella de agua debajo de un parasol ajeno. Desde entonces, cada día nos fijábamos en el edificio de enfrente para tener así una referencia en caso de extravío. Casualidades de la vida, o no, durante mucho tiempo plantamos la sombrilla justo al lado del KM, lugar de encuentro de borrachos al que años más tarde volveríamos Pablo y yo a deshoras, ya sin nuestros padres, a mezclarnos con la turma entre tragos de ginebra y darnos el lote con alguna rubia de palo. 

De vez en cuando –más menos que más, salvo que fuésemos en comandita con la familia de mi padre—, comíamos fuera de casa. Era costumbre ir al mismo sitio, una casa de comidas que nunca supe cómo se llamaba, pues los mayores se referían a ella como “donde Enrique”. Tenía un menú del día en el que, salvo contadas excepciones, siempre comíamos lo mismo: paella de primero y de segundo, y arroz con leche de postre. Algunos días, si había suerte, nos soltaban veinte duros y nos permitían ir a los recreativos que había justo debajo, donde pasábamos el rato jugando al Tekken mientras ellos se tomaban el café en la sobremesa. 

La ciudad, como nosotros, siguió creciendo. El Habana, que estaba en frente de casa y hacía un montón de ruido por las noches, cerró. Lo mismo pasó con el Toscana, que hacía la mejor pizza cuatro quesos que yo he probado. La calle por la que entrábamos hasta el garaje se peatonalizó y los abuelos se fueron haciendo más y más mayores. La última vez que fui, ya ni siquiera me quedé en el Dona I, sino que lo hice en un ático desde el que se veía el mar. Cambié los zumos de la abuela por las copas, y pasé de ir a la playa de día a hacerlo de noche para bañarme en pelotas con una pelirroja que seguramente ya se haya olvidado de mí. Al contrario que yo de Benidorm, del que ya todo son recuerdos.


8 feb 2021

Somos cómplices.

El tonto (o la tonta) de turno ha parido un exabrupto. Pasa cada día. Y cada día vamos todos en manada a decirle lo tonto (o tonta) que es. Había dos opciones: dejar pasar la bala y verla rodar virtualmente como un estepicursor en medio del Death Valley, o enfundarnos el antifaz de justicieros cibernéticos y tirar de retranca (en el mejor de los casos) para señalarle sus miserias. Y claro, como somos de gatillo fácil, elegimos la segunda. Vamos a poner en evidencia a este capullo (o esta capulla, Dios me libre de no hacer distingo) que se lo ha ganado a pulso, nos decimos mientras blandimos el diccionario como si fuésemos antidisturbios. ¿Cómo me voy a quedar yo callado ante tamaña idiotez, Señor? ¿Cómo resistirme a decirle algo que, por otra parte, jamás le diría si en lugar de haber una pantalla de por medio lo (o la) tuviese sentado (o sentada) detrás de mí en la barra de un bar? Pues así con todo. Un día tras otro pisamos el mismo charco, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, sin caer en la cuenta de que en el fondo somos cómplices. No de la chorrada, que pertenece a su legítimo propietario (o legítima propietaria), sino de dar pábulo a un (o una) idiota. De alimentar el ego de un (o una) torpe. De crear un becerro (o becerra) de oro. O de golfi, tampoco vamos a pasarnos, que esto es Twitter. 

Venga, vamos a darle una lección a este cretino (o cretina) que escribe con pseudónimo y sólo Dios sabe quién es. Igual un quinceañero (o quinceañera) pajillero (o pajillera) que un (o una) viejales trasnochado (o trasnochada). Y allí que vamos, cargados con el rastrillo de tres dientes y las antorchas, a pecho descubierto, a linchar al (o la) pedales de turno. Erigidos en marabunta, armados con nuestras palabras más dañinas, a dar cera por doquier. Sin recalar, la mayoría de las veces, en que responder a un idiota es, en el fondo, una forma de legitimar su opinión. Y olvidando que ofender es un privilegio que en las redes sociales, a menudo, se otorga de manera demasiado liviana. Y no debería ser así. Debería ser justo lo contrario: que nos resbale todo aquello que no sea expresado por alguien a quien tengamos en consideración. 

