6 feb 2014

361 palabras de jueves por la noche.



Madurar es tener la precaución de no aprender de memoria el teléfono de la chica que te gusta por si decide emprender la huida dejándote atrás. Es no andar descalzo por casa en invierno, por si te pones malo. Ponerte la bufanda por si acaso. No tomarte la última copa en el bar de siempre porque trabajas al día siguiente. Apuntarte al gimnasio para no ir. Poner el teléfono en vibración. Volverte precavido.

Crecer es renunciar a la imaginación y a la locura transitoria de los viernes por la noche, descubrir que el camino más corto para llegar hasta alguien, la mayoría de las veces no es el odio, sino la indiferencia. Intentar sacar el lado bueno de las cosas. Volverte un poco más refunfuñón. Aprender a disimular, y a poner buena cara aunque te estés quemando por dentro. Es empezar a pensar que igual es el momento de seguir. O igual no.

Aprender es no hablar nunca de más, porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra. Es mirar las cosas con un poco más de perspectiva, y que las que otrora no te convencían, ahora te convenzan. Es escoger un sueño que parezca inalcanzable para desgranarlo poco a poco, para tejer una escalera de ilusión y llegar poco a poco hasta él. Es ser un poco más consciente de que no siempre se puede ganar; o mejor dicho, es ser capaz de aceptarlo.

Vivir, sin embargo, es conocer todo lo anterior, y aun así seguir equivocándote cuando decides. Es poner la mano en el fuego aun sabiendo que te vas a quemar, porque te apetece. Renunciar a tomar decisiones de forma exclusivamente racional. Es sentirte absolutamente libre de hacer y deshacer a tu antojo. Estrellarte contra un muro, levantarte, y buscar el muro para volverte a estrellar. Porque merece la pena.

Y recordar. Recordar es estar aquí esta noche haciendo balance improvisado del último año. Saber exactamente dónde estabas hace trescientos sesenta y cinco días a estas horas, y venir aquí a no contarlo. Es tener certeza de que por poco que tarde aquella sensación en volver, la espera se me va a hacer muy larga.

30 ene 2014

De momento (s).



Cada semana tiene un día en el que, durante unas horas –a veces minutos, o incluso sólo segundos- bajo la guardia y permito que determinados recuerdos de un pasado feliz vuelvan a mi cabeza. A veces –las menos- esas imágenes se me atragantan y me sumen en una especie de espiral de desconsuelo que dura lo que tardo en conseguir quedarme dormido; momento en el que –con suerte- soy capaz de soñar y recordar al día siguiente lo soñado. Otras veces (las más, de un tiempo a esta parte), me basta con un simple pestañeo mental para convencerme a mí mismo de que el futuro no sólo es un algo lejano, sino un vaya-usted-a-saber-qué apasionante.

Ocurre que de un tiempo a esta parte he empezado, no a comprender pero sí a comprobar, que el tiempo –valga la redundancia- tiene esa propiedad tantas veces predicada de sí mismo: es terapéutico. Y aunque reconozco que sus efectos no se muestran tan rápido como en muchas ocasiones me habría gustado, lo cierto es que, como si de un médico con bigote se tratara el muy constante, consigue que determinadas decepciones –que parecían eternas- pierdan la batalla contra la intranscendencia.

El paso de los segundos me permite, llegado a un punto concreto, parar el mundo un instante –o dos, si el instante es pequeño- y observar; como si el momento actual fuese la cima del Rockefeller Center, y el resto de la ciudad de Nueva York fuera el pasado visto a través de esos binoculares grises de pago que enfocan más allá del metacrilato transparente –ese que separa la tierra firme del vacío-.

El tiempo (que pasa más bien deprisa), si bien no elimina esos momentos pretéritos,  otorga la perspectiva necesaria para observarlos desde un punto de vista diferente a aquel del que  gozaba cuando se generaron. De este modo se deduce que dado que son los recuerdos quienes observan con permanente inmutabilidad el giro de las manillas, no son éstos los que cambian, sino nosotros.

Así, es esa perspectiva y no otra, la que ha conseguido que de cuando en cuando me permita esbozar una sonrisa al recordar que otrora –aunque no por mucho tiempo- viví momentos de esos que, si bien en algún momento fueron duros de recordar, desde hace ya algún tiempo, son dignos de permanecer en mi memoria.

26 ene 2014

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Ayer otra vez, esa hija de puta con guadaña, vino a ajustar cuentas y se equivocó de portal; se llevó a quien no debía en el momento inadecuado. Como si de un rayo helado se tratara, y con una alevosía desmedida, vino silenciosa e inesperada a raptar ese aliento que nunca debió de ser el último; a inducirle el sueño eterno a quien no lo merecía.

Y yo, que ya poco puedo hacer, sólo tengo palabras para tratar de calmar un dolor que, sin ser propio, en cierto modo siento como mío. 

Descanse en paz tu madre, Amigo.