13 may 2014

Segundos infinitos.



Hay sonrisas cómplices y altruistas, perennes sin motivo alguno. Y gestos. Y de repentes y lugares. Y canciones de esas que no puedes dejar de escuchar. Y personas que aparecen sin querer, y vienen para quedarse. Hay motivos para huir, y razones para no salir jamás corriendo de aquí. Existen cruces de miradas, alternativas a lo establecido. Cajas llenas de recuerdos. Y la ilusión de un porvenir.

Hay momentos en los que la tierra continúa girando, y sin embargo el mundo se para. Instantes que desearías poder capturar y revivir una y otra vez. Olores que desearías poder embotellar y recordar en algunas ocasiones. Existen sensaciones que desearías vivir eternamente, pero que se agotan de forma inevitable por el mero hecho de ser vividas; que habitan para siempre en un recóndito lugar de la memoria cuya llave se halla en paradero desconocido. Y definitivo en la mayoría de los casos.

Hay días que desearías que no acabasen jamás. Veinticuatro horas que se resisten a ser olvidadas con facilidad. Minutos que persisten en la memoria de forma voluntaria y consciente, que aparecen en tu vida con la maleta, porque vienen para quedarse una temporada. Existen segundos imborrables y tensos que no miden el tiempo, sino la distancia que media entre dos cuerpos.  

Existen por tanto los segundos infinitos. Los que miden la distancia entre dos cuerpos que, a partir de un determinado momento, ya no se juntarán jamás.

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