Un día deberíamos hacer la prueba: veinticuatro horas sin responder a quien anda falto de atención. Íbamos a ver lo poco que se esparcía la boñiga palabrera y lo rápido que se le acababa la tontería al tonto. O a la tonta.

28 ene 2021

El primer columnista.

El primer columnista que recuerdo es un cura agustino: Leónides Antón de Lucas. Un sacerdote que lo mismo se ponía el alba para celebrar misa, que podaba rosales por Santa Rita allá por mayo, que agarraba la pluma y te escribía una columna en el extinto “Diario Noroeste”. De él tengo grabadas varias cosas en la memoria, en especial un bofetón muy merecido que me dio en un recreo. Fue una hostia de esas terapéuticas que incluso en el momento, tendría yo nueve años, acepté sin rechistar por apropiada. No tengo trauma ni nada, ojo. Al contrario, le estoy muy agradecido. La otra cosa que me viene a la memoria es él, a la entrada del colegio, entregándome un periódico y señalando orgulloso su nombre con el dedo en la segunda página para que leyera lo que había escrito. Yo entonces no debía tener más de diez años y no sabía lo que era una columna, pero con los años me he dado cuenta de que las suyas fueron las primeras que leí.

Desde hace meses huroneo en internet tratando de aferrarme a su legado y recuperar alguno de sus textos para rememorar aquellas mañanas invernales cruzando la lonja del Monasterio. Sin embargo, la hemeroteca virtual no siempre acompaña y le deja a uno tan frío como el viento que le arrastraba camino del aula en aquellos años colegiales. He encontrado un texto, sólo uno, de hace ya casi 21 años. Y lo he leído y releído. Y he constatado con gusto que escribía con tanta destreza como daba bofetones. Aún albergo la esperanza de que alguna hemeroteca de la Sierra madrileña albergue ejemplares sueltos del periódico y me pueda deleitar un poco más. 

Estos días, que me faltan las ganas de empezar a escribir la tesis, me he acordado varias veces de él al tratar de hallar el origen último de mi interés por las columnas. Escribía en un diario gratuito y me imagino que de forma desinteresada. Le imagino un columnista puro, de esos que escriben por amor al arte. A saber. En el fondo aquel hombre era un misterio para mí. Un misterio que ahora, espoleado por mi inminente inmersión en el mundo columnístico, ha vuelto a cruzarse en mi camino. Yo sé que lo que viene no es fácil y que habrá días que no me apetezca escribir (hoy fue uno de ellos), pero espero de veras que la inercia de aquel guantazo, que fue la mayor lección de decencia de mi vida, me ayude a seguir tecleando incluso en los días más espesos. 


23 ene 2021

Un colesteatoma y una colección de tebeos.

El lunes me operaron del oído. Otra vez. En marzo se cumplían diez años de la última y con ello pasaba el período de riesgo de que el colesteatoma volviera a crecer, pero allá por noviembre la cosa empezó a deteriorar y resultó ser lo que era. Por algún motivo que desconozco desde que nací me crece todo lo que no debería. Y en esta ocasión, además de crecer a destiempo, de nuevo lo estaba haciendo en mal lugar. Así que me armé de paciencia (y de valor, pues me imaginaba el diagnóstico y conocía el tratamiento), fui al médico y me dijo algo que ya sabía: que no existe forma de luchar contra lo inevitable. Que si te tienen que operar, te tienen que operar, Miguel. Y yo, que soy un cagueta, pero un cagueta tremendamente racional, no tuve más remedio que asentir y decirle que adelante. Que si tenía que cortar, cortase. Así que así lo hizo. Cortó y bien cortado. Tanto que me ha dejado una cicatriz de diez centímetros circundando la parte anterior de la oreja derecha (siguiendo, eso sí, la guía de la que ya había, para no tener dos muescas). Que digo yo que igual habría sido más práctico poner una cremallera, doctor, por lo que pueda pasar en el futuro. También me ha dejado un hueso menos, el mastoide, que yo hasta entonces desconocía, pero que al parecer se estaba prestando a que creciera tejido alrededor. Y una prótesis de titanio en el oído, que es lo que más ilusión me ha hecho, la verdad. Ahora, junto a la American Express y el carné de identidad tengo que llevar una tarjeta en la cartera para cuando pase el arco de seguridad del aeropuerto. Porque ahora soy medio ciborg y pito, no como antes, que sólo hacía saltar las alarmas si se me olvidaba sacar las monedas del bolsillo. 

