8 feb 2016

Lo que hemos avanzado.


Corría el año 2010 cuando, en un curso de verano de la Universidad Complutense sobre los problemas de la justicia en España, asistí a una conferencia del ya fallecido Manuel Jiménez de Parga. El hombre, que por aquel entonces ya superaba los ochenta, al margen del contenido jurídico del curso, nos contaba a los asistentes cómo había cambiado el mundo, y en particular, lo mucho que le maravillaba poder comunicarse con algunos de sus nietos que vivían fuera de España. Hacer Skype, y poder casi tocarles la cara aunque estuviesen en la otra punta del planeta; algo impensable años atrás. “Ay que ver, ¡lo que hemos avanzado!”, decía.

A mí, que por aquel momento ni siquiera había terminado la carrera de Derecho, no sé muy bien por qué se me quedó grabado aquello. Con los años, y sin saber aún cómo, me convertí en ese nieto de Jiménez de Parga que vivía fuera de España y se comunicaba con los suyos a través de la pantalla de un ordenador, o una tablet en mi caso. Tanto fui el nieto, que el martes pasado, la que tornaba octogenaria era mi abuela, y tuve la suerte no ya de poder felicitarla, sino de hacerlo viéndole la cara, como si en lugar de estar a más de 7000 kilómetros de mí, hubiera estado sentada soplando las velas en el salón de mi casa. 

Hay pocas cosas más reconfortantes en el exilio -léase esta palabra en el sentido que da el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su primera acepción- que la de ver a aquellos a los que se echa de menos. Pocos momentos en los que se sienta uno como en casa, más que aquellos en los que puede ver a través de la pantalla a quienes ha dejado allá, en su lugar original. Y es por eso que, cada domingo por la mañana, normalmente después de desayunar, me siento frente a la pantalla de la tablet o el teléfono para llamar a casa, y me acuerdo de aquella conferencia mientras pienso eso de: “Ay que ver, ¡lo que hemos avanzado!”.

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