20 ene 2014

Una tristeza autoinducida.



Existe un tipo de tristeza autoinducida, que sobreviene cuando uno atraviesa un momento de felicidad improvisada, y que consiste en buscar algún motivo que permita, por un tiempo moderadamente razonable, sentir otra vez la fría hoja del cuchillo sobre la espalda, con el fin de tener la inspiración suficiente como para escribir unas líneas y cumplir esa promesa que nunca he realizado públicamente: la de actualizar este diario de bitácora al menos una vez al mes.

Se trata de una tristeza ficticia, que tiene como único objetivo el de recuperar esas musas que en algún momento se han largado a Dios sabe dónde –y con quién- en busca de a saber qué. Y es autoinducida en el sentido de buscada, pues he tenido que ser yo mismo quien la ha provocado con el único fin de recuperar la inspiración que sólo soy capaz de lograr en esos días grises en los que hasta borro el día de tu cumpleaños de mi calendario.

De un tiempo a esta parte –y por suerte- me siento completamente incapaz de escribir más de dos líneas seguidas sin que a la tercera la falta de inspiración estrangule mis palabras. Por eso, y aprovechando que últimamente la vida me sonríe a medias, esta noche he decidido –de forma reflexiva y unilateral- autoinducirme ese estado de tristeza que necesito para darle un rato a la tecla sin tener la sensación de que fuerzo las letras a golpes de teclado.

Es, en cierto modo hasta agradable, saber que si como de una hipnosis se tratara, esta tristeza desaparecerá tan pronto como quiera con sólo cambiar alguna de las variables que me rodean esta noche; la música dejará de sonar, la luz se encenderá de golpe, y caerá esa media felicidad del cielo como los restos de un cohete que explotó dejando una estela de luz entre la oscuridad cuando ya nadie esperaba que lo hiciera.

Y todo este paripé, esta tristeza autoinducida e impostada, simplemente para decir que aunque no tengo motivos, esta noche me apetecía saber qué se sentía al ser capaz de pulsar una y otra vez las teclas, sólo para dejar testimonio de que –aunque no haya sido el mejor día de mi vida, y quizás tampoco lo sea el de mañana- últimamente soy relativamente feliz.

Que no es poco.

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