Una cosa que no he contado es que me operé a hurtadillas. O sea, que salvo a tres o cuatro personas, no le conté nada a casi nadie. El martes, cuando me levanté, escribí a mis padres y les dije que lo de operarme a primeros de febrero había sido todo una mentirijilla y que ya estaba hecho. Así soy yo. Al principio alucinaron en colores, “¿Cómo ha salido tan trolero este muchacho?”, pensaron. Pero luego se dieron cuenta de que en realidad era mejor así, que lo de las cirugías estando tan lejos aumenta el nivel de hipocondría en un doscientos por ciento, más o menos. Sobre todo en estas circunstancias, pues mis padres no hablan inglés y mi enfermera particular (a la que adoro) no habla español. Así que al final se rindieron a la evidencia y acabaron reconociéndome que el planteamiento había sido impecable. Sobre todo porque la cirugía había salido fetén, claro.

Yo soy un optimista irredimible. Temerario, casi. Así que la semana pasada, en previsión de un desenlace diferente, algo menos feliz que este en el que salgo del quirófano y le digo en reanimación al anestesista que a mí el Sprite sin güisqui no me gusta, hice algunas concesiones. No me dio por ponerme sentimental ni nada de eso porque el cirujano me había llamado días antes para decirme que se trataba de una operación de “pretty low risk”, pero me permití el lujo de dejar mi colección de tebeos en herencia a cada uno de aquellos con los que hablé antes de entrar a operarme. Y no sólo es que legase lo mismo a todos ellos, sino que lo hice sin ningún tipo de fe, pues en realidad no tengo ningún cómic. 

23 dic 2020

121 Acklen Park dr.

En toda mudanza hay algo de fin del mundo, de época que se acaba. O que empieza. Se hacen cajas con la esperanza de meter todo en ellas, olvidando que las posesiones más valiosas a menudo son recuerdos y que los recuerdos son siempre ligeros. Uno trata de atrapar al vuelo el tiempo, exprimir si acaso una vez más la memoria de las horas transcurridas. Como si eso fuera posible. Mañana te vas y pasado te olvidas que no hace tanto te calentabas con su risa. Y cuando te quieres dar cuenta todas esas noches ya no existen. No queda nada de esos bailes juntos vaciando el fregaplatos, ni de las visitas a hurtadillas que siempre acababan bien. Dejas una casa y te vas a otra, y por el camino se te van perdiendo cosas entre la neblina del traslado. Te vas y algo de ti resiste impregnado en un espacio que otros llenarán, que harán suyo eliminando cualquier rastro de todos esos momentos memorables. Te irás y un ejército de pequeñas posesiones conquistará estos muros rendidos, haciendo olvidar que de ellos colgaron en su día cuadros de los Beatles, fotos de Guille, recuerdos de viajes y una parte de ti. Y tú, ya bajo otro techo, tal vez un viernes por la noche que te pille con la guardia baja mires hacia atrás y recuerdes cómo los tres últimos años, atrapado entre obras y resucitando dos o tres veces por semana, fueron los más felices de tu vida. 

6 dic 2020

Y tú, ¿cómo acabaste aquí?

Una de las preguntas que más veces he escuchado a lo largo de los últimos años es “Y tú, ¿cómo acabaste aquí?” Y yo, que nunca me tomo a mí mismo demasiado en serio, siempre acabo respondiendo lo mismo: “Pues la verdad es que no lo sé”. Pero sí lo sé, sí. Ya ves que si lo sé. Sé perfectamente que todo empezó con un desencanto, el del Derecho; o mejor dicho, el del ejercicio de la abogacía. Yo era el colegiado número 101.027 del ICAM hasta que un día, después de pasar más horas en un tren que en mi silla del despacho, me di cuenta de que en realidad no era feliz. Así que, sin pensarlo dos veces, en medio de la mayor crisis económica que se recuerda y con el índice de paro juvenil más alto de la historia, tras seis años formándome para ser abogado decidí que necesitaba un cambio y dejé el trabajo que siempre había querido tener.

Bueno, ¿y de ahí a Nashville? Pues nada, un 31 de diciembre de 2013 se me presentó la oportunidad de solicitar un puesto para estudiar literatura en la Universidad de Alabama, y después de diez meses parado me pareció buena idea intentarlo. El caso es que tras hacer algunos exámenes y rellenar varios formularios, fui aceptado. Y ahí es donde comenzó todo. Yo me vine a Alabama sin saber exactamente cuánto duraba mi programa ni qué iba a estudiar. No tenía ni idea de nada, sólo sabía que iba a enseñar español y me iban a pagar lo suficiente para sobrevivir. Así que me fui, claro, porque qué mejor se puede hacer a los 26 que lanzarse a una aventura lejos de casa, especialmente cuando uno no es feliz. 

Algo que me hubiese gustado saber entonces es que la emigración, como decía Lope sobre el amor, tiene fácil la entrada y difícil la salida. Que una vez que te vas, cada año que pasas fuera es un poco más difícil volver, pues la experiencia te cambia, el sitio te ata, y la vida te arrastra. El mundo se expande, y a partir de entonces entiendes que la noción de casa no existe, y que pase lo que pase, siempre estarás echando de menos algo. Si te quedas en tu destino, extrañarás tu origen. Y si regresas a tu país, te faltará siempre aquel que te acogió. Emigrar es una experiencia que debería ser obligatoria alguna vez en la vida, aunque sea con una red de protección debajo, como lo hice yo. 

Venga Miguel, deja de filosofar que te enrollas, ¿lo de Nashville qué? Pues nada, lo de Nashville, como todo lo demás, fue casualidad. Yo llegué aquí porque no me quisieron en ninguna otra parte. Y lo hice con toda la ilusión del mundo, porque es la mejor manera de devolver el gesto a quienes te dan la mejor oportunidad de tu vida. En esta ciudad dejé de ser abogado. Porque desde hace tiempo ya he dedicado más tiempo a estudiar literatura y enseñar clases de español de lo que nunca dediqué al estudio del Derecho y al ejercicio de la abogacía. Ahora, cuando la gente me pregunta qué hago, ya no sé muy bien qué responder, porque ya no me considero letrado, pero tampoco soy profesor, a pesar de que algunos de mis estudiantes se empeñen en llamarme así.

Lo cierto, y quizás algo sorprendente a estas alturas, es que yo nunca elegí estudiar un doctorado, y mucho menos en literatura (esto lo dejo para otro día), pero a la larga ha resultado ser algo que me hace feliz. Hace tres veranos, con el alma aún en proceso de remiendo, sentados en la terraza del Batel se nos ocurrió -entre cervezas, a pesar de que ella apenas bebe- que igual eso del columnismo y los periódicos igual podía dar juego. El tema era perfecto, porque una investigación de archivo me obligaba a tener que estar en España, que durante todos estos años ha sido la cuadratura del círculo para mí. Con el tiempo, aquel germen fue dando sus frutos, primero en forma de estudio independiente, y más tarde como un proyecto de tesis. Habrá quien piense que la idea fue mía, pero gran parte de la culpa es de ella, que además de gustarle los chicos con barba y las columnas periodísticas, es muy generosa.

Mañana lunes empiezo oficialmente mis exámenes doctorales. Y a pesar de que llegar hasta aquí no haya sido un proceso fácil y siempre me haga el remolón cuando me preguntan, la verdad es que sí sé cómo lo he hecho. Y aunque nada haya sucedido como inicialmente estaba planeado, me resisto por completo a quitarle una sola coma a esta historia.